El fútbol que me dejó.
Fui futbolista hasta los 16 años en que terminé jugando algunos partidos en quinta división. Jugaba en el desaparecido Club Austral desde los siete años. Cuando a los catorce pasé a cancha de once me dijeron que iba a tener al mejor director técnico de la zona. Se llamaba Virola Asenzo.
Me lo
había tomado en serio y por mi cuenta me obligué a entrenar los días que no
tenía práctica. Los lunes y miércoles corría diez kilómetros en el parque y
después hacía abdominales, flexiones, elongación. Todo muy rudimentario. Muchas
veces me acompañaba mi amigo Miguel Schafrik.
Por mi disciplina Virola me había dado la
cinta de capitán y también me premió con el puesto que yo quería. Orgulloso
llevaba por primera vez el 5 en la espalda y me consolidaba para jugar el
medio. Donde más tiempo se tiene contacto con la pelota.
Virola me había enseñado a marcar. Algo que yo
pensé que no se enseñaba.
-Mirá Perruolo -me dijo parando un partido de
práctica -cuando el contrario viene a vos, vos te quedás parado, y esperás que
se acerque, antes de que él te amague ¡Le amagás vos! ¡Y te la va a entregar
solito!
Virola
hablaba gritando, como un sargento de servicio militar.
-¡Yo grito pero no se preocupen! ¡Soy así, le
grito hasta a mi señora! -nos decía, excusándose.
Tuvo razón en el consejo que me dio para ser
efectivo en la marca. Empecé a utilizar la estrategia de esperar al jugador,
amagarle a salirle y quedarme quieto, los veía dudar y parecía que la pelota me
la regalaban.
Nunca
voy a olvidar lo que dijo Virola en una práctica sobre el gol de Maradona a los
ingleses en el Mundial 86, algo que no le escuché decir ni al más versado
periodista o crítico de fútbol. Fue en la misma semana de aquel partido. Nos
paró a todos frente a él y nos preguntó:
-¿Saben por qué Maradona pudo hacer ese gol?
Nadie
supo qué responder. La pregunta evidentemente era retórica.
-¡Por
qué los ingleses le salían y los pasó parados! ¡Cuando el delantero viene, no
hay que salirle!
Virola empezaba a enseñarme cosas que me hicieron pensar
seriamente en dedicarme al fútbol, en
intentarlo. En las prácticas me hacía dar pases con un compañero durante media
hora con la derecha, mi pierna menos hábil.
-Si
querés jugar de cinco necesitás las dos piernas, no te alcanza con la zurda,
así vas a ganar tiempo.
Salimos
subcampeones de la sexta división en aquel tiempo con un equipo muy precario.
Jugamos la final contra el Club Mercedes en el estadio de La Liga. Nos ganaron
uno a cero. Debo confesarlo: el gol fue mi culpa. Tiro libre desde la
izquierda. Diego Silvestre patea. Por la distancia era un centro seguro.
Mientras me pego hombro con hombro a Pochi Dambrosio veo que dos metros
adelante Mariano Elizondo aparece solo. Por instinto hago un paso hacia Mariano
y me doy cuenta que la pelota me pasa. Sigo la trayectoria con la vista y
trepado a mi espalda Pochi cabecea el balón que se mete a media altura sobre el
palo derecho.
Recuerdo
que mi viejo me consoló después del partido, cuando íbamos de regreso en el auto:
-Demasiado
llegaron hasta acá con ese equipo de mierda- me dijo.
Esa
era la virtud de Virola Asenzo, una especie de Caruso Lombardi local. En algún
momento me comentó que probablemente yo iría a la selección juvenil mercedina
para jugar contra equipos de clubes de primera y que de paso “había gente de
Buenos Aires que nos estaría mirando”.
Eso
me hizo enfocarme y entrenar cada vez más. Los clubes mercedinos no hacían
entrenamiento físico. Muy poco en las prácticas. Yo no tenía talento natural
así que correr en la cancha era algo que iba a compensar ese déficit. Era un
pibe como tantos que empezaba a tener un sueño.
Pero
vino la oscuridad. La tormenta que a veces la vida hace que todo cambie. Una
noche después del entrenamiento en el parque un dolor incomprensible de
testículo me despertó. Me encontré gritando y llorando.
Me
llevaron a la clínica y un médico de guardia no le dio importancia. Les dijo a
mis padres que me dieran hielo y calmante. Fue un error. A los tres días mi testículo
derecho era un huevo de Pascuas. Una semana después el doctor Tillet me
operaba. El testículo había dejado de funcionar por una torsión que provocó un
infarto. Debieron haberme operado dentro de las seis horas de aparecido el
síntoma para salvarlo.
-Mirá
-me dijo Tillet cuando me sacó los puntos- si en el futuro querés ser papá te queda un solo testículo funcionando. En el
fútbol puede pasarte que te den un pelotazo o alguna patada…y podrías tener
problemas.
Nunca fui a terapia. Es que todas mis
ansiedades, depresiones y conflictos del alma, lo sé, tienen un solo motivo: el
fútbol que me fue esquivo. El fútbol que me dejó. Así fue que me aferré a la
guitarra como tabla de salvación. La disciplina y dedicación que le tenía
destinadas a la pelota la deposité en sus seis cuerdas.
Practiqué
y estudié mucho, también había un déficit de talento al cual compensar con
trabajo. Debo ser honesto conmigo mismo, no hay nada como el fútbol. Yo nunca
olvido aquel sueño futbolero, aquel primer amor. Veo una pelota y siento que me
mira con pena, como diciendo "qué lástima, che... no pudo ser".
Entonces vuelvo a mis guitarras, siempre tengo una a mano, desenfundada como
debe ser -¿o acaso alguien vio alguna vez una pelota con funda?- la guitarra
debe estar siempre dispuesta, para acariciarla y llenar el vacío de cada uno. Y
cada canción que puedo crear, cada melodía que me sale, siento que es una
jugada, un gol que hago, o mejor dicho: un jugador hábil viniendo hacia mí, al
que espero, le amago salir a un lado y me entrega la pelota solito.
