LA VERDAD SOBRE EL ASESINATO DEL MAESTRO JONAS SALEM (Cuento inspirado en Bolero de Maurice Ravel)

LA VERDAD SOBRE EL ASESINATO DEL MAESTRO JONAS SALEM
(Cuento inspirado en Bolero de Maurice Ravel)
Cuando entrevisté a Manuel Gonzalez Ulloa, tuve la sensación de que mi concepción sobre él, mi prejuicio en verdad, había cambiado. Es verdad que el conocimiento y la empatía humanizan, porque toda el desprecio que le había tomado por haber asesinado fríamente a Jonás Salem, director en aquel momento de la Filarmónica de Andalucía, se diluyó como sal en el agua al cabo de los cuarenta minutos que duró la entrevista.
Comiendo un sándwich que le había llevado, en el centro penitenciario de Granada, conversamos sobre su vida previa al ingreso a la filarmónica.
Manuel es un hombre semi calvo, rasura la totalidad de su pelo, pero la sombra negra que rodea sus orejas está ausente en el centro de su cabeza.
-Estudié batería desde pequeño –me cuenta mientras mastica –estudié mucho, sobre todo jazz, era fanático de los beteristas de jazz, también del rock sinfónico, yo era un pibe cuando estaban los grupos como Yes, Génesis, Kim Crimson, juntaba dinero para verlos en cada gira, hasta pude conseguir una foto con Bill Bruford y me regaló sus palillos.
Lo cierto es que si bien Manuel tuvo numerosos grupos de jazz, con los que tocaba en bares, siempre debió tomar trabajos en diversos empleos para poder mantenerse económicamente.
-Cuando me casé con Ramona, y tuvimos a Francisquito, prácticamente quedé trabajando de tiempo completo como empleado en un supermercado, desesperado por la vida que me esperaba, imaginando toda mi vida en ese supermercado, me anoté en el Conservatorio de Andalucía, empecé tratando de coordinar los horarios, cursando algunas materias, pero como realmente era bueno tocando la batería inmediatamente tuve la propuesta…
Manuel ha dejado de comer, mientras conversa, de tanto en tanto, golpea un ritmo sobre la mesa con sus dedos, creo reconocer el ritmo, pero estoy enfocado en lo que dice:
-… porque me ofrecieron un puesto de baterista en la Filarmónica, no era una gran paga, pero era algo seguro, estable, y me pagaban por tocar…
Yo sabía los pormenores de su historia, conocía que gracias a sus amplios conocimientos, el director del Conservatorio lo seleccionó para ingresar en la filarmónica, el director, José Zamora, me había contado lo bien que le había caído ese muchacho y que no podía entender cómo es que había asesinado a al maestro Salem, quien había tenido la deferencia de aceptar el puesto dejando su Tel Aviv natal.
Fue uno de los asesinatos más increíbles que dio el mundo de la música culta. Luego de la presentación de la Filarmónica en una gira por Cataluña, mientras el público aplaudía, Manuel lanzó su tamboril desde donde estaba, con tal fuerza que el filo del redoblante dio en plena frente de Salem, que con los brazos abiertos y los ojos cerrados disfrutaba, de espaldas al público, la ovación de las gradas. Los médicos no pudieron cotejar en la autopsia si murió a causa del golpe en la frente o si fue el tremendo topetazo que dio en el piso del proscenio.
-…fue al terminar el Bolero –me recuerda Manuel mirándome a los ojos…
Allí me di cuenta que lo que Manuel percute con sus dedos en el banco es el ostinato persistente del Bolero de Maurice Ravel.
-Es que yo estaba contento al comienzo –continúa Manuel –, ya lo dije, la paga, el trabajo estable, además me resultaba sencillo, en muchas obras yo debía esperar hasta el compás ochenta para hacer apenas un par de golpes, los ensayos me resultaban tranquilos… hasta que llegó lo del Bolero de Ravel.
-¿Qué pasó con el Bolero? –pregunto curioso.
-Cuando el maestro Salem tomó el puesto de dirección, vino con la idea fija, con la obsesión de presentar el Bolero de Ravel, no sé qué se habrá creído este tío pero la verdad es que tenía muchas ínfulas, le hicieron caso por supuesto.
-Pero es una obra fácil, supongo –digo sin pensar.
-¿Fácil? –la mirada de Manuel se puso fría como hielo y sus facciones se endurecieron… el golpeteo de sus dedos se detuvo y quedó el silencio, luego, como si algo le hubiera cruzado por la mente, volvió a relajarse...
-Perdón –dije apenas audible.
-Fácil…-repitió pero esta vez sonriendo, como si se lo dijera a sí mismo –Ciento sesenta y siete veces, ¡Ciento sesenta y siete veces!
Pongo cara de no entender.
-¡Ciento sesenta y siete veces tocando esos dos compases de mierda! ¡Ciento sesenta y siete veces lo mismo! ¡Diecisiete reverendos minutos sin parar! ¿¡Sabe lo que es eso!? ¡Bueno, ahora multiplíquelo por cinco veces por día en los ensayos los cinco putos días de la semana más las dos putas funciones del fin de semana!
El guardia de la puerta amagó con acercarse, los gritos de González Ulloa me asustaron y al parecer incomodaron a las demás visitas, Manuel pareció percatarse y suspiró fuerte, luego me habló como si no quisieran que lo escuchen…
-Yo nací para ser baterista, tío, para improvisar, para ser libre tocando, pero con el coño del Bolero ese , cada noche que llegaba a casa luego de los ensayos yo sentía que poco a poco comenzaba a odiar mi oficio, porque lo que no le conté es la obsesión que tenía Salem conmigo, sólo me miraba a mí, se enojaba si no llevaba bien el ritmo, si no lograba el crescendo como él quería, paraba el ensayo y me reprendía, estuvimos seis putos meses con esa mierda, ta tatatá, tatata ta ta tá… y la reputísima madre que os parió a Ravel a Salem y al bolero de mierda ese…
Quedamos en silencio, luego el golpeteo de sus dedos lentamente vuelve a escucharse en la sala, los dos compases del Bolero de Ravel comienzan a torturarme.
-Esa noche… –la voz de Manuel ahora es lúgubre, sombría – antes de la última función discutimos con Salem, yo le dije que iba a ser mi última función si la idea era seguir con el Bolero, casi no dormía porque lo tenía en la cabeza como una tortura china, le dije que le daba tiempo en todo caso a conseguir un reemplazo, ya no me importaba nada, prefería quedarme sin trabajo, le dije que yo había querido ser baterista por otra cosa, no por esto, que quería tocar jazz. Antes de subir al escenario, se dio vuelta y me señaló con el dedo, todos lo escucharon: ¡Qué podrías tocar tu jazz si ni siquiera puedes tocar bien esta gilipollez!
Quedamos en silencio, los ojos se le llenaron de lágrimas. Manuel González Ulloa se levanta de la silla y me da la mano, le doy las gracias.
Ahora me viene a la mente lo que sucedió después, cuando se fue caminando junto al guardia, pude escuchar el chasquido de sus dedos ejecutando los dos compases eternos del Bolero de Maurice Ravel, en un tempo perfecto. Sé que matar no está bien, pero debemos reconocer que nadie nace asesino, siempre hay una causa escondida en el corazón de todo homicida.