CUANDO NO TE LLEGA LA PELOTA - Angustias Futboleras

   Cuando no te llega la pelota es desesperante. Me pasó muchas veces en la vida y te puedo asegurar que para mí no hubo -ni habrá- peor desplante que estar en una cancha de fútbol y que la pelota no te llegue. Casi te diría que está un escalón más arriba que ser suplente del equipo. Porque cuando yo era chiquito y jugaba en el baby me tocó estar en el banco varias veces, y sentado allí junto a otros pobres relegados te comés al técnico con la mirada, te lo devorás porque estás esperando que el muy ladino se digne a mirarte y te diga: “precalentá que entrás”. Hasta te ponés un poco malicioso porque deseás, sabés que está mal pero lo deseás, que al tipo que juega en tu puesto le salga todo mal, o si en todo caso está jugando bien hacés un pacto íntimo con satanás para que en una de esas pise mal y se esguince el tobillo o la rodilla y tenga que darte el lugar.

 
Pero estar en una cancha y que no te llegue la pelota, ¡cómo decirlo!, es una tragedia. ¡Qué digo una tragedia! ¡Una calamidad, una endemia mundial! ¡No hay punto en comparación! Mirá que me he enamorado de muchas mujeres y hasta las he seguido y no me han dado ni la hora, pero ese tipo de rechazo no tiene parangón con estar en un partido y que la pelota no te pase ni siquiera al lado, al punto que apenas sabés qué dibujo tiene. Es la peor de las frustraciones. Sin duda.

Lo que sucedió aquella vez en cancha de la Liga tiene que ver con esto. Primero tengo que aclarar que soy hincha acérrimo de Mercedes, el club para mí es mi vida porque imaginate que yo mamé sus instalaciones de pibito: el Baby, la pileta en los veranos, los asados en el quincho con la familia… época dorada diría yo. Y ahí vos siempre ves entrenar a los de la primera, los ves cambiarse para ir a la cancha, y los ves volver para bañarse después de un partido. Fijate entonces que de pronto, con veinticinco años yo entraba por primera vez a una cancha con esos monumentos inmaculados, ídolos que adoraba siempre de lejos, siempre de afuera, y ahora me encontraba en una cancha con ellos. Casi no lo podía creer.

Fue la tarde del partido contra Velez, y tengo que decirte que yo estaba en la cancha pero a la vez no, es decir que mi cuerpo andaba por allí pero me encontraba tan enceguecido por la emoción que era como si no estuviera. Antes de empezar el partido, te confieso, las piernas me temblaban, el pecho me hervía, las sienes me estallaban, la vista casi nublada por el inestable funcionamiento de mis lagrimales apenas me permitía ver unos metros más allá de mí.

Empieza a rodar la pelota y enseguida, para qué te voy a mentir, yo me salgo de la vaina por tocarla. Es que nosotros, los fulboleros de este bendito país, mamamos eso de chiquito; si me veo como si fuera ahora mirá, viendo un partido en el barrio desde atrás del arco esperando que alguien patee y se vaya afuera entonces vos la ibas a buscar a los yuyos, a la zanja, a la calle, adonde sea, para sentir al menos un contacto, un efímero roce con ese pedazo de cuero esférico que como arte divino, apenas lo tocabas, apenas le apoyabas el talón por sobre su superficie curva y esponjosa, hacía que el alma te volviera al cuerpo. Como si constataras tu propia existencia con ese mínimo golpecito que luego le dabas con el empeine, sólo para verla rodar delante tuyo sintiendo que era una extremidad más de tu cuerpo; parte de vos que se aleja y que instantáneamente te provoca el deseo incontrolable de volver a poseerla.

Pero en ese partido clave frente a Velez la pelota no me llegaba nunca, le hacía señas al Mamón Ballesteros y aunque yo estaba libre de marca no me la daba, en cambio me devolvía una mirada socarrona como si dijera “¡¿A vos querés que te la dé?! Se la pedí a Camargo y tampoco che, hasta me desencajé y le pegué un grito al Negro Espinosa que con sólo mirarte te intimidaba pero la pelota pasaba a metros de mí y yo empezaba a sentirme como aquel chico en el borde de la cancha esperando que alguien patee para el arco.

En el medio del partido como que me fui, me distraje recordando cosas, me puse nostálgico y me acordaba que yo, de chiquito, jugué siempre de tres, un modesto marcador izquierdo sin proyección. Pero mi sueño fue siempre jugar en el medio. Es que es el lugar en la cancha en que más contacto con la pelota se tiene. Pero no, por una cosa o la otra siempre me ubicaban de tres y me decían a quién tenía que marcar. Como siempre fui obsesivo y obediente yo me plantaba detrás de mi marca como una sombra. Quizás por esa característica que yo tenía para la marca el equipo contrario rara vez atacaba por mi lado y yo si tocaba la pelota dos o tres veces por partido era mucho y encima, apenas tenía la oportunidad de tenerla, me gritaban del banco que la revolee para arriba. Si hasta había momentos en que le daba dos o tres metros al delantero que me tocaba seguir para que por lo menos reciba y la pelota anduviera más por mi lado. Pero apenas lo hacía, el técnico me gritaba que me estaba distrayendo y me recordaba que me tenía que pegar a la marca y lo hacía golpeando una mano en el reverso de la otra enfáticamente. Gesto que terminé por detestar.

Pensaba en eso y me di cuenta que ya habían pasado varios minutos del partido y la única vez que había tocado la pelota fue estando el partido detenido, cuando se la alcancé al Mamón para patear un tiro libre. Y yo empecé a perder la cabeza, entré, como quien dice, en la órbita de la locura, locura que solo me generaba la necesidad, el anhelo incontenible de tocar una vez la puta pelota, entonces fue en el momento que decidí ser rebelde a mi función por una vez en la vida: el soldado que sale de la trinchera para rescatar a un compañero, el potrillo que desconoce el campaneo de la yegua madrina para sentir un poco el aire de la libertad, y en un ataque del equipo me fui adelante, corrí como si fuera un nueve central y se la pedí a gritos a la Loba Bomaggio para que me la tirara al pie, se quejó, se lo notaba fastidiado pero, no sin antes hacer un gesto despectivo, cumplió y me la alcanzó pegándole al ras del piso. Y la vi. Rodaba hacia mí con ese swing digno de Charlie Parker, Mile Davis y Dizzy Gillespie juntos y mirando ese espiral negro y blanco llegar hasta mi como el más anhelado de los sueños le pegué abajo, en ese ángulo convexo entre la pelota y el césped que te permite introducir el botín como si el hueco sólo existiera para que se amolde tu pie, le di con toda mi alma, la calcé con tal acierto que la clavé en el ángulo superior izquierdo. Puedo jurar que el arquero ni se movió.

Comencé a correr como un preso que se escapa de la prisión y desencajado, el grito desgarrado de “gooool” me vibraba en todo el cuerpo. Corría embebido de alegría esperando que los demás vinieran a abrazarme y ya me había preparado para que mi humanidad sucumbiera bajo la montaña de camisetas blanquinegras… pero nadie venía y noté que el pequeño estadio había enmudecido. ¿Qué pasa? ¿No valió? ¿Estaba en orsai?

-¡¿Qué hacés pelotudo?! –me dijo Suarez–, te conseguí el laburo como juez de línea y me venís a cagar la vida así, ¿qué querés, que nos maten?

En su condición de árbitro Paleta Suarez suspendió el partido y aunque muchos dirigentes me tenían cierto aprecio me retiraron la licencia del arbitraje de por vida. Algunos querían internarme porque decían que estaba enfermo. Yo no dije nada porque quizás tenían razón: estaba enfermo porque la pelota no me llegaba, pero no me arrepiento, porque la vida tiene esas cosas, fue tan lindo el modo en que le pegué a la pelota esa tarde que te puedo jurar que ese segundo de felicidad valió la pena. ¡Me sentí tan bien! ¡Tan bien!








EL LAUCHA RAMIREZ - Un argumento para el concurso

Carmen sabe que lo esencial en el trabajoso ejercicio de crear un cuento para el concurso es encontrar un argumento, y también concluye, luego de hacer un análisis preliminar sobre cuál es un tema conveniente para ganar los mil pesos que dan en el primer premio, que la ciencia ficción es un buen tema para abordar, casi estratégico.

Sentada frente a la computadora, relajada, luego de haber terminado de lavar los platos y planchar la ropa, mira el blanco de la pantalla buscando mentalmente algún hecho, alguna instancia que le permita elaborar la historia. Se le ocurre de pronto que puede situarla cien años más adelante e imagina un mundo oscuro, muchísimas personas y millones de desechos tecnológicos rodeando esa gente. Estaba en eso cuando suena el teléfono y se lamenta de no haberlo desconectado: solamente dispone de tres o cuatro horas para terminar el boceto del cuento y el concurso cierra en tres días, es decir que le queda un día para escribirlo, uno para corregirlo y el último para enviarlo. Resignada se levanta de la silla y va hasta el living.

-¿Carmen? Soy yo, Lidia -, escucha la voz excitada de su peluquera que parece salirse por el auricular.

-Hola Lidia.

-¿Pasa algo? – pregunta Lidia cambiando el tono.

-No, no, justo estaba en algo, poro no importa, decime…

-Te tengo que contar algo que no lo vas a poder creer.

-Bueno, mañana voy a visitarte y tomamos unos mates…

-No, no, es cortito, vas a ver que es increíble.

-Es que…

-¿Vos escuchaste la sirena el domingo?

-No… bueno… la escucho casi todos los días.

-No, pero yo te digo acá en el barrio, como a las nueve de la noche.

Carmen no recuerda, han pasado como tres días, pero igual dice que sí como para que Lidia no se retrase en lo que debía contarle.

-Bueno, te cuento, el domingo vino la policía y se lo llevaron al hijo de Ramírez, el flaquito, medio desgarbado, el que trabaja en la cárcel, al que le dicen Laucha.

-¿Por?- preguntó Carmen

-Te cuento, ¿vos la conocés a esta chica, la Adriana, casada con el Gordo de la Carnicería?

-Sí, sí… la que vive en la cortada, me la cruzo en almacén dos por tres.

-Viste que esa chica atendía la caja de la carnicería cuando recién se habían casado y en ese momento el Laucha Ramírez era empleado de ellos, de esto hace como cuatro o cinco años…

-Ajá.

-…Bueno, según dicen, el Gordo, el marido de la Adriana, cuando se iba a hacer trámites al centro y la dejaba a ella en la caja porque tenía miedo que el Laucha se quedara con algún vuelto… no vas a creer lo que pasó…

Carmen sabe que Lidia, como siempre sucede en la peluquería, hace un mundo de todo y puede tardar más de una hora para contar un hecho que la mayoría de los comunes logran desarrollar en tres minutos. Mientras Lidia se dispone a continuar con el chisme Carmen inventa una olla en el fuego que calentando un supuesto dulce de higo se está por quemar.

-Se me quema el dulce, te llamo después…-. Corta sin dar tiempo a nada.

Corre a la computadora y se sienta en la silla, imagina sin querer cómo serán las peluqueras en el 3010, si existirá el oficio. Borra de inmediato esa idea de su cabeza e intenta poner su mente en blanco como la pantalla del procesador de texto. Se lo ocurre que lo que suceda en el 3010 no tendrá sentido si no se ve con los ojos de alguien contemporáneo y piensa quizás que puede inventar un viaje en el tiempo de algún científico al futuro, pero inmediatamente se le vienen dos argumentos a la mente que ya han sido creados: uno es un cuento de Bradbury que analizaron en el taller literario de Rosa Cerisola y otro cree haberlo visto en el cine o en la tele en una película donde el vehículo que transporta por el tiempo es un auto. Se frustra y descarta la idea justo cuando vuelve a sonar el teléfono. Molesta, casi arrastrando los pies, se dispone a atender.

-¿Carmen? Otra vez yo, Lidia, ¿Se te quemó el dulce?

-No… llegué justo…

-Bueno, te sigo contando, como te decía, parece ser que el carnicero, de esto hace ya más de cuatro años, cuando se iba de la carnicería dejaba a su mujer sola con el Laucha, porque no le tenía confianza con el tema del robo, bueno, el domingo se lo llevaron detenido porque lo acusaron de haber violado a la Adriana…

Hay una pausa en la que Carmen siente que debería exclamar alguna expresión de sorpresa pero sólo pregunta:

-¿Pero la violó ahora o antes?

-No, lo acusa ella de que lo violó hace cinco años.

-¿Y por qué después de tanto tiempo?

-Bueno, acá viene lo mejor…

Carmen se lamenta al escuchar esa expresión: cuando Lidia afirma que “viene lo mejor” anuncia implícitamente que la cosa va para largo.

-Escuchame Lidia – la interrumpe –, tengo algo importante que hacer, en cuanto termine…

-¿Vos conoces al hijo de la Adriana?

Lidia parece no haber reparado en lo que Carmen le dice y se dispone a realizar una segunda estrategia para cortar el teléfono, se le ocurre hacerlo sutilmente de modo que el interlocutor que está hablando del otro lado no se sienta ofendido. Opta por una que ya ha utilizado antes: consiste en comenzar a hablar y cortar justo en el medio de la frase, recurso más que efectivo en demostrar que un imponderable ha ocurrido. Mientras contesta “¿Cuál, el chiquito ese que…”, sobre la palabra “que” presiona la horquilla del aparato y luego lo deja descolgado.

Vuelve al cuarto de la computadora y se sienta frente al monitor, mira la hora y han pasado cuarenta minutos sin haber escrito una línea. Carmen hace enormes esfuerzos por situarse en el año 3010 y busca un personaje. Casi siempre el hallazgo de un personaje ayuda a la revelación de una trama y piensa en un camionero, pero no, no es muy elegante, y se le ocurre un aviador pero con un avión viejo, antiguo, como esos que sobrevuelan hoy el pueblo fumigando los campos, pero la insidiosa sospecha de que está cometiendo un plagio la frustra nuevamente. El timbre chillón de su celular se inmiscuye en sus pensamientos. Atiende automáticamente. ¿Habrá celulares en 3010?

-¡Qué suerte que encontré tu celular! ¡Me muero si no puedo terminar de contarte! - La voz de Lidia suena ahora robótica y lejana, distorsionada.

-Te decía entonces, que la Adriana lo acusó al Laucha de violación, y la policía se lo llevó el domingo, pero la verdad no es esa sino la que me contó la tía de la Adriana, la Mabel. Parece ser que el Gordo y la Adriana se casaron y ya tenían todo, se hicieron una casa que es casi un palacio, molduras de yeso, tres habitaciones para los chicos, baño en suite, dos pisos, una cocina que son tres de la mía, tres baños… y con la fiesta de casamiento, que encima participaron a Dios y María Santísima, se la amoblaron toda, viste que se gana mucha plata con la carne…

“Carne” es la última palabra que escucha Carmen, y aunque desea con ganas cortar, esta vez, inesperadamente, quizás por ese medio imperfecto de comunicación que es la telefonía móvil la voz de Lidia es remplazada por un silencio sordo y placentero. Una idea se le ocurre: el gran abuso de la tecnología hace que todo colapse en 3010 y entonces la vida vuelve a hacer como en 1970 por ejemplo. No es mala idea pero no se engaña: todavía no tiene un argumento, tiene nada más que ponchazos de imágenes que aún carecen de sentido. Mira la hora y siente que el tiempo es más veloz que nunca, dos horas y ninguna palabra… Decide entonces barrer la cocina y el living mientras aprovecha a pensar, se anima a situar como personaje a un niño, pero que el niño no es un ser humano en 3010, porque en ese entonces los niños son gestados mediante un método en el que manipulan la genética y...los golpes en la puerta de calle la sobresaltan, piensa en quién será y antes de abrir se da cuenta. Lidia ni siquiera espera la invitación, penetra en el living y sin pedir permiso se sienta en una de las sillas en la mesa del comedor.

-Hacete unos matecitos y termino de contarte, dale… -, lo dice dando golpecitos en la mesa…- dejá de barrer mujer que estas cosas no pasan todos los días…

Carmen se resigna y mientras pone la pava en el fuego pregunta sin ironía pero con cierta capciosidad:

-¿Y la peluquería? ¿No tenés a nadie hoy…?

-No… bah, puse un cartel, pero no importa… te sigo contando… el Gordo y la Adriana se casaron… ¿antes te pregunto, Carmen? –dice Lidia cambiando el tono-, ¿vos lo conocés al hijo del Gordo y la Adriana?

-Sí - contesta Carmen desde la cocina–, uno flaquito, chiquito, ¿qué tendrá…. dos, tres años?

-Casi cuatro años tiene… bueno, la Mabel me contó todo... todo el mundo estaba sorprendido porque después que el Gordo y la Adriana se casaron, pasaban los años y no tenían hijos, recién al tercer año de casados la Adriana queda embarazada, pero primero se tuvieron que aguantar que todos los familiares preguntaran hasta el cansancio “para cuándo el primero”. Ellos al principio decían que lo buscaban pero después no hablaban del tema y el Gordo, cuando le preguntaban, se ponía hosco y desaparecía… si hasta un domingo se fue de un asado cuando el suegro le preguntó cuándo le iba a dar un nieto “¿Sos padrillo o no sos padrillo?” dice Mabel que le dijo delante de todos, y el Gordo sin decir una palabra, la cargo a la Adriana en la camioneta y la sacó arando…

Carmen ya está sentada frente a ella cebando el primer mate y mira la hora, intenta no escucharla y sigue buscando un argumento que valga la pena pero el entusiasmo de Lidia es abrumador.

-Bueno, resulta que al final ella queda embarazada y los ánimos se calmaron, pero ahora que el chico tiene tres años se empezó a notar que no tiene nada del Gordo. Fijate que el Gordo es de tez blanca y el nene es morochito, la Adriana es casi rubia; pero eso no sería nada sino fuera por las facciones, el nene, flaquito, chupadito, es el calco del Laucha. Según Mabel, que es amiga de la mujer del fiscal del caso, el Laucha declaró que el Gordo y la Adriana le pagaron para que se acostara con la Adriana porque el que no podía tener hijos era el Gordo, cuando el médico les confirmó que no iban a poder parece que les agarró la desesperación. Parece ser que el Gordo veía que la Adriana se había hecho amiga del Laucha por estar juntos en la carnicería, entonces se le ocurrió que tuvieran relaciones… según le contó la madre de Adriana a Mabel, como el Laucha era virgen -apenas tenía diecisiete años-, el Gordo les dio cinco minutos de intimidad en el baño de la carnicería para que pudieran hacerlo. Como el Laucha ya estaba por entrar como guardiacárcel, apenas quedó embarazada la Adriana dejó la carnicería como habían convenido… dice Mabel que el Gordo le pagó una fortuna. Pero ahora, el Laucha, que imaginate, ve al nene todos los días, en el almacén, la panadería, y que encima es un calco de él –es el Laucha en miniatura-, parece que se encariñó y hace unos días fue a reclamar que quería ser el padre del nene. Y apenas el Gordo se la vio venir hizo que la Adriana lo acusara de violación, porque viste que ahora con el ADN ese te descubren todo… ¿qué me contás?

Carmen mira la hora: tardísimo. Mientras piensa en esto, automáticamente y con gran esfuerzo como para simular interés, contesta:

-Qué bárbaro che….

Luego le dice a Lidia que ya es hora de ir a hacer las compras para hacer la comida porque cuando Diego y los chicos lleguen del trabajo van a querer devorarse la cena con mantel y todo, pero esta vez lo dice sin culpa porque es la pura verdad. Piensa que a lo mejor para el próximo concurso debería empezar antes a elaborar el argumento así por lo menos lo puede hacer más tranquila, pero nada de ciencia ficción, quizás lo mejor será una historia en el pasado, en el 1800 o principios de 1900 por ejemplo, o algo como García Márquez, una historia de amor, para toda la vida…Lidia dice que la acompaña al supermercado así aprovecha y compra unos repollitos que los vio bastante baratos. Carmen solo asiente y manotea el llavero.

-Pobre Laucha Lidia… ¿qué irá a pasar con él, no?

FIN

Agosto 2008

LA MAQUINA DE FABRICAR HISTORIAS - Yo fui víctima de Hernán Casciari

        

No puedo decir que soy amigo de Hernán Casciari. Lo que tampoco quiere decir que esté enemistado o enquistado con él, sino simplemente que no somos amigos, no hablamos por teléfono, ni por Internet. Apenas mantenemos una pequeña comunicación por email pero muy esporádica, muy de vez en cuando. Hoy, luego de que el éxito de Diario de una mujer gorda lo ha convertido en una celebridad resulta obsecuente decirlo, pero mi lista favorita de escritores de la literatura humorística se ha expandido: Leo Mashlia, Woody Allen, Roberto Fontanarrosa, Paco Poblet y ahora Hernán Casciari, pero este último vivió a la vuelta de mi casa y es muy mentiroso. Doy fe.

Lo conocí cuando yo tenía catorce o quince años y él era un año mayor. Durante dos veranos nos encontramos en la Liga de Padres de Familia en la ciudad de Mercedes. La Liga era por aquel tiempo, año 87, 88 un modesto club con un par de piletas de natación, canchas de tenis y quinchos con parrillas.

No recuerdo exactamente cómo fue pero creo que el primer encuentro entre Hernán y yo ocurrió en algún doble de tenis en el que él formaba dupla con Roberto Casciari, su padre y yo con Pablo Asenzo. En la cancha de tenis Hernán era impresentable, el físico (un poco gordo), el atuendo (recuerdo unas bermudas que en otro momento habían sido pantalones), el estilo (más de la pelota-paleta que de tenis) y los millares de chistes y comentarios que desplegaba en cada set -con los que lógicamente me cagaba de risa-, nos hacía presuponer que los liquidaríamos en poco minutos. Pero no, eran imbatibles y sucumbíamos frente a un Roberto Casciari que con un raquetón gigante como un mediomundo bloqueaba todas nuestras pelotas en la red.

Por aquel entonces yo rompía las guindas de los demás canturreando desafinado buena parte de la tarde con mi guitarra por todo el predio de la Liga, él me pedía canciones de Charly García del cual era fanático y despotricaba contra Soda Stereo que era el grupo de rock que comenzaba a imponerse en la Argentina. En una de esas juntadas alrededor de la guitarra nos contó que tenía un grupo de rock con amigos suyos y que ya había compuesto una canción, y haciendo mímica con la raqueta como si fuera una guitarra comenzó a cantar el estribillo: “Rosalía, Rosalía, Rosalía, abortó ciento treinta y siete vidas”, el cual sonaba muy lejos de la influencia de García y más cerca de Los Auténticos Decadentes.

Algunas de esas tardes de tenis se hacían noche y fue en una de ellas que volví junto a Hernán en bicicleta hacia nuestras casas. Por conversaciones que habíamos tenido había descubierto que un nuevo vicio nos unía: Hernán también leía. Hasta allí yo solamente tenía un camarada de lecturas, mi amigo Jano Pollero. Y nadie más. Por fin encontraba a alguien que conocía las historias de aquellas maravillosas colecciones de aventuras (resumidas, pero historias al fin) en las que aparecían el Capitán Grant, el capitán Nemo, Crusoe, Strogoff, Tell, Sandokán. Con el tiempo me daría cuenta de que Hernán era de otro planeta. Era un animal leyendo. Había leído libros que yo no tenía ni la menor idea que existían, y los devoraba enteros como un troglodita de un solo tirón.

Otra tarde volvíamos en bicicleta por la interminable calle 11 después de haber jugado un partido de tenis. Ya se hacía de noche, y empezó a contarme que estaba con unos cuentos que no podía dejar de leerlos, que se quedaba hasta las cinco de la mañana despierto y que tenía ganas de “ponerse escarbadientes en los ojos para poder seguir leyendo” –recuerdo esa frase porque inmediatamente se me hizo la imagen de Hernán en su cama con los dos escarbadientes pinchándole los párpados -.

En el punto donde debíamos desviarnos del recorrido cada uno a su casas, si mal no recuerdo en la esquina de la calles 2 y 29, nos detuvimos y Hernán, como poseído por algún espíritu borracho, seguía narrándome con un despliegue gestual y corporal efusivo un relato tras otro: el crimen de las dos mujeres, el del viejo ojo de buitre, el de la mujer que moría al ser retratada, al que enterraban vivo tras un muro. Son de Pou me dijo, “Se escribe “Poe” pero se pronuncia “Pou””, me aclaró luego. Días después encontraría una recopilación de Edgard Allan Poe buceando en la biblioteca de mi tía Ana. Pero las leí de rigor porque Hernán ya me las había contado y dramatizado con tal furia que me resultaban insulsas, casi estériles. Y definitivamente aquellos cuentos están y estarán en mi cabeza relatados y dramatizados por el gordo una noche de verano en la esquina de la 29 y 2.

Otra día me contaría una historia que pensaba plasmar en una novela, creo que el argumento consistía en una persona que iba recordando cosas de su infancia, cada vez más profundo, hasta que se veía en la panza de su madre y luego recordaba una vida anterior. Nunca supe si alcanzó a escribirla.

Cuando terminó la secundaria él se fue a vivir a Buenos Aires y un par de años después yo me fui a vivir a Rosario. Y por cuatro o cinco años no supe nada de él. Hasta que una desgraciado fin de semana volvimos a tener contacto. Claro que hoy, con esa claridad que poco a poco provoca el tiempo transcurrido, puedo decir que Hernán es una máquina buscando historias que descubrir y contar, no le importa otra cosa, al igual que Borges el no contempla la literatura, él “vive” la literatura, y disfruta de los tres ejercicios que ofrece la literatura: la inventiva, la poesía y el de la impostura. Pero sobretodo este último. La literatura no es otra cosa que macanear pero con estilo y Hernán aprovecha al máximo el arte del engaño. Y debo confesarlo: yo fui víctima de Hernán Casciari.

Esto debe haber transcurrido en el año 94 o 95. No viene el caso la exactitud de la fecha. Yo prácticamente era un rosarino más y venía muy poco a visitar a mis padres a Mercedes. Me había puesto de novio con una chica rosarina y juntos vinimos a pasar un fin de semana en mi casa paterna. Mi novia de ese entonces era estudiante de periodismo y ya en casa, luego de acomodarnos en mi cuarto de adolescente, empieza a hojear una revista local que yo desconocía llamada La Ventana en la que en la tapa había un título sobre “Los túneles de Mercedes” o algo así.

Ella lee la nota en voz alta. Mientras yo me recuesto en la cama escucho el relato, escrito en primera persona, en el que un cronista cuenta cómo descubre unos túneles que existen en una antigua fundición de la ciudad ubicada detrás del parque municipal: el periodista decide entonces explorar los túneles y con una linternita se introduce en uno de ellos, consigue dar con unos pasadizos secretos que recorren dos o tres kilómetros y terminan coincidiendo con la iglesia Catedral y la Municipalidad, además todo iba condimentado con una teoría conspirativa que francamente no recuerdo.

La crónica era tan impactante, tan atractiva que mi ex novia quedó obnubilada. Al pie de la nota aparecía el nombre del cronista: Hernán Casciari. Yo le cuento que es un amigo mío de épocas de la secundaria. Ella me pide por favor que lo ubique así le hace una entrevista para publicar en Rosario. Juro que dudé un instante porque conocía a Hernán y su adicción al macaneo, revisé la revista de punta a punta y todas las demás notas eran presumiblemente serias, el contexto general era innovador pero sobrio salvo alguna página de humor. No obstante llamé a un par de amigos por teléfono y les pregunté si sabían algo de los túneles y ellos mismos sorprendidos también por la nota me dijeron que es algo que siempre se había comentado y que probablemente todo era cierto. Entonces fue que llamé a la casa de Hernán.

Después de saludarnos le comenté que mi novia estudiaba periodismo y que quería hacerle una entrevista por el descubrimiento de los túneles, me dijo que no tendría problema, que lo llame después para coordinar, cerca de las cuatro de la tarde. Mirá vos, pensé, la cosa es cierta nomás, el gordo anduvo por los túneles.

Mi novia quedó tan excitada que no podía contener su felicidad, desbordaba de alegría porque ahora sí tenía una historia, una crónica impactante con la que se regodearía frente a sus compañeros y profesores de la Escuela de Periodismo. Estuvimos horas hablando y releyendo la nota y ella en una libreta iba anotando las preguntas que le haría a Hernán para no olvidarse de nada. A mí me preguntaba que tal era como persona y yo le contaba que el gordo era muy talentoso y que tenía más horas de lectura que las que pasa una gimnasta rusa entrenando. Cuatro menos cinco mirábamos el teléfono caprichosamente inmóvil sobre la cómoda. Contagiado por el entusiasmo de mi novia, me salía de la vaina por levantar el tubo y marcar. Dejamos pasar un par de minutos después de las cuatro y me decidí.

No sé que habrá pasado por la cabeza de Hernán en ese tiempo que transcurrió desde el primer contacto, si se habrá arrepentido o apiadado porque en cuanto me volví a comunicar, antes que dijera una palabra más y riéndose con ganas me dijo:

-¡Boludo, es todo un verso! lo inventé todo...

-¡Qué hijo de puta! –dije.

-Lo hice porque quise demostrar que la gente en Mercedes está acostumbrada a leer sin cuestionar y da todo lo que sale en los diarios como una verdad absoluta y bla, bla, bla….

Creo que me despedí y le corté de la vergüenza que me estallaba en las orejas, me sentí un verdadero pelotudo. “Era todo mentira” dije mientras caía abatido sobre el respaldo de la silla. Mi novia, quién estaba al lado mío se ruborizó y yo quise, deseé con toda el alma, que el piso de mi casa se abriera bajo mis pies y me tragara hasta llegar y quemarme en el punto más incandescente del núcleo del globo terráqueo.

-¡Claro! –dijo ella, interrumpiendo mi viaje subterráneo –, ¡hizo lo mismo que Orson Welles!
Tuve ganas de responderle que estaba muy bien que conociera el episodio de Welles con el engaño de la invasión extraterrestre y que eso denotaba que la Escuela de Periodismo estaba dando sus frutos pero lo interesante, lo inteligente, hubiera sido recordarlo en el momento que leía la nota de los túneles. Por supuesto que en lugar de eso, en voz alta, pero más para mí que para ella, y con un tono en el que se adivinaba mezcla de admiración y resentimiento volví a exclamar:

-¡Qué gordo hijo de puta!

Pero la historia lamentablemente no terminó allí. Ya en Rosario, días después de ese fin de semana, mi viejo -que bien podría haber reemplazado con holgura a Michel Douglas en el film Un día de furia-, y que se había enterado del engaño en el que habíamos caído, en una llamada por teléfono me contó que lo fue a buscar a Hernán y que lo cagó puteadas de arriba a abajo. Yo me quise matar, no podía creer semejante cosa, ahora la vergüenza sería eterna. Discutí con mi viejo pero no lo pude hacer entrar en razón: lejos de enojarme con Hernán, yo celebraba su genialidad.

Tiempo después, en otro viaje, me lo encontré a Hernán en unos de esos trámites burocráticos en una dependencia pública. Inmediatamente le pedí disculpas por lo de mi viejo, pero el me dijo que me quedara tranquilo, que era comprensible. A partir de ese día, año 95 quizás, lo perdí de vista. Por suerte, para salud mía.

Fin
Walter Perruolo

LA GORDA LOPEZ - La teoría de la muñeca rusa.

Hasta que Mauri tomó el bolso y salió como un rayo en su ruidosa Zanella la conversación había girado sobre la desgraciada derrota casi al final del campeonato que prácticamente dejaba al equipo sin posibilidades. El Pájaro Acuña, capitán del equipo, mantenía las piernas elevadas sobre la pared exterior del quincho de la Asociación de Judiciales Bonaerenses visiblemente muy cansado. Sus cuarenta y cinco años de edad no parecían amedrentarlo a la hora de correr y marcar. Era el más viejo de todos pero raramente decía una palabra luego de los partidos. Los demás se encontraban sentados en el piso y tomaban de la coca y la cerveza que pasaba de mano en mano. Habían jugado contra Distrimer y el resultado fue dos a cero en contra. Si bien la punta del torneo ya era inalcanzable el quinto lugar no estaba nada mal para un equipo que no practicaba en la semana y en el que el promedio de edad estaba por sobre los treinta dos o treinta tres años.
Mauricio Giglione se cambió los botines y apenas pudo probar un sorbo de cerveza, luego leyó algo en su teléfono celular y se excusó diciendo que estaba apurado y como si fuera víctima de un incendio, visiblemente nervioso, se subió a su vieja motocicleta y se fue. Mientras estuvo presente hubo críticas a la desidia de Garrido, reproches al Flaco Pescio y al Cabeza Martinez por “no meter lo que hay que meter” y dos o tres recomendaciones para que al Tato no se le escape más la pelota de las manos: con los puños o cachetazo para afuera para no dar rebote. Pero el Pájaro Acuña no hacía reproches, como si el hecho de jugar fuera más que suficiente y tal vez esa mística de hombre silencioso fuera de la cancha le daba cierta autoridad dentro del campo de juego donde ninguno de sus compañeros se animaba a desacatar cualquiera de sus órdenes. En cuanto Mauri desapareció el que se animó a poner el tema en discusión fue el Cabeza.
-Pobre Mauri che, la jermu lo tiene loco.
-Y hoy llegó al final del primer tiempo- dijo Pescio-, y apenas terminamos se fue, ni para la coca se queda ya.
-Qué ¿La esposa no lo deja? –preguntó Tato mientras encendía su primer cigarro después del partido.
El Cabeza asintió mordiéndose el labio inferior como si el problema lo angustiara más que al propio Mauricio. Luego dijo:
-Es que por lo que me cuenta el Negro Guerra, el primo de Mauri, la jermu le arma unos quilombos cada vez que viene a jugar que el pobre está cada vez más amargado.
-¡Y! ¡hoy te digo que ni la vio! –dijo Tato-, parecía un fantasma en el medio de la cancha.
-Bueno… –se integró Romano a la conversación –, a mí también me hinchan un poco las pelotas, sobre todo cuando vuelvo de jugar, pero me pongo a cortar el pasto, le arreglo un poco el jardín y se calma.
-¡Claro! –se entusiasmó Pescio -, o le comprás una pilcha.
-Sí, pero te cansa un poco tener que explicar cada vez que venís a jugar que a vos esto te hace bien, que es bueno para tu salud, que trabajás toda la semana y que con esto te relajás un poco… –dijo Tato.
-Mirá hermano –interrumpió el Gringo después de despegar el pico de la Quilmes de su boca y de pasarse el antebrazo por la pera chorreada-, si a mí después de trabajar todos los días como un negro viene la bruja y me dice que no puedo venir a jugar le pego semejante patada en el orto que la hago volar hasta Gowland.
-Pero Gringo… - comenzó a decir el Cabeza mientras pedía que la pasen la coca, -ya sé que vos la mandás al carajo y todo eso como vos decís, pero la Flaca ¿te rompe o no te rompe las guindas porque venís a jugar todos los sábados?
-Y…-dijo el Gringo como si lo hubieran pescado con las manos en la masa en un robo-, no me dice nada pero le agarra un berrinche que hasta el sábado a la noche no se le pasa.
-¡Ahí está lo que te digo, hermano! -dijo el Cabeza –, porque al principio, estando de novios fijate que no tienen drama, te despiden con un beso y te desean suerte para que ganes, y hasta te diría que te vienen a ver un par de partidos para hacer letra, pero en cuanto pusiste el gancho, ¡zácate! les agarra un odio visceral a la pelota y a los muchachos, y ellas te marcan peor que el peruano Reyna al Diego.
   Romano se disculpó porque tenía que ir a abrir la pizzería y se fue. El pájaro Acuña aún sostenía sus delgadas piernas sobre la pared del quincho sin emitir ninguna opinión. El Gringo, Tato, Pescio y el Cabeza conversaban a pasos de él.
-El que parece no tener problemas es el Pájaro –dijo Tato, sin preocuparse porque Acuña lo escuchara, porque el Pájaro era de esas personas de las que uno podía hablar sobre ellas como si no estuvieran en el lugar.
-Es verdad –acotó el Gringo –además la Gallega lo viene a ver de vez en cuando y todos los sábados lo pasa a buscar en la moto. Hasta me acuerdo un sábado que vino a buscarlo y cómo recién habíamos empezado a tomar la cervecita la mandó de vuelta y le dijo que pasara en una hora ¡Y la Gallega vino a buscarlo exáctamente una hora después! Es de fierro esa Gallega.
-Nos tenés que dar el secreto Pájaro –dijo sonriendo el Cabeza dándose vuelta para mirarlo.
El Pájaro extendió la mano para que el Gringo le pasara la coca, pero no contestó.
-Deben ser los años –dijo Pescio.
-Yo siento que mi mujer me va a romper las pelotas esta vida y si hay otra más también, así que… –dijo el Gringo.
-A lo mejor la Gallega es distinta, le gusta el fútbol y el Pájaro tuvo suerte…
-Yo tenía el mismo problema, es normal.
La voz grave del Pájaro hizo que un silencio incómodo se adueñara del lugar. Luego de unos segundos el Gringo se empezó a reír y los demás se contagiaron. Al instante predominó otra vez el silencio, como si todos a la vez recordaran que el Pájaro jamás hacía chistes y que probablemente lo que había dicho sea cierto.
-¿Cómo es eso Pájaro? –preguntó Tato mientras el nubarrón de humo que escapaba de su boca le cubría la cara y le achinaba los ojos.
El Pájaro, aún con las piernas izadas, con el torso recostado en el pasto y mirando el cielo seminublado comenzó a hablar despacio.
-Yo, en los dos primeros años de casados estaba peor que Mauricio.
-¡¿En serio?! ¡Nos estás jodiendo! –exclamó el Gringo quien se acercó un poco más al Pájaro visiblemente interesado.
-Sí, me tenía loco la Gallega, quería que pasemos todo el fin de semana juntos, no quería que jugara al fútbol, ni tampoco que me reúna con los muchachos del taller de Pavoni a comer los asados de los miércoles… todas cosas que mientras estábamos de novios las hacía sin problemas…
-¡No te puedo creer! –dijo Tato, quién también arrastró la cola dos pasos hacia delante para estar más cerca del Pájaro.
-Es verdad que las yeguas te enroscan las muy putas, en cuanto te pusieron el anillo andá a cantarle a Gardel –dijo el Gringo.
-¿Y cómo fue Pájaro? –preguntó el Flaco Pescio al que parecía desbordarlo la curiosidad.
El Pájaro dejó caer sus largas piernas hacia un costado y se sentó frente a los demás quienes lo rodeaban en medialuna como si fueran discípulos de un monje. El Pájaro le pidió al Cabeza el último taquito de coca y luego de vaciar la botella continuó.
-Tuve un episodio de infidelidad.
Quedaron en silencio y se escuchó un grito de gol que venía de la cancha dos en la que se estaba jugando el partido entre Carnicería Davobe y Pinturería Impacto.
-¿La Gallega te metió los cuernos? –preguntó el Cabeza al parecer con total ingenuidad.
-No, la infidelidad fue mía…
-No, pará…-interrumpió el Gringo -, si yo le meto los cuernos a la bruja, y se entera, te puedo asegurar que no juego ni a la bolita en el patio de mi casa, y la única salida que voy a tener va a ser a cortar el césped de la verja pero atado con una cuerda…
El Pájaro negó enfáticamente con la cabeza y dijo:
-No, Gringo, vos estás equivocado, la cosa es al revés.
-No entiendo un carajo –dijo el Cabeza –, a parte… ¿Cómo hiciste vos Pájaro para meterles los cuernos a tu mujer si sos más correcto que un monaguillo? Pasa una mina con un orto descomunal y ni siquiera te das vuelta… el otro día sin ir más lejos, estábamos tomando un café en la plaza y pasó una pendeja con un escote para el infarto y vos me seguiste hablando de lo rápido que era el zurdo Gómez cuando jugaba de wing y ni siquiera te diste cuenta…
-Y además es como dice el Gringo –agregó Pescio –si le metés los cuernos y se entera te embalsaman y te quedás en tu casa como un mueble más para siempre.
El pájaro pareció sonreir y luego de acomodar su cola sobre el césped y extender sus piernas hacia delante continuó.
-En realidad no estuve con otra mujer, me dio una mano la Gorda López.
-¿La Gorda López? –preguntaron Pescio y Tato a coro.
-Sí, una mujer que trabajó limpiando en casa de mis viejos durante más de veinte años. Me la encontré en la despedida de soltero del Conejo Spinetto.
-Ah, ahora entiendo -, dijo el Gringo –aprovechaste la salidita y...
-No tan así Gringo –respondió el Pájaro-, esa noche organizamos en lo de Peppe un asado para la despedida del Conejo y yo estaba muy amargado porque llevaba dos años de casado y ya veía que mi vida iba a ser un infierno, me esperaba un futuro negro, sin fútbol, sin asados con los muchachos… Viste que en lo Peppe si te sentás en las mesas del costado se ve la cocina, bueno, de repente, veo que la cocinera me saluda muy sonriente, tardé unos segundos en darme cuenta que era la Gorda López por la cofia que le cubría los rulos. Bueno la cosa que con los muchachos nos quedamos como hasta las dos de la mañana y yo ya había mandado como veinte mensajes de texto para avisarle a la Gallega que la cosa se estaba haciendo larga y que iba a llegar tarde. En eso veo que la Gorda López, ya cambiada, sin la ropa de cocina, estaba en la caja hablando con el dueño, seguramente para cobrar el día y me acerco para saludarla…
-¡Y claro! –dijo el Gringo -¿Veinte años trabajó la López en tu casa?
-Una eternidad –dijo Tato.
-Nos saludamos –continuó el Pájaro –me preguntó cómo andaba, cómo estaban mis viejos y yo no soy de mucho hablar de mis cosas privadas pero ahí le largué toda la perorata de mi conflicto con la Gallega, encima me había clavado un par de vinitos y la lengua se me soltó…
-¿Te volteaste a la gorda esa, Pájaro? –preguntó el Gringo desconcertado.
El Pájaro sonrió.
No –dijo con voz pausada –, la Gorda en ese momento ya tenía más de cincuenta y cinco pirulos, todavía vive, es como mi segunda madre Gringo.
Otro grito de gol se escuchó a lo lejos y mecánicamente todos se dieron vuelta para ver de quien era.
-De Impacto…-dijo Tato –lo hizo el Laucha Gómez seguro…
-Seguí Pájaro que esto me interesa –dijo el Gringo.
-Bueno, la Gorda me invitó a sentarme y me dice que no me preocupe que tiene la solución, que ella como mujer entiende mucho a la especie, y ahí nomás se despacha con la teoría de la muñeca rusa.
-¿La teoría de la muñeca rusa? ¿Qué es eso? –preguntó Tato incrédulo.
-¿No es la que abrís una muñequita y adentro hay otra más chica, y abrís la más chica y hay otro más chica todavía y así hasta que llegás a la última? –le preguntó el Cabeza al Pájaro Acuña.
-Exacto, así me lo explicó la Gorda… –contestó el Pájaro –,  fijate, me dice ella, mirá la mesa donde están tus amigos, observá bien, fijate de todos los amigos que tenés quienes son los más atorrantes, los que salen de noche, están con otras mujeres y encima las esposas lo saben… ahí nomás yo miré para la mesa de los muchachos y los que reunían esa condición eran Diego, el Rulo Veyra y Marcelo Perrone, cuando volví la vista la Gorda me dice, ahora fijate si algunos de esos tiene problemas para reunirse en los asados o para jugar al fútbol. Yo puse cara de no entender y ahí fue que me dijo que me iba a demostrar la teoría de la muñeca rusa. La Gorda sacó un cigarro de la cartera, lo encendió y empezó a explicarme como si estuviera exponiendo una clase en una universidad: las mujeres somos inconformistas nene, lo primero que tenés que saber es que si el marido engaña a su mujer y se entera, el problema que va a tener la mujer es todo lo referido a la infidelidad: le va a preocupar si el marido sale de noche sin decir adonde va, si está en lugares en los que hay otras mujeres que no conoce, si trabaja con mujeres; ahora si el marido no le es infiel el problema pasará a ser que el tipo está poco en la casa el fin de semana porque va a jugar al fútbol, a las cartas o a reuniones de varones como asados o vermusito en el bar… y ahí aparece la segunda muñeca ¿entendés la metáfora?, ahora si el marido no hace ninguna de esas cosas el problema pasará a ser que el tipo no hace cosas que a ella le gustan, como ir al centro, mirar vidrieras, elegir ropa para ella…
-Uy sí –interrumpió Tato-, imaginate la depresión que te agarra si sabés que los muchachos están jugando a la pelota y vos paseando con tu jermu por el centro un sábado a la tarde…
-Y con la angustia que me agarra le rompo tibia y peroné a un maniquí de la vidriera…-dijo el Gringo.
El Pájaro aprovechó para tomar un trago de cerveza, luego siguió:
-Y ya vamos por la tercera muñeca me dice la Gorda y me siguió explicando: cuando la infidelidad, el fútbol, el asado con los muchachos, los paseo en el centro ya no son más un inconveniente para ella, aparecerá uno nuevo y será que el marido no ayuda con la limpieza y el orden de la casa; pero... si el tipo no le es infiel, no se va los fines de semana a jugar al fútbol, sale de paseo con ella y ayuda con las tareas de la casa el inconveniente será entonces que no presta demasiada atención cuando ella le está hablando de sus temas, cosa que por supuesto sucede porque el pobre tipo ya sufrió tal castración que apenas queda un vestigio del ser humano que era…Conclusión, me dice la Gorda: le sos infiel a tu mujer una vez y como eso va a ser lo único que ella va a tener en la cabeza, todo lo demás será una minucia, una nimiedad… no le va a importar…
-¿Y te volteaste a la Gorda López? –dijo el Gringo frunciendo la nariz.
-Y bueno… un sacrificio –dijo Tato sonriendo.
-No muchachos, le dije a la Gorda que probablemente tenía razón pero que a mí no me daba el cuero para estar con otra mina, una porque muy agraciado no soy y después que con las minas siempre me fue difícil... le dije chau a los muchachos que se quedaban y me fui…
-A un cabarute…-dijo Pescio.
-No, llegué a casa, abrí la puerta y ahí nomás estaba la Gallega que me zampó un puñetazo en la nariz y después una patada en los huevos que me descompuso.
-¡¿Porque llegaste tarde?! ¿se zarpó la Gallega? –dijo Tato sorprendido.
-No, me empezó a recriminar por qué le había hecho eso, si con ella no le alcanzaba, que si me gustaban las pendejas se iba a comprar un uniforme de colegio y se lo iba a poner, de todo me dijo, yo no entendía nada… Con el tiempo y después de pasar dos semanas de calvario sin hablarnos pude deducir lo que pasó… Parece ser que cuando me fui del restaurante la Gorda López preguntó mi teléfono al Diego y llamó a la Gallega, se hizo pasar por la madre de una chica que supuestamente, luego de la despedida de solteros, conocí en un boliche en Chivilcoy y le dijo que nos encontró apretando en la puerta de la casa. Cuando llegué la Gallega estaba que hervía.
-¡Pero la Gorda esa es una bestia, te quiso arruinar! –dijo el Cabeza casi indignado.
-Mirá, en los primeros meses si la encontraba la asesinaba pobre Gorda, casi te digo que estuvimos a punto de separarnos con la Gallega, pero después con el tiempo la cosa mejoró… ahí me di cuenta lo que la Gorda me había dicho. Porque yo empecé a notar que la Gallega me dejaba hacer cualquier cosa con tal de que no tuviera necesidad de nada…como yo no soy un tipo que me guste la noche y la verdad que con el fulbito y los asados me conformo…
-Te vino al pelo– dijo Tato.
-Ahí te viene a buscar la Gallega Pájaro –dijo Pescio.
La mujer del Pájaro frenó la moto a pasos donde se encontraban ellos y saludó sonriente, el Pájaro se levantó, se colocó el bolso en el hombro y se despidió de todos, luego le dio un beso a la Gallega que ya se había colocado en la parte trasera de la moto y se subió. La Gallega abrazó al Pájaro y colocó su mejilla en la espalda mientras la moto empezó a marchar. Salieron del predio justo en el momento que un tercer grito de gol venía de la cancha dos. Tato, el Gringo, Pescio y el Cabeza, se dieron vuelta.
-¿De Impacto otra vez che? –preguntó Tato.
-Sí, el tercero –contestó Pescio.













































































PSICOLOGIA MODERNA - La magia del doctor Casal

En el periódico local es habitual que aparezcan publicadas notas firmadas por el doctor Casal. El doctor Casal fue mi médico desde que nací en 1972. Por aquellos años los médicos clínicos eran poseedores de un aura magistral y recibían por parte de la gente un trato casi reverencial, y el doctor Casal, persona de la cual mi madre hablaba con un respeto y admiración que por momentos rayaban la temeridad, -nada más y nada menos que como los dioses: perfecta conjunción de amor y miedo- era para nosotros como una especie de guía apoteótica inmaculada.

El primer recuerdo que creo tener del doctor Casal es cuando fui atacado por esas dolorosas sombras en mis mandíbulas llamadas paperas y visitamos su consultorio junto a mi madre. Pude constatar que yo tenía cuatro años –la fecha está inmortalizada en un viejo cuadernito en el que mamá llevaba mi historia clínica- y la impresión que tuve es que el doctor Casal era enormemente alto, probablemente viejo (el ya tenía cincuenta años) y la voz, muy particular, entre solemne y grave, sonaba imponente haciendo vibrar el pomposo bigote que le cubría todo el labio superior y parte del inferior.

Hace unos días, mientras ojeaba una nueva edición de los cuentos completos de Poe en la librería del centro escuché aquella voz casi robótica que preguntaba en la caja si había llegado lo que tenía encargado. Quizás a esas mágicas maniobras de la niñez la voz había quedado grabada indeleble en mi memoria, igual que esas manos que apoyadas en el cemento fresco dejan su figura imprentadas por mucho tiempo. Levanté la vista y allí estaba, ni tan imponente, ni tan alto, apenas un par de centímetros por sobre mí, más canoso y aunque debería estar llegando a los ochenta años, la espalda derecha y sus movimientos ágiles intentaban desmentir su ancianidad.

No alcancé a escuchar cuál era el libro estaba pidiendo pero no costaba mucho imaginar qué temas podrían interesarlo: había leído dos o tres notas publicadas con su firma en el diario que fueron suficientes para comprender que el doctor Casal, de profunda impronta militar, justificaba y hasta promovía el odio visceral a todo lo que oliera a izquierda política: marxismo, castrismo, guevarismo y todas las versiones que pudiera adoptar el socialismo, desde Felipe González de España hasta el propio Raúl Alfonsín (visto por supuesto desde la óptica más extremista de la derecha). Aunque el máximo ensañamiento era con el movimiento montonero peronista. En sus notas que ojeaba rápidamente como para no indigestarme, en un tono siempre beligerante y ortodoxamente católico se advertía su admiración por Pinochet, Rosas, Videla “un ejemplo de hombría”, defendía a Menéndez ante la “burla grotesca de ese etílico personaje, Galtieri” y manifestaba siempre su profunda devoción hacia los Estados Unidos de América. Llegó a “demostrar empíricamente” que no hubo terrorismo de estado en el país y que el golpe de estado de 1976 fue “un reclamo de la ciudadanía para acabar con los imberbes”, “separar la cizaña del trigo”, “enderezar las ramas torcidas”. Y no escatimaba líneas en ponderar la recuperación de Alemania después de la segunda guerra, y lo hacía de un modo que uno no podía dejar de advertir cierto tufillo a sentimiento pronazi, como si justificara de algún modo las pérdidas de vidas y el horror del holocausto.

La última vez que había visto al doctor Casal fue cuando operó a mi hermana, dos años menor que yo, de apendicitis. Yo tenía ya quince años y debido a que se había dedicado completamente a la cirugía tuvimos que cambiar de médico y a partir de allí perdí todo contacto. Por eso encontrarme con el doctor Casal en la librería me provocó una mezcla de nostalgia y desengaño. Es que más allá de derechas o izquierdas mantengo la aversión a quién cree que quitar la vida del otro puede resultar necesario, y el doctor Casal, en sus notas, justificaba la desaparición de quién pudiera atentar contra “la moral y las buenas costumbres”. Por suerte no me reconoció.

Pero tengo que ser franco, como médico no había nada qué decir, y no sólo por su capacidad e inteligencia sino también por su dedicación casi sacerdotal con la medicina. Para él no había sábados y domingos, el dinero nunca fue un problema y hasta se comentaba que había interrumpido varias veces sus vacaciones para operar de urgencia a pacientes que lo requerían por una cuestión de confianza. Desde la librería pude ver como se subía a un modesto y viejo automóvil dándome la pauta de que con su profesión tampoco se había enriquecido.

En sus notas periodísticas parecía empecinado en demostrar le beneficioso del proceso militar. Y lo que yo podía deducir de ellas -y por comentarios que había escuchado de alguna gente-, era que sus desopilantes escritos poco a poco lo arrastraba a tal absurdo que comenzaba a empañar su carrera como médico: como Gregorio Samsa que se despertó un día convertido en cucaracha, como los gusanos que luego son mariposas, como la flor que luego es fruto, el “doctor Casal” se había convertido con los años en el “loco Casal”. Tengo la certeza que el doctor Casal lo único que sería capaz de asesinar son los insectos de su casa y yo no podía dejar de verlo como un quijote anacrónico buscando santuchos, firmeniches y gorrarianes escondidos para poder combatirlos. O exterminarlos.

Cuando desde la librería pude ver que su auto logró salir del poco espacio que tenía en el estacionamiento me vino a la memoria la vez que mi madre me llevó a su consultorio porque yo no podía tragar. No era que no comía sino que estaba impedido de poder hacer funcionar los músculos de mi garganta e ingerir lo que fuera. Tendría siete u ocho años y el miedo atroz que me impedía tragar había sido provocado por dos situaciones que confluyeron en la misma semana. La primera vez fue cuando unos amigos de papá y mamá, que habían venido a cenar a casa, comentaron el caso de un chico, que jugando con sus amiguitos se había ahogado con una bolilla de paraíso. Las bolillitas las utilizaba como munición de una improvisada cerbatana, y al parecer la tragó sin querer, y por respirar justo en el momento se le fue por el conducto equivocado al pulmón y falleció. Quedé atónito e inmediatamente comencé a tragar allí mismo pedazos grandes de milanesa y buscando la manera de evitar respirar mientras lo hacía. Por supuesto que de mis temores yo no decía una palabra a mis padres.

El otro hecho ocurrió a los pocos días mientras almorzaba en la casa de la Abuela Niña. Lo recuerdo como si fuera hoy, la bisabuela Angela, sentada justo enfrente mío, comienza a toser a la vez que su rostro agrietado por mil arrugas deviene en un tono morado dando muestras de que se estaba ahogando: La abuela Niña golpea la espalda suavemente y luego, mientras le grita en forma desesperada “¡Largalo, largalo!”, le propicia terribles manotazos en la espalda que por poco la desmayan. El pedazo de carne cayó en el centro de la mesa y la abuela Niña, ya más aliviada, la reprendió porque no había cortado el churrasco en pedazos más pequeños. La bisabuela asentía mientras se secaba las lágrimas de los ojos con la servilleta.

Definitivamente no tragué más un bocado. Sentía que corría peligro de muerte en cualquiera de las dos opciones: si el bolo alimenticio que iría a deglutir era muy pequeño podría irse al pulmón y asfixiarme y si era muy grande podría ahogarme como la bisabuela Angela. Las dos formas de morir me resultaban aterradoras y calcular qué tamaño de bocado sería el adecuado para que fluyera normalmente por mi faringe, a la que ya intuía de un diámetro delgadísimo, francamente me deprimía y prefería no arriesgar.

Cinco días dejé la comida en el plato sin tocar. A las tantas preguntas que me hacían todos, la abuela Niña, abuela Angela, papá y mamá lo único que obtenían como respuesta es que sencillamente yo no podía. Innumerables explicaciones, argumentos y arengas que los demás ametrallaban sobre mi pequeña humanidad sentada en la mesa frente a un plato siempre lleno no conseguían doblegar mi absoluta e irrenunciable huelga de ingesta que estaba dispuesto a cumplir. Tres días de yogur, te, chocolate y agua me habían debilitado al punto de que por momentos me sobrevenían mareos y temblores en las piernas que después supe eran bajones de presión.

La quinta noche, visiblemente cansada de insistir, mamá me cargó en el viejo Citroen y me llevó a lo del doctor Casal. Al cabo de unos largos minutos, en silencio, en la sala de espera fuimos atendidos por el doctor. Mamá, al instante que lo saludaba se disculpó por lo tarde que era, pero el doctor Casal masculló una especie de respingo como dando a entender que no había problemas y nos invitó a sentarnos frente a su escritorio. De un fichero extrajo el cartoncito con mis datos y supuestamente con un resumen de mi historia clínica, y luego de repasarla con la vista preguntó cómo había concluido esa angina que tuve en el invierno. Mamá contestó que muy bien, y de inmediato aclaró que en realidad el problema ahora era otro. El doctor Casal se recostó en su silla y se cruzó de brazos.

-La escucho – dijo.

Era evidente que estaba cansado porque mientras mamá explicaba detalladamente mi dificultad por no tragar el doctor Casal se refregaba los ojos como si quisiera hundirlos dentro de su cabeza. Me sorprendí porque mamá esbozó, para concluir su relato, una teoría sobre los motivos de mi problema. Mamá le dijo al doctor Casal que como yo había presenciado el momento en que la bisabuela Angela se había ahogado mientras comía, seguramente eso me había impresionado, y que después de allí no quise comer más nada. Me sorprendí en realidad porque yo no había dicho una sola palabra de por qué tenía pánico de no tragar.

-A lo mejor debería ir a una sicóloga –dijo mi madre al finalizar su relato. Hubo un silencio pequeño pero intenso, al cabo de unos segundos el doctor Casal me miró seriamente y dijo a mi madre sin quitarme los ojos de encima:

-Déjeme unos minutitos con el chico señora.

Observé cómo mi madre se retiraba y salía por la puerta hacia la sala de espera. Cuando volví la vista el doctor Casal ya se había levantado de su silla. Yo esperaba que me hiciera recostar en la camilla y me examinara con el estetoscopio que le colgaba del cuello. Pero eso no sucedió. Mirándome serio apoyó las manos en el escritorio e inclinándose se acercó a mi rostro al punto de que podía sentir su aliento, ni feo, ni agradable, el aliento típico de los señores grandes que conocía, de papá, del tío Carlos, del tío Norberto…

-¡Escúcheme jovencito! – comenzó a decirme con tono rígido e intimidante, -¡por qué no se deja de estupideces y se comporta como debe! ¡Usted no tiene nada, lo único que tiene es miedo, no sea maricón y trague! ¡Ahora mismo se va a su casa y deja de darles problemas a sus padres que trabajan todo el día para que a usted no le falte el pan en la mesa! ¡No lo quiero ver más por acá con esas estupideces! ¿¡Me entendió!?

Quedé como congelado en la silla. No supe si contestar o no, pero el doctor Casal no esperaba una respuesta porque inmediatamente siguió reprendiéndome.

-¡Yo no puedo creer que tenga miedo de una estupidez así, hay gente que tiene verdaderos problemas, chicos enfermos que apenas pueden caminar y usted se da el lujo de molestar a su madre por una insignificancia!

Fue a abrir la puerta y llamó a mi madre. Le dijo que no tenía nada y que me diera la cena apenas lleguemos a casa. Los ojos se me habían llenado de lágrimas pero me contuve, después de todo lo que me había dicho, llorar frente al doctor Casal hubiese sido un suicidio.

Ya de regreso en el auto pude calmarme y mamá me preguntó que me había dicho el doctor.

-Que coma – le dije.

Mientras las calles iluminadas del centro iban quedando atrás e ingresábamos en la penumbra de nuestro barrio, a la vez que el traqueteo de la calle de tierra parecía desarmar el Citroen, yo percibía que se iba apoderando de mi cuerpo una especie de alivio como si el doctor Casal me hubiera exorcizado, como si miles de kilos de lastre se desprendieran de mi cuerpo y poco a poco el hambre me rechinaba cada vez más fuerte en la panza. Esa misma noche devoré en segundos la costeleta con puré que mamá me preparó.

CONDOLENCIAS - ¿A quién le puede gustar los velorios?

Ahí llega la tía Mimí y mamá la recibe con sus ojos cansados y rojizos, a la vez que esboza una sutil mueca de desgano y resignación apretando el delgado cuerpo de tía Mimí en un abrazo desesperado. Otra vez los gemidos ahogados y el combate de las palabras que pugnan por salir.

Cada vez que alguien llega las lágrimas se escapan y casi a chorros bañan en cascada los rostros marchitos por la angustia. El aroma de la sala es definitivamente repugnante, me hace acordar las mañanas de domingo en que abuela me llevaba al cementerio a visitar al abuelo y había que pasearse por los nichos y panteones sobrellevando las miradas furtivas de los retratitos ovales que parecían vigilar desde su lejano mundo amarronado, mustio y lejano.

Papá no llora, pero su mirada a la nada lo explica todo. Luego su cabeza e derrumba y se abstrae. Siento que debería hablarle, decirle algo que lo anime pero no puedo. El comprende más que nadie lo que sucedió pero seguramente no tiene fuerzas para sobreponerse. Después del choque fue él quien gritaba desencajadamente “¡Martín, Martín!” y golpeaba en forma descontrolada la puerta trasera del auto, que había quedado atrancada, con sus puños y su rabia y mamá, totalmente perdida y obnubilada ni siquiera podía moverse.

Cuando la puerta cedió ya fue demasiado tarde. Por momentos siento culpa porque me quedé totalmente paralizado y no pude ni siquiera ayudar, talvez porque papá está pensando en eso me mira y trata de consolarme (o consolarse) sin palabras y vuelve a mirarme, y se va. Ahí entra el amigo de papá. Otra vez los insoportables sollozos y mi impotencia que se convierte en tortura. Esos puñales agudos y dolorosos que perforan el espíritu: los lamentos desconsolados y el olor penetrante a muerte.

Javier se acerca por infinita vez y se persigna. Su madre, de la que no recuerdo el nombre, se pregunta en voz alta, interrumpida de a ratos por carraspeos de llanto, por qué si era tan joven y la respuesta olvidada en algún recóndito lugar de la providencia no a aparece ni aparecerá nunca.
Hay gente que no conozco y personas que apenas vi alguna vez. Las horas no pasan más, suceden agonizantes, casi perpetuas. El tiempo suele ser eterno en la desdicha, casi paralítico y vegetativo; un viejo agonizante postrado en una cama vencida. La sala es un decorado patético, muy triste. Tío Lucas tiene razón: qué cosa esto de andar prolongando lo inevitable por gusto nomás. Es tiempo de que esto culmine.

Quién puede estar de acuerdo con el masoquismo obsesionado con que la gente se somete a permanecer frente a los muertos, contemplándolos como jamás se lo hizo en vida y guardando en la memoria la imagen de un rostro inmóvil y desfigurado, apenas un frustrado esbozo del rostro que alguna vez tuvo gestos y muecas. Siempre le esquivé a los velorios pero muchas veces resulta inevitable, aunque eso sí: yo nunca me acerco al cajón. Me siento en el rincón más lejano posible, cosa que mi vista se halle por debajo de la altura del ataúd, y si lo hago, cosa que me puede suceder por distracción, el sólo hecho de ver la nariz o la frente sobresaliendo puede hacer que me baje la presión hasta desmayarme.

A mamá le dije “Mami, si vos te morís no esperés que vaya a velarte, yo prefiero recordarte toda mi vida como ahora, tomando mates en la mesa y conversando”. Para mí esta espera es desesperante, no le encuentro sentido a este absurdo.
De acá puedo ver el reloj de pared… las diez, bien, unos minutos más y todo termina. Mejor porque tengo mucho sueño. Esa vieja apestosa tuvo que pararse justo acá con ese olor a naftalina que me descompone. Me pregunto que tuvo que venir a hacer acá, jamás la vi en mi vida y seguro que apenas nos conoce. ¿Por qué me sonreirá a mí ahora? Lo que faltaba: una desconocida compadeciéndose de mí. Ya falta poco, por suerte. Todos estos lánguidos minutos me provocan un malestar doloroso y me hacen despreciar a todo el mundo. ¿Qué pasará en la puerta que vuelve a desatarse el llanto? ¿Quién habrá llegado ahora? ¿Será que vino el primo Carlos de Mendoza? No, no puede ser, no hubiese hecho tiempo. ¿Y esas monjas rezando? ¡Por Dios, por qué no pararán con ese murmullo insoportable!

Parece que la depresión ha de ser evidente en mi cara porque papá me mira, me besa en la frente y se va otra vez. Mamá me acomoda el pelo y murmura algo que no entiendo. Sus palabras me llegan distorsionadas, ha de ser porque estoy durmiéndome. “La felicidad es tener ganas de dormir…” lo leí en algún lado, y algo de razón hay en eso. Me siento extraño, como si mis sentimientos fueran ahora parte de una memoria lejana, casi ajena. ¡Dormir! ¡Lo necesito tanto! Escucho llantos cada vez más ahogados y la voz de mamá que por enésima vez, en un grito que parece salir de las vísceras, pregunta “Por qué”, pero ahora todo me suena cada vez más lejos, casi inaudible, y empiezo a tener la ausencia absoluta de sensaciones; el que siente, el que añora, el que sufre, el que reza, llora y padece ya no soy yo.

Yo creo ser el que la penumbra le va invadiendo los ojos y no alcanza a distinguir si las siluetas que miran desde arriba son las de mamá, papá o la tía Mimí o mera ilusión, o recuerdo… y comienzo a comprenderlo: la somnolencia es tanta que me voy perdiendo en este dulce e inevitable dejar de ser, de existir.

Rosario 1993

DERECHO ADQUIRIDO - Tentaciones cotidianas.

Yo a los contratos los respeto, me podés pedir cualquier cosa pero en eso soy un roble, para mí un contrato es palabra empeñada. Porque yo sé que en estos tiempos las cosas son distintas y hay gente que se caga en los contratos, y también sé que un nuevo contrato borra un viejo contrato pero dejáme creer que por lo menos para cierta gente algunas cosas siguen vigentes. Como la palabra, por ejemplo, y yo tengo palabra, y te juro que si fuera por mí –yo sé que esto es imposible pero te lo digo como ejemplo-, yo no firmaría ningún contrato porque cuando me comprometo con alguien lo cumplo a rajatabla.

Y creeme que te agradezco la propuesta porque estoy seguro de que acá estaría mejor, que tendría más libertad, más comodidades incluso ¿pero sabés qué? yo creo en el derecho adquirido, allá no tendré el confort ni la libertad que seguro tendría acá pero existe el derecho adquirido. Ya pasaron muchos años y la verdad es que con ellos yo me siento muy querido, muy respetado, incluso fijáte que hasta en la comida soy un privilegiado porque mi plato siempre está lleno y hasta se me permite un vasito de vino cosa que antes tenía muy controlada, pero ahora, qué sé yo, excepto algunas cositas que mucho no me gustan me siento un rey.

Y yo me imagino acá y digo, ¡pucha, lo que me estaré perdiendo!, pero allá estoy en mi casa, cómo explicarte, años de ver los mismos rincones, sentir los mismos olores, oír las mismas voces, cómo cambiar entonces ahora que estoy un poco más viejo, más sentimental incluso.

Además los hago bolsa si me voy, se mueren, para qué te voy a mentir, no es que uno se crea importante pero ellos te hacen sentir así: cómo que sos indispensable. Ya sé que nadie es indispensable en la vida pero nosotros siempre la estuvimos luchando y que yo los dejara sería –modestia aparte- una baja importante. Somos un equipo, no sé si somos un “gran equipo”, pero cada uno de nosotros tiene roles diferentes y los asumimos como tal y yo casi te diría que soy la columna vertebral, el faro por decirlo de otro modo, y tengo que hacerme cargo de esa responsabilidad.

Y otra cosa, ¿qué va a decir la gente cuando me vea?, lo menos grave sería traidor, o falso, yo no lo podría soportar, me sentiría poco menos que una cucaracha, una larva inerte y todo porque decidí no respetar un contrato y cambiar después de haber recibido tanto cariño, tanto amor, tanta pasión.

Te confieso: años atrás, en el momento que firmé supe que era indefinido, porque vos te das cuenta, lo sentís en la piel, más allá de lo que digan los papeles ¿eh?, lo presentís cuando mirás alrededor tuyo y reparás en los sectores en los que te movés día a día: donde tomás mate, donde comés, donde te vestís, donde te bañás, y cuando ves el césped cortadito con ese olor que penetra hasta el alma, te parás sobre ese colchoncito espumoso, mirás alrededor y decís: ¡Esta es mi casa!

Sé que uno siempre quiere tener lo que no tiene. Venir acá me seduce, no te lo voy a negar, aparte todo cambio puede venir bien, pero también existe el sacrificio, y el hecho de mantener la palabra algo de sacrificio conlleva, eso es inevitable, sino no sería un sacrificio. Y también -esto no es cosa menor-, hay que hacer el ejercicio de valorar lo que se tiene porque muchas veces lo que es de uno, al fin de cuentas, es el deseo de otro.

Y sí, yo sé que la Gorda no es la misma de antes pero los años pasan para todos y cuando vos tenga mi edad vas a comprenderlo. Perdonáme que insista, pero además del contrato que hicimos con la Gorda hay un derecho adquirido incuestionable que yo no puedo menospreciar: hace más de veinticinco años que me aguanta, me lava la ropa, me cocina... Por supuesto que los chicos están grandes y es muy probable que lo lleguen a comprender; ellos son muy abiertos, muy liberales, yo los eduqué así para que puedan sobrellevar los avatares de la vida sin que les resulte demasiado dramático, pero dejar la Gorda para venir a vivir con vos sería un crimen, la asesinaría. Te repito que yo firmé un contrato con ella y lo voy a respetar; hay una foto en la cómoda de casa en la que estamos los dos mirando la cámara al momento de firmar en el Registro Civil que me lo recuerda todos los días. Por supuesto que cuando estoy acá me siento muy bien, vos sos joven y linda, y cuando te veo desnuda a mi lado con esa piel lisita y suave no lo puedo creer pero… para qué mentirte… la Gorda es la Gorda.

Mercedes 2008

EL COMPOSITOR - Sinfonia en la cancha

El partido languidecía cero a cero, como si la maldición de la siesta, esa modorra pesada y espesa, fluyera por las piernas de los veintidós jugadores que decoraban el terreno de juego. Faltaban todavía quince minutos pero ni Boca ni Estudiantes habían llegado a amenazarse en lo que iba del segundo tiempo. La popular de Boca, invadiendo de azul y amarillo la tribuna Natalio Pescia, y el puñado de hinchas de Estudiantes, ubicados en un sector de la tribuna que da al Riachuelo, se estaban aburriendo por la intrascendencia del partido que era el último de la fecha. Ni Boca ni Estudiantes tenían chances en el campeonato -Velez Sarfield, horas más tarde, se erguiría como legítimo campeón del Clausura-, con el empate los dos estaban en la Libertadores y en caso de perder, cualquiera que lo hiciera, quedaba afuera, así que era casi cantado que los dos iban por la igualdad en el marcador.

Era una tarde de domingo no tan frío como se espera a finales de junio y la luminosidad amarillenta de un sol pronto a esconderse tras el horizonte era bifurcada y multiplicada en extrañas tonalidades por oscuras y pequeñas nubes. El segundo tiempo se había iniciado con luz artificial. El tedio en las populares y las plateas era evidente, algunos conversaban de cosas ajenas al partido, otros miraban hacia la nada, y estaban los que se entretenían puteando a los jugadores que ya las hichadas de Boca y Estudiantes habían marcado como los causantes de que el campeonato había “concluido” antes de tiempo, precisamente una semana atrás cuando aun faltaban dos fechas para terminar el torneo.
Los hinchas de La Doce, emitían un tímido “dalebooo, daleboo…” que los pocos que habían ido a la cancha apenas coreaban. El Pelado Scasso se había sentado y miraba atentamente el partido, le había dicho al Ruso y al Pecas que él quería ver a Riquelme, nada más, que podía llegar a pagar la entrada auque sea para verlo jugar dos minutos, se gane o se pierda. Horas de discusión llevaban con Riquelme, el Ruso decía que además de lento por momentos era un jugador menos y eso al Pelado lo ponía loco, hasta lo había acusado de menemista una tarde en que, en un Boca - River calentísimo, el Ruso le pedía, a grito pelado, casi desencajado de ira, a un cansino Riquelme, que se tire a los pies o que definitivamente baje a uno del medio porque ellos estaban haciendo lo que querían con la pelota. Aquel día el Pelado casi se trompea con el Ruso:
-¡Cómo le vas a pedir a Román que vulnere sus principios y recurra a la violencia que sólo los ineptos utilizan!
-Por qué no te dejás de pelotudeces Pelado, el fin de esto es ganar y hay que ganar como sea.
-¡Claro!-, dijo irónicamente el Pelado- ¡…el fin justifica los medios!
-¡Pero seguro!
- ¡Sos un menemista hijo de puta, no hay nada que hacerle…!
-El padre de Andrada, que estaba detrás de ellos, se rió a carcajadas cuando escuchó esto último, es que Menem ya no era presidente y lo que pretendía ser un insulto rayaba la ridiculez por el anacronismo.
El Pelado, el Ruso y el Pecas conformaban una extraña amistad que sólo ejercían en los partidos que Boca jugaba de local. Cada partido en la Bombonera se encontraban un par de horas antes en el bar La Esquina Dorada, ubicada enfrente de la cochera donde los tres guardaban el auto a unas diez cuadras de la cancha y sólo hablaban de fútbol. Apenas conocían uno del otro en qué trabajos se ganaban la vida: el Pelado como bancario, el Ruso en una empresa de computación y el Pecas tenía un supermercado. Sabían que los tres eran casados y que el Pecas estaba separado pero hasta allí llegaba la profundidad de sus intimidades. Todo era fútbol y Boca, y con eso tenían tema suficiente como para reforzar los lazos de amistad con los que se mantenían unidos.
El “daleboo, daleboo” bajaba nuevamente de La Doce, esta vez con más fuerza. Un petiso de la hichada, que al parecer ejercía una especie de mando sobre un puñado de muchachos, los reprendía para que no cantaran muy fuerte, “…a ver si estos entienden que hay que ir a buscar el partido y los Pinchas meten un gol de contragolpe y nos quedamos sin la copa libertadores”. En la cancha todo era tedio y desidia, el Pecas que escuchaba el partido relatado por la radio contaba que Victor Hugo y Alejandro Apo le estaban dando con un caño a los jugadores porque ninguno iba para adelante y que era una vergüenza la actitud, sospechosamente tendenciosa, de los jugadores en el partido para conciliar un resultado.
-Hay que ser hincha para entenderlo…- dijo el Ruso.
De pronto la bombonera enmudeció de golpe, y se escuchó un suave y hasta sorprendido grito de gol de la hinchada del Pincha. El Pelado, el Ruso y el Pecas no creían lo que veían, ¿era verdad que los de La Plata habían hecho un gol faltando diez minutos cuando no era necesario?
-¡Este Sosa es un pelotudo, mirá como le pegó!
-¡Lo quiso hacer, lo quiso hacer!
-¡Mirá como se lo quiere comer el Caldera, lo quiere matar, se le nota en la cara!
-¡Qué hijo de puta! ¡Qué hijo de puta!
Boca volvió a sacar la pelota del medio y comenzaba a notarse ahora la desesperación en los jugadores y en los hinchas de que había que empatar sí o sí. Estudiantes se animó a tocar y desde el segmento donde estaban los hinchas del Pincha se escuchaba, eufórico y estridente, el españolísimo “¡ooolee, ooolee!”. El Chicho Serna, desenfrenado, como un Inca temerario defendiendo su fortaleza, le fue abajo, con los dos pies hacia delante y barrió con pelota, tobillo, tibia y peroné la humanidad completa de Verón que cayó como un pobre caballo herido en la batalla. Inexplicablemente la tarjeta que sacó Castrilli fue la amarilla, lo hizo vehementemente, con una actitud casi grotesca, mientras los gestos y ademanes de Serna querían explicar que había ido a la pelota. La Doce comenzó a pedir que el “dalebooo dalebooo” se hiciera sentir en la Bombonera. De pronto el “¡Huevo, huevo, huevo, Yunta, Yunta, Yunta!” bajó desde la popular en un unísono perfecto. Con esa cortina musical de fondo se escuchó el lamento del Pelado
-Estos inoperantes se creen que el partido lo vamos a ganar con la fuerza de la voluntad, requiriendo que se imponga el imperio de las partes pudendas por sobre la maestría del juego. ¡Están equivocados!
El Pecas y el Ruso miraron al Pelado con cierto grado de incredulidad, sabían que el Pelado era un personaje que jamás diría un improperio, una palabrita subidita de tono. Era una persona culta, literato, cinéfilo, apasionado de la música y el teatro, asiduo espectador de los eventos gratuitos del Colón y del San Martín. Era casi una contradicción a sus costumbres que todos los domingos, de local, se lo viera por la Bombonera.
En el verde césped Boca parecía una banda de picapedreros intentando sacarle la pelota a un Estudiantes que parecía no haber entendido que el empate les servía a los dos. Viendo semejante afrenta al arte, el Pelado, quizás ofendido por lo grosero de la contienda, más propia de un combate bélico que de un partido de fútbol, empezó a cantar a puro vozarrón, imponiéndose sobre el murmullo de los demás hinchas.
“¡No pongan huevo, no pongan huevo, pongan algo de fútbol que pa huevo el gallinero!”
Alrededor del Pelado se hizo un silencio quizás propiciado por la incredulidad de lo que la gente escuchaba, las caras del Ruso y el Pecas traslucían un pánico pocas veces visto. Tal vez por la cercanía y esa acústica característica de la bombonera, en un radio de varios metros parecía escucharse el vozarrón, demasiado musical para la cancha, y muchos notaron que Riquelme, quien estaba esperando un lateral cerca de la línea, miraba hacia la bandeja donde fluía el canto casi lírico del Pelado suplicando que haya fútbol en lugar de vano esfuerzo. Fue allí que Román tomó el balón y levantó la cabeza, desde la derecha comenzó a hacer la diagonal y con el cuerpo impidió que el defensor lo desplazara. Desde el centro lo vio a Palermo arrastrar al líbero hacia el vértice del área chica y con un pase milimétrico le puso la pelota al pie de Guillermo que entrando por el centro del área grande, sólo tuvo que pegarle suave para que la pelota se metiera entre el palo y el arquero. Mientras el grito de gol explotó en el estadio, se escuchaba la voz desencajada de uno de los capos de la Doce “¡¿Qué gritó, qué le gritó?! ¡Que cante de nuevo, que cante de nuevo!” El Pelado, que le escapaba a la notoriedad por su bajo perfil, cierta timidez que lo llevaba a reprimirse, hizo caso omiso y se quedó en silencio, entonces fue el Pecas que, dándole un pisotón le hizo entender con la mirada que no podía desobedecer semejante orden. Entrecerrando los ojos y levantando el mentón, el Pelado, con la melodía de de Oh sole mio empezó a cantar.
“¡Oh Boca mío, no pegue y toque, que la pelota, hay que atender.
Oh Boca, ooh Boca mío, hay que tratarla, como una mujer!” .
La hinchada, tímidamente primero, en un pianísimo casi inaudible, mirándose unos a otros como descreyendo de la efectividad del texto, comenzó a corear el canto, y en segundos, en un in crescendo gradual alcanzó un tutti que hacía temblar el césped. En el centro de la cancha, Riquelme, por esas cuestiones fortuitas del fútbol recibe un pase de Cagna y la coloca bajo su pie derecho; con los brazos como alas a punto de desplegar contiene a dos jugadores de estudiantes que vanamente intentan quitar el balón que ya es parte de su cuerpo. Como un caballero elegante y temible, en esa posición heráldica y altanera, sometiendo a los dos jugadores Pinchas, se lo vio girar la cabeza hacia a la popular y sonreir, dando muestras de cuanto lo gratificaba y alentaba ese coro. Los jugadores de Estudiantes, Sosa y Lopez, parecían dos niños indefensos intentando quitarle la pelota a un tío o a un padre. El coro de improvisados tenores y barítonos vibraba ahora como nunca, fue allí que Juan Román espantó a los dos ingrávidos jugadores de Estudiantes con sólo un movimiento y con un disparo suave, certero, la pelota hizo una comba perfecta y fue a dar a la blonda cabeza de Martín Palermo que sólo tubo que apuntar hacia el ángulo superior izquierdo; allí, donde Bossio, a pesar de su ostentosa anatomía, no pudo llegar.
Con el dos a uno en el tanteador y faltando tres minutos -más los que iría a adicionar Castrilli luego-, Estudiantes pareció transformarse en el equipo más ofensivo del planeta. En la misma jugada, dos tiros dieron en los palos dejando a Córdoba estático para suspirar luego como si hubiera zafado del peor de los accidentes. Ni la hinchada, ni los jugadores, ni nadie de los que allí estaban y eran Xeneixes querían otra cosa que no fuera la victoria. Habían sido ellos, los de Estudiantes, quienes habían roto el pacto implícito para lograr el empate.
-¡Qué se jodan ahora, me chupa un huevo si quedan afuera!– dijo el Ruso, y armando una bocina con sus dos manos gritó con todo el cuerpo y el alma -¡Putooooos!
-¡Cantáte otra Pelado!– dijo, desde dos tres escalones más arriba, el Gordo Gutierrez que no había abierto la boca en toda la tarde.
-¡Dale Pelado, así le hacemos el tercero!– acotó el Ruso sacudiéndole el hombro.
Esta vez el primer movimiento de la Sinfonía Nº 40 de Mozart sirvió de soporte melódico para que el Pelado compusiera el canto:
“Dale bo, dale bo, dale boca, dale bo dale bo dale bo!
Dale bo, dale bo, dale boca, dale bo dale bo dale bo!
Dale boca, dale boca, dale boca, dale bo, y dale dale dale bo”
El tutti coral no se hizo esperar, y, del perímetro completo de la Bombonera, desde la popular hasta los palcos, el canto mozariano era un unísono potente e hipnotizante. Y allí en la cancha, con el coro como telón sonoro, otra vez Riquelme, pisa la pelota en el medio de la cancha y al compás del ritmo de la melodía, como un bailarín que se ajusta a la cadencia de los compases y los acentos, lleva la pelota hacia la posición del corner y colocándose de espalda a la vastedad de la cancha y pisando la pelota justo en la línea la cuida, como una leona protege a sus leoncitos, sin dejar que los cuatro desesperados jugadores de Estudiantes: Verón, Caldera, Lopez y Martinez, puedan quitársela. La lucha es desigual en número pero Román tiene toda la paciencia del mundo para mantenerla allí.
Mientras esta escena ocurría en la cancha, el Pelado, sin que nadie lo advirtiera, había dejado de cantar y en una libretita de bolsillo hacía anotaciones. De pronto, zamarreando al Ruso y al Peca, comenzó a cantar con evidente estilo lírico, instándolos con la mirada para que lo siguieran:
“Escucha Romy la canción que en este día
Que los Boquenses te pedimos alegría
No la abandones, juega brillando
Hasta que venga el nuevo gol.
Hasta el tercero no para- a- mos”
El sector de la popular que rodeaba al Pelado hacía fuerza por recordar el texto. Castrilli había adicionado dos minutos y restaba un minuto y medio. En apenas treinta segundos, toda la bombonera entonaba la letra del Pelado con la melodía de la Oda a la Alegría de Beethoven. Allí, en semejante marco musical, Juan Román, desliza hacia atrás la pelota que pasa entre las piernas de Calderón y con un aleteo simple de sus brazos y un estilizado movimiento pasa entre los cuatro jugadores de Estudiantes. El derechazo resulta grandioso: con una comba perfecta, la pelota, girando sobre su eje, dibuja una parábola sublime que inevitablemente conduce hacia allí, donde el travesaño y el palo se unen formando un ángulo recto, el reducto más preciado donde los goleadores buscan colocar el balón.
“Escucha Romy la canción…”
El grito de “gol” estruendoso y omnipresente ofició de final perfecto para culminar el coro de la novena sinfonía Beethoveniana. Todos se abrazaban con todos, jugadores con jugadores, hinchas con hinchas, los del cuerpo técnico, los dirigentes y celebridades de los palcos.
“¡Riqueeelme, Riqueeelme!”, lentamente el clásico canto al talentoso enganche de Boca tomaba forma en la tribuna, mientras Román levantaba lo brazos y, exhibiendo la hilera luminosa de sus dientes blanquecinos, saludaba sonriendo hacia todos los puntos cardinales.
-¡Cantáte otra Pelado!– arengó el Ruso, -¡dale que esta victoria te la debemos…!
El Pelado se sentó donde pudo, notoriamente exhausto, y negó ladeando la cabeza sin decir nada. El “Riqueeeelme” que vibraba en el estadio era cada vez más compacto y estridente. El Ruso y el Pecas comenzaron a cantarlo eufóricos, embebidos en una incontrolable alegría.
-¡Inventáte otra Pelado!– le insistía el Gordo Gutierrez desde atrás.
El Pelado observaba extasiado, satisfecho, con el goce del deber cumplido, como si él no formara parte del marco espectacular que brindaba el estadio y sólo fuera un ocasional y simple espectador. Sentía que el “Riqueeelme” que musicalizaba el estadio era para él también. Levantó la vista hacia sus amigos, y con una leve sonrisa dijo, más para sí que para los demás:
-Es hora de escuchar la música del pueblo.

Fin
Mercedes 2008

SI AMANECE - Todo este delirio se irá...

Si amanace, Se irá tu cara con el sol Todo este delirio se irá…

Habías llegado al departamento a eso de las ocho, ya era de noche y en Buenos Aires a veces eso duele, duele el ambiente desordenado, los libros en la cama junto a la ropa sucia y la voz de la radio diciendo que la vamos a pasar bien, por eso cuando llegaste con tu carita de ángel descuidado y sonreiste desde la puerta esperando que mis labios sean cómplices de los tuyos, no pude más que abrazarte. Ya habíamos discutido, ya nos habíamos dicho todo y las palabras no bastaban, fuiste franca, eso no se discute, porque al toque, al otro día de la discusión en Tijuana, me dijiste que te habías ido con ese flaco, el taradito ese que te enganchó en la calle después de que te dejé, qué te había encontrado llorando y que te pidió que le cuentes, y entiendo, que no teniendo con quién hablarlo lo hiciste, y que después el te besó, y vos no lo impediste porque te hizo bien, qué no sabés si te gustó pero no quisiste rechazarlo. Aún no sé si entenderlo, lo del beso digo, y cuando me besaste ahí en la puerta del departamento, después de que yo te había abrazado, y pensaba sobre eso, sentí el gusto amargo del taradito en tus labios e instintivamente te aparté. Junté fuerzas para decirte que me había gustado la sorpresa de que te habías caído en Buenos Aires para estar conmigo, y junté las palabras trabajosamente no porque no me gustara sino porque por momentos no quería verte, venía a mi memoria lo del beso y te odiaba, pero luego me entregaba de lleno a los motivos, qué es mi culpa lo sé, y te perdonaba. Me preguntaste si comíamos algo y te dije que sí y de repente saliste con lo de que ibas a cocinar para mí, algo rico, y asentí, conmovido y alegre, con el orgullo heroico de tener una mujer que te atienda, pero al rato me invadía la imagen del taradito, al que le habías contado todo lo nuestro, el que se había enterado primero que estabas embarazada, aunque tenías razón en que me lo habías dicho y que yo no te había escuchado, entonces mientras cocinabas te tomé de atrás y empecé a acariciarte los pechos que en el relieve de tu blusa blanca parecían más hermosos que nunca, no quería despegarme y te dije que no tenía hambre, que vayamos a la pieza que Fede iba a llegar en cualquier momento, y dijiste que sí, soltaste la cuchara y nos fuimos así, en el baile desparejo de nuestros cuerpos desvistiéndose, primero tu blusa y después mi camisa, cayendo a la cama tenía la impresión que nos entregaríamos cómo la última vez, como una deuda pendiente que no debe quedar para más adelante, la lucha por descalzarnos, la fuerza incómoda de nuestros jeans que resistiéndose nos ponían en esas torpes posiciones de amantes incipientes, todo sin despegar nuestras bocas desesperadas, nuestras lenguas furiosas y agitadas, subiste arriba mío y te penetré enseguida y nos sacudimos sin límite, hasta casi hacernos daño, pero se me pasaba por la cabeza que era la última vez y ahora no podía acabar porque como en un sueño fugaz, las imágenes de tu traición, de tu beso que no vi pero que siento, de tu beso que robado por un oportunista del carajo, me acorralaba hasta odiarte de nuevo, odiarte hasta que te ví acabar. Cuándo caiste a mi lado decías que no podía ser que no haya terminado y empezaste a acariciarme, besándome el oído me lo frotabas tiernamente, y a mí me costaba porque estaba en otra cosa, estaba en que no lo iba a soportar, a pesar de nuestro hijo que nos uniría por el resto de nuestras vidas, no iba a tolerar lo del taradito, discutiríamos, pelearíamos y nos destruiríamos de a poco, nos iríamos consumiendo como velas, y cuando ya respirabas a mi lado, cansada de tu lucha fui al baño a limpiarme. Cuando volví estabas dormida. Apagué la luz.
Me despertó tu cuerpo de nuevo caliente y movedizo, tus manos me acariciaban todo el cuerpo y empezamos a buscarnos en la oscuridad apenas interrumpida por la línea horizontal del amanecer, había soñado demasiado y no recordaba nada, sólo tenía la impresión que dejaba un mal sueño para entrar en esta pesadilla fresca y latente, tu colectivo saldría a las seis y pico y no te podía pedir que te quedés, siempre había sido así, tus viejos creían que te quedabas a dormir en lo de Mariana y podían llamarte, igual, pensé en ese momento, no te iba a pedir que lo hagas. Miraste la hora mientras me besabas el cuello y te asustaste porque ya eran las seis menos cuarto, te observaba mientras te vestías corriendo hacia el baño, apurada, en tu alocada maratón habitual, el amanecer avanzaba lento, lo que era una línea ahora resplandecía en un manto azulrojizo luminoso, brillante cómo las lágrimas que largaste cuando te dije que no podía más, que no sabía que hacer, qué lo del beso no lo entendía, y poniéndote la campera me mirabas como si vos sintieras lo mismo, como si te resignaras a esta agonía que con el tiempo comprendí necesaria, que no podía ser de otro modo. Te metiste al ascensor con esa expresión en el rostro que no la voy a olvidar, cómo tampoco voy a olvidar, cuando desnudo, a pesar del frío, salí al balcón para ver, a la cuadra, cómo tu espalda se iba achicando, lentamente, tan lento e inevitable como el amanecer.
Mercedes 1998

PUCHERO - Sobre el poder hipnótico de este plato ya en peligro de extinción.

-La cosa es simple Petaca- dijo el Carpa casi imperativamente, reforzando la intensidad en la palabra “simple” como para no dejar dudas de que el trabajo no admitía equivocación. Y, con suma paciencia, por enésima vez, le explicaba al Petaca cómo harían para atracar a la vieja del almacén, la señora de Parra.
El Carpa acopiaba más de cien delitos en casi cuarenta años de vida. Más de la mitad los había hecho antes de entrar a la cárcel de Junín –cuando cayó después de haber participado en el secuestro del hijo del empresario metalúrgico, Roberto Maidana-, y el resto los había perpetrado en los últimos cinco años, todavía bajo libertad condicional, lo que no era un impedimento para continuar con el oficio, solamente debía dejar un porcentaje de lo conseguido a los oficiales Lopez y Carvallo y podía continuar con los trabajos, siempre y cuando la cosa no se fuera de las manos.
El Petaca era su sobrino directo, hijo de su hermana Candela, quién se había casado con un policía entrerriano y se había mudado muy jovencita para Gualeguay. Habían enviado al chico para que el Carpa se haga cargo de él, la excusa era tan insólita como lógica: El Petaca, de chiquito, había comenzado a robar kioscos y casas en Gualeguay y más de una vez lo habían agarrado infraganti. Su propio padre lo detuvo una vez antes de que consumara la sustracción de una bicicleta en la puerta del Hospital de Gualeguay. Pero todas las esperanzas depositadas por sus padres para que el Petaca se corrigiera terminaron por desmoronarse cuando en una discusión, casi llorando de bronca y resentimiento, el Petaca gritaba como un condenado que lo único que quería era ser como el tío Carpa. Fue así que una mañana el Carpa escuchó los toquecitos en la puerta y luego de entreabrirla con cuidado, -cosa que hacía como acto reflejo-, vio la cara pequeña de un niño, llorosa y con los mocos humedeciendo el labio superior que traía en un sobre en la mano. Supo quien era ese niño cuando abrió el documento de identidad que venía dentro del sobre y leyó la nota escrita en la hoja blanca que lo acompañaba:
“Hacete cargo vos ya que le metiste todas esas porquerías en la cabeza. Carlos y yo no podemos tener un delincuente en la familia. Candela”
Después de todo no fue tan mala la idea, el Carpa era pragmático y supo como aprovechar el inconveniente. Trabajar con un menor era más efectivo que disponer logística y armamentos. Un menor de dieciocho años se consideraba inimputable, los policías le tenían terror porque bastaba propiciar un machucón, un leve moretón, un tenue rasguño en la humanidad de un niño para se iniciara el corrosivo trámite de un sumario. El Carpa, lejos de alterarse por el supuesto castigo de su hermana, convirtió la pequeña carga que suponía ese enjuto y menudo morocho en una útil y próspera herramienta: contextura para introducirse en las aberturas más estrechas, agilidad para escapar, inocencia para sorprender y oportuno señuelo en caso de escape.
Como intercambio, el Carpa le enseñaba todo cuanto pudiera a su sobrino: cómo estudiar los negocios, la gente, descubrir cuándo es el momento, cómo estar alerta y concentrado y lo que era más importante, no llegar al punto en que la cosa pase a mayores y cargarse con un muerto que después pesa toda la vida. “Eso es para los giles” le repetía hasta el hartazgo.
El Carpa ya tenía dos muertes. La primera vez ocurrió veintidós años atrás, tenía quince años, se puso nervioso y se le disparó un revolver 22 que le había dado Ramón, el muchacho del barrio que le enseñaba cómo trabajar. Le dio al kiosquero en medio del pecho y por ser menor terminó en el Instituto Baffa del que se escapó a los dos meses. El segundo accidente sucedió apenas tres años atrás, en una salidera en el viejo Dodge azul cuando se cruzó la viejita en plena avenida, la levantó en el aire a la pobre anciana, pegó en el capot y rodó en el asfalto. Por el espejo retrovisor vio como su cuerpo quedó inmóvil tendido contra el cordón. Esa noche, por la tele, se enteró que falleció en el acto. Esa vez no sintió nada, lo tomó como incidente fortuito, quizás porque seguramente a la anciana le quedaba poco por vivir, o talvez por lo que había de cierto en aquella frase que le escuchó decir al Turco Cuevas: “A la conciencia, como a las manos del albañil, también le salen callos”. Tuvo suerte. El doctor Ramirez consiguió demostrar que Máximo Daniel Galíndez, los tres nombres que figuraban en su documento de identidad y en su prontuario, no había tenido intenciones de matar.
-Oíme bien Petaca- empezó explicando el Carpa mientras se cebaba unos mates, -entramos tipo doce cuando ya está cerrando el almacén y nos llevamos la vieja pal fondo, la tiramos al piso boca abajo. Mientras vos la cuidás metiéndole el caño en la cabeza yo cierro el negocio, bajo la persiana y busco la guita, porque seguro que la tiene guardada muy bien escondida. No te preocupés porque el fierro lo llevamos descargado. Con la vieja no es necesario arriesgar, les pegás unos gritos y no se va a mover. Tampoco la vamos a atar. Antes de irnos, la encerramos en el baño y nos vamos. A la noche, cuando llegue el hijo, la va encontrar y listo, no lastimamos a nadie y laburo terminado. Yo ya estudié la cosa y el Pelado, el que trabaja en el corralón de Puricelli va todas las noches a saludar a la madre. Vamos a cara descubierta nomás. Las caras nuestras la va a ver pero no hay problemas porque los viejos ya no ven bien a esa edad, y si por ahí tiene buena vista ni siquiera lo va recordar, a los viejos se le confunden todas las caras y la vieja esta debe andar por los ochenta. La idea es aguantar adentro hasta la una y media, dos de la tarde y salir caminado, como pancho por su casa sin levantar la perdiz, y para eso no hay que ponerse nervioso Caco, como te pusiste en el laburo al carnicero.
Aquella vez el Petaca se puso tan nervioso al salir de la carnicería que el verdulero de al lado se dio cuenta y le sacudió con un cajón en la espalda que casi lo mata. Tuvo suerte de no caer pero llegó al auto casi desmayado del dolor.
-Acostate temprano- le sugirió el Carpa, - así mañana arrancás fresquito, no vaya a hacer cosa que te mamés y mañana la cagamos.
El Carpa notó que el Petaca durmió poco; antes de entrar en sueño profundo escuchó como su sobrino se movía en la cama de al lado como si estuviera luchando contra el colchón, era su tercer trabajo y aunque los otros dos habían salido bien era visto que aún no se acostumbraba. Le veía la cara al Petaca minutos antes de actuar y lo llenaba de desconfianza. Tenía miedo que por los nervios se mandara una macana.
***
Lo despertó a las diez de la mañana, estaba profundamente dormido porque seguro había dado vueltas hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Tomó unos mates y mientras el pibe tomaba el café con leche volvió a explicarle por última vez como harían.
Fueron en el auto del Carpa, un Corsa gris que le había dado el Tonga, con los papeles y todo en regla. Se lo había regalado en agradecimiento después de que llegó a entregarle hasta quince coches que el Tonga se encargaba de hacer desaparecer en minutos nomás. Manejó hasta el centro. Lo estacionó en la florería La Grande, sobre la calle Güemes. Era la una menos cuarto y estaban a tres cuadras del almacén de la vieja Parra. Para no levantar sospechas el Carpa decidió caminar por San Lorenzo calculando por el reloj para caer justo frente al almacén cerca de la una y cuarto que era cuando la vieja cerraba. El sol pegaba fuerte a esa hora aunque a la sombra se toleraba un poco más. Una y diez estaban frente a la puerta del almacén. El local era chiquito, casi una cuevita, pero atiborrado de mercadería por donde se mirara, en las estanterías, en el mostrador, en las heladeras, y sin pensarlo demasiado el Carpa tomó del brazo al Petaca y se metieron adentro.
El primer imprevisto llegó pronto, el Carpa no esperaba que detrás del mostrador no hubiera nadie. Enseguida sintió olor a comida, así que la vieja, pensó, debería estar cocinando en la casa, a la que se ingresaba por el fondo del almacén. Le hizo una seña al Petaca: que hiciera silencio y lo siguiera para atrás. Luego de cruzar el cortinado de plástico, mientras recorrían el pasillo e ingresaban al comedor, el Carpa olfateó con ganas porque el aroma que venía de la cocina no solo era irresistible sino que le recordaba a los almuerzos en la casa de la abuela Celestina. “¿Podía ser que la vieja esté cocinando puchero?” pensó el Carpa, porque el olor era tan similar que parecía que estaba allí mismo, en la casa de la abuela Celestina esperando que llegara el abuelo Jorge, para empezar a comer.
El Carpa vivió desde los tres años de edad con sus abuelos, cuando sus padres, que apenas recordaba, habían fallecido en aquél vuelco en la ruta en el que, por esas cosas azarosas de la vida, el Carpa había sido el único sobreviviente. Del accidente no recordaba nada y ya no sabía si las imágenes de los rostros de aquella pareja casi juvenil que le venían a la memoria vagamente, provenían de tiempos en que todavía vivían o por las fotos que, posteriormente, ya de grandecito, había devorado con la mirada tratando de descubrirse en los contornos de sus rasgos, en las expresiones de sus sonrisas y no había dudas, era notablemente parecido a su madre. Luego de la tragedia los abuelos fueron prácticamente padres para él hasta que dejaron de existir, ya casi diez años atrás. En un lapso de dos meses murieron los dos, primero el abuelo Jorge y luego la abuela Celestina, y el Carpa, sin demasiada culpa, pensaba en cuánto tendría que ver el cáncer de la abuela y el infarto del abuelo con los disgustos que de chiquito les había dado.
Con las imágenes fluctuando en sus pensamientos como diapositivas vertiginosas, casi sin darse cuenta, entró en la cocina, vio una olla sobre la hornalla encendida, se acercó y la destapó. No lo podía creer, era la misma imagen, el mismo aspecto del puchero de la abuela Celestina: papa, batata, zapallo, cebolla, morrón y caracú hirviendo y emanado un aroma que casi lo desmaya de gusto. Escuchó que una puerta se abría y el Carpa se sobresaltó. En un momento de duda, casi inexplicable en él, quedo patitieso sin atinar a nada, luego, como si se despertara de una ensoñación hipnótica, tomó al Petaca del brazo y lo sacó raudamente para el almacén y se quedaron del otro lado del mostrador como si fueran ocasionales clientes esperando que los atiendan.
La mujer apareció con una sonrisa, era menuda y tenía el pelo teñido de un castaño rojizo, muy a la moda; ahora que el Carpa la veía de cerca le parecía más joven.
-Disculpen estaba en el baño -dijo, -¿qué van a llevar?
El Carpa titubeó un poco hasta que explicó que era amigo de Diego. Diego era el nieto de la mujer. Tenía ese dato porque el Carpa era un profesional y no dejaba nada librado al azar, los nombres de los nietos o los hijos y todo lo que se pueda saber sobre ellos sirve en caso de tener problemas.
-Somos pintores, -dijo el Carpa. Se le ocurrió decir eso porque había visto las paredes descascaradas del comedor. Y le dijo que Diego quería pagarle la pintura del comedor.
-¡Ay este Dieguito!- exclamó la mujer, -siempre preocupado por el aspecto este chico.
Y enseguida los invitó a pasar para ver las paredes. Mientras caminaban por el pasillo el Carpa le hizo una seña al Petaca para que no haga nada. La mujer le empezó a decir que prefería un color más suave que el que tenía puesto. El Carpa sugirió, casi mecánicamente, que podría andar un tono durazno o salmón.
-¿Ustedes son amigos de Diego? – dijo ella.
-Yo soy amigo de él –contestó el Carpa sin dudar, -nos conocemos de la primaria en la escuela ocho.
-Ah, sí, sí, que linda escuela era esa, ahora es un desastre… y bueno… la chica que salía con Diego también iba a la ocho, qué lástima que se hayan separado, ¡Con lo que le cuesta a Diego formalizar!
-Ya va a tener otra oportunidad…- dijo el Carpa intentando conmiserarse con la mujer. Y luego, intempestivamente, cambiando el tono y la expresión de su rostro preguntó por ese olorcito que venía de la cocina.
-Un pucherito- dijo la mujer. Y contó que aunque no era comida para hacerse una mujer sola ella lo hacía para ella, aunque sea mucha cantidad y sobre después, lo hacía para darse un gusto ya que le apasionaba el puchero. Hubo un pequeño silencio y la mujer lo sorprendió con la invitación: si querían quedarse a comer el pucherito. El Carpa ni lo dudó. El Petaca lo miraba con extrañeza y mientras la vieja ya estaba en la cocina preparando los cubiertos, el Carpa moviendo los labios haciendo mímica le remarcó: “quedate en el molde”.
-¿Y un rosita?-, gritó la vieja mientras destapaba la olla -¿no les gusta?
El Carpa demoró un instante en darse cuenta que le hablaba de la pintura para la pared. Rápidamente contestó que sí, que podía andar, que harían juego con las cortinas del mismo color. La mujer le dijo que pusieran la mesa, que sacara el mantel del aparador, del primer cajón, y que llevaran los platos y cubiertos que estaban arriba de la mesada, mientras ella cerraría el almacén. El Carpa le dijo al Petaca que pusiera el mantel, pero el Petaca empezó a preguntarle en voz baja y algo fastidiado por qué no hacían el trabajo y listo. El Carpa, con voz firme pero contenida para no gritar le dijo: “vos callate, primero morfamos, después afanamos”.
Cuando ya estaban los tres sentados en la mesa el Carpa pensó que la imagen que tenía frente a sus ojos era para sacarle una foto y llevársela de recuerdo, años hacía que no veía una mesa puesta: el mantel a cuadros, los cubiertos colocados prolijamente a la derecha de cada plato, los vasos relucientes, hasta había jugo de naranja, vino tinto y soda que la vieja había puesto en la mesa. Cuando la fuente con el puchero, largando un vapor y un aroma exquisito estaba allí, tentándolo, no puedo contenerse y preguntó a la mujer:
-¿Usted, por casualidad, no tendría una salsita de tomates, de esas medias picantonas para ponerle?
La vieja no dudó un instante y en silencio fue hasta la cocina. Volvió con una botellita de salsa casi llena.
Durante el almuerzo conversaron de muchas cosas, le mujer contó como eran cada uno de sus nietos, que Diego jugaba al fútbol, que Martín era bombero porque le gustaba de chico; que la más chiquita, la Agustina, la hija que Diego había tenido con “una cualquiera” tenía un problema de asma pero con el tratamiento estaba mejorando. El Carpa y el Petaca, este último visiblemente más relajado, comían y bebían con muchas ganas. El Carpa intentaba poner atención en lo que decía la vieja pero se encontraba embriagado en sus recuerdos, le parecía estar en la casa de la abuela Celestina, llenando de salsa el improvisado puré de papa, batata y zapallo, mezclarla, cortar un pedazo de carne y untándola con el puré y la salsa, llevarla a la boca y empujarla con un pedazo de pan. La vieja hablaba y el Carpa volvía a vaciar su vaso de tinto.
-¿El chico toma vino?- preguntó la mujer, visiblemente perpleja, viendo al Petaca que volvía a servirse en su vaso.
-No hay problemas doña Parra- dijo el Carpa con la boca llena, -parece más chico pero ya tiene veinte.
La vieja siguió contando cosas de su familia mientras la segunda fuente ya estaba en la mesa. Cuando el vino se acabó la mujer preguntó si no querían probar un vinito patero que tenía hace tiempo y que nadie de sus hijos y sus nietos habían tomado porque decían que era muy fuerte y pegaba mucho.
-Bárbaro- se escuchó decir el Carpa, -para nosotros nada es fuerte.
La escena ameritaba el encanto dulzón del vino que se deshacía en el paladar del Carpa y que el Petaca sorbía, casi naturalmente, como si fuera gaseosa. Cuando el tercer plato de puchero iba acabándose el Carpa estaba tan emocionado que un par de veces se escuchó referirse a la vieja como la abuela Cele pero enseguida se corregía pidiendo disculpas. El Petaca tenía los ojos hinchados y rojos, no estaba acostumbrado a beber y entre los dos se habían empinado casi dos botellas de tinto. El Carpa empezó a contar que el puchero le hacía acordar a la abuela Celestina, que prácticamente tenía el mismo sabor. Por momentos tuvo que secarse las lágrimas de la emoción que sentía al rememorar anécdotas con la abuela Celestina. La vieja sonreía y parecía que también lloraba. Luego se levantó y comenzó a limpiar la mesa, el Carpa y el Petaca atinaron a ayudarla pero ella les dijo que no se movieran. Volvió de la cocina con una lata de durazno en almíbar. El Petaca se ofreció para abrirla. La vieja preguntó cuando estarían en condiciones de empezar con la pintada. El Carpa, conciente de la dificultad que tenía para conversar con decoro, contestó, procurando que la dicción fuera lo más discreta posible: que cuando quiera, que ellos ya estaban disponibles.
-¿Dulce de leche no tiene doña, no?-, dijo el Carpa casi sin darse cuenta.
La vieja le contestó que sí y salió como eyectada hasta la heladera. El Carpa hizo que le prestaba atención a las paredes y dijo, luego de meter en la boca un pedazo de durazno cubierto de dulce de leche, intentando vocalizar claramente, que habría que tapar los muebles para lijarla bien, qué ese es el verdadero secreto de una buena pintada.
La virtud más grande del Carpa era que no sólo mentía sino que creía como una verdad absoluta sus propias mentiras. Como un actor que no sólo hace su rol sino que además lo vive, mientras había estado comiendo y bebiendo era definitivamente un verdadero pintor de oficio. No fue producto del azar que el Carpa al principio se presentó frente a la mujer como pintor sino porque cuando era chico, durante un tiempo, trabajó en la pintura. Había aprendido el oficio gracias al viejo Julián, vecino del barrio, que lo llevaba como aprendiz, pero no hubo caso: el choreo le daba más guita y en menos tiempo.
La mujer dijo que ella tenía unas sábanas viejas que se podían usar para no ensuciar el piso. Lo decía mientras se levantaba de la mesa y del aparador sacaba una botella de guindado, unas copitas de licor, y les servía una a cada uno. Ella también se sirvió y pidió un brindis por una buena pintada. Los tres brindaron. El Petaca preguntó si ahora que habían terminado de comer no podía sacarse la remera. El Carpa lo retó, le dijo que no sea desubicado, pero la mujer insistió con que se la saque nomás, que su nieto lo hacía siempre. Luego el Carpa comenzó a charlar con la mujer, hablaron de todo, de la vida, de la delincuencia, la inseguridad, de la falta de trabajo, de los gobiernos siempre corruptos. Ella les sirvió nuevamente la copita, el Petaca dijo sin demasiado énfasis que no quería más y hacía fuerzas para que los ojos no se le cerraran. El Carpa había encontrado una aliada de sus opiniones, es que la vieja asentía fervorosamente cuando el Carpa argumentaba que los pibes que salen a robar lo hacen por la falta de trabajo, que muchas veces por inexpertos terminan matando a un pobre desgraciado sin querer.
Cuando la charla parecía menguar el Carpa mencionó que después de semejante almuerzo no quedaba otra que retirarse a su casa y hacer una buena siesta. La mujer les dijo que no había problema que en el cuarto que había sido de los hijos podían hacerlo, que hasta podían llevar el ventilador, y que antes de abrir el almacén ella misma los llamaría. El Carpa dijo que le agradecía profundamente y que aceptaban pero con la condición de que apenas los llamara saldrían a comprar las cosas para empezar a lijar. Lo dijo y se dio cuenta que las palabras se deformaban y, chocando desordenadamente en sectores de su boca, sonaban muy distintas a lo que pretendía.
Tuvo dificultades para levantarse y vio como el Petaca ya se había dormido con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados en la mesa. La vieja los acompañó hasta la pieza, les cerró la ventana hasta tener oscuridad completa y les encendió el ventilador. El Carpa sintió el aire tibio del ventilador en la cara y pensando en la abuela Cele se durmió profundamente.
***
Lo despertó el tumulto y las voces; en los primeros tres segundos, aun en la oscuridad, no sabía donde se encontraba, las últimas imágenes de un sueño no le daban lugar a que se despertara del todo. Había soñado con el Rodri, amigo de la cárcel: el Rodri lo llevaba por el patio de la unidad mientras una bandada de pájaros, que por momentos parecían golondrinas y por momentos cuervos, oscurecían el pedacito cielo que se vislumbraba desde su celda y luego los pájaros, cada vez más grandes, por momentos como cóndores, con sus picos y sus patas arrancaban y desamuraban la ventanita y el minúsculo cielo se convertía en un inabarcable firmamento celeste mientras que los pájaros, junto a la pequeña abertura se perdían en la lejanía. Escuchó pasos en la oscuridad pero se dio cuenta que no eran del sueño, la puerta se abrió de golpe: Espina, Gómez y Miranda estaban allí. Eran policías de la treinta y uno, que no se llevaban bien con López y Carvallo, supo de inmediato que la cosa se había complicado.
-¿Así que sos pintor ahora, Carpa?- escuchó que le decía Gómez. No le dieron tiempo a nada lo pusieron boca abajo y le colocaron las esposas. El Petaca ni siquiera se había despertado, le sujetaron los brazos y lo esposaron todavía dormido.
-No sé si te enteraste que a López y al Gordo Carvallo los trasladaron a La Plata –le dijo Gómez socarronamente.
Cuando los sacaron por el pasillo el Carpa vio como en el comedor, un oficial joven que desconocía, frente a la máquina de escribir apoyada en la mesa donde habían almorzado, le tomaba declaración a la vieja Parra. Escuchó justo el momento que la mujer contaba que no había sospechado nada hasta que vio, cuando entraban a la pieza, como el chico que se había sacado la remera tenía una pistola en la cintura del pantalón y casi se muere del susto. Mientras pasaba a su lado el Carpa vio que la mujer lo miraba ahora entre severa y triste, su rostro traslucía una mezcla de bronca y desconsuelo, una expresión que solo había visto en la abuela Celestina cuando se mandaba alguna macana.
Mercedes 2007