<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513</id><updated>2012-02-08T17:45:47.914-03:00</updated><category term='Si amanace'/><category term='Chelín'/><category term='Vinicius'/><category term='El Compositor'/><category term='Puchero'/><category term='Mirar sin mirar'/><category term='Caballeros'/><category term='Primera clase'/><category term='Derecho Adquirido'/><title type='text'>Walter Perruolo - Relatos y Cuentos</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>29</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4497890673863578132</id><published>2011-12-15T22:53:00.006-03:00</published><updated>2011-12-16T18:55:49.880-03:00</updated><title type='text'>SON COSAS QUE PASAN - La verdad sobre mi relación con Gloria.</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-oZ5rrXY7xgY/TuqmzABh03I/AAAAAAAAAEw/utHH31xaXjw/s1600/maradona.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 272px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-oZ5rrXY7xgY/TuqmzABh03I/AAAAAAAAAEw/utHH31xaXjw/s400/maradona.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5686540874618622834" /&gt;&lt;/a&gt;
Sino fuera porque unos días atrás me encontré con Gloria en una fiesta de egresados de la secundaria no me hubieran revivido todos estos recuerdos. Ya había visto un par de veces a Gloria en diversas ocasiones, la mayoría de las veces junto a su familia, tenía tres hijos y estaba casada con un muchacho casi quince años mayor -ahora que nosotros andábamos por los cuarenta el “muchacho” estaría por los cincuenta y pico-, recuerdo que la primera vez que la vi con su esposo instintivamente me pregunté cómo podía ser que estuviera con ese tipo que podría ser su padre, encima pelado y gordo, dos atributos que aún no tengo. &lt;p&gt;
   Cuando nos encontramos en la cena de egresados, después de tomar varias copas de champagne barato, Gloria se acercó y se sentó a mi lado, me sonrió y me preguntó cómo andaba. Recordé en ese momento que yo había estado loco por ella, era una linda mina  y hacía que me desconcentrara en la clase, empecé a cortejarla y me costó horrores para que se fijara en mí. Al fin, una tarde, en un banco de la plaza San Luis ella accedió pero después de tres meses de estar juntos, en el que habíamos llegado a tener besos de lengua y alguna que otra tocadita de teta en la que fui insistentemente rechazado, no volvimos a estar juntos, e increíblemente yo la había borrado por completo de mi apetencia sexual y amorosa, cada vez que la veía charlaba con ella pero ya no podía desearla como mujer.&lt;p&gt;

   Allí en la fiesta, entre preguntas de rigor sobre cómo estaban nuestras familias, entre averiguaciones de cómo nos ganábamos la vida, comenzamos a recordar momentos de la secundaria, de pronto, como si lo tuviera atorado en la garganta, ella me preguntó, con cierto nerviosismo, por qué nunca más había querido reconciliarme con ella después de aquella ruptura abrupta en la que ni siquiera le expliqué nada, solamente me aparté de ella y apenas si le dirijí la palabra. Era verdad, ella había enviado a Josefina, una amiga en común, para averiguar si yo la extrañaba pero le dije que no, que me gustaba otra chica, lo cual era parcialmente cierto, y que no sentía nada por ella.&lt;p&gt;


   -Yo me acuerdo que vos insististe como un año para que estuviéramos juntos y después de esos tres meses te borraste…-me dijo la Gloria de cuarenta años, casi gritando, intentando sobresalir por encima de la música del salón que estaba muy fuerte.&lt;p&gt;

   -Sí, qué sé yo…-dije dubitativamente notando los efectos que hacía el alcohol en mi lengua, y sonreí para no quedar muy descortés.&lt;p&gt;

   -Si hasta parecía que estabas enamorado de mí…-me dijo sonrojándose.&lt;p&gt;


   Tuve toda la sensación de que era un reproche, y allí, mientras sonaban los acordes melosos de “Tirá para arriba”, tuve una revelación de cuál había sido el motivo por el cual se me había esfumado el idilio de mi enamoramiento con Gloria. Fue en el mes del mundial ochenta y seis. Lo recuerdo bien.&lt;p&gt;

      Miraba los partidos del mundial debajo de la mesa del comedor, lo más cerca de la pantalla que se pueda, me recuerdo así, tenía catorce años y mis padres miraban el partido sentados en sus sillas, mi hermana no sé donde estaba porque las hermanas no miran los partidos de fútbol. De pronto suena el ring del teléfono, el clásico ring que escupía el animalote negro –teléfono que pesaba kilo y medio – que estaba en un esquinero en el living, no pensaba atender, el partido estaba uno a cero a favor de la selección y no quería perderme nada.&lt;p&gt;


-Atendé Walter que debe ser para vos…-dijo mi madre.&lt;p&gt;

 
    “Dejálo” dije, sabía que podía ser Gloria, mi novia de aquellos días, a la que no  le importaba el fútbol y que todas las tardes llamaba por teléfono. Esperé que tuviera algún rasgo de contemplación, que pensara del otro lado de la línea algo así como, “Pobre bicho, está mirando el partido, voy a cortar y después llamo”. Pero fue en vano, el teléfono no sólo que seguía aullando sino que mi madre volvió a decir:&lt;p&gt;


 -Walteeeer…&lt;p&gt;


    Prolongación de la “e” suficiente como para acatar la orden. Puedo jurar que apenas traspaso la puerta hacia al living y levanto el tubo del teléfono, escucho que mi padre inicia un canto &lt;i&gt;in crescendo&lt;/i&gt;:&lt;p&gt;


-¡Dale! ¡Daale! ¡Sí! ¡Ahí esta! ¡Dale!&lt;p&gt;


   Colgué sin contestar y casi corrí los tres metros que me separaban de la puerta justo cuando veo a mi padre parado, apretando los puños, desencajado con la boca despegada de la cara que gritaba el “gol” más desaforado que le había escuchado hasta el momento. Miro la pantalla y veo a Diego llegando al banderín del corner y hacer el saltito marca registrada en el que levantaba el brazo derecho, en el momento que levantaba las dos piernas y las movía hacia abajo como si quisiera salir del fondo de una pileta hacia la superficie. Algo que yo practicaba día a día para hacerlo parecido en los partidos de Baby Fútbol. Lo tengo muy presente al mecanismo: a la vez que apretaba el puño derecho y lo levantaba por encima de mi cabeza, tenía que levantar la rodilla izquierda para después pegar un salto ya con el brazo extendido y haciendo una especie de caminata en el aire cayendo con las dos piernas juntas.&lt;p&gt;

      La primera vez que recuerdo a Diego en un partido de fútbol fue jugando para Argentinos contra Boca el día que le hizo cuatro goles a Gatti y juro que a pesar de ser bostero no le tuve bronca. A partir de allí los partidos de fútbol no fueron lo mismo para mí, a la mierda el juego de equipo, ahora había venido a la tierra alguien que podía hacerlo todo sólo, y trascartón iba a jugar en Boca. 
   Mi tío Luis, en el 81, me llevó a ver a la bombonera a Boca-San Lorenzo y Boca-Independiente, pero yo sólo seguía con la vista a Diego, aunque la pelota estuviera en otro lodo yo lo miraba correr, atarse los cordones, pedir la pelota, caminar, trotar hacia a atrás…todo era lindo en él, todo era celestial, flotaba en la cancha… fue un amor incondicional…&lt;p&gt;

   Luego desapareció en ese lugar lejano y misterioso llamado Europa y sólo podía verlo en la tele cuando jugaba en la selección y así fue que me hice hincha de la selección, con más pasión que ser hincha de Boca, pero en realidad yo sólo era hincha de Maradona.&lt;p&gt;

   ¿Cómo explicar el vacío enorme que me causaba cuando por una lesión Diego no estaba en la cancha?... no, no hay metáfora posible, cuando Diego no estaba en el campo de juego lo mejor era hacer una imaginaria lobotomía en la que uno debía olvidarse por completo de que había un jugador llamado Diego Maradona que había elevado el fútbol de la mera condición de deporte a la de distinguida expresión del arte, si él no estaba en la cancha quedaba nada más que el deporte.&lt;p&gt;

    Pero en el momento que estuvo en la cúspide de su carrera, en los seis o siete segundos que representan el climax de su inmensa y apoteótica obra en el que esquivaba ingleses como postes, el teléfono de casa había sonado y yo, justo yo, me había perdido de gozar en directo, en tiempo real, lo que todo argentino amante del fútbol había podido disfrutar y tuve que conformarme con el millar de repeticiones que ya debo haber visto a lo largo de estos veinticinco años y que seguiré devorando con la vista hasta que las imágenes se gasten, pero eso sí, siempre estará ese talón de Aquiles, esa deuda que el destino a tenido conmigo, esa mancha que llevo marcada a fuego y que muchas veces me impide decirlo en voz alta: yo, el gol de Diego a los ingleses, sí, ese que arrancó de atrás de mitad de cancha y que luego de una pirueta de valet corrió hacia el arco espantando ingleses como mosquitos hasta eludir al arquero y meter con una caricia del empeine del pie izquierdo la bola hacia el fondo de la red, sí, el gol de los goles de la historia mundial, yo, Walter Perruolo, no lo vi en directo.&lt;p&gt;

     Pero ahora, allí en la fiesta de egresados, viendo a mis ex compañeros, pelados, canosos, gordos e impresentables como yo, bailando una música que había pasado de moda, y sentado frente a Gloria que presuntuosamente tendría un matrimonio infeliz y quien de alguna manera me solicitaba una respuesta de por qué la había rechazado en la adolescencia, me encontré con una revelación decididamente brutal,  la razón de por qué ya no había querido estar más con ella había sido el llamado de teléfono, de alguna manera supe que ese momento desgraciado, ese llamado telefónico que me había impedido ver en directo esa corrida memorable del barrilete cósmico, me sometería en el futuro a la angustia de no ser alguien como todo el mundo, alguien que pudo verla como Dios manda: en tiempo real.&lt;p&gt;


  -¿Y? ¿No me vas a decir por qué nunca me volviste a dar bola?&lt;p&gt;

  
   La cara de Gloria era ahora triste, como si se diera cuenta que la respuesta que pudiera darle no iba a mejorar su vida, seguramente ella ahora sentía que no había empatía entre nosotros, que lo que habíamos tenido en común ya estaba muerto. Y después de todo ya había pasado mucho tiempo y como bien se sabe el tiempo sana las cosas, yo sentía en ese momento de relajación alcohólica que la angustia y la vergüenza de no haber visto en tiempo real, como toda la humanidad fulbolera, el segundo gol de Diego a los ingleses, ahora ya habían desaparecido, así que le di una respuesta a Gloria que fue más para mi que para ella: &lt;p&gt;


   -No sé Gloria– dije sonriendo, –son cosas que pasan.
&lt;p&gt;&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=324UsTQsHAM&amp;feature=fvst"&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4497890673863578132?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4497890673863578132/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4497890673863578132' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4497890673863578132'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4497890673863578132'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2011/12/son-cosas-que-pasan-la-verdad-sobre-mi.html' title='SON COSAS QUE PASAN - La verdad sobre mi relación con Gloria.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-oZ5rrXY7xgY/TuqmzABh03I/AAAAAAAAAEw/utHH31xaXjw/s72-c/maradona.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-2611551696061673765</id><published>2011-12-10T19:39:00.007-03:00</published><updated>2012-01-15T12:34:50.786-03:00</updated><title type='text'>AGRAVADO POR EL VÍNCULO - Todos los días se aprende algo.</title><content type='html'>-¿Por qué usaste preservativo? –me preguntó apenas acabé.&lt;p&gt;
-Por las dudas, no queremos tener un hijo ahora, ¿no? –le dije.&lt;p&gt;

Terminamos de hacer el amor, exhausto me desparramé de mi lado de la cama y ella hizo lo mismo, los dos boca arriba, le di volumen a la tele que había quedado en el canal de noticias, allí estaba el caso de la dos chicas asesinadas en un departamento de Caballito y en el cual, luego de varios meses, no habían encontrado pruebas para acusar a quien era el mayor sospechoso del caso, una ex pareja de una de las dos amigas.&lt;p&gt;

-¿Cómo puede ser que todavía no encuentren nada para meter en cana al hijo de puta ese? –dijo ella, mientras se colocaba la bombacha y el corpiño. Cosa que siempre hacía porque sentía vergüenza de quedarse desnuda.
&lt;p&gt;

-Bueno, todavía no se sabe si fue ese tipo…-contesté.
&lt;p&gt;

-¡Pero seguro que es él! Qué dudas caben, mirá la cara de hijo de puta que tiene…
&lt;p&gt;

-Estás prejuzgando, mirando estos casos por televisión o leyendo los diarios no te podés enterar bien lo que pasó, uno recibe una historia construida por el periodismo que no es la real, capaz que fue otro tipo y están condenando a un pobre gil.
&lt;p&gt;

-No sé, para mi fue él...
&lt;p&gt;

-Además, hoy mirás estos programas y le dan cátedra a los criminales para asesinar y que no los agarren nunca…
&lt;p&gt;

-No entiendo.
&lt;p&gt;

-Y fijate, si querés cometer un asesinato hoy podés hacerlo y quedar impune.
&lt;p&gt;

-¿Por?
&lt;p&gt;

-Y qué sé yo, cualquiera aprende como es el modus operandi de un asesinato o un robo mirando los casos por la tele, te cuidás de un par de cosas y quedás libre, a lo sumo si te procesan con un buen abogado que te represente zafás.&lt;p&gt;



Ella se sonrió se tapó con la sábana hasta la cintura y con dulzura me dijo:&lt;p&gt;



-A ver mi killer, si tuvieras que matarme ¿cómo lo harías?
&lt;p&gt;

-Y… bueno… todo el que mata tiene que tener un motivo para hacerlo, un motivo que por supuesto nadie tiene que saber, eso se llama móvil, y si no hay móvil no hay asesino.
&lt;p&gt;

-¿Y por qué cosa vos querrías matarme?
&lt;p&gt;

-No sé, no se me ocurre…
&lt;p&gt;

-Imaginate algo…
&lt;p&gt;

-mmmm… no se me ocurre…hijos no tenemos, estamos enamorados, lo único que tenemos es una casa y un auto así que podría hacerlo para quedarme con la casa y el auto, además de la pensión de tu trabajo que me correspondería por tu muerte.
&lt;p&gt;

-¿Y para qué querrías quedarte con el auto y la casa?
&lt;p&gt;

-A ver…dejáme ver… podría ser porque tengo deudas y de eso depende mi vida…
&lt;p&gt;

-Bueno, pero en ese caso yo sabría que vos tenés deudas y nuestra relación no sería la misma, porque si me entero que tenés deudas te rajo a patadas de mi casa, te mando a la mierda…
&lt;p&gt;

-Ok, pero imagináte, ya que vamos a imaginar, que siempre te oculté que yo apostaba y que en lugar de ir a tomar una cerveza con los muchachos todos los miércoles le estaba dando al escolazo.
&lt;p&gt;

-¿Escolazo? ¿Qué es eso?
&lt;p&gt;

-Qué jugaba a las cartas, al bingo, al casino…y con el tiempo acumulé una deuda con gente peligrosa, pensándolo bien no con un casino o bingo porque son empresas blanqueadas, pero sí, suponete, con gente con la que juego al póker y es mafiosa…
&lt;p&gt;

-¿Pero si vos no jugás a las cartas? Para convencerte de que juegues una escoba de quince con mis padres te lo tengo que suplicar de rodillas.
&lt;p&gt;

-¡Estamos imaginando, boluda! No te vayas al mundo real mantenete en la ficción.
&lt;p&gt;

-Bueno está bien, ya tenés el motivo y nadie se va a enterar porque nadie sabe que jugás, supongamos que sí, ¿cómo haces entonces para matarme?, ¿inventás un accidente?&lt;p&gt;


-No, no creo, me parece complicado…
&lt;p&gt;

-¿Comprarías un arma?
&lt;p&gt;

-No, si compro un arma estaría hasta las manos, averiguan que la compré y listo, caigo en cana.
&lt;p&gt;

-¿Entonces?
&lt;p&gt;

-Pensándolo bien, haría un arreglo con la gente a la que le debo, les pediría un arma no registrada, ellos están en la criminalidad y sabrían cómo hacerlo…
&lt;p&gt;

-¿Y en qué momento me pegarías un tiro?
&lt;p&gt;

-Si tuviera todo preparado podría ser en cualquier momento, el tema es tener todo cocinado de antemano.
&lt;p&gt;
Se la notaba entusiasmada con el relato, y yo también me había embalado en este proceso creativo que es necesario para asesinar a alguien, después de todo la actividad delictiva no deja de ser un arte y nosotros lo estábamos comprobando. Bajé el volumen de la tele para poder seguir.&lt;p&gt;



-Por ejemplo –continué-, imagináte que tengo una pistola debajo del colchón y te mato ahora, tengo que hacer parecer que nos quisieron robar cuando yo no estaba, la pistola me la dio el mafioso y luego de cometer el crimen, saco los cajones de la cómoda, los tiro al piso, en una bolsa pongo las dos notebooks, los celulares, el lcd de 24 pulgadas, y las cargo en el auto.
&lt;p&gt;

-¡A sí! ¡Y cómo entró el asesino, con una llave que le regalamos!
&lt;p&gt;

-¡No, querida! La puerta de entrada es bastante viejita, le pegás un par de patadas y entrás cómo si nada, alarma no tenemos, en esta zona de quintas es imposible que alguien escuche el ruido de los golpes, ni siquiera el tiro. Y fijáte que esta fecha es justa para el caso: los pocos vecinos que tenemos están de vacaciones.
&lt;p&gt;

-¿Y los perros?
&lt;p&gt;

-El asesino, o sea yo, los envenenó previamente. Además voy a tener una buena coartada, con una buena coartada, en el peor de los casos, salgo libre por falta de mérito
&lt;p&gt;

-¿Falta de mérito?
&lt;p&gt;

-Sí, no es raro que yo vaya a ser el primer sospechoso, pero con una buena coartada no lo van a poder demostrar, eso se llama falta de mérito…
&lt;p&gt;

-¿Y tu coartada?
&lt;p&gt;

-Fácil, en esta hora del día, de acá a La Recova, donde voy siempre a tomar un café y leer el diario, estoy a cinco minutos, sin tener que correr con el auto, tranquilo… como en este pueblo todavía no hay cámaras de seguridad no voy a quedar escrachado...y los mozos, los dueños, algunos clientes incluso, me conocen y van a asegurar en ese momento estuve allí.
&lt;p&gt;

-¿Y las cosas “robadas” que están en el auto?&lt;p&gt;


-Se las dí al mafioso camino al bar, arreglamos que me esperase antes de llegar al acceso, y van también en parte de pago por la deuda, le doy la pistola para que la desaparezca y me voy a La Recova, me siento en plena plaza a esperar que pase el tiempo, diez testigos consigo seguro. Luego regreso, te encuentro en la cama toda ensangrentada y llamo, desesperado, al 911.
&lt;p&gt;

-Bueno, pero ahora, te rastrean el celular y van a saber dónde estuviste.
&lt;p&gt;

-No, previamente hice una investigación y constaté que La Recova y nuestra casa están en la misma zona. Es decir que no va a ser indicio de nada, podré demostrar que lo tenía en La Recova conmigo. 
&lt;p&gt;

-¿Y cómo vas a hacer para simular que estás dolido por encontrarme muerta? que yo sepa, dotes actorales no tenés.
&lt;p&gt;

-Te puedo asegurar que si depende de un llanto que me condenen a cadena perpetua por ser un homicidio agravado por el vínculo, y tenga que pasar el resto de mis días cuidándome el culo y viviendo en un calabozo con dos mil tipos, voy a llorar a mares…cómo sea.
&lt;p&gt;

-Y sí –dijo ella desanimada –en este país, si querés matar a alguien por dos pesos lo podés hacer y no te va a pasar nada…&lt;p&gt;



La verdad que esto último que dijo, me molestó, y casi arruino todo porque sentí que la cara se me transfiguraba, ella lo notó porque inclinó la cabeza y me miró visiblemente sorprendida.&lt;p&gt;



-¿Qué pasa? –me dijo sonriendo…
&lt;p&gt;

-No son dos pesos….-dije nervioso.&lt;p&gt;



Juro que estaba nervioso, primero porque no la encontraba y después porque sería la última sonrisa que le vería, cuando la encontré, tomé sus cabellos de la frente e hice como me había explicado el gordo, tiré el percutor para atrás y le disparé en la frente. Fue un par de segundos y jamás la miré a los ojos. Me levanté rápido y me cambié. Desparramé los cajones y junté el televisor, las notebooks y todo lo de valor y lo puse en una bolsa de consorcio. Salí por la puerta principal, la cerré y luego la abrí a patadas, me fue más difícil de lo que pensaba pero pude hacerlo, estaba por encender el auto cuando me acordé que no le había dicho todo, entré a la casa y fui hasta la habitación:&lt;p&gt;



-Mi amor –le dije mientras veía el hilito de sangre dibujar un trazo en la frente, -el preservativo era para no dejar rastro de que hicimos el amor. Tenía que parecer que te sorprendieron dormida.
&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-2611551696061673765?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/2611551696061673765/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=2611551696061673765' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2611551696061673765'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2611551696061673765'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2011/12/agravado-por-el-vinculo-aprendizaje.html' title='AGRAVADO POR EL VÍNCULO - Todos los días se aprende algo.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4148291186412597332</id><published>2011-01-07T01:11:00.002-03:00</published><updated>2011-09-01T00:05:20.963-03:00</updated><title type='text'>LOS RUBIOS - De tal palo...</title><content type='html'>
Cómo anda Medina, casi le diría que estaba pensando en usted- el Coronel Albanesse le habría la puerta del living de su casa mientras que con la mano derecha lo palmeaba en el hombro, el comisario Medina sintió genuino afecto en ese gesto.&lt;p&gt;
   -Acá andamos Coronel, tirando pero bien, esperando el nuevo año-contestó Medina sintiéndose aliviado porque el recibimiento amable del Coronel significaba que no había reproches con su desempeño. &lt;p&gt;
   -Y con quién lo pasa esta noche Medina. &lt;p&gt;
   -Con mi familia Coronel, y mis suegros. &lt;p&gt;
   -Me parece bien, pero por favor, estamos en fuerzas diferentes así que ahórrese el “Coronel”, dígame Albanesse… o mejor Carlos… quedémonos aquí en el living, no hay nadie en la casa, no se preocupe… tengo toda la tropa visitando parientes. &lt;p&gt;
    Medina sonrió asintiendo mientras aceptaba sentarse en el sofá de cuero negro que el Coronel Albanesse le proponía con decidida amabilidad. &lt;p&gt;
   -¿Wisky, Medina? &lt;p&gt;
   -No viene mal…-contestó a pesar del agobiante calor que lo aquejaba. &lt;p&gt;
   -¿Cómo ve la selección para el año que viene? &lt;p&gt;
   -Y creo que estamos muy bien…-iba a decir “Coronel”, pero se contuvo, tampoco le salía decirle Albanesse y mucho menos Carlos, sencillamente no podia hacerlo con naturalidad- yo soy hincha de River así que con Fillol en el arco estamos salvados…&lt;p&gt;
   -Así que de River, bueno, en esta estamos en veredas contrarias… no siempre se puede estar del mismo lado. &lt;p&gt;
   -Pero con la selección estamos todos…&lt;p&gt;
   -Sí, si… me gusta eso… cuando se trata del país…&lt;p&gt;
   Medina se acomodó en el sillón y un silencio incómodo hizo de preámbulo para lo que tenía que decir. Largó la frase secamente. &lt;p&gt;
   -Conseguimos un caso. &lt;p&gt;
   -Ajá –dijo el Coronel luego de beber un trago y con un ademán invitó a Medina a que continúe. &lt;p&gt;
  -Va por los ocho meses, los dos son rubios, descendencia polaca y vasco francesa, contextura mediana los dos, delgado él, ella apenas obesa…&lt;p&gt;
   -¿Gorda? &lt;p&gt;
   -No, no, cierto sobrepeso pero nada grave… puede deberse al embarazo…&lt;p&gt;
   -Me está dando una buena noticia Medina, el jefe se va a poner contento. &lt;p&gt;
    Medina vio que el Coronel sorbía de un tirón su vaso y volvía a servirse, en la casa  solo se oía el motor de la heladera y el canturrear de un canario que seguramente estaba en el balcón del departamento que daba a la calle. &lt;p&gt;
   -Hay un inconveniente…-dijo Medina sabiendo que interrumpía quizás un goce íntimo en la humanidad pequeña del Coronel Albanesse, quien luego de escuchar las tres palabras frunció el seño y los labios y endureció la mirada. &lt;p&gt;
   -Están limpios. &lt;p&gt;
   -¿Qué significa están limpios Medina?&lt;p&gt;
   -Probablemente un dato erróneo –iba a decir “Coronel” pero frenó a tiempo –en el interrogatorio no se reveló nada, no se contradijeron…&lt;p&gt;
   -Quizás porque son profesionales y están preparados, Medina. &lt;p&gt;
   ¬¬-He visto casos de profesionales pero puedo asegurar que no, estos son dos perejiles. &lt;p&gt;
   -Dígame el prontuario. &lt;p&gt;
   -Bueno exactamente prontuario no tienen, se pudo averiguar que ella es apenas una estudiante de medicina, cursa el cuarto año y él empleado de la Municipalidad de Ramos Mejía, del sector administrativo…&lt;p&gt;
  -¿Qué tiempo dijo que tiene el embarazo? &lt;p&gt;
 -Bueno, por eso mi apuro por verlo, el doctor Roma estima que ocho meses y medio, en el interrogatorio ella no dijo una palabra y le puedo asegurar que tuve que frenar a Camargo porque si seguía dos minutos más se nos iba, es más, el doctor Roma teme por el embarazo porque si seguimos puede llegar a complicarse. &lt;p&gt;
   Esta vez el silencio fue mayor, el Coronel se paró del sofá y cruzándose de brazos comenzó a caminar de un lado a otro, inquieto. &lt;p&gt;
    -Dígame Medina, ¿Por qué llegó esta pareja hasta su gente? Porque por algo están allí. &lt;p&gt;
   -El profesor ¿recuerda?, no se aguantó, nos dio una lista más larga que la guía telefónica …parece ser que la vinculación es el padre del muchacho…&lt;p&gt;
   -¿Montoneros? &lt;p&gt;
   -No precisamente, fue ayudante del cura Tomás, no sé si recuerda, el del barrio Obrero en la Villa de los Sufrientes. &lt;p&gt;
   -Ah… bueno… santo no es entonces. &lt;p&gt;
   -Estamos hablando del padre –dijo Medina levantando las cejas intentando sugerir que quizás poco tenía que ver con lo que pudiera hacer el hijo. &lt;p&gt;
   -Claro… ya lo dice el dicho, de tal palo…&lt;p&gt;
    Medina sintió un escalofrío, supo de pronto que ya no habría vuelta atrás y mientras humedecía los labios en el hielo turbio de su vaso pensó en su sobrina que también estaba embarazada y no pudo dejar de sentir incomodidad. Una cosa llevó a la otra y hasta allí, luego de siete años, todo lo que había hecho parecía cumplir con cierta lógica, no había nada que reprochar, una guerra es una guerra pensó, y en la secuencia de los acontecimientos nunca sintió que algo se fuera de las manos pero en este caso había un eslabón chúcaro en la cadena y por primera vez sintió la necesidad de reparar algo que el creía se desviaba de los objetivos. Como una especie de último recurso, último aliento, última chance, tímidamente dijo: &lt;p&gt;
  -¿Es necesario? &lt;p&gt;
  -¿Si es necesario? –contestó el Coronel que seguramente cavilaba sobre lo mismo, y lo dijo sonriendo luego de exhalar un brusco resoplido como si fuera un caballo, volvió a sentarse y vació por segunda vez su vaso-, es más que necesario, es imprescindible… con toda confianza le digo que este tema me tiene las bolas por el piso, aún no entiendo porque tanta pleitesía con esta mujer, pero por lo visto es un asunto que desvela al jefe… vive preocupado por la señora…&lt;p&gt;
  -¿La señora? &lt;p&gt;
  -No me pregunte quién es la señora pero por como viene la mano la señora es la Señora, con mayúsculas, y a esta conchuda ya le conseguimos uno y no quiso porque era morocho, luego ubicamos otro y no, porque le resultaba feucho, y luego otro y no, porque le parecía un poco indio…&lt;p&gt;
   Medina tomó el último sorbo de wisky haciendo luego chocar los dos cubos de hielo, pensaba en su hijo Martín, de seis años y en los guantes de arquero que le había pedido a los reyes magos, “igual a los del Pato” le hizo agregar en la carta… le interrumpió los pensamientos la voz rugosa del Coronel. &lt;p&gt;
   -Año nuevo, vida nueva Medina… –lo dijo parándose del sofá, lo que era una clara invitación a retirarse. &lt;p&gt;
   Medina asintió sin sonreir, miraba para abajo, buen mosaico, pensó, de los caros. El cuero del sofá le había hecho transpirar  y despegó la camisa de la espalda mojada. Se paró y caminó los pocos pasos hacia la puerta, el coronel Albanesse la abrió. &lt;p&gt;
   -Por un próspero setenta y ocho Medina. &lt;p&gt;
   -Qué tenga un buen año usted y su familia. &lt;p&gt;
   El Coronel levantó los brazos y lo palmeó con las dos manos en un gesto que casi llegó a ser un abrazo. Luego mirando a los ojos de Medina dijo: &lt;p&gt;
   -Espero que entienda Medina, ordene al doctor que proceda… no dude. &lt;p&gt;
   -Se hará…-contestó Medina sin ganas. &lt;p&gt;
   -Si la cosa sale bien, imaginará que los rubios, estos muchachos digo…&lt;p&gt;
   -Sí, entiendo. &lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4148291186412597332?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4148291186412597332/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4148291186412597332' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4148291186412597332'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4148291186412597332'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2011/01/los-rubios-de-tal-palo.html' title='LOS RUBIOS - De tal palo...'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4725639703392352376</id><published>2010-01-22T09:06:00.006-03:00</published><updated>2010-03-19T09:58:53.398-03:00</updated><title type='text'>UN ANGEL PARA TU SOLEDAD - Susi</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/S1mX3T2tKJI/AAAAAAAAADo/njvWlt9Q20Y/s1600-h/indio+solari.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 127px; height: 101px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/S1mX3T2tKJI/AAAAAAAAADo/njvWlt9Q20Y/s400/indio+solari.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5429537802250168466" /&gt;&lt;/a&gt;
Cuando por quinta vez &lt;i&gt;Un ángel para tu soledad&lt;/i&gt; sonaba en La Taberna yo no sabía que ese momento era la segunda premonición de lo que la noche me iba a dejar; el primer vaticinio había ocurrido unas horas antes mientras me afeitaba y mirando el espejo pero sin verme me había cortado el pulgar con la prestobarba, qué carajo me pasa recuerdo que pensé; en el espejo aparecía su rostro, era el mismo de la tarde anterior cuando en la plaza Susi me había mirado con los ojos llorosos, demasiado tiernos, demasiado piadosos, y se quedaba callada. Habíamos hablado de cualquier pelotudez, la tarde era fría y no daba para quedarse ahí entonces nos fuimos a su casa, miramos una película empezada y no sé por qué se me ocurrió irme, está todo mal pensé, y me volví para casa, quedamos en vernos al otro día que, como era el sábado nos encontrariamos en Tijuana tipo cuatro de la mañana, el beso que me dio esa tarde nunca lo olvidé. &lt;p&gt;

    Por eso cuando la voz del Indio, más áspera que de costumbre carcomida en la saturación de los bafles, decía, ahora en &lt;i&gt;Tarea Fina&lt;/i&gt;, que en su ternura estaba acechándole una buena traición de mujer, empezaba a comprender todo, era posta que había algún flaco y le costaba decírmelo. Empujé y empujé entre el bardo de gente amontonada en el bar y me pedí el quinto wiscola, el Negro me hablaba gritando, algo decía sobre que estábamos mejor en la esquina junto al baño, que no me vaya...no le contesté, ya con el wiscola quería salir. Afuera el frío era de puta madre, ¿qué hago? pensé, ¿la voy a buscar?.  Sabía que podía estar en la Recova con la prima pero me contuve y entré de nuevo al bar, estaba recaliente y entré empujando, pecheando a quien se cruzara, la reputamadrequeloparió; Susi me estaba cagando, seguro, ¿pero con quién?, con el único que hablaba seguido era con Diego pero no podía ser, un amigo no te puede hacer eso, pero las minas son todas iguales y seguro lo había calentado, el wiscola no me estaba haciendo una mierda y me lo manduqué de un saque para pedirme enseguida un vodka con naranja, ¿puede ser que una mina te diga que sos el mundo para ella y después te meta el cuchillo bien en el orto?, el Indio sabía lo que decía, sabía que son tan guachas que encima después de cagarte sienten lástima por uno. Cada trago de vodka que me raspaba la garganta me enfurecía terriblemente, me enloquecía. Calma, calma, pero no, me acordaba de su cara de puta relajada, y ya me la imaginaba pidiéndome perdón, perdoname, perdoname, el bar era un descontrol y lo único que faltaba era ver a Diego que se me acercaba sonriendo como para saludarme. Le entré a gritar que era un hijo de puta y lo agarré del cuello, ahora no recuerdo si me sacaron afuera, o el Negro me llevó al baño, aunque no, en el baño recuerdo ver sangre, así que la pelea había pasado, puede ser que me quedé tirado en la calle porque que el Negro y Diego eran capaz de dejarme en  cualquier lugar cuando me ponía medio loco. &lt;p&gt;
  
   Todo lo demás me viene a la memoria como ráfagas desparejas, vertiginosas, me veo caminando hacia Tijuana, mirando nada más que el piso, el pasar de las ranuras de las veredas me adormecían aún más. Ni siquiera había mirado la hora pero tenía que encontrar a Susi, era lo único que tenía en la cabeza, sabía que estaba en pedo y como muy pocas veces había estado, tenía ganas de putearla, tenías ganas de ver como ella se las arreglaba para contarme lo de Diego, al menos me quedaba el consuelo de que todo el mundo sabría que la impostora, la mentirosa, la traidora era ella, y todos iban a saber la verdad. Llegué a Tijuana y esperé sentado al lado, en la entrada de la galería y apoyé la espalda en la reja, ahí me di cuenta que tenía sangre, era mía seguro, en el pantalón, no quise tocarme la cara pero me dolía bastante. Cuándo la silueta de Susi, que aparecía como a la cuadra, se adivinaba más hermosa que nunca y se acercaba lentamente, todavía no sabía que iba a sentir el doloroso deseo de matarla. &lt;p&gt;

   La discusión empezó enseguida, no podía entender que negara todo, que hija de puta le decía, sos una basura humana, sabés lo que era capaz de hacer por vos, yo te dí el mundo, yo te dí mi vida y vos perra puta terminás haciendo mierda en sólo una noche. Ella lloraba, pero las mujeres lloran por todo, lloran cuando son víctimas y lloran cuando son victimarias, es una cualidad que saben como utilizar...encima veo que encara como para irse y la empiezo a seguir, sé que yo le gritaba, qué no sea cobarde, pero ella no paraba, su cuerpo de atrás parecía fatalmente precioso, la había perdido y no sabía por qué, Dios mío, la soledad ya me carcomía el alma y eso me daba más bronca, si ella se iba yo me iba a quedar solo como un perro y no lo soportaba. Conseguí ponerme al lado, para ese momento yo lloraba también, quería besarla, quería asesinarla con un beso amargo y violento...cuándo intenté darle el beso ella giró la cabeza y me empujó, hija de puta, hija de puta, la furia me hizo ver una baldosa suelta, ella siguió caminando y se metió en la oscuridad de una calle sin luz, sé que fue un solo golpe, con la inercia que llevó mi cuerpo corriendo hacia ella y la ceguera de mi borrachera, no escuché nada, ni el baldosazo ni la caída de su cuerpo. Me senté a su lado, tranquilo porque ella seguro que dormía, seguro que dormía. Me levanté en cuanto comprendí lo que había hecho, le toqué el cuello buscando el pulso, no lo encontraba y me desesperé. Comencé a sacudirla y ella no habría los ojos, me acerqué a su nariz para escuchar la respiración, no podía ser, la había matado, ¿qué hacía ahora? ¿qué hacía?. Sólo atiné a arrastrarla más en la oscuridad, por varias cuadras parecía no haber luz en la calle, y la verdad que no me importaba que alguien me viera, lo único que se me ocurrió fue meterla en alguno de los autos que estaban estacionados. De los tres que veía en la cuadra elegí un Duna blanco, lo tanteé pero tenía todas las puertas con seguro, el Falcon me quedaba lejos pero me fijé igual y al toque una de sus puertas traseras abrió, me cargué a Susi y  yo ya había empezado a  llorar de nuevo, la metí en el Falcon y empecé a correr hasta que no di más. &lt;p&gt;

   Primero fue el gusto rancio de la resaca en la boca y después el dolor de cabeza insoportable, estaba debajo de la sábana tapado hasta la cabeza, hacía frio y respirar afuera te lastimaba el interior de la nariz. Me di cuenta que el teléfono no había parado de sonar y que ahora lo estaba haciendo. La abuela se debería ido a comer a lo de Laura, seguramente harta de llamarme. Dios mío, ¿qué había hecho?, ¿cómo había llegado a casa? Ni siquiera tenía un reloj a mano, por las grietas luminosas  de la ventana se adivinaban pasadas las doce. Seguro me preguntarían por Susi, qué no la encontraban, o que la habían encontrado muerta, no podía ser, ¿me había vuelto loco? La angustia no me dejaba pensar, el teléfono volvía a sonar y estaba totalmente inerte, no podía mover el cuerpo, lo único que se me ocurría era matarme. El timbre me perforó los tímpanos, aún estaba paralizado, al final junté coraje y me acerqué a la ventana...el Negro estaba afuera, nervioso, fumando...fui a abrirle. &lt;p&gt;

   ¿Qúe hacés pelotudo?, fue lo primero que me dijo, ¿Te la agarrás con Diego y después desaparecés? Le dije al Negro que pasara. ¿Y Susi? pensé ¿no la habrían encontrado?, esperaba que me dijera que habían hallado a Susi muerta adentro de el auto, el Negro me miraba con furia. &lt;p&gt;

  -Estuve con Su -me dijo-, vino a casa llorando después de que se pelearon en Tijuana. &lt;p&gt;

    Yo miraba al Negrito y no sabía que decirle, estaba perplejo, inmóvil y sin entender un corno lo que me estaba diciendo. &lt;p&gt;

   -Dice que te dijo mil veces que estaba embarazada y vos solamente te encargaste de cagarla a puteadas, escuchame Juampi, no entiendo cómo podés ser tan gil hermano, encima te caiste delante de todo el mundo y te quedaste dormido, ¿cómo llegaste hasta acá? &lt;p&gt;

   No supe que contestar e hice una mueca de no entender, me había quedado tildado con lo del embarazo, ¿Susi embarazada de mi? ¿un hijo? las piernas se me aflojaron, sabía que me iba a desmayar así que me tiré en la cama, no sabía si lloraba por el garrón del pibe o porque ya nunca más iba a estar sólo. &lt;p&gt;
  &lt;p&gt;&lt;p&gt; &lt;p&gt;fin&lt;p&gt;&lt;p&gt;&lt;p&gt;Abril 2000&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4725639703392352376?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4725639703392352376/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4725639703392352376' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4725639703392352376'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4725639703392352376'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2010/01/un-angel-para-tu-soledad-susi.html' title='UN ANGEL PARA TU SOLEDAD - Susi'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/S1mX3T2tKJI/AAAAAAAAADo/njvWlt9Q20Y/s72-c/indio+solari.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-6655721221741741788</id><published>2009-12-19T18:16:00.008-03:00</published><updated>2009-12-26T11:00:54.392-03:00</updated><title type='text'>ELLOS Y NOSOTROS - Historias de sobremesa</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sy1JSHGNrAI/AAAAAAAAADg/m635dWNIVcw/s1600-h/Ellos+y+Nosotros.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 124px; height: 109px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sy1JSHGNrAI/AAAAAAAAADg/m635dWNIVcw/s400/Ellos+y+Nosotros.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5417066502288157698" /&gt;&lt;/a&gt;
Calor. Que maldición este calor. Lo dijo la tele: cuando a la noche la temperatura no baja de veintiseis grados, agarrate catalina porque al mediodía el sol puede incinerar y acabar con cualquier ser vivo del planeta. &lt;p&gt;
  
   Julia sabía que no era buena idea bautizar a Tobías en enero, pero ¡qué querés con el padre!, se empecinó con que era una buena fecha para comer un lechoncito luego de la ceremonia y nadie le pudo sacar la idea de la cabeza. Julia se lo advirtió con esa honestidad seca, casi animal, que se tenían desde que eran chiquitos. Dante era su único hermano y cualquier cosa que Julia le decía, siempre con la más cruda sinceridad, hacía que Dante saltara y crepitara como cebolla en aceite hirviendo, y cuando le dijo que festejar el bautismo un mediodía de enero bajo un lánguido sauce llorón era como festejar en el infierno, Dante, también con honesta locuacidad  la mandó a la mismísima puta madre que lo parió y le dejó claro que él haría lo que se le cante el culo porque al fin y al cabo Tobías era su hijo. &lt;p&gt;
  
   Pero Julia no entendía si esa rebeldía era por mero capricho o por molestar, porque en el interior del chalet de Dante había más que lugar suficiente y encima estaba calefaccionado con dos enormes aires acondicionados que podían hacer mucho más agradable el almuerzo. Pero no, Dante, que tomaba decisiones por sí solo, como si Marta no existiera (es que en verdad no existía la pobrecita, pensaba Julia) terminó por salirse con la suya y las trece personas que fueron invitadas terminaron bajo el sauce que a duras penas podía detener los abrasivos rayos solares que debían duplicar la temperatura ambiental. &lt;p&gt;
 
    El lechón y los cinco pollos los hizo el tío Coco quien nunca dejaba vacante su puesto de asador, y los asó, como siempre, en el fondo del terreno, decía que la parrilla era para giles y que el no estaba acostumbrado a hacerlo allí. La verdad que Dante, pensó Julia, tenía una casa de ensueño, pensar que de la nada, con el negocio de autopartes, había hecho tanto. Porque encima Marta no trabajaba, es decir que la plata salía toda de él. Pero ya de chiquito Julia veía que Dante estaba para grandes cosas. &lt;p&gt;
   
    Julia llegó junto a su madre, Ana, antes que nadie. La tía Susana junto a los trillizos José, Javier y Jeremías también habían venido temprano. Luego llegaron Carlos, el empleado de Dante, y la mujer, Lucrecia. “Una chiruza que se cree que es reina” sentenció Ana más tarde, a la hora del postre, Julia la reprendió porque no le gustaba que su madre hiciera sus comentarios. Ana se lo había dicho a Marta mientras no paraba de atosigar a Tobías con besos y abrazos a cada segundo. &lt;p&gt;

   Los hombres se sentaron juntos sobre una cabecera. Dante, Carlos, el viejo Cabrejos –padre de Marta-, y el pobre Coco quien iba y venía a cada rato de la parrilla. En la otra estaban los trillizos y en el centro de la mesa las mujeres.  &lt;p&gt;

   Dante había traído de todo, queso, salame, chizitos, palitos salados y papafritas , aceitunas, gancia, fernet, vino y gaseosas. Luego tuvo que salir otra vez a comprar hielo porque el calor, en pocos minutos, transformaba en líquido cualquier sólido que estuviera en la mesa. &lt;p&gt;

   Todos comieron hasta el hartazgo, menos Julia que no podía sacarse de la cabeza los rollitos que no le dejaron prender el jean negro que apreciaba más que cualquier ropa que colgaba del ropero. Eso sí, tomó mucho agua mineral, agua que le había pedido especialmente a Dante.  &lt;p&gt;

   Antes de comer los chicos se pusieron la malla y se metieron a la pileta. Dante parecía no tener reparos en gastar dinero, la pileta era hermosa y enorme, la quinta de Dante era un oasis, tenía cancha de futbol y un quincho que, pensó Julia, valía dos veces más que su propia casa. Pero no le tenía envidia, quien puede envidiar a quien tenga que gastar en rejas, alarma y seguridad monitoreada para poder vivir. Ella al menos no se preocupaba por eso, ¿quién pretendería robar en su casa si a simple vista se podía advertir que allí dentro había muy pocas cosas de valor? &lt;p&gt;

   Dante estaba obsesionado con el tema de la seguridad, por eso a Julia no la sorprendió que volviera a sacar el tema de siempre. Eso de que ya no se puede vivir. &lt;p&gt; 

-Y fijate lo del plan trabajar, ciento cincuenta pesos para quedarse a tomar vino en la casa… dijo el tío Coco despectivamente. &lt;p&gt;

  Julia miró a Carlos, quien su esposa cobraba el plan trabajar, porque Carlos era empleado de Dante pero estaba en negro, y como la mujer no trabajaba cobraba el plan del gobierno porque tenían un hijo. La tarea que le había tocado era la de limpiar la escuela Nº 3. Limpiar pisos, por ciento cincuenta pesos no era para entusiasmar a nadie pensó Julia. &lt;p&gt;
  
-Son negros… -dijo Dante quien ya había bebido lo suficiente como para no medir ninguna de sus palabras. &lt;p&gt;

   Carlos quien también había ingerido bastante vino tinto, bajó la cabeza, pero Julia no creyó ver indignación ni bronca, sino algo más parecido a la resignación. Pero no quiso mrar a Lucrecia, temía ponerla en evidencia. &lt;p&gt;

-No digás eso, Dante –dijo Marta, quien quizás también había recordado que Mary cobraba el plan trabajar. &lt;p&gt;

-Es que ya no se puede vivir, salís a la calle y te pegan un tiro por dos mangos-contestó Dante. &lt;p&gt;

-Son animales –dijo el tío Coco quien seguía escarbando una costilla de cerdo… &lt;p&gt;

-Claro que son animales, fijate que no quieren trabajar y encima tienen como veinte hijos que después terminan siendo todos delincuentes. &lt;p&gt;

-Bueno, no todos –dijo el viejo Cabrejos que siempre a Julia le parecía advertir en él un espíritu más cuidado a la hora de hablar. &lt;p&gt;

-Si, suegro querido, son unos negros de mierda, porque si no, no se quedarían a vivir ahí entre toda la mugre, durmiendo todos juntos en una piecita y cogiéndose entre ellos. &lt;p&gt;

-Me parece que se te está yendo la mano, Dante –dijo Cabrejos mientras hacía una bolita con la miga de pan. Julia recordaba que el viejo Cabrejos había sido delegado de la Unión Obrera Metalúrgica y que sabía mucho de esas cosas de política, además, nunca había querido a Dante cuando noviaba con Marta, después lo terminó aceptando como quien acepta un lunar que aparece en el cuerpo: porque no hay más remedio.&lt;p&gt;

-Pero dígame una cosa, Cabrejos- continuó diciendo Dante casi a los gritos-, ¿por qué en lugar de darle ciento cincuenta pesos para hacer que laburan -porque eso es lo que hacen, simulan que laburan-, el gobierno no los manda a poblar el sur y les dan trabajo allá? &lt;p&gt;

-El gobierno lo que tiene que hacer es educar –dijo Marta. &lt;p&gt;

-Pero a esos no los educás más, ya son así, lo llevan en la sangre, si esto sigue así ellos nos van a terminar matando –gritó Dante. &lt;p&gt;

-¿Ellos? –preguntó el viejo sonriendo irónicamente-, ¿quiénes son ellos?  &lt;p&gt;

-¡Ellos!  –gritó Dante y de un solo tirón vació el vaso de vino tinto. &lt;p&gt;

-Pero escuchame una cosa –dijo Cabrejos –que es lo que querés, pasarle una topadora por encima y sacarlos del planeta. &lt;p&gt;

-Pero sí, si esto va a una guerra civil. &lt;p&gt;

-Parala Dante, estás hablando de más –dijo Marta quien ya parecía tener vergüenza por los exabruptos de su marido. En realidad eso es lo que le pareció a Julia, quizás porque era ella la que en realidad se sentía incómoda, es que  recordaba que Carlos y Lucrecia no sólo eran beneficiarios del plan del gobierno sino que vivían en el barrio Domingo, que lindaba y se confundía con la villa Pala.  &lt;p&gt;  

-Insisto - dijo el viejo Cabrejos,  –a mi me gustaría saber quienes son “ellos”, quizás el hecho de que no conozcamos a las personas haga que las metamos a todas en la misma bolsa… y yo no creo que todos sean iguales. Debe haber gente que pretenda mejorar y que le gustaría vivir en un lugar mejor. &lt;p&gt;

   Julia, quien apenas conocía a Cabrejos, notaba que el suegro de Dante parecía darse cuenta de la macana que se estaba mandando por su boca floja e intentaba que se diera cuenta de que Carlos podría llegar a sentirse agraviado. &lt;p&gt;

-No se curan más –dijo Dante después de vaciar otro vaso de vino y con el semblante enrojecido de euforia –es como la manzana, están en el mismo cajón y se pudren… &lt;p&gt;

   Julia creyó ver que Coco, quien parecía haber advertido el desatino de Dante, lo codeaba y señalaba con la mirada al cabizbajo Carlos, quien debería sentirse con todas las ganas de no estar ahí. Inmediatamente Julia se dio cuenta que Dante había acusado recibo del codazo del tío Coco, porque sobreactuó de una manera que lo colocó al borde del patetismo, triste patetismo al que cayó definitivamente dos segundos después, cuando en lugar de silenciarse o cambiar de tema, esbozó una sonrisa nerviosa y tomándolo a Carlos del hombro, como quien abraza a su mejor amigo dijo para todos: &lt;p&gt;

-¿Carlitos?, pero no, este trabaja, no es como ellos… eso sí, me tiene que agradecer que le di trabajo, porque no cualquiera le da trabajo a uno de ellos ¡eh! &lt;p&gt;

-¿Pero quién te crees que sos? –se escuchó por primera vez la voz de Lucrecia -¿Cómo vas a tratar así a mi marido, tarado? &lt;p&gt;

  Quedó un silencio en el que solo se escuchaba a los trillizos jugar en el castillo inflable. Lucrecia se paró y mirando a su marido que aún seguía cabizbajo, como si este mirara debajo de la mesa y estuviera a punto de llorar. &lt;p&gt;

-¡¿Y vos?!, ¿Te vas a dejar decir esas cosas por la mierda de sueldo que te paga este hijo de puta?! &lt;p&gt;

    Fue el detonante, la orden inacatable, la puerta que mantiene al león dentro de la jaula que se abre de golpe y propicia el desmadre. Julia sintió que todo pasó en pocos segundos, el físico morrudo y ancho de Carlos se tiró encima de Dante y encendido de furia no paraba de propiciarle trompadas y cabezazos, la expresión inconfundible de terror de Dante, los gritos de los demás, Cabrejos y el tío Coco intentando separarlos, las patadas inclementes de Carlos cuando Dante ya estaba en el suelo y el ladrillazo final que impactó en pleno rostro de Dante. Luego sí, Cabrejos y el tío Coco pudieron apartar a Carlos pero sólo porque éste ya se había sosegado. Y vino lo peor, los llantos de los trillizos, la desesperación de Marta al ver tanta sangre en la cara de Dante, Lucrecia llorando y gritándole a todo el mundo que eran unos hijos de puta. Ana pidiendo una ambulancia desde el celular de Dante. Julia casi ni se dio cuenta que en el medio de la pelea había corrido hasta el teléfono del comedor y había llamado a la policía.  &lt;p&gt;

  Fue Cabrejos quien había inducido a Carlos y a Lucrecia para que se fueran a su casa. Cuando la policía llegó, Carlos y Lucrecia ya no estaban. Dante, dolorido, se encontraba abatido en la silla mientras que Ana y Marta le colocaban hielo en la mandíbula y en las costillas. Se notaba la dificultad por respirar pero no quiso que llamaran a una ambulancia. Los policías, que eran dos, y conocían a Dante ya que lo llamaban casi familiarmente por el nombre, le preguntaron si quería hacer la denuncia. Dante dijo que no, apenas podía hablar pero lo dio a entender con un gesto eufórico que hacía con la mano. Ana insistió para que denunciara a esos negros de mierda, pero quizás había olvidado o no reparaba, pensó Julia, que si la cosa iba muy lejos, Carlos lo demandaría por los siete u ocho años que trabajó con Dante sin estar efectivo. Cabrejos acompañó a los policias hasta la puerta y cuando volvió le dijo a Dante que ahora tendría que tener cuidado con Carlos y su esposa, "si te quieren armar quilombo te dejan en la lona" &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
   Pero Julia no le contó a nadie lo que pasó después, cuando luego de que los policías se fueron, o mejor dicho, cuando creyó que se habían ido, en el momento en que ella se dirigía al baño, escuchó voces que se filtraban por la ventana del living. Por curiosidad, miró a través de la persiana y vio a los dos policías que todavía no se habían ido y que fumaban y conversaban apoyados en el patrullero mientras observaban la fachada de la casa. Y  escuchó clarito lo que decían: &lt;p&gt;

   -Mirá la casa que se hizo este hijo de puta…-dijo el que estaba apoyado en la puerta del patrullero. &lt;p&gt;
   
    -Es así, che –contestó el otro-, nosotros hacemos el trabajo sucio, arriesgamos el laburo y estos negros se llenan de guita. Nos están cagando hermano. La torta se la lleva el jefe y estos hijos de puta. &lt;p&gt;

    -Antes de poner el negocio de repuestos no tenía ni para caerse muerto… y mirá ahora… lástima que no lo terminó matando el negro ese… &lt;p&gt;

   Julia los escuchó clarito. &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
FIN
 &lt;p&gt;
Diciembre 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-6655721221741741788?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/6655721221741741788/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=6655721221741741788' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/6655721221741741788'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/6655721221741741788'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/12/ellos-y-nosotros-historias-de-sobremesa.html' title='ELLOS Y NOSOTROS - Historias de sobremesa'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sy1JSHGNrAI/AAAAAAAAADg/m635dWNIVcw/s72-c/Ellos+y+Nosotros.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4505645045686033543</id><published>2009-11-21T09:16:00.005-03:00</published><updated>2009-11-23T10:55:40.617-03:00</updated><title type='text'>PARECÍA BUENA GENTE - Una cuestión de ritmo</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SwfbF24bRRI/AAAAAAAAADY/7RpZt4vnGMg/s1600/pu%C3%B1o.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 117px; height: 150px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SwfbF24bRRI/AAAAAAAAADY/7RpZt4vnGMg/s400/pu%C3%B1o.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5406530771359581458" /&gt;&lt;/a&gt;
 -Pibe, tranquilo, no te apurés…&lt;p&gt;

    El tono fue amable pero firme. Fue una orden, sí, pero también dejaba cierto resquicio de duda en el que Martín pensaba que si el viejo lo había dicho así era porque de algún modo quería hacer un chiste.&lt;p&gt; 

   Miró el árbol de lejos porque pensó que Galindez le había dicho que fuera despacio para que no le saliera desprolijo pero hasta donde había podado la copa estaba parejita, bien curvada, no quería hacer mal el trabajo porque reciencito había entrado a la municipalidad y tenía que  hacer buena letra.&lt;p&gt;

   El viejo parecía buena gente, y Martín había notado que los otros, el que apenas hablaba y se llamaba José, un poco mayor que él y un poco menor que el viejo, y los dos morochos que parecían hermanos, hacían todo lo que Galindez le ordenaba. Galindez era el apellido del viejo y al parecer esos apellidos no precisan nombres que le antecedan. Pero Galíndez definitivamente parecía buena gente, se llevaba bien con todos y casi siempre estaba de buen humor.&lt;p&gt;

   -Pibe, ya te dije, no te apurés....&lt;p&gt;

   El “Ya te dije” no sonó amable esta vez, Martín inmediatamente detuvo la motosierra y giró  la cabeza para corroborar cual era el gesto de la cara que acompañaba aquellas palabras que, por el mugir ensordecedor de la motosierra, fueron gritos… y que todos escucharon… definitivamente no parecía enojado pero tampoco parecía contento. Bajó de la escalera y miró el paraíso de lejos, y estaba perfecto. Pensó que su padre, al que le gustaba que hiciera bien las cosas, estaría orgulloso. Quizás, pensó Martín, Galindez lo quiere más corto, pero cuando quiso preguntarle, Galíndez estaba ya en la esquina haciendo el fuego para los choripanes.&lt;p&gt;

    De siete a ocho desayuno, de ocho a nueve traslado hacia la zona y corte de calle, de nueve a diez preparación de herramientas, de diez a doce a podar, de doce a una almuerzo, de una a dos a podar y luego replegarse para volver al corralón. En apenas dos semanas Martín había aprendido la rutina que le tocaba en esa época del año, y la había aprendido tanto que él se despachaba con tres árboles cuando los demás lo hacían con uno.&lt;p&gt;

    Mientras comían los choripanes se habló poco. Cosa rara, pensó Martín, y más raro fue cuando Galindez en lugar de la motosierra le alcanzó un viejo serrucho de mano y le dijo:&lt;p&gt;

   -Vos seguí con este, pibe…&lt;p&gt;

    Martín aceptó el desafío y quiso demostrar que él, con el serrucho, podía hacer la misma cantidad de poda que los demás con la motosierra. Ahora le tocaba la mora. Acomodó la escalera en la planta y subió con el serrucho, y con la energía que sólo dan los veinte años desgarraba gajos y ramas con gran rapidez, bajaba, corría la escalera, subía, cortaba y así seguía sin siquiera agitarse.&lt;p&gt; 

   Había sido la cuarta o quinta vez que desplazaba la escalera cuando justo en el momento que la tomó con las dos manos para llevarla hacia el otro lado, algo compacto y pesado impactó en su oreja derecha con tal fuerza que lo desparramó en el piso, y el calor ardiente y el aturdimiento más el desconcierto de no entender que había sucedido hizo que sus ojos se llenaran rápidamente de lágrimas y así, cuando giró el rostro para saber la causa del impacto, adivinó que el bólido que lo había desarmado de dolor era un puño, más precisamente el puño de Galíndez y allí estaba la cara de Galindez, la que ahora veía distorsionada y borrosa por la humedad de sus ojos y vio que algo le decía, le decía que ya la había dicho que no se apurara, que acá hay que ser solidarios y que nadie se tiene que apurar, que esto no es una fábrica, que acá se va al ritmo de todos.&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;

FIN &lt;p&gt;

Noviemebre 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4505645045686033543?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4505645045686033543/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4505645045686033543' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4505645045686033543'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4505645045686033543'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/11/parecia-buena-gente-una-cuestion-de.html' title='PARECÍA BUENA GENTE - Una cuestión de ritmo'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SwfbF24bRRI/AAAAAAAAADY/7RpZt4vnGMg/s72-c/pu%C3%B1o.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4490755090327961261</id><published>2009-10-31T11:26:00.003-03:00</published><updated>2009-11-02T09:17:03.883-03:00</updated><title type='text'>CARADECONCHA - "Me gustan los estudiantes..."</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SuxM7KQfioI/AAAAAAAAADQ/P-qGuPgwpys/s1600-h/aula.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 130px; height: 98px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SuxM7KQfioI/AAAAAAAAADQ/P-qGuPgwpys/s400/aula.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5398774632559905410" /&gt;&lt;/a&gt;
    Diego Perrone presiona su lapicera en la superficie del pupitre como si la pequeña birome azul adoptara las condiciones y características de un cincel. Intenta dar forma a la “D”, inicial con la que pretende representar su nombre, pero la resistencia de la madera conspira contra la punta plástica de la lapicera y la panza de la “D” apenas se insinúa dándole un aspecto casi romboidal que solo la “L” de Leandro, su segundo nombre, y la “P” del apellido ayudarán a comprender el garabato casi geométrico que representa a la “D”. Escarba con paciencia mientras de reojo relee por enésima vez los cinco problemas de física que tiene en su hoja. &lt;p&gt;
    
   Roggero es uno de los pocos profesores que logra mantener la clase en vilo: sus problemas de física, extraídos de un cuadernillo universitario, más la promesa que la no resolución de semejantes acertijos terminaría por frustrar los deseos de quien quisiera aprobar la materia, hace que, en pleno mes de noviembre y apenas a treinta días del final de clases -los problemas son por demás complejos y muy superiores a lo que un quinto año de una escuela técnica puede afrontar,- la mayoría quede absolutamente petrificado intentando descifrar un enunciado que pocas chances tiene de verse comprendido. &lt;p&gt;
   
   Diego Perrone lo lee una vez más y está por demás seguro que nadie de sus compañeros podrá resolverlos. “¡Ni Dios!” le dice por debajo a Pablo Solari quien sentado a su lado, ya tiene en su rostro el gesto exagerado de quien ve una cucaracha caminando en su plato de comida. Los dos, cómo si sincronizaran adrede el movimiento, giran sus cabezas en busca de Ramón Pereyra y Marcelo Festa, los renombrados mejores alumnos de la clase que no toleran que sus notas en el boletín se vean amenazadas con un probable aplazo. De hecho no pasan dos minutos hasta que Hernán se levanta del pupitre para seguramente explicarle a Roggero que no había expuesto nunca en clase los temas en que trataban los problemas. Diego Perrone observa la escena casi con una sonrisa porque la estrategia de Festa para enfrentar a los profesores es la de un perrito apichonado que busca la palmadita suave y tranquilizadora de su dueño. Le habla casi en un susurro y Diego alcanza a oír la frase “Señor, discúlpeme, este tema nunca lo dimos…”. La respuesta lacónica y provocadora, reforzada en su contundencia por el tono grave y exageradamente fuerte hace que el rostro de Festa empalidezca de tal modo que parece que va a derrumbarse producto de un desmayo: &lt;p&gt;
   
  -¡Y a mí qué me importa que no lo hayamos dado! &lt;p&gt;
   
    Roggero es una persona que Diego ya ha clasificado en la categoría de profesores que “si te tiene que cagar te caga”, lo había discutido con Pablo y los dos llegaron a la conclusión que a pesar de su sentido del humor campechano y a veces efectivo es evidente que no sólo es estricto en cuanto a la nota y la conducta en el salón sino que además parece disfrutar el hecho de que la mayoría esté siempre en riesgo de no aprobar. Lo confirmó el pelado Nosella que lo había tenido en la Normal: al principio parecía que era un tipo macanudo pero en las pruebas y los exámenes se convertía en algo totalmente distinto y no tenía un gramo de consideración. Hasta sucedió que una vez en la Normal, contó el Pelado Nosella, le habían rayado el auto luego de que aplazó a casi todo el curso. &lt;p&gt;
  
   Igualmente Diego ha decidido no discutir esta vez y entregar la hoja en blanco. La prueba anterior intentó garabatear algunos pasos para la resolución del problema pero había fracasado y días después, cuando Roggero devolvió la hoja con un “uno” tan grande como su firma, Diego intentó reclamar, de buen modo que jamás habían visto el tema, ni con el profesor anterior –ahora con licencia – ni con él. “Y yo qué culpa tengo si no lo vieron” dijo Roggero con una leve elevación de la comisura izquierda de sus labios que muchos hubiesen interpretado como una sonrisa. Aquella vez Mindanao se despachó una risa nerviosa, Festa casi lloraba por su primer desaprobado, el Gordo Pereyra, en silencio, seguramente evaluaba como explicar la nota en su casa, pero Diego no se contuvo y tomó la posta de la discusión. El diálogo comenzó normalmente aunque Diego hacía denodados esfuerzos por no sobrepasarse, ni en el tono ni en el modo, pero las respuestas y comentarios insidiosos de Roggero hicieron que se desbordara y desencajado, casi gritando, comenzó a decirle que se iría a quejar a la regencia porque no era justo que tomase cosas que jamás vieron, pero Roggero, después de contestarle que podía ir a quejarse al presidente de la Nación si quería,  terminó por asegurarle que iba a tener que trabajar mucho para aprobar la materia. &lt;p&gt;
  
   Ahora, mientras Diego intenta plasmar sus tres iniciales en la parte superior del pupitre se divierte observando los rostros de quienes luchan casi con frenesí por lograr resolver el indescifrable acertijo. Festa y Pereyra, el primero sentado en el primer banco de la fila de la izquierda y el segundo también en el primero pero en la fila del centro,  los dos frotándose la frente como si fueran gemelos sincronizados, parecen fracasar con sus esporádicos intentos. Ibarra, quien es puro esfuerzo a raíz de que su padre revisa día a día su carpeta y sus notas pero que le cuesta horrores las materias en las que la lógica y el razonamiento son indispensables, tiene sus dos cejas levantadas como si fuera a llorar en pocos segundos. Cufré, Burella,  Repetto, Gonzalez y Flores, sentados en el fondo permanecen en su mundo interno en el que la asistencia al colegio al parecer solo se debe a una especie de inercia -como si a sus padres o quienes los mandara al colegio le bastara con la sola asistencia y no les importaran lo que pudieran hacer adentro-, para ellos los cinco problemas que apenas han sido copiados en sus hojas son ahora blanco de burlas y bromas; entre risas contenidas se escuchan frases como “Che, qué es el péndulo” “¡Agarrame el péndulo!” “Chupame el vector boludo”. Son los únicos cinco alumnos que Roggero no puede dominar porque a ninguno le importa las notas que puedan tener, no existen amenazas, ni las amonestaciones ni las suspensiones, ni siquiera las expulsiones, pero Roggero apenas repara en sus comentarios, como si se permitiera ese pequeño disturbio dentro de una mayoría controlada y sumisa. &lt;p&gt;
    

   Diego observa que la tarde se ha oscurecido, la luminosidad en la ventana no es la habitual para las seis de la tarde y está seguro que pronto va a llover. Por un instante se resigna y decide entregar la hoja en blanco pero se contiene: aun mantiene una pizca de esperanza de que al menos un par de problemas pueda resolver, pero a primera vista ninguno de los cinco meollos escritos en la hoja muestra algo de accesibilidad, ni siquiera sabe por cual empezar. Observa que Pablo tampoco ha acercado la lapicera a la hoja y las caras ensombrecidas de Pereyra y Festa auguran un aplazo general. El contenido silencio en el aula es interrumpido por la sonoridad grave de un trueno, quizás lejano todavía, ya que si bien es algo prolongado la intensidad resulta suave. Diego sigue con el paneo del aula y se detiene en Carlitos Garrido, siempre callado y sumiso quién un banco atrás, en la fila del centro, parece buscar algo en su mochila. Diego piensa en qué machete podrá salvarlo de semejantes problemas ya que los temas fueron totalmente imprevistos. &lt;p&gt;
   
     Carlitos Garrido es esa clase de personas que pasan siempre inadvertidos, nunca falta en las rondas en el recreo, en las horas libres, en las reuniones en el baño pero no habla jamás, su voz opaca y temblorosa sólo se escucha cuando algún profesor lo sorprende con alguna pregunta sobre el tema que esté exponiendo, como si quisiera descartar que Garrido no estuviera dormido o fuera un fantasma, y entonces su rostro adquiere una expresión temerosa y sus cachetes habitualmente blanquecinos se tiñen en un tornasolado intenso y apenas balbucea una respuesta indescifrable e inaudible. Por eso, el peor error que pudo haber cometido Garrido es mencionar que el día de ayer era el de su cumpleaños. &lt;p&gt;

   Todavía Diego no puede eyectar de su cabeza lo que sucedió ayer cuando, luego de que Carlitos Garrido a causa de que cumpliera dieciséis años, terminara bajo un sinfín de cachetazos y patadas que sus propios compañeros le asestaran bajo el enigmático nombre de “malteada”, y que después de semejante afrenta, cuando este estaba por levantarse, en la humillante posición en que se encuentran la mayoría de los animales, con las rodillas y las manos en el piso, con los ojos humedecidos, enrojecidos de impotencia, Roberto Flores, repitente, dos años más grande que Carlitos, dos veces más grande de cuerpo que Carlitos, y -como piensa Diego-, una persona a quien la palabra “piedad” le resulta en bruto desconocida, en un salto impecable, con las venas hinchadas en su frente y en su cuello, al grito de “¡feliz cumpleaños Caradeconcha!”, le remata un golpe descomunal con la palma de su mano, con la superficie compacta de la mano que antecede a la muñeca, en el centro de la cabeza de Carlitos, que se desparrama en el piso para terminar en un llanto que, en preceptoría, no cesaría al cabo de una hora. &lt;p&gt;

   ¿Quién fue? Fue la pregunta que no tuvo respuesta, la hizo el profesor Furchi, la Regente Bossio y el preceptor Rodríguez, Diego tenía el sonido ventoso de la “F” de Flores en la punta de la lengua, pero le bastó observarlo una vez, sentado apenas a dos pupitres del suyo, para darse cuenta de que la sola mención de una palabra podía condenarlo a un suplicio interminable.    &lt;p&gt;

   Pero hoy, allí de nuevo en el salón, mientras la hoja aún permanece en blanco, Diego siente que lo sucedido el día anterior será sólo un día más en la historia de sexto tercera, y todo continúa normalmente, por ejemplo Flores que ahora está en su banco sin más nada que hacer que mojarle la oreja a Ibarra sentado delante suyo o pasando la birome por debajo del pupitre para tocarle el culo a Sánchez. Luego Diego torna la vista hacia Carlitos Garrido quien todavía parece obstinado en extraer algún machete de su mochila y tiene la impresión de que es un chico sufrido, extremadamente sumiso y Diego siente lidiar sus propios sentimientos hacia él entre la bronca y la lástima. Piensa que la pequeña humanidad con la que se enfrenta al mundo, su delgadez fragilísima y la tartamudez nerviosa lo colocan en el grupo de personas que si desaparecen de la tierra nadie lo advierte. Por eso a Diego le resulta extraño ver que de la mochila Carlitos extrae su mano pequeña y  que, en la palidez de su extremidad lampiña, la forma inconfundible de una pistola metálica –casi igual a la 22 que el abuelo de Diego conserva obsoleta en la cómoda de su casa- contrasta bruscamente como un diente de oro en el centro de una dentadura espléndida, y en esa perplejidad que lo deja casi sin aliento y la seguridad de que es el único que, como en un mal sueño, ve lo que esta viendo observa que Carlitos en un segundo se incorpora de su asiento y en otro segundo apunta a Roberto Flores. Antes de que el disparo raje la tarde y se escuche el quejido agudo al momento que el cuerpo de Flores cae al piso para el lado de la ventana, Diego graba para siempre, como una fotografía indeleble, la risa incrédula y nerviosa de Roberto Flores descubriendo con cierto asombro el caño metálico apuntándole. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;

Fin
&lt;p&gt;
Enero 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4490755090327961261?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4490755090327961261/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4490755090327961261' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4490755090327961261'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4490755090327961261'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/10/caradeconcha-me-gustan-los-estudiantes.html' title='CARADECONCHA - &quot;Me gustan los estudiantes...&quot;'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SuxM7KQfioI/AAAAAAAAADQ/P-qGuPgwpys/s72-c/aula.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4313074678853780454</id><published>2009-10-10T10:24:00.006-03:00</published><updated>2009-10-16T09:54:47.083-03:00</updated><title type='text'>LA CUADRA MÁS LARGA DEL MUNDO - Tan lejos, tan cerca.</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/StCM7I-gN4I/AAAAAAAAADI/Y0ssxxygwnU/s1600-h/Toledo--calle-del-centro-historico-116449%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 150px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/StCM7I-gN4I/AAAAAAAAADI/Y0ssxxygwnU/s320/Toledo--calle-del-centro-historico-116449%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5390963701612296066" /&gt;&lt;/a&gt;
Enero en la ciudad, cuando el calor y la humedad se entremezclan, es para meterse en el despacho, encender el aire acondicionado y no salir jamás. Ramón Angelino Ponce había dejado sus vacaciones para más a adelante, quizás marzo, quizás abril. Pero por suerte el clima de este lunes para Ramón era acptable, apenas templado, sin humedad, y como ya era la hora del desayuno se dispuso a salir. Tomó el saco del respaldo de la silla, y cuando pasó al lado de Patricia dijo simplemente “Salgo”. Percibió que su secretaria atinó a preguntarle algo (siempre preguntaba algo)pero no le hizo caso, y ella tampoco insistió, un código entre los dos en el que no hacían falta las palabras. &lt;p&gt;
  
   Los bombos del Partido Laborista protestando en la plaza retumbaban hasta adentro de la municipalidad, Ramón ingresó por el pasillo y raudamente encaró para la calle. Ya afuera levantó la cabeza y sonrió como en los tiempos de campaña, hizo un paneo general sin ver, no supo si alguien contestó el saludo pero al menos no recibió ningún insulto ni reclamo, el sonar de los bombos había disminuido y ahora, a medida que se acomodaba el saco, volvían a su intensidad habitual. Los del PL son como chicos, pensó Ramón, patalean y protestan cuando él no está y en cuanto aparece no se animan ni siquiera a mirarlo. &lt;p&gt;
 
   La protesta del Partido Laborista residía en negarse a que una empresa textil se radicara en el pueblo y aseguraban que era altamente contaminante para el ambiente, Ramón pensó en la gata flora, “No hay poronga que les venga bien”. Casi lo dijo en voz alta. Fue allí que levantó la cabeza y observó la entrada del bar Capuccio. De la municipalidad a lo de Capuccio hay apenas una cuadra, la cuadra más larga del mundo. Y no fue casual que mirando la angosta vereda que conducía al bar recordó aquella sentencia que le había dicho el antiguo y precesor intendente, también peronista y quien fue casi su padrino: "La forma en que llegás es la forma en que gobernás, pibe". &lt;p&gt;

   Se sorprendió que nadie lo detuvo en esos primeros diez pasos, pero en el paso número once, de soslayo, vio a alguien con su bicicleta estacionado en el cordón de la vereda, temió levantar la vista pero ya no podía simular, cuando irguió la cabeza, casi al lado de la bicicleta, Carlos Carrasco lo miraba sonriendo, vestido con el pantalón y la camisa de grafa azul, debería estar cumpliendo con su trabajo en el corralón, pensó Ramón, pero en lugar de eso lo estaba esperando en la puerta del municipio. Ramón, mientras escuchaba un "hola Ramoncito" bastante efusivo que Carrasco casi le había escupido mientras trababa el pedal del rodado en el cordón, recordó no sin pesar que Carrasco le había hecho prometer darle un puesto en administración ni bien asumiera, en realidad Ramón no había dicho ni sí ni no, solamente le había contestado con su muletilla de campaña que había resultado en definitiva un tiro por la culata,  o varios tiros por la culata: Vemos qué hacemos. &lt;p&gt;&gt;
    -¿Podré pasar a la administración cuando asumás, Ramoncito? &lt;p&gt;
    -Vemos qué hacemos, Negro.&lt;p&gt; 

   Hubo varios “Vemos que hacemos” durante la campaña ¿Cuándo asumás terminamos la capilla, Ramoncito? Vemos qué hacemos. ¿Voy a trabajar en cultura? Vemos qué hacemos, siempre "vemos qué hacemos", lo sabía, Ramón lo sabía pero tenía que llegar sí o sí y tenía muy claro que esa frase para los demás era un sí rotundo y que el torbellino de reclamos se le iba a venir apenas asumiera. ¿Cómo explicarle a Carrasco, que cortaba el pasto y podaba árboles, que era insostenible que pasara a ser funcionario o empleado de administración? Cuando estuvo a su lado sonrió y se abrazó con Carrasco. &lt;p&gt;

   -¿Che, hay posibilidades o sigo con la pala? &lt;p&gt;

   -Todavía no pude hacer nada, Negro... &lt;p&gt;

   Sonaba inverosímil, terriblemente inverosímil, ¡ya era el intendente! Hacía un año que había asumido y responderle que todavía no había podido hacer nada lo hizo sentir un trapo de piso. &lt;p&gt;

  -¿Yo ya te conté mi proyecto para mejorar el tránsito...?-, dijo Carrasco retóricamente. &lt;p&gt;

    ¿Sabrá Carrasco que el departamento de tránsito no tiene nada que ver con el de administración? pensó Ramón, pero no le dijo nada a Carrasco, no quería ahondar demasiado en la cosa para que no se extendiera: &lt;p&gt;

  -Haceme una gauchada, Negro, decile a Rubiera, en Tránsito, que yo te mandé y contale el proyecto, yo después hablo con él. &lt;p&gt;

-Dale -respondió casi contento Carrasco-, voy ahora nomás. &lt;p&gt;

-Ok, después comunicate conmigo ¿eh? &lt;p&gt;

   Se saludaron con otro abrazo, apenas Ramón se dio vuelta, la silueta de una señora de físico robusto, lo esperaba apenas a dos metros de distancia. Cara conocida pensó Ramón, ¿de dónde? no se acordaba pero intuía que al menos una vez había hablado con ella, la señora ni siquiera lo saludó. Sólo dijo: &lt;p&gt;

  -Me quieren sacar de mi casa, señor Ponce. &lt;p&gt;

   La mujer se puso a llorar al instante. Ramón puteó por dentro, no podía sucederle esto, todavía faltaban unos cincuenta pasos para llegar al bar y ahora tenía que sortear semejante obstáculo. Con la voz tiznada de bronca pero sin gritar le preguntó qué era lo que le había pasado. &lt;p&gt;

  -¿Sabe qué pasa señor intendente?, que el doctor Echeverría me dijo hace como dos años que podía quedarme con un terreno que él me dio si pagaba los impuestos y entonces fui construyendo ¿vio?, me hice la casita, es de chapa pero bien hechita, mire que no la volteó ni el viento de septiembre que fue impresionante, entonces ahora, me mandan un papel donde me dicen que me tengo que ir porque pertenece a la municipalidad. &lt;p&gt;

  El doctor Echeverría, antiguo contador del municipio, le había causado tantos problemas que uno más ya no le hacía mella; el antiguo contador de Ocampo, se había hecho su propio negocio inmobiliario en el municipio y no era la primera vez que le había hecho pagar impuestos de terrenos baldíos a gente sin avisarle que los cinco años tenía que estar cumplidos para hacer uso, Echeverría dejó que la gente construyera y cuando asumió, la oficina de legales con el doctor Milesi a la cabeza se encargó de recuperar los terrenos. Sobre aquellos lotes en los que no se había construido, nadie pataleó, porque eran terrenos que habían adquiridos los vivos de siempre pagando una comisión a Echeverría por el dato, ese era el negocio, pero esta pobre gente se había hecho la casa y ahora tenían un problema, y él también porque ahora, que era el intendente, quedaba como el malo de la película. &lt;p&gt;

   -Vaya a hablar con el doctor Milesi en la oficina de legales, por favor, pero hágalo mañana así me da tiempo de hablar con él y comentarle la situación-, se escuchó decir. &lt;p&gt;
  
 -Gracias señor Ponce, gracias- le dijo la señora sollozando y tomándole la mano en un gesto casi maternal. &lt;p&gt;

   Por supuesto que llamaría por teléfono y el Colorado Milesi le agarraría tal calentura que seguramente le oiría repetir una y mil veces que le presentaría la renuncia, después se olvidaría del tema y el Colorado volvería a su laburo. &lt;p&gt;

   Ramón comenzó a caminar luego de que la señora soltase su mano, sólo faltaban treinta pasos para disfrutar del café con leche y las tres medialunas, treinta pasos para abrir el semanario de la ciudad o el &lt;i&gt;Ole&lt;/i&gt; y mojar la medialuna en la taza espumante de leche. Iría por los diez pasos y de atrás, alguien corriendo se acercaba gritando “¡Ramoncito, Ramoncito!”, voz conocida, familiar, el Rengo Benitez, Ramón ya sabía lo que iba a suceder: se daría vuelta y lo saludaría con un abrazo y escucharía que en el Barrio El Paso, donde el Rengo Benítez era presidente de la asociación de fomento, necesitaban mano de obra para terminar la sede. El Rengo Benitez, como era peronista, creía que podía usar gente del corralón para terminarla, pero que esta gente trabajaría en el horario municipal y no por la tarde ya que no les correspondía. Ramón se dio vuelta y lo saludó. &lt;p&gt;

   -¿Cómo andás Rengo? &lt;p&gt;

   -Bien Ramoncito-, respondió agitado el Rengo. ¿Tenés dos minutos? &lt;p&gt;
  
 -Decime. &lt;p&gt;

   -Vamos a tomar un café... - le dijo el Rengo poniéndole una mano en el hombro casi empujándolo. “Ni en pedo” se dijo para adentro Ramón. “El desayuno: solari, como siempre, solo yo y los diarios”. &lt;p&gt;

   -Tengo una reunión, decime tranquilo que te escucho. &lt;p&gt;

   Por supuesto que escucharlo no era precisamente lo que haría, debería decidir si continuar con la diplomacia o mandarlo a la reputa madre que lo parió, ¡era increíble que este tipo pretendiera usar gente del corralón para hacerse la sede del barrio y encima que trabajaran en el horario que lo hacen para el municipio! Esperó que terminara, cuando se hizo el silencio, respondió lo que ya tenía previsto contestarle. &lt;p&gt;

   -Mirá Rengo si querés que la gente del corralón trabaje para tu sede, que lo haga por la tarde o el fin de semana, si ellos no te quieren cobrar fenómeno sino pagales. A mí en esta no me metás. &lt;p&gt;

  -¿Qué pasa, se te subieron los humitos a la cabeza? ¡Vos ganaste por nosotros macho, no te olvidés!, ¿eh? ¿o ya no sos peronista? &lt;p&gt;

  -Yo no me olvido de nada, Rengo-, empezó a caminar en dirección al bar mientras el Rengo lo seguía dos pasos atrás. &lt;p&gt;

 -Ya vas a venir a llorar, con Ocampo esto no pasaba-, le empezó a gritar el Rengo que por suerte para Ramón ya se había detenido y no lo seguía. &lt;p&gt;

   Para qué contestarle, pensó Ramón, que paladeaba con ansiedad llegar a la puerta del bar si estaba allí, tan cerca y tan lejos, como esos maratonistas que alcanzan a palpar la cinta de llegada y el tiempo se hace cada vez más lánguido, para qué contestarle a un tipo al que definitivamente los años le habían arrebatado el sentido común, detestado inclusive por la gente de su propio barrio y que en definitivamente terminaba ganando las elecciones de su barrio porque gracias a dos o tres matones de cuarta no dejaba que nadie más se presentara. &lt;p&gt;

    Por fin, pensó casi aliviado, por fin la puerta estaba frente a él. Cuando acarició el picaporte hizo un movimiento velocísimo para quedar en el interior del bar y dirigirse, saludando a Cacho con un lacónico pero amable “Buendía”, hacia la mesa de los diarios. Tomó el &lt;i&gt;Clarín&lt;/i&gt; y le incertó el suplemento deportivo &lt;i&gt;Olé&lt;/i&gt; entre sus páginas para que quedara camuflado, y luego escondió dentro del saco un semanario local. Disimulando ese pequeño acto de vandalismo mediático 
-apropiarse de casi todos los diarios disponibles podría costarle ser víctima de algún reproche de los demás clientes del bar-, fue hacia la mesa de siempre, aquella del rincón donde nadire de afuera podría verlo, un humilde bunker anti-reclamo. El mozo se acercó para preguntar si se serviría lo de siempre. &lt;p&gt;

   -Por supuesto que sí. &lt;p&gt;

   Dejó el saco en el respaldo y se sentó, sintió que una ráfaga de placer le alivianaba el cuerpo, ese momento, ese pequeño lapso de tiempo en el que disfrutaría de un buen desayuno y de la lectura en plena y complaciente soledad era una de esas mágicas cosas que hacen que la vida valga la pena. Todo pareció adquirir un aura de excelencia y calidad como si estuviera flotando en el aire. Vio a Miguel, el legendario mozo de Capuccio, armando la bandeja casi con maestría, colocando las medialunas en el pequeño plato mientras Cacho, quien operaba la máquina de café como si fuera un experto ingeniero cafetero, le alcanzaba la taza de riquísimo café humeante y luego la jarrita de leche caliente. Extrajo del diario el suplemento deportivo y lo colocó en la mesa, lo vio venir a Miguel, pantalón negro, camisa blanca, bandeja en mano, casi en cámara lenta, como si despegara los pies del piso, ya en la mesa bajó con delicadeza cada uno de los elementos de ese conjunto apoteótico: el café, la leche, las medialunas y el vaso de jugo exprimido de naranjas. Sacó su billetera y alcanzó a abrirla: &lt;p&gt;

  -No, dejá Ramón, esto es a mi cargo…- dijo Miguel. &lt;p&gt;

   Sorprendido creyó que la mañana podría ser la mejor mañana en mucho tiempo, alguien del pueblo estaba dispuesto a demostrarle su afecto, pero luego no entendió por qué Miguel acomodó la silla y colocando la bandeja vacía sobre el borde de la mesa se sentó y en voz baja como si estuviera confesando un secreto dijo: &lt;p&gt;

  -Mirá, mi pibe está sin laburo… sabe mucho de computación y esas cosas… no sé… ¿vos podrás hacer algo, Ramoncito?  &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;
 &lt;p&gt;



FIN &lt;p&gt;

Noviembre 2006&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4313074678853780454?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4313074678853780454/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4313074678853780454' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4313074678853780454'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4313074678853780454'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/10/la-cuadra-mas-larga-del-mundo-tan-lejos.html' title='LA CUADRA MÁS LARGA DEL MUNDO - Tan lejos, tan cerca.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/StCM7I-gN4I/AAAAAAAAADI/Y0ssxxygwnU/s72-c/Toledo--calle-del-centro-historico-116449%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-6843496639066720131</id><published>2009-08-19T09:52:00.007-03:00</published><updated>2009-09-19T18:42:12.539-03:00</updated><title type='text'>LA VIDA ES UNA HERIDA ABSURDA - Una noche con Carlitos Rojo</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sov2hWdvP6I/AAAAAAAAADA/o_rCKpI6zXE/s1600-h/tango.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 130px; height: 122px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sov2hWdvP6I/AAAAAAAAADA/o_rCKpI6zXE/s320/tango.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5371658033395875746" /&gt;&lt;/a&gt;

   Ser cantante de tango suele ser un oficio inclaudicable: es imposible dejar de hacerlo. Carlitos Rojo siempre supo que pueden suceder un sinnúmero de circunstancias que lleven a que uno deba pensar en dedicarse a otro género, como cuando Soledad Pastoruti explotó y colocó al folclore en las primeras filas del consumo cultural y miles de músicos, profesionales y no tanto, no dieron a basto con la cantidad de peñas que en casi todo el país afloraron como cardales en terrenos abandonados. Cantar tangos, en aquella época pasó a ser un anacronismo casi olvidado. Los bandoneonistas ensayaban un repertorio de zambas y chacareras para trocarlo por las exigentes variaciones y melodías de tango y milonga. &lt;p&gt;

   También la contagiosa y populosa música tropical que a fuerza de cumbias y cuartetos penetraba en la mayoría de las casas y las fiestas de todo el país hizo dudar a Carlitos y casi con vergüenza me confesó que coqueteó con ser el cantante de Tropicalísimo.com, un grupo de música bailantera que desesperadamente buscaba cantante. Fue el tecladista, Fernando Rivera, quien osó en ofrecerle una prueba al gran Carlitos Rojo.  &lt;p&gt;


   Y así, entre moda y moda, Carlitos Rojo afilaba su garganta para vomitar aquellos emblemas de la poesía suburbana porteña en reductos cada vez más pequeños y periféricos. Reacio a los aviones se negó a llevar su estilo grave y opaco (una especie de Enmundo Rivero con gracia gardeliana) a países lejanos donde las letras “la poesía es la vedette del tango” solía decir, no llegarían a hacer mella en los oídos de los oyentes. “Cantar tango para los japoneses es como decirle un piropo a mi tía Lucrecia” me dijo un día después de un ensayo. &lt;p&gt;


   Suerte para mí que Carlitos se resistía a viajar ya que eso me daba la oportunidad de acompañarlo con mi guitarra, aunque sea en lugares ignotos y modestos, bodegones donde abogados, comerciantes, desocupados y municipales intentan empujar del buche el trajín de la semana con algún vaso de fernet o litros de cerveza y cigarros. Con mi guitarra y su voz enfrentábamos a los dignos depositarios de aquellas frases milagrosas de &lt;i&gt;Tinta Roja, Los cosos de al lao y Pasional. &lt;/i&gt;&lt;p&gt;


   Un viernes de mayo, frío y húmedo, fuimos contratados por el Oveja Mustoni, dueño de la Oveja Vasca, para hacer nuestro show. En realidad el Oveja contrató a Carlitos, y él, que siempre era acompañado por Lito Córdoba -quien en esos días se encontraba trabajando fuera del país-, me llamó para que sea su guitarrista. Por suerte el repertorio era similar al de Fernando Aschero, cantante al que yo solía acompañar mientras él no estuviera por sus permanentes giras en México y Paraguay, así que ni siquiera ensayamos. La Oveja Vasca es un lugar pequeño, típica casa vieja devenida en boliche de campo, una decena de mesas, con sus sillas y la barra de madera eran circundadas por paredes de ladrillos descubiertos. Una escenografía en el que la música telúrica encuadra perfectamente. &lt;p&gt;


     Ese viernes hicimos el primer bloque ante un auditorio repleto, aunque llamarlo auditorio resulta un tanto apresurado porque a juzgar por el bullicio, pocos eran los que realmente escuchaban. La verdad es que yo ya estaba acostumbrado a tocar en condiciones adversas: sonidos deficientes, públicos indiferentes, pero esa noche era demasiado, puse el volumen de la consola casi al máximo, y fue contraproducente: a más volumen, más alto el murmullo.   &lt;p&gt;


    En el intervalo nos sentamos en una mesita que teníamos asignada y yo me quejé del bullicio con un gesto despectivo que Carlitos entendió cabalmente. &lt;p&gt;


   -Qué mejor que cantar para ellos pibe, miralos, parecieran que no escuchan pero te puedo asegurar que cada frase, cada acorde, les entra bien adentro, en el esternón, donde sólo el engaño y la muerte pueden llegar…”- me dijo señalando hacia la gente. &lt;p&gt;


    Juro que  Carlitos no había tomado una sola gota de alcohol, pero el viejo esbozaba una lucidez que a mí me deslumbraba. Pensé que a lo mejor tenía razón y que a pesar del murmullo que permaneció de fondo mientras yo intentaba concentrarme en los difíciles acordes de &lt;i&gt;Los mareados&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;Garúa&lt;/i&gt;, aquellos seres que poblaban la barra y las mesas habían comprendido y asimilado eso de &lt;i&gt;Hoy vas a entrar en mi pasado&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;Si hasta el cielo se a puesto a llorar.&lt;/i&gt; &lt;p&gt;


    En el intervalo, Carlitos, quizás para congraciarse conmigo o para darme estímulo, me dijo, haciendo un gesto pícaro y canchero, como si estuviera el as de espada guardado, que el segundo bloque lo comenzáramos con &lt;i&gt;La última Curda.&lt;/i&gt; &lt;p&gt;


    -No falla pibe, apenas empiezo a cantar fijate que el más absoluto de los silencios va reinar en este bar, a nadie le pasa desapercibido semejante expresión de la filosofía suburbana”.  &lt;p&gt;


   Dudé que fuera así, las personas que se encontraban allí apenas reparaban que había un viejo cantando y un guitarrista acompañándolo, ni siquiera los molestábamos, que es lo peor que puede suceder cuando uno está en el escenario: la indeferencia. Mientras había tocado en el primer bloque me controlé para no desconcentrarme e intenté no dejarme llevar por esa orgía de voces que &lt;i&gt;in crescendo&lt;/i&gt; se superponía a nuestra interpretación. Resignado, me dediqué a esperar que los temas pasaran y termináramos la primera parte del repertorio, pero en una de las mesas alcancé a ver a un pibe que había tomado unas clases de guitarra conmigo cuatro o cinco años atrás, y no paraba de conversar y reir con sus dos amigos. Tendría ahora unos veintitrés o veinticuatro años, y recordaba que no sólo que apenas podía tocar los riff de ACDC y Viejas Locas que me pedía que le enseñara sino también que había ido dos meses y había desaparecido sin pagarme. Sabía que tenía una banda de rock y conjeturé que sus dos amigos deberían ser el baterista y el bajista. Juro que casi pierdo la cabeza, cada una de sus carcajadas era una puñalada que penetraba en mi alma y sentía ganas de partirle la guitarra por la cabeza. ¡Cómo podía ser que pretendiendo ser músicos no respetaran cuando otros estaban tocando! &lt;p&gt;


   -Sabés qué pasa Carlitos- le dije en el intervalo mientras tomaba una cerveza-  yo puedo entender que a alguien que no le guste ver música en vivo le importe tres pelotas si hay alguien tocando, pero a un tipo que le gusta la música, que intenta tocar la guitarra, que se ha parado alguna vez en un escenario con la pretensión de que alguien lo escuche, esté en pleno show cagándose de risa como si nada pasara... no lo puedo entender, viejo. Cuando yo era pibe e iba a ver algún recital me convertía en uno de esos monjes que hacen votos de silencio y trataba de robarme una melodía, un acorde, una idea para llevarme a mi casa y luego ejecutarla con la guitarra, y este hijo de puta, que encima se cree músico y ni siquiera puede tocar el riff de &lt;i&gt;Humo sobre el agua&lt;/i&gt; en una cuerda, te viene a cagar la noche de esta manera. &lt;p&gt;


    -No te preocupés pibe, ya se va a estampar contra la pared…&lt;p&gt;


    -Pero decime si no es así –continué diciendo, estaba totalmente acelerado –estos giles se creen que para ser músico primero se empieza por la pilcha, el pelito largo, después por la actitud, fumarse un porrito, cierta falsa bohemia, las minitas y después si les queda tiempo tratan de extraer una nota decente de algún instrumento, y luego están cinco o seis años machacando un puñado de canciones pero ni en pedo sientan el culo tres o cuatro horas por día para tocar como se debe. Bah, la pasión por la música en estos pendejos pasa por otro lado…&lt;p&gt;


   -¡Cómo estás pibe!, tomalo con calma… Apenas empiece a cantar &lt;i&gt;La última curda&lt;/i&gt; a estos giles se le paraliza la lengua. &lt;p&gt;


  Carlitos sonreía y me di cuenta que me había pasado un poco, y también de que si no me serenaba podía cometer cualquier estupidez. Para el segundo bloque traté de concentrarme en la mesa que estaba adelante, cuatro o cinco señoras seguidoras de Carlitos que parecían disfrutar del recital. Ellas sonreían y miraban a Carlitos como si fuera el príncipe azul rescatándolas del más intrincado de los laberintos. &lt;p&gt;


   Me coloqué la guitarra y comencé a esbozar la introducción de &lt;i&gt;La última curda&lt;/i&gt;, Carlitos le daba un trago a su agua mineral y luego descalzó el micrófono del pie. &lt;p&gt;


&lt;i&gt;“Lastima bandoneón, mi corazón… tu ronca maldición maleva…”&lt;/i&gt;&lt;p&gt;


   Por un momento sentí que el murmullo decrecía, como si repararan en que algo digno sucedía cerca de la puerta de entrada, pero apenas fue una ilusión. Yo no quería mirar la mesa de mi ex alumno pero una risotada estruendosa, sobresalió por sobre el bullicio que no era para nada leve. Hasta una de las señoras amigas de Carlitos, una rubia coquetísima chistó enojada y le clavó la mirada a mi ex alumno. &lt;p&gt;


   &lt;i&gt;“Ya sé no me digás tenés razón… la vida es una herida absurda….”&lt;/i&gt;&lt;p&gt;


  Años hacía que yo ejecutaba &lt;i&gt;La última Curda&lt;/i&gt; en &lt;i&gt;mi menor&lt;/i&gt;, esa era la tonalidad que a Patota Aschero le quedaba cómodo, y a Carlitos, por suerte también, pero fue tanta la indignación que se me mezclaron las tonalidades y del &lt;i&gt;mi menor&lt;/i&gt; salté a una cadencia en &lt;i&gt;si menor&lt;/i&gt;, y noté que Carlitos, con el gran oficio que lo caracterizaba insistía en la tonalidad original dándole a la interpretación un carácter más que vanguardístico. Mi cabeza no parecía volver hacía los acordes correctos y el mango de la guitarra me resultaba una nebulosa indescifrable en el que el brillo de los trastes de alpaca contribuían a mi confusión cada vez más profunda. &lt;p&gt;


&lt;i&gt;“La curda que al final… termine la función… corriéndole un telón al corazón.”&lt;/i&gt; &lt;p&gt;


 “¡&lt;i&gt;Mi menor&lt;/i&gt;, pelotudo!” me grité a mi mismo, y justo cuando terminaba el primer estribillo acerté con los acordes. Lo miré a Carlitos para la segunda estrofa, que por inercia siempre tendíamos a bajar de volumen para darle un carácter más intimista y noté que cierta expresión extraña en su rostro estaba siendo humedecida por sendas gotas de sudor. &lt;p&gt;


 &lt;i&gt;  “Cerrame el ventanal que arrastra el sol”&lt;/i&gt; &lt;p&gt;


    La palabra murmullo era un eufemismo, lo que se oía en el ambiente era un verdadero quilombo, la señora rubia volvió a chistar pero la reprimenda era apenas un petardo navideño en  medio de un bombardeo aéreo en la guerra de Irak. &lt;p&gt;


&lt;i&gt; “No ves que vengo de un país…”&lt;/i&gt;&lt;p&gt;


    Recuerdo que fue allí que volví a escuchar la carcajada de mi ex alumno e inmediatamente el micrófono de Carlitos impactó en su frente cerca del ojo derecho, junto con el micrófono salió despedido el cable, y la ficha plug, que saltó de la consola, arrastró la caña del micrófono, y esta pego en medio del rostro de la rubia de adelante que comenzó a sangrar por la boca. Como un acto reflejo guardé la guitarra en la funda y la tiré bajo una estantería apoyada en la pared mientras la batahola de sillazos, botellazos y piñas se acrecentaba. Cuando me di vuelta la busqué a Carlitos, pero ya era tarde, estaba arrodillado sobre la mesa de mi ex alumno y tomándolo del cuello y ahorcándolo, lo zamarreaba de una lado para el otro. Me hice paso entre el gentío descontrolado y llegué a la mesa, no sin antes recibir un par de piñas y empujones. Mientras intentaba despegarle las manos del cuello del pibe escuchaba que Carlitos le decía, como si estuviera llorando de bronca “¡La vida es una herida absurda, pendejo, la vida es una herida absurda!”. &lt;p&gt;


    Por suerte lo soltó, poco a poco los ánimos se fueron calmando, vi que Carlitos tomaba un puñado de pastillas que extrajo del bolsillo del saco y desajustándose la corbata se sentaba en la mesa extenuado. No fue necesario cargar a la señora rubia a la ambulancia, el médico y el enfermero de Semmer, la empresa de servicios de emergencias, la atendieron allí y le colocaron un apósito en el labio. Luego le tomaron la presión a Carlitos porque el médico lo notó muy desmejorado. A los cinco minutos fue como si nada hubiera pasado, mi ex alumno seguía en su mesa pero ya no hablaba ni reía, los de la ambulancia le habían colocado una venda que le cubría parte del ojo, los demás volvieron a sus sitios. Por suerte el Oveja no hizo comentario alguno y antes de irnos, nos pagó como habíamos convenido y quedamos que más adelante haríamos otra fecha. Lo llevé a Carlitos hasta la casa y apenas hablamos. Fue una noche más.    &lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
FIN
&lt;p&gt;
Agosto 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-6843496639066720131?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/6843496639066720131/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=6843496639066720131' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/6843496639066720131'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/6843496639066720131'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/08/la-vida-es-una-herida-absurda-una-noche.html' title='LA VIDA ES UNA HERIDA ABSURDA - Una noche con Carlitos Rojo'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/Sov2hWdvP6I/AAAAAAAAADA/o_rCKpI6zXE/s72-c/tango.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-2378487706732332754</id><published>2009-08-03T09:15:00.003-03:00</published><updated>2009-08-03T23:14:16.693-03:00</updated><title type='text'>ROBERTO BICHI SOANEZ - La maldición de Wimbledon</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SnbWu-T0T0I/AAAAAAAAAC4/3rfq31yhVFo/s1600-h/caballeros.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 130px; height: 87px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SnbWu-T0T0I/AAAAAAAAAC4/3rfq31yhVFo/s320/caballeros.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5365712108546969410" /&gt;&lt;/a&gt;
   Llegué hasta la casa de Roberto Bichi Soanez más temprano de lo convenido, para no incomodarlo con mi adelantamiento decidí esperar en la puerta. Estacioné mi vetusto Renault 12 apenas a dos casas de la suya y encendí un cigarrillo. Desde el auto pude observar el barrio donde Bichi había pasado la mayor parte de su vida, luego de aquella  misteriosa derrota, y tan lejos de las canchas de tenis como fuera posible. Barrio típico de la ciudad en el que el asfalto sólo es una utopía. A pesar de que hacía calor, cerré la ventanilla para que no me entrara la tierra que levantaban los vehículos que pasaban. &lt;p&gt; 
   El jefe del diario me había pedido una nota y una foto para la edición del semanario que saldría el lunes siguiente y la verdad es que tuve que hacer denodados esfuerzos para comprender por qué debería realizarle una nota a Bichi Soanez, empleado de la panadería Cángaro y a quien yo me encontraba casi todas las madrugadas en La Recova cuando bajaba del camión las facturas y medialunas que relucían flamantes y bruñidas en el mostrador del bar. &lt;p&gt; 

   -Jugó en Wimbledon, boludo- me dijo Ricardo que era, además de editor periodístico y dueño del semanario, un fanático del deporte blanco.&lt;p&gt; 

    Mi cara debe haber sido un ícono de la sorpresa y desconcierto porque Ricardo volvió a abrir la boca para explicarme que el pobre Bichi después de perder en aquella primera ronda jamás volvió a tocar una raqueta y con el tiempo se había transformado en una especie de leyenda, un mito pueblerino, y que yo, por mis juveniles veintidós años, seguramente desconocía la existencia del gran Bichi.&lt;p&gt; 

   -¿En serio? –pregunté totalmente descreído.&lt;p&gt; 

   -¿Por qué en lugar de quedarte ahí parado con esa cara de boludo no te ponés en campaña y hacés contacto con Bichi así antes del sábado me entregás la nota terminadita? –me contestó Ricardo.&lt;p&gt; 

   Antes de llamarlo quise investigar un poco sobre Soanez y su epopeya londinense, por supuesto que Internet era muy poco lo que había, sólo figuraba en archivos de Wimbledon el supuesto mach Soanez-Ribunga de primera ronda en el año 71 en el que puede constatar que el resultado fue 6-2, 6-1,6-7,6-0,6-0. Era un score bastante extraño, no quedaban dudas que Soanez había estado rayando el triunfo en el tercer set, en el que salió desfavorecido por un tie break y luego cayó por dos inexplicables 6-0. Inmediatamente reaccioné y me di cuenta que no quedaba otra explicación que algún tema de lesión, lo que por cierto le daba un carácter épico a su derrota ya que probablemente Soanez a pesar de alguna complicación continuó jugando como solamente lo hacen los grandes. &lt;p&gt;  
 
   En el auto, frente al domicilio de Soanez, mientras terminaba de revisar que la cámara de fotos tuviera batería, decidí que encararía la nota preguntando sobre sus comienzos en el tenis. Bajé del auto y toqué timbre de la verja, era una casa modesta pero bastante pintoresca en su fachada, la puerta se entreabrió y salió Bichi, quien hasta ayer era el panadero que bajaba las medialunas en la Recova, y hoy un eximio tenista profesional que había llegado a jugar en Wimbledon. Me saludó con la misma calidez que lo hacía cada mañana en el centro, como hacemos la mayoría de los mercedinos que nos conocemos y saludamos sin saber absolutamente nada uno del otro. &lt;p&gt; 

   Me hizo pasar y me convidó un mate que conjeturé que había preparado especialmente. Adentro reinaba el orden y la limpieza, me invitó a sentarme en un confortable sofá mientras él se acomodaba en el otro sillón frente a mí y colocaba el termo y la azucarera en la mesita ratona. El interior de la casa era una proyección del exterior, austera pero impecable. Me detuve observando a Soanez mientras colocaba azúcar en el mate. Quizás influenciado por lo que me había enterado de su pasado tenístico veía que su físico, delgado, alto, de espalda ancha, debería haber sido beneficioso para el deporte, me abstraje de sus cabellos ahora casi blancos y sus arrugas típicas de un hombre que se acerca a los sesenta años y traté de encontrar en ese cuerpo curtido por los años al pibe de cabello rubio y largo e imaginé también su frente cubierta por una bincha al mejor estilo Vilas o Borg, y hasta lo vislumbré con su raqueta Wilson de madera, tal como me había contado el Pelado Tornatore, dueño de la panadería en la que trabajaba Soanez, quien me puso al tanto de su pasado tenístico. Inmediatamente resigné indagar sobre sus comienzos en el tenis y dejé caer la primera pregunta que me vino a la mente intempestivamente.&lt;p&gt; 

   -¿Te cruzaste con Vilas, alguna vez? &lt;p&gt;   
  
 -¿Guillermo?&lt;p&gt; 

   La repregunta me causó gracia, ¿qué otro Vilas podía ser en ese contexto? Roberto chupó casi exageradamente de la bombilla y luego soltó la frase como quien larga una cosa sin importancia.&lt;p&gt; 

   -Tuvo suerte ese muchacho.&lt;p&gt; 

   Quizás fue por mi silencio -porque la verdad que después de tan contundente expresión no atiné a nada-, que Roberto trató de minimizar su propia sentencia.&lt;p&gt; 

   -La verdad que siendo juveniles yo le ganaba, a él y a Batata. Ojo, no es que me resultaba fácil, pero yo creo que si Vilas me ganó algún partido que nos cruzamos debe haber sido porque yo andaba con gripe, o algo similar, teníamos doce o trece años…&lt;p&gt; 

   Me aseguré que mi grabadora estuviera funcionando porque semejante declaración era factible que pudiera venderla a algún medio nacional y no quería perder la oportunidad que se me podía dar. Bichi Soanez era una persona, sin dudas, enmarcada en una seriedad acérrima, no había vestigio de que estuviera bromeando. Además el Pelado Tornatore, que lo conocía de pibe, me alertó de que no tenía sentido del humor para los chistes y mucho menos sobre su pasado tenístico. Así que no quedaba otra cosa que pensar que lo que me estaba contando sobre Vilas y Clerc era definitivamente cierto, o al menos algún porcentaje importante de lo que contaba podría ser verdad.&lt;p&gt; 

   -En aquella época el tenis no era para cualquiera, canchas casi no había y para poder participar en los torneos de la ATP había que tener buen respaldo. Mi viejo siempre tuvo campos y la verdad que se empeñó para que yo pudiera jugar…-el rostro de Bichi pareció contraerse en un gesto de tristeza-, …perdimos todo… y bueno… mi viejo también le daba al escolazo…se jugaba todo…&lt;p&gt; 
   
   No quise que se fuera tanto del tema del tenis y tenía miedo que se pusiera hermético y no pudiera seguir entrevistándolo.&lt;p&gt; 

   -¿No jugó más al tenis? ¿No dio clases en ningún lado?&lt;p&gt; 

   Frunció la nariz y negó con la cabeza. Me alcanzó un mate. Luego de darle dos o tres chupadas le pregunté:&lt;p&gt; 

  -¿Cómo fue que llegó a Wimbledon?&lt;p&gt; 

  -Wimbledon… - dijo como para sí asintiendo la cabeza, temí que no respondiera nada más pero, por suerte, continuó.&lt;p&gt; 

  -Yo venía haciendo buenos torneos, en polvo de ladrillo por supuesto, y estaba bien en el ranking pero no lo suficiente como para obtener un lugar, y bueno,  se dieron una seguidilla de deserciones, la cosa estaba media jodida para algunos países por el tema de la guerra fría y muchos jugadores no pudieron llegar y de sorpresa me llegó la notificación…Fijate como habrá sido la deserción que Ribunga, el que me tocó en el sorteo, Satong Ribunga se llamaba, era un morocho marroquí… ¡y para que en esa época un africano esté en Wimbledon!…  &lt;p&gt; 

   -Una alegría enorme… -dije intentando levantar el tono monocorde y agónico de Soanez.&lt;p&gt; 

   -Y… sí… el tema siempre fue la guita, pero mi viejo, entusiasmado vendió algunas hectáreas y con eso dinero conseguimos viajar.&lt;p&gt; 

   -Dígame una cosa –dije alcanzándole el mate –yo vi que el partido fue medio raro por que estuvo a punto de ganar el tercer set y después perdió 6-0, 6-0…&lt;p&gt; 

   Hubo un silencio que duró extensos segundos que me parecieron horas, la humedad en los ojos de Soanez hacía presumir que podría llorar en cualquier momento.&lt;p&gt; 

   -Mirá… voy a decirte la verdad… es la primera vez que voy a contar esto… pasa que nunca lo pude decir porque me daba mucha vergüenza…&lt;p&gt; 

   Me aseguré de que estuviera grabando y acerqué la grabadora lo máximo posible al borde de su mesa ratona. Inmediatamente me dije que luego de esto le pediría a Ricardo el aumento de sueldo que tenía postergado, con esta primicia que en años nadie había podido obtener me lo tendría ganado…&lt;p&gt; 
 
   -Perder en la contienda tenística es una circunstancia de dos posibles, es decir, en el tenis perdés o ganás, así que haber perdido estaba dentro de las posibilidades… pero te puedo asegurar que no hay cosa más bochornosa que perder un partido que estuviste a punto de ganar, ahí nomás, a sólo un punto…&lt;p&gt; 

   -Fue una lesión entonces…&lt;p&gt; 

   -En algún momento pensé en comenzar a renguear y acusar una lesión en el tobillo o algo similar… pero no… era tan acuciante el infierno que estaba viviendo que no tuve tiempo de crear ninguna pantomima…&lt;p&gt; 

   Me dio lástima, comencé a pergeñar la idea de que Roberto Bichi Soanez solamente había perdido por la pesadilla más temible de los tenistas: la presión. No había otra cosa que pensar eso, el torneo le habría quedado demasiado grande y la inexperiencia hizo que no pudiera sobrellevar la tensión y el nerviosismo. Me animé a preguntar.&lt;p&gt; 

   -¿Mucha presión, no?&lt;p&gt; 

   Me miró fijo y luego de hacer sonar la bombilla estruendosamente, tomó un papel y con una birome azul escribió algo, me lo alcanzó para que lo lea. Allí había sólo dos palabras: &lt;i&gt;Chrysomphalus dictyospermi&lt;/i&gt; &lt;p&gt; 

   -Lo miré con desconcierto, mi rostro debería haber sido un gran signo de interrogación:&lt;p&gt; 

   -En el tercer set me había puesto 4-1 en el tie break, había hecho un gran partido a base de atacar mucho en la red, y luego de un saque al revés de Ribunga corrí a la red, pero el gringo se la sacó de encima y se despachó con un passing paralelo muy lejos de donde estaba, pero juro que volé de palomita y lo bloqueé espectacularmente, la pelota pegó en la banda y se murió del otro lado… estaba 5-1&lt;p&gt; 

    Se detuvo y me dio otro mate, ahora parecía encendido y entusiasmado por seguir contando. Pero volvió a caer en una especie de depresión momentánea que le apagaba la voz.&lt;p&gt; 

   -El tema fue que rodé por el pasto pibe -continuó -, y eso fue letal… apenas me sacudí el pasto que se me había pegado en los brazos y las piernas y vuelvo caminando a la posición de saque me entra a dar una picazón insoportable, pido la toalla y trato de refregarme el cuerpo pero fue peor, entré a rascarme con desesperación, intenté sacar como pude pero la comezón era tan terrible, tan molesta que no podía ni siquiera jugar… siempre fui alérgico, de chiquito cuando jugaba en el patio de casa apenas caía al pasto me pasaba lo mismo…los bichitos colorados me hacían ver las estrellas… después supe que el nombre científico era ese…&lt;p&gt; 

    Me quedé mudo. No sabía que pensar, si reir, llorar, decir algo…&lt;p&gt; 

   -Sabés que pasa pibe, que si decía que era por el bichito colorado la gente del pueblo iba a pensar que estaba poniendo excusas.&lt;p&gt; 

   -Pero…-me animé a preguntar -, no entiendo por qué dejó entonces, una cosa así le podía pasar a cualquiera…&lt;p&gt; 

   -En realidad el tema de haber dejado de jugar fue económico, mi viejo me había acompañado a Wimbledon y había apostado las pocas hectáreas que le quedaban a que yo ganaba el partido, volvimos al país en un barco petrolero porque no teníamos plata ni para el pasaje. El capitán se apiadó de nosotros y como le gustaba el tenis no trajo sin cobrarnos nada… eso sí, me tuve que pasar todo el viaje hablando de tenis con el viejo del barco para que no nos tirara en medio del mar…&lt;p&gt; 

   Comprendí entonces por qué Roberto Bichi Soanez se había apartado por completo del tenis. Apagué la grabadora y le tomé un par de fotos, noté que estaba aliviado como si se hubiera sacado un peso de encima. Me acompañó hasta la puerta, antes de que me metiera en el auto, se acercó hasta mí.&lt;p&gt; 

  -Ah, pibe, una cosita… no pongas que soy alérgico al bichito colorado, poné solamente el nombre científico… queda mejor.&lt;p&gt; 

   Puse en marcha el auto y le dije que se quedara tranquilo, que la nota salía el lunes próximo y que le iba a dar un diario de regalo. Me fui para la redacción con la satisfacción del deber cumplido y cierta tristeza por la mala suerte de Soanez.&lt;p&gt; 
&lt;p&gt; &lt;p&gt; &lt;p&gt; 
&lt;c&gt;FIN&lt;/c&gt;
&lt;p&gt; &lt;p&gt; &lt;p&gt; 

Agosto 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-2378487706732332754?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/2378487706732332754/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=2378487706732332754' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2378487706732332754'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2378487706732332754'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/08/bichi-soanez-la-maldicion-de-wimbledon.html' title='ROBERTO BICHI SOANEZ - La maldición de Wimbledon'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SnbWu-T0T0I/AAAAAAAAAC4/3rfq31yhVFo/s72-c/caballeros.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7802080932368146512</id><published>2009-06-27T17:50:00.005-03:00</published><updated>2009-07-06T11:01:34.677-03:00</updated><title type='text'>ENTRE GAMES - El otro costado del tenis</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaOTSkzcCI/AAAAAAAAABg/bH776HrwQqY/s1600-h/tenis+tribuna.gif"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 225px; height: 169px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaOTSkzcCI/AAAAAAAAABg/bH776HrwQqY/s320/tenis+tribuna.gif" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352121669231276066" /&gt;&lt;/a&gt;
-¿Contra Gómez? –, escuchó Carlos. &lt;p&gt;

   Las dos palabras, dichas en el tono agudo con el que sin dudas se expresa una pregunta, habían salido por el auricular del celular empapadas de sorpresa e incredulidad. La voz del doctor Linares llegaba lejana y distorsionada. &lt;p&gt;

    Carlos no sabía a que se debía tanto asombro, hacía tiempo que quería abandonar con el karma que le representaba organizar los torneos de tenis en el club y tener que lidiar con los innumerables problemas que le representaba la función. Si bien Fernández y Musillo lo ayudaban en la tarea, él corría con la difícil responsabilidad de confeccionar el cuadro y coordinar los horarios. En los días de torneo su celular parecía estallar con los pedidos de consulta, comerciantes que pedían cambiar el horario que les había tocado en el sorteo, o jugadores que tenían algún evento supuestamente impostergable y pretendían acomodar sus horarios a conveniencia. Más de una vez Carlos tiró el celular sobre la mesa con fuerza y se prometía a sí mismo no involucrarse más con la organización de torneos. &lt;p&gt;

   Ahora, cuando el doctor Linares, cardiólogo reconocido de la ciudad, quien había llamado al celular de Carlos para averiguar cuándo jugaba y contra quién, desde el otro lado de la línea había preguntado, evidentemente sorprendido y hasta con cierto desdén, con esas dos únicas palabras: “¿Contra Gómez?”, Carlos sintió incomodarse y no deducía cuál era el problema que parecía molestarle al doctor.&lt;p&gt;
   
-¿Pedro Gómez? –volvió a preguntar Linares.&lt;p&gt;

   -Si…-contestó Carlos ya impaciente-, ¿por qué preguntás?&lt;p&gt;

   -No… no… está bien…&lt;p&gt;

   -¿Pero cuál es la duda?&lt;p&gt;

   -¿No es plomero el muchacho ese?&lt;p&gt;

   -Si, creo que sí, ¿por?&lt;p&gt;

   -¿Y juega al tenis?&lt;p&gt;

   Carlos hizo un silencio como queriendo digerir lo que le terminaba de decir Linares, casi con temor quiso saber a qué se debía el cuestionamiento y preguntó:&lt;p&gt;

   -¿Y eso qué tiene ver?&lt;p&gt;

   -No… nada… parece raro…&lt;p&gt;

   -¿El qué es raro?&lt;p&gt;

   -Y… que un plomero juegue al tenis, que se yo.&lt;p&gt;

    Carlos hizo un silencio e inmediatamente se despidió no sin antes pedirle al doctor Pablo Linares que se presentara el domingo quince minutos antes de las dos de la tarde para no retrasar los partidos. Luego, mientras ponía a calentar agua para tomar un te, conjeturaba para sí mismo cuál sería la razón por la que Linares había cuestionado así al contrincante que le había tocado en suerte. Los dos tenían un juego, a simple vista, bastante parejo, pero quizás el hecho de que fuera la primera vez que Gómez se anotaba en un torneo probablemente había puesto nervioso a Linares quien contaba con el &lt;i&gt;handicap&lt;/i&gt; de ser el número dos de la categoría B. &lt;p&gt;

   Linares era el tipo de jugador que Carlos encuadraba en el grupo de los obsesivos, su característica ultracompetitiva lo llevaba a actuar en la cancha con cierta tendencia a la trampa. Tenía vicios muy poco tenísticos, su idiosincrasia deportiva respondía más a la viveza y chicana del truco que del tenis. Musillo le había puesto de sobrenombre ”Ojo de Halcón” , porque siempre estaba buscando piques en la cancha y era capaz de dar por malo un pique que él mismo había dado por bueno varias pelotas anteriores a la terminación del punto y, por supuesto, solamente lo hacía cuando el punto lo había perdido. Pero su mayor virtud, su más destacable característica y que lo diferenciaba del resto de los jugadores era la de conversar al rival en los momentos de descanso y utilizar esa instancia para hacerle perder la concentración. Fue memorable la vez que al pelado Merola, abogado, en una semifinal de la categoría, cada vez que se sentaban a descansar lo volvía loco preguntándole como le había ido con el juicio al municipio por una licitación posiblemente fraudulenta que había ganado una empresa de construcción de asfalto, y en la que era más que sabido que ese juicio lo había perdido casi vergonzosamente. O la vez que le tocó frente a Walsh, quien se había separado de la mujer poco tiempo atrás y le terminó dando vuelta un partido increíble porque lo ametralló a preguntas e insidiosas puñaladas sicológicas sobre el futuro que le esperaba: “Y ahora preparate porque las minas se llevan todo, te va a llevar como diez años armarte económicamente”. Walsh, después de aquel partido, le contó a Musillo que estaba tan desmoralizado que ni ganas tuvo de romperle el culo a patadas y que no se puso a llorar porque hizo lo imposible por contenerse. &lt;p&gt; 

    Por todo esto el domingo por la tarde Carlos quiso que Linares y Gómez jugaran en la cancha más cercana a la mesa de los organizadores así podía tener el control porque intuía que era un partido en el que podría haber problemas. En contraste, Pedro Gómez no le resultaba una persona difícil, todo lo contrario, era en exceso tranquila y sosegada, todo lo tomaba con una calma y humor más que envidiable, lo había visto jugar algún que otro partido de dobles y jamás se le había escuchado un insulto o reproche tan típico de los tenistas que parecen, la mayoría, personas patológicamente locas reprendiéndose a sí mismos sobre cómo deberían haber jugado o pegado a esa pelota que quedó en la red o salió de la cancha. Pero Gómez… nunca un grito, ni siquiera un chasquido de lengua, y ante el infortunio de una pelota mal jugada o un error inadmisible solamente sonreía como si no hubiera pasado nada.&lt;p&gt;
  &lt;p&gt;                                                                 
                                                                   ***&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
   El domingo, por suerte los dos se presentaron en el Club casi a tiempo. Linares, quien siempre acrecentaba la elegancia de su delgadez y su metro ochenta de altura con indumentaria de primera marca y accesorios de primera línea, -inclusive conservaba un juego de tres raquetas que uno solo veía en la vidriera de los más exclusivos locales de deportes-, se presentó dos minutos antes que Goméz. Pedro Gómez, entrecano, morrudo, más gordo que flaco, apareció con la misma chomba azul que usaba siempre que jugaba en el club y en lugar de short de tenis llevaba puesto una malla de baño. Gómez mismo había confesado que lo usaba porque al menos no le paspaba la entrepierna y tenía bolsillos para guardar la pelotita en el saque.&lt;p&gt;
  
   Después del peloteo el partido comenzó parejo, el primer set terminó en un ajustado &lt;i&gt;tie break&lt;/i&gt; a favor del doctor Linares. Cada vez que se sentaron a descansar la única voz que se escuchaba en cien metros a la redonda era la del doctor Linares intentando desconcentrar a Pedro Gómez. Carlos, Palito Musillo y las casi veinte personas que presenciaban el partido se divirtieron con los intentos de Linares por amedrentar con preguntas insidiosas al pobre Pedro Gómez que solamente asentía y sonreía ante cada inquisitoria y comentario del doctor Linares ¿Así que sos plomero? ¿Y tus hijos pueden ir a una escuela privada con tu oficio? ¿Te da para las vacaciones? ¿Es bueno ese encordado? La sumisión y casi timidez con que Pedro Gómez afrontaba las hirientes esquirlas que despedía el doctor Linares mientras se secaba los antebrazos y la cara con su clásica toalla verde musgo despertaba en Carlos cierta tristeza que rápidamente se transmutaba en bronca contenida. El 5 – 2  del segundo set a favor de Linares parecía irremontable, Gómez ya no esbozaba ninguna sonrisa en su rostro y la desazón en la tribuna parecía evidente. Carlos se encontraba tan desanimado que prácticamente no hablaba. Cuando Linares y Gómez se sentaron nuevamente en los banquitos de descanso, se escuchó la voz potente de del cardiólogo que sin piedad le preguntó:&lt;p&gt;

   -¿Debe ser duro andar entre la mierda todo el día, no?&lt;p&gt;

   El silencio que reinó después más la petrificación abrupta de Goméz mirando su raqueta Wilson descansando en el borde del banco hizo que la respuesta se escuchara clara y concisa.&lt;p&gt;

   -Oiga una cosita doctor, ¿usted tiene una casa muy linda allá en el barrio del Estudiante no?  &lt;p&gt;
   
  Linares pareció sorprenderse mientras tomaba un trago de agua saborizada del pico de la botella, luego asintió con la cabeza.&lt;p&gt;
  
 -Y su esposa es una mujer rubia, alta, delgada… que parece mucho más jóven que usted ¿no?&lt;p&gt;

  -Bueno… ella tiene cuarenta años, y yo cuarenta y ocho, así que la diferencia…&lt;p&gt;

  -¡Eh, doctor, pero usted me da como cincuenta y pico…!&lt;p&gt;

  -¿Pero cómo es que conocés donde vivo y quién es mi mujer? ¿Vos estás seguro?&lt;p&gt;

  -¿No tiene usted un cuero de vaca como alfombra en el living?&lt;p&gt;
 
  Linares giró la cabeza hacia el banco de Gómez de tal modo que Carlos tuvo la impresión de que el cuello se le había quebrado…&lt;p&gt;

  -… si mal no  recuerdo en su dormitorio cuelga un atrapasueños sobre la cabecera de la cama…- remató Gómez.&lt;p&gt;
   
   La expresión de Linares, además de la palidez casi mortecina que le invadió el rostro, daban rotundas muestras de que las palabras de Gómez habían resultado como letales golpes bajos que lo preparaban para rematarlo con un cross a la mandíbula que parecía no faltar mucho en llegar. Gómez se preparó para sacar pero Linares daba clara muestras de no querer volver a la cancha. Tardó más de un minuto en secarse la transpiración y beber otro sorbo de agua. No ofreció ninguna resistencia: en dos minutos Gómez se puso 3 – 5&lt;p&gt;

   Esta vez en el descanso el diálogo fue iniciado por Gómez.&lt;p&gt;

   -¿Sabe una cosa doctor? Con todo respeto se lo digo ¿eh?, mi trabajo no es muy distinto al suyo, yo me encargo de solucionar los problemas de cañerías de una casa y usted hace lo mismo pero con el ser humano ¿o no?&lt;p&gt;

  Una mueca indescifrable en el rostro de Linares fue lo único que hubo como respuesta.&lt;p&gt;

  El 5-5 fue inevitable, el doctor Linares parecía un muerto en vida, a lo único que atinaba era a buscar piques que en casi todas las jugadas le parecían dudosos.&lt;p&gt;

   -Hagamos una cosa jefe –dijo Gómez apenas se sentó en el banco -, como usted parece que muy bien no ve donde pica la pelota pidámosle a Carlos que nos haga de umpire así no tenemos dudas…&lt;p&gt;

   -No… yo veo bastante bien…&lt;p&gt;
 
   -Los años no vienen solos doctor…&lt;p&gt;

   Gómez ni siquiera esperó una respuesta, se dio vuelta y le pidió a Carlos si podía hacerlo. Carlos, quien intentaba controlar la satisfacción en su rostro aceptó sin miramientos y corrió a pararse en el banco de Gómez para ejercer desde la altura su tarea arbitral.&lt;p&gt;

   Prácticamente no tuvo trabajo, Gómez, luego de una leve caída levantó un 0-40 y después de ponerse 6 -5 el set terminó con dos infrecuentes doble faltas de Linares y dos pelotas ganadoras de Gómez.&lt;p&gt;

   -Le digo otra cosa jefe -, dijo Gómez mientras dejaba su raqueta en el banco, como si continuara el diálogo del descanso anterior, -en este oficio, mal llamado plomero, porque ya los caños no son más de plomo, ¿vio? ejercemos también el rol de sicólogos…&lt;p&gt;
 
   Linares tomó su último taquito de agua y era evidente que la botella temblaba al punto de que parecía sufrir &lt;i&gt;Mal de Parkinson&lt;/i&gt;. &lt;p&gt;

   -…las mujeres, que son las que nos atienden en las casas donde trabajamos nos cuentan sus cosas, ¿sabe? Así que déjeme darle un consejo doctor…&lt;p&gt;
 
   Carlos, Musillo y la tribuna enmudecieron como si estuvieran en un templo sagrado, se encontraban en la postura de no querer profanar aquel momento en que veían como la humanidad de Linares parecía desintegrarse como si le cayera un rayo encima.&lt;p&gt;

   -Sáquela a su mujer, doctor, sáquela a pasear, préstele atención por la noche aunque llegue cansado y no se duerma siempre temprano… mímela doctor… ella necesita cariño… &lt;p&gt;

    El rostro del cardiólogo parecía estallar de bronca, los ojos brillosos y enrojecidos le agregaban a sus facciones tensas el irrevocable aspecto de un orangután en celo.&lt;p&gt;

   Fue un relámpago y no un set lo que siguió: 6 – 0 en diecisiete minutos. El doctor Linares fue literalmente una sombra, las pelotas pasaban a su lado como si no reconociera que la naturaleza del juego estriba en acertar con el centro del encordado aquellas esferas amarillas que como bólidos felpudos pasaban a su lado. Y en los descansos sólo hubo silencio.&lt;p&gt;&lt;p&gt;
 
                                                                  ***&lt;p&gt;&lt;p&gt;

 “Record absoluto” se determinó en el asado que los socios del club hacen todos los jueves. Por más que bucearon en los efímeros archivos que apenas permite la memoria no encontraron antecedentes de haber visto, al menos en torneos, un set que durase menos de diecisiete minutos.  Carlos se encargó de contar y revivir el tiroteo de palabras que tuvieron entre games y todos acordaron que contra Gómez no había que ceder una sola palabra en los descansos.&lt;p&gt;

   Después de aquel partido la notoriedad que adquirió Gómez fue inversamente proporcional a la del doctor Linares, quien ya no habla en los descansos y que muchos aseguran que cada vez se lo ve menos por el Club porque está enfocado en la marital tarea de entretener y brindar afecto a su esposa. &lt;p&gt;&lt;p&gt;&lt;p&gt;

Fin&lt;p&gt;
Junio 2009&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7802080932368146512?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7802080932368146512/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7802080932368146512' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7802080932368146512'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7802080932368146512'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/06/entre-games-el-otro-costado-del-tenis.html' title='ENTRE GAMES - El otro costado del tenis'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaOTSkzcCI/AAAAAAAAABg/bH776HrwQqY/s72-c/tenis+tribuna.gif' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-5412564826713043250</id><published>2009-04-24T11:39:00.005-03:00</published><updated>2009-10-13T09:15:50.870-03:00</updated><title type='text'>¡QUE TE QUIERAN, PIBE! - La gloria no se mancha</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkYZeCOFepI/AAAAAAAAABY/bUr4df3m_IU/s1600-h/agustin+central.JPG"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 214px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkYZeCOFepI/AAAAAAAAABY/bUr4df3m_IU/s320/agustin+central.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5351993210959133330" /&gt;&lt;/a&gt;
&lt;i&gt;Dedicado a mi gran amigo canalla y rosarino Pablo Musillo&lt;/i&gt; &lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;


Que te quieran, pibe. Que te recuerden bien. No hay nada mejor que eso. &lt;p&gt;

    Mirá que soy conciente de que las cosas con el tiempo cambian y mucho más en estos últimos años. Te le dice uno, querido, que alguna vez tuvo que salir corriendo hasta el otro campo, el de los Torres, a que le presten el teléfono para llamar al médico, o tener que ir en sulky a buscarlo al pueblo mientras la mamita se partía del dolor en la cama. Hoy eso es una antigüedad terrible, pero en ese tiempo querido, era lo que había. Hoy con ese aparatito te comunicás con quien quieras y hasta en cualquier parte, y te digo que no estoy en contra de la tecnología, porque seré viejo pero no “viejo cachuzo”, yo también tengo un celular y aunque apenas si veo los números y los doscientos chirimbolos que tiene, lo uso igual. &lt;p&gt;
    
    Sentate, sentate que hago unos mates, usted también señor, siéntese allí que la casa es chica pero el corazón es grande. ¡Lo que debe ser para un padre que el hijo llegue a primera ¿no?! Si me acuerdo la cara de mi viejo cuando le conté que iba al banco: abril de 1949, cancha de San Lorenzo, diecisiete recién cumplidos. Fue la segunda vez que le vi ese brillo en los ojos y el rostro encendido, la primera vez había sido cuando Evita y el General vinieron a Rosario. Después claro, no me fue bien como jugador, ni me acuerdo los partidos que pude jugar hasta que tuve el accidente, me caí de un andamio trabajando con mi viejo y la rodilla se me partió en cuatro partes, y a otra cosa mariposa, en aquella época llegabas a primera pero igual había que seguir laburando, porque salvo que fuera River o Boca los demás equipos no tenían un mango. Hoy un pibe se rompe los ligamentos y a los pocos meses está jugando, eso es una bendición pibe, hay cosas buenas que van sucediendo con el tiempo. Pero saben qué, en mi época no había las lesiones que existen hoy, algo pasa… algo pasa. O los entrenamientos son muy fuertes o la leche para alimentar a un pibe no viene como antes. Por supuesto que sé que la línea que separa la exigencia física del descanso en un jugador es muy delgada, es decir, la pregunta que deben hacerse los profesores es “¿hasta cuándo se le puede exigir a un jugador?”. &lt;p&gt;

   Vamo al grano pibe, y usted discúlpeme señor pero yo le voy a hablar a él porque al fin y al cabo la vida es de él, no se ofenda, sé lo que es un hijo para un padre, pero si le quiere hacer un bien, permítale decidir por sí mismo. Cuando usted me habló por teléfono para decirme que no estaba conforme con el representante del pibe, yo lo escuché con atención, y le voy a dar mi punto de vista. Usted me habló de la parte económica casi todo el tiempo y una sola ocasión le escuché decir que deseaba también que el pibe jugara. Déjeme decirle que la propuesta del representante para ir a jugar a Rusia y cobrar toda esa plata es muy tentadora ¡Caracho! ¡Diez mil euros por mes más departamento a disposición es una fortuna! Así que si priorizamos la parte económica, esa plata por un jugador que apenas tiene veintisiete minutos en primera es más que negocio. Pero que algo sea negocio no quiere decir que sea un hecho. Porque hoy parece que el negocio está por sobre todo, la ley que impera determina que si es negocio no hay más nada que hablar. ¿Y el corazón señor? ¿Qué precio tiene?&lt;p&gt; 

   Es muy probable pibe que después de esta reunión terminés jugando en Rusia y cuando vuelvas te compres cuatro o cinco casas, departamentos y  la vida te sea más cómoda prácticamente sin trabajar. Pero dejame que te muestre qué es lo peor que te puede suceder en la vida a partir de ahora: que por cualquier causa, por salud, por suerte o lo que sea no puedas jugar al fútbol y que tengas que plantearte estudiar o trabajar en otra cosa, atender el negocio de tu viejo o manejar un taxi o barrer las calles. Y eso no es la muerte de nadie. Pero te puedo jurar que el que barre la calle, el que maneja un taxi o el que atiende el negocio, tu padre inclusive, hubiesen dado cualquier cosa por estar en tu lugar, pero no por la plata que puedas ganar o la vida que puedas tener, solamente por entrar a la cancha, acariciar la pelota y realizar la jugada de sus sueños, y escuchar que la gente coree tu nombre, te salude en la calle y te pida que le firmes un autógrafo. &lt;p&gt;

   Sé también que todo el mundo te dice que la vida de un futbolista es corta, que son quince años de vida profesional, quince años en los que hay que armarse económicamente porque la jubilación te llega pronto. ¿Y el tipo que trabaja en una fábrica y a los treinta y cinco, cuarenta años tiene que salir a buscar laburo o ver si pone  un negocito para poder seguir dándole de comer a sus hijos? &lt;p&gt; 

   Que te quieran pibe, es el premio mayor. Yo a los representantes de jugadores me los conozco a todos, la mayoría conoce bien el negocio y te aseguran que ellos te van a cuidar el bolsillo como nadie. Yo no te prometo cuidarte el bolsillo y es por eso que mis consejos van a contramano del resto… yo, pibe, prefiero cuidarte el alma. Cuando termines tu carrera y vuelvas de Rusia ni remotamente vas a regresar allá y acá vas a tener una vida de bacán, pero vas a caminar por la calle y no vas a recibir un solo saludo, una mísera palmadita en el hombro. En cambio, si firmás para Central, que encima es el club que te enseñó lo que sabés, cuando tengás setenta, ochenta, noventa años, en el barrio, en la ciudad, en todo Rosario, vas a recibir tanto afecto, tanto cariño, que los diez departamentos que hubieses podido tener serán solo migajas. &lt;p&gt;

   Yo, perdóneme señor, fui testigo la otra tarde cuando hablamos en el bar por primera vez y hablábamos del futuro del pibe, con todo respeto se lo digo, su énfasis estaba puesto nada más que en la parte económica. El pibe ni siquiera cumplió dieciocho años y usted le estaba hablando de las dos o tres generaciones que no tendrán que trabajar para vivir. ¡Estamos todos locos, señor! Permítame decirle que ser ídolo en Arroyito, en Rosario, recibir la mirada encendida del hincha canalla… ¡es tan sublime que no tiene precio! ¡No tiene precio! &lt;p&gt;

   Sinceramente no creo ser un buen representante para su hijo… quizás es mejor que sigas con el que estás ahora pibe, porque probablemente entienda mejor los nuevos tiempos. Yo siento que mi pensamiento es de antaño, pero saben qué, no puedo, no puedo traicionar mis sentimientos… tener plata en la vida soluciona mucha cosas, pero que te quieran pibe, que te quieran… es tocar el cielo con las manos.  &lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-5412564826713043250?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/5412564826713043250/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=5412564826713043250' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5412564826713043250'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5412564826713043250'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/04/que-te-quieran-pibe-al-joven-y-futuro.html' title='¡QUE TE QUIERAN, PIBE! - La gloria no se mancha'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkYZeCOFepI/AAAAAAAAABY/bUr4df3m_IU/s72-c/agustin+central.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7930540970923184624</id><published>2009-03-03T08:35:00.004-02:00</published><updated>2009-10-16T09:53:59.285-03:00</updated><title type='text'>12 DE OCTUBRE - El encuentro de dos mundos</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaS3n8BBtI/AAAAAAAAABw/qAGDMXfavFg/s1600-h/)_che5%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 174px; height: 133px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaS3n8BBtI/AAAAAAAAABw/qAGDMXfavFg/s320/)_che5%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352126691487581906" /&gt;&lt;/a&gt;
-¡Sentáte y escuchá, fue terrible! –dijo Clara. &lt;p&gt;
     Karina se sentó en el borde de la mesa y comenzó a revolver el te mientras Clara se desvivía por contarle lo sucedido. La virtud de un chisme estriba en que reconforta tanto al que lo cuenta como al que lo escucha, por eso que las dos tuvieran hora libre fue como un regalo del cielo, para Karina porque no había estado en el acto del &lt;i&gt;12 de octubre&lt;/i&gt; , tenía licencia  por enfermedad, y para Clara porque se moría por contarle a Karina lo que había sucedido durante el acto. &lt;p&gt;
    La Escuela 305 es aún una de las escuelas públicas más cuidadas de la ciudad: regular disciplina, sólida estructura edilicia, y una directora omnipresente que por momentos irrita al plantel de docentes y no docentes, aunque, en contraposición, nadie puede reprocharle que desempeña su rol de mandamás con absoluta responsabilidad. Clara había trabajado en varias escuelas y jamás fue testigo de semejante control e incidencia de un director en sus subalternos como sucede en la 305. Lo único lamentable es su carácter y su manera de decir las cosas. Todos conocen a Soledad Rodríguez como una mujer muy dedicada al trabajo pero tal virtud queda empañada por el grueso defecto de descalificar a quienes no cumplen a rajatabla con lo que ella decide. &lt;p&gt;
   A comienzo de año, en las reuniones para la planificación anual de trabajo, la directora Rodríguez había designado quiénes de los docentes estarían a cargo de los diferentes actos escolares. A Clara le hubiese gustado el &lt;i&gt;25 de mayo&lt;/i&gt;, pero con desagrado vio como el índice de Soledad Rodríguez la señalaba exhortándole a realizar el&lt;i&gt; Día de la Bandera&lt;/i&gt;. Nadie dijo una palabra hasta que la mira telescópica que tenía como dedo se dirigió al profesor de gimnasia Manuel Lescano y con tono por demás de imperativo dijo: &lt;p&gt;
   -Y el 12 de octubre, usted. &lt;p&gt;
   El rostro sereno de Manuel Lescano pareció contraerse y transformarse como si viera un cadáver. &lt;p&gt;
   -¿Yo? &lt;p&gt;
   -Sí, usted. &lt;p&gt;
   -¿Por? &lt;p&gt;
   -¿Por qué no? &lt;p&gt;
   -No, imposible. Cualquier otro menos el 12 de octubre. &lt;p&gt;
   Todas las demás docentes –Manuel Lescano era el único varón del plantel-, se miraron entre sí, incrédulas. Clara creyó adivinar que todas se hacían la misma pregunta que ella ¿cómo podría ser que se animara a contradecirla? Seguramente, por ser el primer año que el profesor trabajaba en la escuela desconocía el temperamento de Soledad. La reprimenda no tardó en llegar. &lt;p&gt;
    -Escúcheme jovencito, no sé que pensará usted pero es mejor que sepa que dentro de las atribuciones que me corresponden está también la de dirigir y conducir este plantel, así que si usted persiste en la negativa no tendré más remedio que iniciarle un sumario por desobedecer mi autoridad. &lt;p&gt;
    Manuel Lescano no dijo una palabra más. Clara vio como su rostro adquiría la expresión de la bronca y la impotencia. Clara sabía que era prácticamente improbable que trabajando para el estado alguien pudiera ser despedido pero eso no quería decir que las autoridades no puedan ingeniárselas para hacer la vida imposible al docente que no les gustaba, al punto de lograr la renuncia. Y seguramente el profesor Lescano estaría pensando en eso, en lo inconveniente de un sumario apenas con treinta años de edad y con la probable baja de puntos en la calificación a fin de año. &lt;p&gt;
   El comentario general entre los docentes de la escuela era que Manuel demostraba ser un excelente profesor de gimnasia como así también un muy buen educador, tenía un perfecto control sobre los grupos y jamás aplazaba a nadie porque, tal como se lo había dicho a Clara en una de las veces que se encontraron descansando en la sala de profesores, si algún alumno tenía seria dificultades para los ejercicios y el deporte, con paciencia y buen modo convencía al alumno para que al menos caminara durante cuarenta minutos alrededor del patio con la promesa de que con ese único ejercicio aprobaba la materia. Cada vez que alguna compañera de Manue Lescano le reprochaba ese modo de proceder, sobretodo porque si se enteraba Soledad de que consentía de tal manera al alumnado podría ser apercibido, él contestaba que tenía principios y que tratándose del desempeño físico, que lamentablemente no todos los seres humanos están dotados, desaprobar un alumno porque no pueda con una abdominal, una espinal o una flexión de brazos sería definitivamente discriminatorio y agregaba sin inmutarse “propio de la Alemania Nazi”. &lt;p&gt;
   Manuel Lescano, esto Clara lo había comprendido con sólo observarlo un par de veces, era políticamente un hombre de izquierda, frases como &lt;i&gt;oligarquía dominante, capitalismo salvaje, Latinoamérica unida, y empresariado garca&lt;/i&gt;   salían de su boca con fluidez, y en su rostro las dos líneas verticales del ceño se le dibujaban marcadamente a la hora de referirse&lt;i&gt; la derecha vernácula&lt;/i&gt;. Clara, que de política mucho no entendía, se animó a preguntarle con su mejor voz y cara de sonza si estaba en algún partido político, así fue como supo que desde los dieciocho hasta los veinticinco años había militado en el &lt;i&gt;Partido Obrero&lt;/i&gt;. También le explicó que si bien ahora no militaba en el partido de todos modos participaba de ayudas a comedores y roperitos. &lt;p&gt;
   Durante el año los diferentes actos escolares se fueron sucediendo con bastante nerviosismo por quien estuviera a cargo. Soledad Rodríguez pretendía que los actos públicos fueran de excelente calidad: “Allí es donde los padres tienen contacto con la escuela y no hay que defraudarlos. Y además recuerden que los padres de Solivella y De Lucca de cuarto grado, son profesionales y que podrían enviar a sus hijos a una escuela privada pero eligieron mandarlos acá…”, lo decía levantando el índice como si señalara el sol al medio día. El acto de la soberanía de las &lt;i&gt;Islas Malvinas&lt;/i&gt;  estuvo a cargo de Candela y el del&lt;i&gt; 25 de mayo&lt;/i&gt;  fue hecho por Rosario, las dos fueron duramente reprendidas por Soledad, la primera por no haber hecho participar a sus alumnos con mayor concurrencia limitándose el acto a la lectura de un discurso por parte de un alumno y la segunda por haber situado la revolución de mayo en la Casa de Tucumán en lugar del Cabildo de Buenos Aires, aunque Rosario inmediatamente se retractó las dos veces que cometió los yerros, Soledad no tuvo piedad y la desmoralizó durante cuarenta y cinco minutos en el despacho de dirección. Rosario, por supuesto, salió llorando desconsoladamente. &lt;p&gt;
   A Clara le fue bastante bien con el &lt;i&gt;Día de la Bandera &lt;/i&gt; a costa de trabajar durante más de una semana prácticamente sin dormir construyendo banderitas de papel y ensayando hasta el hartazgo con sus alumnos una pequeña obrita sobre Manuel Belgrano. Soledad Rodríguez, no pudo con su genio y sin propiciar elogio alguno le hizo a Clara treinta minutos de recomendaciones de cómo mejorar para la próxima vez. &lt;p&gt;
   Pero a ninguna se les había olvidado la fecha del 12 de octubre en que Manuel Lescano debería dirigir su propio acto. Tres días antes, una mañana que Manuel Lescano no se encontraba en la escuela, en el recreo que todas se juntaban a tomar el desayuno en la sala de profesores, mencionaron el tema del acto que le tocaba a Manuel, y jocosas comentaban y se reían conjeturando lo que el pobre muchacho podría llegar a  realizar, imaginaban las caras de los padres y sobretodo la de Soledad Rodríguez en el momento en que el acto llegara a su fin, porque a decir verdad ninguna tenía un gramo de fe en que Manuel Lescano pudiera hacer algo meramente presentable. Fue esa misma tarde que Karina comenzó a sentir náuseas y padecer una severa diarrea que la dejó de cama. La  gastroenteritis  le impidió concurrir por una semana entera a su trabajo. En otro momento todas hubiesen dudado de que fuera cierto pero como Karina había demostrado un desmedido entusiasmo por presenciar el acto del 12 de Octubre nadie dudó de que la falta era justificada. Por suerte ahora estaba Clara para ponerla al día. &lt;p&gt;
   -Fue increíble, yo nunca vi nada igual – dijo Clara sonriendo con evidente expresión de desconcierto, como si no pudiera asimilar todavía lo que había ocurrido.
   -Pero qué –pregunto Karina– ¿no trabajó lo suficiente? Yo vi que ensayaba largo y tendido con los chicos de cuarto “B”… &lt;p&gt;
   -Al contrario querida, trabajó de más, tenés que ver la cara de Soledad mientras se iba sucediendo el acto. &lt;p&gt;
   -Contame ya, porque me muero de desesperación…&lt;p&gt;
   -Empezó todo como siempre, estaba lleno de padres, imagináte que hizo actuar a todo el cuarto A y cuarto B, así que los padres llenaron el salón. Arriba del escenario había un cartel grande hecho con cartulina que decía “12 de octubre – El encuentro de dos mundos”. Se hizo entrar a la bandera y se cantó el Himno, hasta ahí todo normal. &lt;p&gt;
   En verdad la sala estaba repleta, el acto estaba anunciado a las nueve y treinta de la mañana y Clara veía como Manuel y sus alumnos construían con cierto apuro la escenografía en el escenario, ella misma se ofreció a ayudarle y le preparó junto con el portero el equipo de sonido. &lt;p&gt;
   -No te miento si te aseguro que la cantidad de padres era mucho más que en otros actos –dijo Clara mientras comía una galletita Ovación. &lt;p&gt;
   Luego del preámbulo protocolar que de rigor antecedía a todos los actos escolares, Manuel Lescano se paró frente a la concurrida sala para manifestar su discurso. Un batallón de niños, desde primer grado hasta séptimo, embutidos en sus guardapolvos blancos, sentados en las hileras de sillas eran reprendidos por las maestras que entre gestos efusivos y retos verbales intentaban calmar al auditorio para que haga silencio. Realmente la sala se había llenado por completo, a los laterales, padres y familiares pugnaban por buscar un lugar para poder observar mejor. No es habitual que un maestro exponga un discurso sin leer donde previamente lo ha escrito, por eso para Clara resultaba extraño y hasta admirable que Manuel se animara a improvisarlo. Pero Manuel, quién para la ocasión se había puesto camisa blanca y traje negro, apenas dijo unas pocas palabras. &lt;p&gt;
   -Bueno, primero dijo lo de siempre –continuó Clara – Señora directora, docente, padres, alumnos estamos aquí para conmemorar lo sucedido un 12 de octubre cinco siglos atrás y los alumnos nos van a mostrar en un pequeño acto la historia del descubrimiento y bla bla bla…&lt;p&gt;
   -¿Bastante bien no? –preguntó Karina mientras encendía un cigarrillo. &lt;p&gt;
   -Hasta ahí, impecable, yo la observaba a Soledad y viste que ella lo único que le preocupa son los padres de Solivella  y De Lucca, porque uno es abogado y el otro médico, tenía los ojos puestos en ellos nada más para ver qué cara ponían…&lt;p&gt;
   Cuando Manuel Lescano dio paso a la obra, se colocó a un costado del escenario con una carpeta con el evidente objetivo de apuntar a los noveles actores que se olvidaran la letra. Clara vio como un indiscutible Cristóbal Colón, con un traje de marinero hecho de cartulina y una peluca de lana amarilla, diminuto y con voz de niño gritó: &lt;p&gt;
  &lt;i&gt; -¡Por fin tierra firme! &lt;/i&gt; &lt;p&gt;
   Detrás de él llegaban diez niños más, confusamente disfrazados de marineros, pues llevaban puesto arriba de su ropa solo un extraño gorro en la cabeza y un ancho cinturón de cartulina, entraron gritando al unísono.   &lt;p&gt;
   &lt;i&gt;-¡Tierra Capitán, tierra Capitán! &lt;/i&gt; &lt;p&gt;
   Luego un marinero dijo: &lt;p&gt;
&lt;i&gt; -¡Por fin después de tantos meses! &lt;/i&gt;  &lt;p&gt;
 &lt;i&gt; -¡Casi perecemos en alta mar! &lt;/i&gt;  –dijo otro. &lt;p&gt;
  &lt;i&gt;-¡Dios está con nosotros! &lt;/i&gt;  –dijo el cuarto que por su voz suave apenas se escuchó.
   Al instante diez alumnos entraban por el otro lado, con remeras ajustadas color marrón, las caras pintadas con diversos colores y una pluma pegada en la frente. Se paraban frente a Colón y los marineros, y hacían una reverencia más propia de los japoneses que de indígenas. Los cuatro indiecitos dijeron a coro: &lt;p&gt;
  &lt;i&gt; -¡Bienvenidos al nuevo mundo! &lt;/i&gt;  &lt;p&gt;
  Luego transgrediendo un poco la realidad uno de los marineros oficiaba de traductor y se desarrolló una escena en la que los dos bandos intercambian cosas: los indios daban frutas a cambio de un caballo (otro alumno con una careta de equino que apareció trasladándose en cuatro patas), luego artesanías indígenas a cambio de sombreros, collares por monedas, sandalias por zapatos, boleadoras (a Clara le pareció un poco arriesgada la innovación pampeana) por catalejos. La escena culminaba entonces con un supuesto fogón (tres o cuatro troncos en el piso con cartulina naranja simulando las llamas) donde todos cantaban el Himno a la Alegría. &lt;p&gt;
     -Bastante bien entonces ¿no?–dijo Karina&lt;p&gt;
     -Si, hasta allí todo bien –contestó Clara. &lt;p&gt;
    -¿Soledad qué decía? &lt;p&gt;
   -Yo la miraba viste, y al principio te dabas cuenta que estaba preocupada por lo que llegaran a pensar los padres de Solivella y De Lucca, y para ese momento se le notaba en la cara que se había relajado, porque seguramente ella tampoco tenía fe. &lt;p&gt;
    -Y sí, para ella, los cien padres restantes que se vayan a freir churros…&lt;p&gt;
   -Pero en el fogón, cuando todo parecía que iba a terminar, abruptamente cortan la canción en el medio de una estrofa, se quedan todos congelados, los indiecitos y los marineros, duritos como estatuas, y aparece en escena el hijo de Solivella, que te juro Kari, estaba disfrazado del Che Guevara porque tenía como un uniforme verde, una boina roja y la cara pintada con crayón negro simulándole la barba, el chico va hasta el cartel que decía “12 de octubre – El encuentro de dos mundos” y lo arranca, y queda descubierto otro que estaba abajo que decía “12 de octubre – Día de la Matanza”. &lt;p&gt;
   Karina hizo uno “O” gigante con la boca como si viera un fantasma en la sala de profesores – ¡No te puedo creer! &lt;p&gt;
   Clara tampoco podía salir de su asombro: el pequeño Che Guevara se paró en el centro al borde del escenario y sacando un cilindro de papel marrón que simulaba un habano se lo colocó entre los labios e interpretó una profunda inhalación y luego, tomando el habano entre el dedo índice y medio de la mano derecha, expulsó el humo invisible y, con voz imperativa, casi militar dijo mirando al auditorio: &lt;p&gt;
  &lt;i&gt;-Si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quién quiera oir que oiga, quién quiera ver que vea, quién quiera aprender que aprenda, la verdadera historia es esta.- Y extendiendo su mano hacia la escena congelada se retiró lentamente del escenario. &lt;/i&gt; &lt;p&gt;
 -Los marineros entonces –continuó Clara-, se levantan del fogón y gritando comienzan a perseguir a los indiecitos y todos empiezan a correr en el escenario gritando como animales, se ve que algunos salían del escenario y sin que se viera los indiecitos se echaban pintura roja  (después me enteré que era témpera) en la cara, en el cuerpo y corrían y se tiraban al piso gritando como locos… viste que a los chicos, si les das vía libre para que griten les agarra la locura. &lt;p&gt;
  -¿Y Soledad? &lt;p&gt;
  -Mira Kari, yo creí realmente que ahí se largaba a llorar, las caras de los padres era de terror, como si estuvieran viendo un accidente catastrófico, un tsunami…&lt;p&gt;
   -¿Y Manuel? &lt;p&gt;
  -Y yo lo alcancé a ver detrás del enjambre de chicos gritando y estaba concentrado como si no quisiera que la cosa fuera a fallar. Hasta me pareció verle un gesto de regocijo por lo que estaba pasando. &lt;p&gt;
    Clara calculó que el alboroto en el escenario se extendió aproximadamente durante unos diez minutos, se podía observar como los que hacían de marineritos sometían a los simulados indiecitos a diferente tipos de vejámenes, un marinerito se había sentado sobre un indiecito repleto de témpera roja en la cara, otro marinero ahorcaba con las manos a un indígena que había dibujado un chorro de pintura que le bajaba por la comisura del labio. Luego los supuestos españoles se retiraban y quedaba el tendal de indiecitos tirados sobre el escenario, cubiertos de témpera roja en todas partes del cuerpo. Los alumnos, docentes y padres no salían del estupor, como si semejante sorpresa los hubiese congelado en el lugar. Y como esos aplausos que comienzan gracias a que uno se anima a quebrar el silencio y los demás lo siguen hasta conformar una sinfonía de palmas, no fue un aplauso lo que inició el gigantesco murmullo en la sala sino la voz del doctor Solivella que gritó: &lt;p&gt;
   &lt;i&gt;-¡¿Quiero saber quién es el responsable de esto?! &lt;/i&gt; &lt;p&gt;
   -No te miento Kari –continuó relatando Clara casi eufórica del entusiasmo –Soledad se puso pálida, los demás padres indignadísimos comentaban entre ellos y cada vez se iban enfureciendo más. &lt;p&gt;
    -¿Y Manuel? &lt;p&gt;
    - Hasta ahí se mantenía detrás del escenario dirigiendo la obrita. &lt;p&gt;
    -Pero, ¿de dónde habrá sacado la obra?, de Billiken seguro que no. &lt;p&gt;
    -Para mi la inventó él mismo. Escuchá, no me vas a creer lo que pasó después,  entró el hijo de De Lucca al escenario pero disfrazado de sacerdote con una túnica de tela negra y con ese cuadradito blanco en el cuello que llevan los curas ¿viste? y una cruz en la mano, cuando todos lo vieron se hizo un silencio total, imagináte la escena, los indiecitos tirados en el piso todavía haciendo de muertos y el curita simulando que los bendecía con la cruz. &lt;p&gt;
   Mientras la cruz del pequeño sacerdote los tocaba los indiecitos se iban incorporando como si resucitaran, luego, el sacerdote, levantando la voz interrogaba a cada uno de ellos preguntando. &lt;p&gt;
&lt;i&gt; -¿Creed en Dios, Creador Todopoderoso? &lt;/i&gt;  &lt;p&gt;
    El primer indiecito contestó que sí pero el segundo contestó &lt;i&gt; “Creo en la Diosa Luna” &lt;/i&gt;, entonces el curita hacía como que le clavaba el crucifijo en el pecho mientras le gritaba &lt;i&gt; “Eres una bestia, os vengo a evangelizar” &lt;/i&gt;  y el indiecito caía al suelo. Y allí vuelve a entrar en escena el Che Guevara y haciendo arrodillar al curita le roba la cruz al sacerdote y hace como si la fumara en lugar del habano…&lt;p&gt;
 &lt;i&gt; -Que evangelizar ni ochocuartos ¡asesinos! &lt;/i&gt;  –gritó el Che Guevara&lt;p&gt;
  -¡No te puedo creer, Clara! ¡No te puedo creer! Esos chicos no tendrían ni idea de lo que estaban haciendo. &lt;p&gt;
  El murmullo en el salón de actos volvió a crecer y Clara vio como el cutis blanco del rostro de De Lucca pasaba a un rojizo intenso. A pasos suyos Soledad Rodríguez se desmayaba y era sujetada por las maestras Jimena y Martita que a duras penas podían con su robusta humanidad. Fue en ese instante que De Lucca bordeó las hileras de sillas gritando a viva voz: &lt;p&gt;
 &lt;i&gt;  -¡Zurdo de mierda, da la cara!… &lt;/i&gt; &lt;p&gt;
&lt;i&gt;  -¡Qué salga ese hijo de puta! &lt;/i&gt;  –gritó el doctor Solivella que salió tras De Lucca.
   Un abuelo que seguramente habría ido a ver a su nieto, señalando al pequeño que hacía de Che Guevara, compenetrado, confundiendo inclusive la nacionalidad le gritó: &lt;p&gt;
&lt;i&gt;   -¡Cubano puto! &lt;/i&gt;  &lt;p&gt;
   Cuando De Lucca y Solivella, haciéndose paso entre la marea de alumnos acompañados por un puñado de madres y padres, llegaron al escenario no pudieron encontrar al profesor Lescano.   &lt;p&gt;
-Desapareció Kari –dijo Clara-, hoy tenía que haberse presentado a trabajar y no vino, supongo que renuncia… &lt;p&gt;
 -Le saltó la térmica pobre…¿Qué pasó con Soledad? &lt;p&gt;
-La llevamos a dirección y la ventilamos entre Rosario y Martita, los padres se la querían comer, decían que era una escuela de mierda y que iban a cambiar a los chicos… pobre, me dio lástima, cuando los padres se fueron se puso a llorar como un bebe, nunca la vi así…&lt;p&gt;
   Karina apretó la colilla del cigarrillo en el cenicero y se quedó pensando mirando la un punto incierto en la pared, luego dijo con tono casi de admiración exactamente la misma frase que Clara estaba pensando: &lt;p&gt;
   -¡Mirá vos, yo no daba ni dos pesos por Lescano! &lt;p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;p&gt;
FIN&lt;p&gt;
Febrero 2009&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7930540970923184624?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7930540970923184624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7930540970923184624' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7930540970923184624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7930540970923184624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/03/12-de-octubre-el-encuentro-de-dos.html' title='12 DE OCTUBRE - El encuentro de dos mundos'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaS3n8BBtI/AAAAAAAAABw/qAGDMXfavFg/s72-c/)_che5%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-5508175950174223228</id><published>2009-01-31T08:29:00.006-02:00</published><updated>2009-06-27T18:47:32.049-03:00</updated><title type='text'>ELLA ES OTELO - Una historia de celos</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaTQF4KyxI/AAAAAAAAACA/3zLPKbeC4wg/s1600-h/otelo.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 117px; height: 88px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaTQF4KyxI/AAAAAAAAACA/3zLPKbeC4wg/s320/otelo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352127111841368850" /&gt;&lt;/a&gt;
Cuando mamá se encontraba casi ya sin conciencia me tocó atender a un viajante proveedor de la tienda quien se mostraba bastante consternado por lo que yo le contaba sobre el estado actual de ella. Bajito, colorado, de envidiable aspecto físico que desmentía sus sesenta años, era notablemente sensible a lo que le decía y, puedo asegurarlo, no había en su expresión nada que fuera impostado ni exagerado. Sin conocerlo yo le tenía un aprecio indirecto contagiado por lo que mamá sentía por él. Era evidente que sus buenos modales, su respeto inocultable, la calidez en el trato y su sentido del humor se diferenciaba de los demás proveedores quienes, a excepción de dos o tres casos, respondían a una conducta arquetípica de los vendedores ventajeros que colocan el porcentaje de la comisión por sobre todo lo demás llegando a vender cualquier cosa con tal de incrementar su ganancia. A pesar de los denodados esfuerzos que ciertos corredores hacían por ser simpáticos, por demostrar con riguroso énfasis que los productos que vendían eran de primera calidad, mamá, como un perro adiestrado para las razias policiales, les adivinaba al instante el aroma rancio que despedían aquellos viajantes que eran capaz de cualquier artimaña, cualquier medio non santo con tal de vender. &lt;p&gt;
    Pepe, quién estaba sentado frente a mí esperando que llegara Anabella -quien comenzaba a transitar la dura tarea de saber qué mercadería comprar, cuánto comprar y como venderla y quien por primera vez tendría que hacerlo sin el asesoramiento de mamá-, hizo una pregunta inesperada para mí, la que por unos segundos me resultó incisiva, casi violenta, como si me clavara una de las tijeras que esperaban muertas sobre el tarro en el mostrador,  “¿Todavía estás con esa chica porteña...?. Una contundente patada en el estómago. Estoy seguro que transpiraba mientras entre titubeos intentaba explicar que ya hacía uno o dos años que no la veía, recuerdo que lo dije como si no llevara la cuenta, como el delincuente que es sorprendido en una de sus falsas coartadas e intenta echar más confusión sobre la confusión. Me di cuenta que Patricia estaba dormida en algún sector de la memoria que, no sé como, había encapsulado de un modo que solamente la pregunta de un extraño (y del que nunca hubiese imaginado que estaría al tanto de mi relación con Patricia) había accionado como una bomba de trinitrotolueno estallando en la puerta blindada que no dejaba escapar los casi cuatro años que había estado al lado de Patricia, mejor dicho, adentro de Patricia. &lt;p&gt;

   La conocí a las pocas semanas que estaba en Buenos Aires en la Facultad, cursábamos juntos el ciclo básico y desde el primer momento quedé cautivado por sus ojos verdes, el ondulado cabello castaño casi rojizo y su carita aniñada dibujada en aquel menudo y delgado cuerpo, era una muñequita hermosa a la que yo veía como algo inasible, imposible de acercarme, una preciosura de la cual estaba seguro que no obtendría ningún gesto ni palabra que me correspondiera. Es que en verdad nunca estuve cómodo en el tema de relacionarme con las mujeres, sobretodo con las que me gustaban, como si el temor a una negativa o cualquier manifestación de rechazo me paralizara y terminaba por no intentar absolutamente nada con las chicas que me gustaban por miedo a quedar en ridículo, en fin, ese adolescente que fui, que pasó años en la escuela secundaria enamorado de una morocha a la que jamás le dedicó una mirada para que se diera cuenta de que la deseaba era definitivamente un pelotudo.&lt;p&gt;
 
   Recuerdo que pensé en la morocha cuando aquella primera clase en la facultad desprecié toda la explicación del profesor Echeverría por quedar absorto y obnubilado mirando la cara de aquella muñequita que sentada dos bancos más adelante, debido a los últimos calores de marzo, improvisaba de tanto en tanto una cola de caballo para darle aire a su nuca blanquecina y que luego dejaba caer el cabello sobre sus hombros como si supiera que atrás estuviera yo admirando ese gesto que resultaba por demás de sensual. Nunca podré hablarle pensé, si nunca me animé con la morocha, menos con esta especie de modelito de publicidad de perfumes caros que pocos días más tarde me diría su nombre.&lt;p&gt;

   Días después, uno de esos que pareciera que no va a parar nunca de llover, entré a la facultad bastante más temprano. Tuve tiempo para recorrer los salones casi destruidos y para leer los innumerables pasacalles y banderas políticas que vestían los pasillos y el salón principal. Yo vivía totalmente apolitizado y las siglas y expresiones que contenían esos carteles no eran para mí más que símbolos indescifrables. En la cafetería me encontré con algunos conocidos de mi pueblo y nos saludamos como si estuviéramos en Irak en el medio de un conflicto bélico; estaba seguro que si nos viéramos en Chacabuco apenas nos saludaríamos con un gesto, pero allí, en la lejanía, en ese mundo magnánimo e inabarcable que es Buenos Aires, nos besábamos y nos abrazábamos como si quisiéramos protegernos de la monstruosidad de cemento y automóviles y calles y millares de caras desconocidas. Estábamos acostumbrados a un pueblo con tres o cuatro edificios que lo más alto que pudieran llegar era de cinco o seis pisos, en el que el máximo embotellamiento de autos que pudiera haber sucedía a las siete de la tarde un domingo girando alrededor de dos manzanas en el centro, y que ver a alguien al que no podíamos identificar como “de la ciudad” podía llegar a propagar hasta el insomnio. &lt;p&gt;

   Aquel día tuve dudas de que me hubiera confundido el horario por lo que fui hasta la cartelera de información para ver realmente si la clase de lógica era realmente ese día. Entre los anuncios del Centro de Estudiantes, los afiches promocionando recitales de músicas y funciones de teatro independiente encontré el cartel con los horarios. Pero una voz me interrumpió. Era la muñequita. Juro que temblé, como un imbécil balbuceé unas pocas sílabas que apenas escapaban de mis labios, como los sapos que disparan su lengua y atrapan los insectos, quería volverlas a meter adentro de mi boca. Se quedó al lado mío y comenzó a preguntarme que carrera iba a seguir, cuando le dije que seguiría Literatura se sonrió. Yo le pregunté porque le causaba gracia y me dijo que por como me vestía no podía estudiar otra cosa que no fuera Literatura. Casi como un reflejo observé mi camisa a cuadros escocesa marrón y blanca, mi pantalón jogging bordó y los mocasines negros asomando por debajo de la botamanga. Mientras lo hacía le contestaba que me había puesto lo primero que había tanteado en la oscuridad de la pieza por no encender la luz ya que mi amigo todavía dormía. Ella, ya casi riendo a carcajadas, me explicó que justamente ese desinterés por la ropa que llevaba puesta me delataba que literatura o a lo sumo antropología eran las únicas carreras que ella había arrojado como opción mientras me analizaba intentando dilucidar la carrera que había elegido. Allí fue que sentí algo: ¿Ella me analizaba? Eso quería decir entonces que no había pasado inadvertido para ella en aquellos primeros días de clase. Me invadió una alegría inexplicable, como si una parte de mí comenzara a existir, casi no lo podía creer. Le pregunté como se llamaba y mientras me decía “¿Patricia, y vos?” descubría que en sus pequeños pómulos bailoteaban unas pocas y delicadas pecas que la hacían más linda de lo que era a la distancia. Me contó que también ella seguiría literatura y yo le pregunté por qué entonces, según su teoría de asociar el modo de vestir con las carreras universitarias, estaba tan bien vestida,  rápidamente me contestó que quizás ella era una excepción a la regla y que después de todo no estaba “tan bien vestida”, tuve deseos de decirle que estaba muy linda pero temí que fuera muy osado y lo mal interpretara. ¿Era mi sensación?: ¿Era ella tan simpática con todos o solamente estaba demostrando que le interesaba? Nuestra conversación derivaba ahora en contarnos de donde éramos, me enteraba que ella era de Buenos Aires y que vivía en Belgrano y yo intentaba explicar donde quedaba mi pueblo. Estaba casi eufórico por la demostración de interés que Patricia me estaba consagrando y que yo sentía como si todos los ángeles, todos lo santos, todos los dioses del Olimpo y de todas las religiones del mundo estuvieran pendientes de lo que yo decía. De repente todo se ennegreció como si llegara el apocalipsis: un rubio que bien podría haber sido surfista o, como diría mi tía Alelí, artista de televisión, inexplicablemente se acercaba hacia nosotros (hacia Patricia en realidad) y le daba un beso en la boca. Para él yo no existí, tuve la sensación que todo había sido un sueño o, peor aún, una pesadilla en la que su novio rubiecito y perfecto también fuera un muñequito, como si la muñequita tuviera su muñequito anexo, y uno pudiera conseguir el par en las jugueterías y colocarlos a los dos juntos en la cómoda o en la mesa de luz.&lt;p&gt;

    Me quedé con la lluvia. Ese día, y el otro, y el otro, Patricia ya no reparaba en mí, ni siquiera me miraba y yo no podía explicarme cómo, yo había escuchado perfectamente bien cuando había dicho que “me analizaba” y en tres o cuatro clases no había sido destinatario de ninguna insignificante mirada, otra vez como si no existiera. Ella no parecía interesarle mucho al rubiecito, los había visto en el bar de la esquina de la Facultad y él no daba muestras de estar a gusto, las dos o tres veces que me los crucé y que yo los miraba desde otra mesa simulando leer una novela de Dostoievsky –recurso patético (pecado) de juventud: que me viera leer Los hermanos Karamazov me parecía que era lo más interesante que podía demostrarle a Patricia, como si con ese libro lograra que ella me viera como una persona atiborrada de romanticismo, profunda y misteriosa-, ella le hablaba al rubio, pero el pibe, era notorio, oía sin escuchar, inclusive, todas las veces que los vi él se retiraba primero como si no pudiera aguantarse más y se despedía con un beso en la boca. Patricia, enseguida bajaba la cabeza y comenzaba a leer unos apuntes que sacaba de la mochila y allí, a cuatro o cinco metros de su mesa, empezaba a preguntarme si realmente yo existía porque no era depositario de ni siquiera, una tenue y fugaz mirada de la muñequita que me diera ánimo para acercarme. ¿Otra vez iba a pasarme? ¿Otra vez iba a quedarme con la duda, como me había ocurrido con la morocha de la secundaria, de no saber si realmente hubiera pasado algo? &lt;p&gt;

   Al mes, poco más poco menos, cansado de mi pelotudez, al verla sola en el bar, leyendo un libro que no alcanzaba a descubrir de quién era –ese día el rubiecito todavía no había ido y por la hora parecía que no vendría- me acerqué a ella y le disparé una pregunta apenas estuve a su lado, una pregunta que había ensayado repetidamente en mi cabeza y que decidí hacerla con firme convicción. Cuando escuché que el sonido había salido de mi boca me di cuenta que la convicción se había transformado en algo exagerado, casi grotesco. “¿Te molesta si me siento?” Me devolvió una mirada de sorpresa y e inmediatamente esbozó una sonrisa que pretendió mitigar aquel gesto que yo pudiera haber percibido como de incomodidad. Al menos eso fue lo que yo sentí. “¿Qué estas leyendo?” le pregunté mientras acomodaba la silla de madera en la mesa y luego me sentaba en ella. Me mostró el lomo del libro era Cien años de Soledad.&lt;p&gt;

   Después de aquella charla descubrí dos cosas, una: que aunque los dos estudiáramos literatura eso no significaba que estuviéramos hablando de la misma “literatura” y que mi amigo y compañero de departamento, Pablo, tenía mucha razón en asegurar que yo sobre las mujeres no entendía nada. Porque en aquella conversación y a pesar de no haber leído completamente Cien años de soledad me aseguré de que Patricia se enterara que el hijo de puta y ladrón de García Márquez era un miserable que le había robado sin escrúpulos todo a Cortázar. Lo dije así, con esas palabras. Y más aún: yo creí que así podría cautivarla porque estaba dando un punto de vista bastante original y por sobre todas las cosas patriota, porque también me encargué de dejar en claro que Cortázar era argentino y que el colombiano, al tener la suerte de ganar el premio Nobel, se había transformado en el paradigma del escritor latinoamericano. Lo dije casi enervado, la temperatura del cuerpo se me había elevado y cuando vi que Patricia se levantaba para irse tuve deseos de aplastarme la cabeza contra la pared. Ella igual se encargó de que la situación no llegara al ridículo porque me sonrió antes de irse y se disculpó, me dijo que estaba apurada porque tenía un cumpleaños. La vi más linda que nunca y yo me sentía como si tuviera la piel fría, los ojos salientes y la papada asquerosa de un sapo gigante, un reptil indescifrable que parecía hundirse en el fondo del mar poco a poco y que inevitablemente, mientras la silueta de la muñequita se alejaba rumbo a la calle, contenía la respiración y se desesperaba por no ahogarse. Pero de pronto Patricia se dio vuelta y, como si me alcanzara un salvavidas glorioso, me dijo: “¿Te dijeron del cumpleaños de Temis, no?”&lt;p&gt;

    
   Temis era una compañera de la facultad muy simpática y extrovertida, petisa y morochita, tenía empatía con el que se le cruzara y siempre demostraba un muy buen humor que por momentos resultaba exagerado, parecía ser muy amiga de Patricia porque casi siempre estaban juntas. Negué con la cabeza y Patricia me dijo que Temis había dicho, cuando terminó la clase el viernes pasado, que iba a festejar su cumpleaños en su casa y que el que quisiera ir que llevara algo para tomar. Le dije que el viernes me había ido antes de la clase para alcanzar el Chevalier en Retiro, el micro que me llevaba a Chacabuco. Le pregunté si estaba segura de que podía ir. En repuesta me anotó la dirección en una hoja de servilleta y me dijo que tipo nueve de la noche estuviera por allí. &lt;p&gt;

   Esa noche llegué a la casa de Temis con miedo: el único nexo que tendría era Patricia porque todavía no había hecho relaciones con la gente del curso, así me retrasé a propósito y  llegué cerca de las diez, cosa de asegurarme de que Patricia ya estuviera allí. Era una casa antigua de dos pisos en Caballito, la casa de Temis era en la parte de arriba. Con mis dos cervezas en una bolsita y un par de aros baratos que compré para Temis envueltos en papel de regalo toqué timbre intentando calmar los nervios. La puerta se abrió y apareció el rostro de Temis, sonriente y fresco, que no denotaba sorpresa alguna, como si fuera su primer y esencial invitado. Mientras subimos la escalera le entregaba el regalo y eso sí pareció sorprenderla, me dio las gracias efusivamente y me condujo hacia donde venían los murmullos y la música. Llegamos a un patio central donde se hallaban todos, muchas caras conocidas y enseguida detecté una cabellera rubia sentada en el piso; delante del rubiecito, apoyada en su pecho, sentada entre sus piernas, estaba Patricia. Me saludó sonriente. No pude esconder el malestar y saludé casi con un gesto que pretendió ser simpático y resultó una mueca dudosa. No era que había descartado la posibilidad de que el rubio fuera al cumpleaños pero me había engañado a mí mismo construyéndome un sin fin de motivos por lo que el rubio pudiera faltar: que no le interesaba tanto Patricia, que como no era del curso podría sentirse descolgado, que como era sábado tendría amigos con lo que salir… pero allí estaban los dos juntos como si fueran la pareja más enamorada del mundo y eso me arruinó la noche. &lt;p&gt;

   Tomé mucho, en la pista de baile improvisada en el patio bailé con una mujer mayor que había empezado a estudiar de grande en la Facultad, Mariela, tenía cincuenta y dos años y me contó que el marido había fallecido, que vivía de la pensión que la había dejado y que se había propuesto estudiar psicología. Como si sufriera de una especie de un excesivo masoquismo me quedé hasta el final solo porque Patricia estaba allí. Claro que con el rubio también, que ahora, luego de cruzar unas palabras con él, me había enterado que, además de estar en el segundo año de medicina, ese cuerpo modelado y fibroso, esas facciones casi femeninas rematadas con un pelo rubio, lacio y envidiable respondía al nombre de Germán. Cuando me animé a preguntarle cuanto hacía que eran novios con Patricia, sin sospechar seguramente nada donde residía mi verdadero interés, -y esto debería ser porque mi pelo casi crespo, desordenado, mi ausencia completa de cintura y mis facciones desproporcionadas no le representarían ningún temor de competencia-, me respondió que hacía un mes que la conocía pero que todavía no se la había podido garchar. La palabra retumbó en mis oídos como una molotov. Hijo de puta pensé, yo estoy enamorado de esa hermosura que parecía un ángel caído del cielo y vos estás pensando en como volteártela. Mientras pensaba sonreí, y asentí como si me lamentara de que no pudiera conseguir el objetivo. ¡Con razón se quedó hasta esa hora!, pensé, y me asaltó un enorme deseo de decirle a Patricia que la bestia que tenía por novio lo único que quería era sumar una bombacha más a su colección de lencería y que seguramente todos las prendas obtenidas estarían exhibidas en las paredes de su departamento como los cazadores que cuelgan las cabezas embalsamadas de sus presas para regodearse de su propia destreza y poder. Me imaginé rescatándola de semejante calamidad pero cierta reminiscencia de lucidez que en alguna porción de mi cerebro aún quedaba no me permitió avanzar con algo que hubiese rayado el patetismo. &lt;p&gt;

   A las tres de la mañana se habían ido casi todos y quedamos Patricia, Germán, Temis y yo tomando mates en el patio. Había refrescado y las chicas se habían puesto abrigo. Temis comenzó a apoyarse en mi hombro como si tuviera sueño y me di cuenta que la baratija que le había regalado había significado mucho para ella porque no cabían dudas de que estaba encariñada conmigo. Empecé a disfrutarlo porque frente a nosotros, Patricia y Germán, parecían ahora estar peleados, no se hablaban y la sonrisa de Patricia se había borrado por completo. De pronto el rubio, levantándose, dijo que se iba y la miró a Patricia como si esperara que ella lo acompañase. “Yo me quedo” dijo ella, y me resultaron las palabras más hermosas que había escuchado en mucho tiempo. El rubio cazador se retiró visiblemente ofuscado, Temis lo acompañó y Patricia me sonrió tristemente. No supe que diablos decir así que quedamos en silencio. Temis volvió enseguida y le preguntó a Patricia si quería quedarse a dormir. Mientras Patricia parecía dudar, me sentí incómodo y levantándome dije que me iba. “No, yo me voy también” dijo decidida y esgrimió un tímido argumento de por qué era mejor que ella fuera a dormir en su casa. Observé que Temis se entristeció de repente como si una tormenta hubiera caído sobre su rostro. Salimos afuera y saludamos a Temis. Empezamos a caminar y le pregunté a Patricia si quería tomar un taxi para ir a su casa y me dijo que quería caminar unas cuadras. Me animé a preguntarle por qué su novio se había ido y me contestó no era su novio, “Entonces se pelearon” pregunté casi afirmando, y con enojo fingido me aclaró que nunca fueron novios y que solamente salían de vez en cuando. Quise hacer un chiste y le dije que en mi pueblo eso se llama “salir de novios”. Caminamos y conversamos mucho, cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse por entre los edificios le pregunté si tomábamos un taxi, me contestó que sí. Paramos uno en Pueyrredón. Ella le dijo al taxista que yo bajaría primero y me miró como esperando que le diera la dirección. Le dije que no, que primero íbamos a su casa y luego me llevaría a mí. “¿Pero no vivís en Palermo?” me preguntó sorprendida. “Sí, pero te acompaño primero a vos”. La observé intentar reprimir la sonrisa y el gesto de perplejidad que inevitablemente fluyó de su rostro. “¿Y eso, en tu pueblo como se llama?”. Compartimos una carcajada estruendosa que hizo que el chofer nos observara por el espejo. &lt;p&gt;

    Cuando llegamos a su casa me invitó a desayunar, me dijo que su madre estaría levantada y que no tendría problemas. Le pedí al taxista que espere y bajé con ella, le dije que no pero que me gustaría verla ese mismo día a la tarde: era domingo y yo estaba sólo en el departamento. Contestó que sí y el beso en la boca, fugaz y débil fue toda una señal.&lt;p&gt;

   A partir de esa tarde de domingo, en la que me enteré que yo le había gustado desde el principio -pero que el hecho de que Temis, según ella, le haya confesado que quería estar conmigo y el temor a que yo le correspondiese hizo que tuviera que decidirse pronto-, no hubo un solo día en que no nos veamos. Pero ese domingo mientras nos besábamos y nos conocíamos entre baterías de preguntas y anécdotas de frustrados noviazgos, en el que yo sentía una increíble satisfacción por tener, casi inexplicablemente, a aquel ángel divino entre mis brazos, no imaginaba para nada que tres años más tarde, en ese mismo balcón del décimo piso en el que nos besábamos por primera vez, sufriría uno de los días más amargos de mi vida y que aquella tarde, también de domingo, sería el punto de inflexión de la caída abrupta hacia el más oscuro de mis infiernos. Siempre que intentaba explicar a quien me preguntara cómo fue mi relación con Patricia, sin dudas y lacónicamente respondía: Estuve con ella más de cuatro años, pero el último año yo ya estaba muerto.&lt;p&gt;

   Es que al principio yo no podía entender lo que sucedía. Después de aquel primer domingo, sin que pasara un solo día en que no nos viéramos, nuestra relación se iría intensificando. ¿Esa belleza del espacio estelar que parecía inalcanzable días atrás y que me llenaba los ojos de ternura con su sonrisa atractiva como un imán, -que cuando sus pómulos crecían y los dientes blanquísimos aparecían daban una lección de protección y cuidado dental-; esa menuda porción de la naturaleza que inevitablemente captaba miradas a granel por la calle y que luego me escrutaban a mí como preguntándose si ese coso de al lado, y que iba de la mano de semejante princesa, pudiera ser factible que estuviera con ella; ese delicado y frágil cristal perfumado que podía besar todos los días de mi vida, decía, de verdad, cosas como que nunca había conocido a alguien como yo, que cada vez me quería más y que siempre, siempre, siempre tenía ganas de verme? Empecé a enamorarme de cómo me quería, ya no solo me gustaba sino que el hecho de que me hiciera sentir el centro del universo provocó en mí una borrachera de alegría que hizo que perdiera la cabeza. Justo en aquellos días –inclusive recuerdo habérselo mostrado a Pablo -, leo un cuento de Woody Allen, en el que el personaje, que parecía ser él mismo, había conocido una chica espectacularmente hermosa y que inauditamente se había enamorado de él que era un tipo para nada agraciado, entonces él se preguntaba con qué iría a compensarlo el destino, qué castigo le esperaría en el futuro para equiparar lo que la providencia le estaba regalando en ese momento y, entre otras cosas, se imaginaba un porvenir en una silla de ruedas, ciego o con demencia senil. De todos modos Pablo no estaba tan de acuerdo con mi punto de vista: para él Patricia era una chica linda pero nada más. Seguramente, aunque nunca me lo dijo, no toleraba, -probablemente hasta le repugnaba- mi encajetamiento brutal y desmedido con ella; tuvimos varias conversaciones sobre Patricia, en una de ellas, luego de que yo insistiera con que no había chica más hermosa que Patricia en todo Buenos Aires y discutiéramos con énfasis sobre los patrones de belleza femeninos, casi con desgano y con inocultable cara de fastidio, sin mirarme y como queriendo dar por finalizado el diálogo, me dijo: “…tiene poco culo”.  &lt;p&gt;

   Con Patricia vivimos meses de mutuo conocimiento y reconocimiento. En el fragor de nuestros cuerpos casi desnudos entrelazados, en los momentos que Pablo no estaba en el departamento, ella me prometía que haríamos el amor pronto pero que primero quería ir a la ginecóloga con su mamá para hacer una consulta y empezar a tomar pastillas anticonceptivas. Yo le había confesado que nunca había hecho el amor y ella se sorprendió porque me dijo que en Buenos Aires, a los diecinueve años, nadie de los varones era virgen pero que se alegraba porque para ella iría a ser la primera vez y quería que fuera especial. Conocí a sus padres e hicimos un viaje a mi casa en mi pueblo para presentarla a mi familiares y amigos, admito que en cierta forma disfrutaba de las miradas, sobretodo de mis amigos porque la verdad era insoslayable: demasiado linda para mí. Los más francos me lo decían sin tapujos. &lt;p&gt;

   Llegó el día en que hicimos el amor y ahora lo recuerdo con ternura, como si ese pibe casi adolescente, más delgado e ingenuo que yo, fuera otra persona. Aprovechando que Pablo no estaba en Buenos Aires ella preparó todo en el departamento para que fuera realmente especial: velas, hornitos aromatizadores de vainilla y un vino blanco para entrar en ambiente. Fue espantoso, apenas intenté torpemente colocar mi verga en su vagina prolijamente depilada, me conmocioné vertiginosamente y por más esfuerzo que hice por contener la rauda ebullición acabé al instante y me tuve que correr de su lado para no mancharla. “Voy al baño” dije, y casi corriendo entré y cerré la puerta, más para ocultarme que para otra cosa. Cuando volví, me preguntó que pasó y le dije que había acabado sin querer y que esperáramos un momento para retomar, pero estaba angustiado y aterrorizado y no pude excitarme. Me dormí a su lado llorando.&lt;p&gt;

   Al otro día ella me despertó acariciándome y me tocó la verga que se irguió lentamente. Sin demasiada seguridad, bajo la sábana, me acomodé sobre ella y luego de varios intentos por acertar en su vagina, como si un esponjoso, húmedo y cálido animal me hubiese capturado la verga, sentí un placer inmenso. Quizás porque aún no me había despertado del todo pude aguantar el pene erecto más tiempo y pudimos hacer unos movimientos, aunque faltos de ritmo, inconexos, pero que fueron suficientes para que yo acabara, esta vez con más placer y para que una manchita lánguida, casi morada, tiña la sábana celeste, era el sello de la gloria, de mi gloria: me despedía de la virginidad para siempre.&lt;p&gt;

   Algunos días después de aquella noche, una tarde, estaba haciendo tiempo para una clase en el bar de la facultad, y se acercó a saludarme una prima lejana, que hacía dos años que estaba en Buenos Aires estudiando diseño gráfico, Mariela. Ella no conocía a Patricia así que le pedí a Mariela que esperara unos minutos así se la presentaba. Mariela me estaba contando como le estaba yendo con la carrera cuando Patricia entró al bar y ya desde la puerta adiviné, por lo sombrío de su rostro que algo no andaba bien. Comenzó a caminar en dirección de la mesa y justo cuando me estaba incorporando de la silla, se detuvo, la contracción en los labios que había reconvertido su rostro habitualmente hermoso en una careta distorsionada reflejaba una mezcla de bronca y angustia. Salió casi corriendo. “Perdoná” le dije a Mariela, quien no se había dado cuenta de nada porque estaba de espaldas y salí tras ella.&lt;p&gt;

   Salió a la calle y tuve que correr casi media cuadra para alcanzarla mientras le gritaba para que se detenga. Cuando llegué la tomé del brazo y casi con violencia hice que se diera vuelta. Comenzó a llorar de un modo que me enterneció, pensé que a alguien de la familia le había sucedido algo y empecé a preguntarle con ansiedad y nerviosismo que era lo que le pasaba. Ella no respondía. Le pedí por favor que me esperara, que iría a saludar a mi prima y a buscar la mochila. Entonces no pude creer lo que escuché, lo dijo con ironía y enojo: “¡Claro, ahora es tu prima!”. ¿Estaba escuchando bien? ¿Se había puesto celosa porque me había visto con una chica, y que encima de todo no sabía que era mi prima? Comencé a reir espontáneamente, en parte por el error y también porque no podía creer que ella, Patricia, una mujer que en el lugar que estuviera no dejaba de recibir libidinosas miradas masculinas  -las que, confieso, a veces me saturaban un poco y me daban ganas de mandarlos todos a la mierda-, increíblemente sentía celos de alguien como yo que, a lo sumo, me miraba alguna chica por la calle una vez por año y que seguramente se debía a esos casuales golpes de vista que cualquiera dispara hacia un punto por el hecho de encontrarse absorto pensando en otra cosa. Porque al contrario que ella, que era una mujer hermosa pero que antes de salir de su casa, sea la hora que fuera, desplegaba un arsenal de cosméticos, pinzas, pinceles y perfumes, y frente al espejo, durante hora y media o dos horas, presentaba batalla a los esporádicos barritos, exterminaba pelitos incipientes y combatía cuerpo a cuerpo con el delineado de las cejas y los labios, yo, prácticamente había olvidado lo que era un peine y si alguna vez la ropa que usaba combinaba en estilo y color era nada más porque el azar así lo había dispuesto. Pero allí, los dos parados en la escalera de la facultad, creí que todo iría a terminar en segundos nomás, en cuanto Patricia asimile el error y ella también termine por reirse de lo que había pasado. No voy a negar que la escena de celos en definitiva me halagaba, era la primera vez en mi vida que una chica me demostraba, aunque sea de ese modo, lo que yo importaba y lo que significaba en su mundo. Patricia, a pesar de mi explicación seguía llorando, aceptó ir al departamento pero no me dirigía la palabra, un silencio hondo y denso nos envolvía y cada vez que intentaba decir una palabra, ella me devolvía una mirada húmeda, repleta de furia. Nos sentamos en el borde de la cama y allí estuvimos más de tres horas. Como un desquiciado habré preguntado una treintena de veces “¿Qué te pasa?” y ella me devolvía nada más que silencio y miradas lacerantes. Por la ventana, a medida que pasaban los minutos, veía como el cielo se ensombrecía y los edificios se iban iluminando como luciérnagas, juro que no sabía en qué pensar, la noche nos envolvió a los dos, y cualquiera que nos hubiese observado desde el exterior podría haber pensado que éramos como estatuas vivientes que cambiábamos posiciones cada tanto: ella sentada en la cama, yo sentado a su lado, ella sentada en la cama yo acostado, ella sentada en la cama, yo parado apoyado en el placard. Fueron más de tres horas de tortura. Lo agradable de haber sido celado se había transformado en una pesadilla increíble. De pronto, como si todas las señales, todas mis súplicas, todos mis “qué te pasa” hubiesen llegado a la raiz de su cerebro, como una gota de agua en el desierto ella dijo: “perdoname” lo dijo de un modo que parecía de arrepentimiento, en ese “perdoname” se adivinaba un profundo dolor. Me abrazó con fuerza y empezó a llorar, pero esta vez el llanto era distinto, como si deseara vomitar la bronca y la furia que había amontonado en su interior en esas tres horas. Hicimos el amor con ese gusto húmedo y agridulce que dejan las reconciliaciones. Luego, más tranquilos, hablamos. Me enteré que su padre no era su padre biológico y que su verdadero padre había fallecido en un accidente cuando ella tenía seis años, y que a partir de allí se aferró a su madre. No entendí por qué no me había dicho nada sobre todo eso. Octavio, su padrastro, me había resultado una persona muy buena, inclusive sentía que me apreciaba. Ella me contó que hacía unos ocho años que se habían casado con Teresa, su madre. No necesitaba ningún tipo de instrucción en psicología para entender que todo lo que había sucedido por la tarde estaba inevitablemente relacionado con la falta de aquel hombre alto y rubio, muy parecido a ella, que Patricia me señalaría en fotos tomadas más de diez años atrás, días después de que él se fuera, como todos los días, a repartir comestibles con la camioneta al conurbano y, luego de impactar contra un camión detenido en la autopista, no volviera nunca más. Ella lo quería mucho a Octavio, pero en aquellos años en que creció sola con su madre, -antes que Octavio la invitara a tomar el primer café de su vida-, la ausencia de su padre había hecho estragos en el alma de niña y yo, en parte, o quizás en todo, no sólo llenaba un hueco en su corazón, el que todos los amantes tienen reservado para el amado, sino que todo mi tiempo, todo mi amor, todo mi cuerpo y toda mi alma no bastarían para cubrir el espacio inhóspito e inabarcable que la falta de su padre había calado durante tantos años. &lt;p&gt;

   Las escenas de celos se repitieron cada vez con mayor frecuencia durante tres años, no sólo era motivo de celos cualquier mujer que se acercara a un radio de menos de dos metros de donde yo estaba sino que nadie que me quisiera, Pablo, Juan, El Cote, amigos de toda mi vida, tías, tíos, abuelas, todos representaban una amenaza a su posesión. Juan, quien vino a pasar un fin de semana conmigo en Buenos Aires, fue el primero en sufrir uno de sus  ataques de celos. Salimos a tomar algo un sábado a la noche y sentado los tres en un bar de Palermo, bastó que Juan recordara la vez que, estando de vacaciones juntos en Villa Gesell, conocimos a unas chicas cordobesas una madrugada después de bailar, con las que nos quedamos a tomar mates en la playa para ver el amanecer y que me preguntara a mí si había vuelto a recibir alguna carta de ellas para que, sin decir una palabra, Patricia se levantara de la mesa y saliera corriendo a buscar un taxi. Aquella vez le pedí perdón a Juan y salí a buscarla. Cuando llegué un taxi ya había parado y Patricia estaba subiendo. Desde adentro del taxi me echaba la habitual mirada lacerante y era evidente que ya se encontraba poseída por demonio de los celos. Ese momento que tantas veces viviría, en el que Patricia me colocaba en la situación límite y tristemente desesperante donde debía decidir si quedarme a su lado hasta que la metamorfosis celomaníaca acabase y abandonar lo que esté haciendo y con quién estuviera, así fueran personas a las que quería mucho, o decidir dejarla sola con sus terribles demonios interiores y que todo decante con el paso del tiempo. Esto último nunca sucedió. Siempre, con agrio dolor en el alma, elegí salvarla del naufragio trágico donde las neuronas en su cerebro parecían ahogarse en un mar de irracionalidad. Quizás no pude, por cobardía, por quererla mucho, por lástima, no lo sé, pero nunca me animé a dejarla sola en esos momentos, lo cierto es que con el transcurso de los días a medida que las personas que me rodeaban iban desapareciendo de mi mundo y el único entorno que frecuentaba era el que ella me proponía, el resquemor, el resentimiento me socavaba el estómago y, poco a poco, como un trabajo de hormiga, me iba carcomiendo por dentro hasta transformarme en un ser inerte, casi opuesto al que era apenas años atrás. ¿Acaso no hay amor más perverso que pedirle al ser amado que deje de “ser” para satisfacer al otro? Empecé a sentir que Patricia se aprovechaba de mi entrega absoluta, de mi amor incondicional. A pesar de que aceptó ir a una psicóloga por el tema de los celos, empecé a sentir que Patricia no le decía la verdad o que la psicóloga era una pelotuda. Me devané los sesos tratando de comprender por qué mis chistes habituales, mi sentido del humor cercano a la ironía derivaba en que, -según la psicóloga-, la raiz de los celos estuviera allí. También intenté procesar aquello de que “Toda broma, en el fondo, es una agresión” que tantas veces Patricia me decía porque la psicóloga se lo había dicho. Aunque no la conocía, odié a la psicóloga. &lt;p&gt;

    Habían pasado tres años y por Patricia casi había abandonado la carrera, sólo concurría, y esporádicamente, a unas materias que me gustaban como literatura latinoamericana y semiología, ya no me hablaba con ninguno de mis amigos, hacía un año que no volvía a Chacabuco, había padecido más de doscientas escenas de celos interminables, tenía veintidós años y me sentía un ser inanimado, un cúmulo de basura amontonada. Pero ella no parecía haber cambiado en nada, inclusive era como si no notara mi mutación y cuando los momentos de celos pasaban entraba en un estado de euforia, escribiéndome cartitas de amor, haciéndome infinidad de regalos con dedicatorias como “Te amo, tu futura esposa” o “Te amo, la madre de tus hijos”. Ella había dejado la carrera de literatura por la de locución, y con los meses, de su boca, salían nombres de nuevos compañeros y amigos que estaba conociendo y yo hacía esfuerzos denodados por imaginarme sus caras cuando me contaba las cosas que pasaban en el instituto de locución, Gustavo, Hugo, Carlos, Marianela, Sofía, personas que apenas veía por segundos cuando cada noche pasaba a buscarla religiosamente por el instituto. Un día prácticamente entré en crisis cuando me contó que se había quedado toda la tarde estudiando con un tal Gabriel en su propia casa; no es que yo sintiera celos –¿quién puede sentir celos de alguien que asegura por escrito que ya es la madre de mis hijos?-, sino que yo, por poco, debía cortarme la lengua o desaparecer como un ninja si una mujer me hablaba o sólo me miraba y ella se había quedado a “estudiar” con el tal Gabriel como si el hecho de estudiar con alguien del sexo opuesto fuera la situación más natural del mundo. Con paciencia intenté que visualizara la situación al revés, qué hubiera pasado si yo hubiera sido ella y me hubiese quedado en la casa de una compañera estudiando literatura pornográfica, -recuerdo que lo dije textual por la bronca que sentía-, y con un gesto de despreocupación, levantando el mentón y frunciendo los labios me dijo: “yo no hubiese tenido problemas” Quise matarla. &lt;p&gt;

   Pero estaba seguro, cada vez más, que me encontraba frente a dos personas distintas, por un lado, la radiante, hermosa feliz y agradable Patri, por el otro, la hosca, sombría y maníaca Patricia. Cada vez que volvía de su casa a las siete de la mañana, dos o tres veces a la semana -porque según ella sufría de pánico y quería que me quedase a dormir junto a su cama en un colchón tirado en el piso-, pensaba qué carajo había hecho para terminar así, enajenado y vacío, casi sin vida propia, vivía con la permanente temeridad de lastimar a Patricia por mencionar un nombre de mujer desconocida para ella o por mirar demasiado tiempo a la cajera del supermercado mientras nos daba el vuelto de lo que habíamos comprado. Pablo, quién ya había conocido a Sofía y se había enamorado, se fue a vivir con ella a su casa, pero yo no quise conseguir un compañero y preferí quedarme sólo en el departamento. Las llamadas por teléfono desde el locutorio a mi casa eran pocas y muy de vez en cuando y en tanto escuchaba la voz de mamá en el teléfono parecía tan lejana que me daba la impresión que yo estaba en otro mundo.&lt;p&gt;

   Luego de una de aquellas escenas de celos, a la semana, Patricia me dice que la psicóloga quería hablar conmigo porque estaba entrevistando a todo el entorno familiar, pero no le había dado más datos sobre qué quería hablar conmigo, que solamente tenía que ir. Le pregunté si era muy necesario y ella me lanzó el rayo que en esas ocasiones tenía por mirada y me dijo: “¡Si me querés, tenés que ir!”. Me citó un día por la tarde, llegué a su consultorio de la calle Agüero en Barrio Norte, era una casa antigua donde había varias placas en el frente, en el lugar atendían kiniesiólogos, fonoaudiólogos y médicos de distintas especialidades, entré a la sala principal en la que una secretaria atendía previamente, me anuncié allí y me dijo que esperara, que la licenciada me atendería en momentos. Me puse a ojear unas revistas de periódicos de domingo pero la espera fue corta, la secretaria mencionó mi apellido y me señaló la puerta por la que debería entrar. &lt;p&gt;

   Del otro lado de un mostrador una mujer de unos cuarenta años me saludó con la mano y me pidió que me sentara. El consultorio era despojado, no había cuadros ni colgantes, sólo las paredes blancas nos envolvían como si fuera un cuarto de papel canson. Me preguntó como me estaba yendo en eso de escribir, si había podido aceptar el hecho de que debía aceptar las materias que me desagradaban de la carrera. Me sentí ultrajado en mi intimidad, me sorprendió que una desconocida supiera de mis intimidades pero enseguida pude asimilar el golpe y recordé la cantidad de veces que Patricia me contaba las cosas que ella le decía a la psicóloga de mí. Me costó terriblemente sacar las primeras palabras para explicar que me apasionaba la literatura pero no podía concentrarme en la cantidad de materias que me aburrían y hasta me parecían tontas. Lo cierto que hablé por más de una hora y media sin parar, me encontraba en esa extraña situación de contarle cosas privadas a una persona extraña pero que sabía más de Patricia y yo que el resto del mundo. Nadie, absolutamente nadie de mis amigos y familiares, conocía que me sucedía porque sencillamente yo no les decía una palabra, sentía que nadie, aunque se desviviera por hacerlo, podría darme una mano. Ya lo había intentado con Juan pero me di cuenta que para quien ve las cosas desde afuera, el infierno en el que estaba metido no era más que una cosa fácil de resolver, como si pudiera pasarle un lampazo a toda esa situación y a otra cosa mariposa. Me descargué con la psicóloga y desplegué un alud infrenable de situaciones y episodios celomaniácos y me explayé en forma rigurosa sobre las contradicciones que Patricia tenía ahora que había cambiado de carrera y conocía un grupo nuevo de gente y que empezaba a impacientarme que ella pudiera ser celosa pero yo no. Y luego, sincerándome le dije: “Me da mucha bronca”. &lt;p&gt;

   Cuando terminé, la psicóloga, que no me había dicho una palabra, solamente me aclaró que Patricia estaba enferma y que poco a poco iría saliendo del problema a medida que vaya adquiriendo más seguridad con sus proyectos y su modo de vida, que ella notaba que poco a poco estaba madurando. Salí de su consultorio aún con mis propias palabras resonando en mi cabeza. Ya de noche, caminé dos cuadras hacia la  nada y antes de cruzar la avenida Las Heras, tenía resuelto que iría a hacer: hablaría con Patricia y le diría que no va más, que me volvería a mi pueblo y que lo nuestro ya no tenía sentido, por primera vez en dos años sentía que las nubes negras que me perseguían, día a día, mostraban una grieta por la que un rayo de sol, revitalizador y tibio, penetraba y me tocaba el alma. Habíamos quedado que nos encontrábamos en el departamento después de que ella terminara de cursar. 
   Desde el décimo piso veía las luces de la ciudad encenderse poco a poco, me entretuve en el edificio de enfrente, una pareja cenando, una chica bailando una música inaudible frente al espejo, otra pareja besándose. Me quedé apoyado en la baranda esperando que la silueta de Patricia apareciera por la vereda. Pero el timbre sonó sin que la viera. Abrí sin preguntar, a esa altura ya nadie tocaba el portero del departamento. Prendí la luz. Patricia apareció con una sonrisa en la cara como si fuera la mujer más feliz del mundo. Me besó. Tardó apenas segundos en darse cuenta de que mi cara no era la de siempre. Ella se paró en frente de mí y cambiando el dibujo perfecto de sus labios sonrientes por una mueca de incertidumbre y sorpresa me preguntó si pasaba algo. Los ojos se me humedecieron y me contuve para que las lágrimas no se me cayeran. “Ya sé...” me dijo ella como si fuera lo único que le importara en el mundo “me engañaste  con alguien”. Hice un chasquido en los labios con un gesto de fastidio, me alejé unos dos pasos y amargamente me salió un temeroso “Se acabó Patricia”. Su cara se transformó en algo indescifrable como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Empezamos a discutir y ella comenzó a hacer reproches de sucesos y discusiones pasadas como si no quisiera darse cuenta de lo que en realidad le estaba diciendo, hasta que dijo: “Si no me amás más, decímelo pero con todas las letras, quiero escuchártelo decir”. No dudé un segundo. “No se si te amo o no, no quiero estar más con vos, no puedo estar más”. Empezó a llorar desgarradamente de una forma que yo no le había visto nunca, entremezclado con el llanto, gritaba que no quería vivir más, que ya no tenía sentido, empezó a caminar para atrás hasta traspasar la puerta balcón, se apoyó en la baranda y mientras se agachaba como si le doliera el estómago lanzaba gritos como si se estuviera desgarrando por dentro. “¡Me quiero morir, me quiero morir!” comenzó a decir y empecé a llorar yo también, éramos como dos siameses condenados a la separación definitiva. Mil veces repetía que se quería morir hasta que a través de la humedad borrosa de mis ojos vi que levantó una pierna y la pasó para el otro lado del balcón y apoyó el pié en la baranda inferior, luego, sin dejar de llorar, me miró y me dijo que no tenía sentido vivir, corrí sin pensar y con violencia la tomé de la espalda, del pantalón, de donde pude y la tiré hacia adentro. Caímos los dos abrazados y fue allí que le dije que no se preocupara, que todo iría a estar bien, que me había hecho mal hablar con la psicóloga. Nos quedamos dormidos en el piso del balcón hasta altas horas de la noche. Antes de dormirme sabía que algo había cambiado, nunca sabré si ella hubiera sido capaz de tirarse al vacío desde el décimo piso pero de lo que estaba seguro que aquella noche el que había muerto definitivamente era yo. &lt;p&gt;
           
   
    Por supuesto que a Pepe, casi cuatro años después de la escena del balcón, solamente le hice el resumen que ya me había acostumbrado a contar al que me preguntara para no dramatizar y salir del paso: que Patricia padecía de celos enfermizos, que cuando la quise dejar amenazó con matarse y que luego terminé por cansarla porque en los últimos meses y debido que había aceptado quedarme con ella me transformé en un ser intolerable, huraño, agresivo, hasta indeseable. Pepe me devolvió una mirada de asombro casi incrédula, como si la sorpresa por la contundencia de mi relato en esa estrecha sinopsis le hubiese resultado inverosímil. “No quise ser indiscreto…” me dijo con una sonrisa, era evidente que de pronto le había asaltado la culpa. “No hay drama”, dije yo, y más para mí que para él aclaré: “Yo también fui un pelotudo”. Porque: qué sencillas resultan las cosas a la distancia, ¿qué hubiese costado mandarla a la mierda y desaparecer cuando Patricia entraba en sus remolinos brumosos repletos de celos, reproches y enojos? Por eso, después de aquel frustrado intento de suicidio en el balcón, inconscientemente, inicié un proceso de descomposición de mi personalidad que me llevaría inevitablemente a la destrucción: Decía que no a cualquier proposición que Patricia me hiciera, me negaba a salir a dónde ella deseaba, me quería ir antes de tiempo de cualquier lugar, evento, reunión o lo que fuera. No lo hacía por llevar a cabo una táctica de hartazgo, todo me salía naturalmente, lo único que deseaba era volver al departamento, quedarme solo y sumergirme en la novela, cuento, o cualquier cosa que estuviera leyendo. Y escribir.&lt;p&gt;

   En esos pacíficos momentos en el que me olvidaba quien era yo y lo que estaba viviendo, y una tenue luz de esperanza parecía divisarse en el horizonte lejano, sobretodo cuando Patricia comenzaba a ejercer parte de la racionalidad que esporádicamente mostraba, y hablaba de ella misma como si por fin ella misma se viera desde afuera y me pedía perdón por las casi diez horas semanales de discusión; por un instante sublime en que las palabras que salían de su boca se condecían con el sentido común me invadía una tristeza monstruosa, la amarga sensación de vislumbrar al menos por segundos lo que podría haber sido. Uno de esos placenteros y aislados momentos, sentados en el césped en los Bosques de Palermo, luego de derrochar besos, sonrisas y palabras que me tocaban ciertos puntos del alma que aún parecían estar vivos remató con una proposición sorprendente, “¿Qué tal si nos casamos y nos vamos a vivir al departamento?”. Pensé y recontrapensé: ¿Cómo decir que no, que mi idea era vivir en Chacabuco, y que tampoco estaba en mis planes casarme, y después de aclarárselo a ella en plena cara sobrellevar las dos, tres o cuatro horas de incesante batalla que allí, sentado en el césped, con su cuerpo delante de mí, ya sabía que era imposible que no se iniciara? Fue terrible. En el día del balcón yo había quedado prácticamente con un daño letal irreversible pero ese día, después de que ella comprendiera mi contundente negativa a sus proyectos conmigo, supe que solo restaba esperar para que el fallecimiento de nuestra relación se cristalizara definitivamente.&lt;p&gt;

   Nos veíamos inercialmente, noté que ella poco a poco cambiaba, los reproches iban desapareciendo, los celos no parecían activarse y mi espíritu observador no pudo dejar de notar que en las conversaciones sobre su trabajo, que día a día escuchaba con paciencia, la palabra “Diego” aparecía con singular frecuencia. Diego era un productor de televisión que la había contratado como asistente pero yo lo conocí tiempo después en una fiesta. Era ocho años más grande que Patricia y era evidente que le despertaba admiración, fue en una de las tantas fiestas que me quería volver apenas llegaba, noté que el me estudió y hasta pude oir sus pensamientos “¿Este boludo es el novio de Patricia?” a lo que yo respondí también con mi pensamiento “¡Si vos supieras quién es Patricia!” &lt;p&gt;

   Cuando me quedaba solo en el departamento sentía que muy lentamente, como las tormentas que en el horizonte parecen estar quietas pero basta sacarles la vista y mirar un poco más luego como para corroborar que están en movimiento y aproximándose, Patricia y yo nos estábamos desgarrando.&lt;p&gt;

   Uno de los últimos días en vernos, todavía como pareja, tuve la sospecha de que si le decía que tenía ganas de viajar a Chacabuco y ver a mis padres, ella, por primera vez en la vida, no se negaría ni tampoco pretendería venir conmigo. Fue así. Casi me causó gracia la forma en que me alentó a que fuera, porque, según ella, me iba a hacer bien, que seguramente lo necesitaba. Me despidió en la terminal, desde el colectivo pude ver la tristeza en sus ojos, tristeza que ella, sin dudas, también veía en los míos.&lt;p&gt;

   Ese fin de semana estuve recluido en mi casa, sin hacer absolutamente nada, dormí más de la cuenta y mientras la casa quedaba vacía porque mamá, papá y Anabella estaban trabajando, pasaba las horas mirando películas viejas por televisión, casi sin poder concentrarme en ellas. El dolor en el espíritu me carcomía por dentro y no encontraba la forma de distraerme. Como cuando aquella vez en el parque de diversiones, en que siendo un pibe de siete u ocho años intentaba mantenerme equilibrado en pleno sacudón del samba, intentando no descomponerme ni caerme del asiento, me sentía como si buscara la forma de no perder el juicio en medio de tanta locura. Supe que era el final, cuando ese domingo a la noche, mientras hacíamos tiempo esperando que se haga la hora para partir a la Terminal, mamá se animó a preguntarme como estaba todo con Patricia. Con un tono liviano que no llegó a ser una broma le contesté que probablemente en unos días ya no tendría más novia. Sonrió pero me di cuenta que también estaba triste. &lt;p&gt;

   Esa imagen de mamá sonriendo en esa noche me vino a la mente cuando Pepe, quién estaba impaciente casi como yo porque Anabella llegara al negocio, en esos momentos en que los silencios suplican la necesidad de quebrarlos, -como si estuviera prohibido que dos personas quedaran calladas y compartieran ese instante de calma sonora con naturalidad-, cometió la segunda indiscreción. Pero si la primera resultó como una patada en el estómago, la que le siguió, me decapitó completamente sin piedad. “A tu mamá nunca le gustó esa chica”. “La puta que te parió” pensé, “mi mamá, quien ya no podrá hablarme una sola palabra más debido a su inconsciencia irreversible me ocultó algo que este pelado, al que apenas conozco, sabe como si fuera parte de la familia”. En esos segundos en que levantaba mi cabeza del piso y la colocaba nuevamente en su lugar y hacía esfuerzos por darle un matiz sonriente, pensé en mamá, en que aquella noche, aguantándose las ganas de decirme que Patricia no le gustaba, -y no sólo que no lo había dicho, siempre discreta, jamás lo había insinuado- sabía que la cosa no estaba bien. Porque esa tristeza que me devolvió se debía a que ella era consciente de que después de la separación vendría la inevitable frustración. Sabía que su hijo estaba sufriendo y que solamente el paso del tiempo cicatrizaría las heridas que a esa altura estaban por demás abiertas. Antes de viajar llamé a Patricia, quería avisarle que iba a llegar tarde porque había tomaría el micro de las diez y media. Me pidió que apenas llegara vaya para su casa. Era lo habitual. No se me podía pasar otra cosa por la cabeza que ir a su casa, llegara a la hora que llegara, así que, que ella me lo pida pero de un modo enfático, como si temiera que no fuera a ir, me puso en alerta. No lo dijo, pero sentía que quería hablar conmigo y por su tono de voz, totalmente inusual, extraño, la cosa parecía ser grave.&lt;p&gt;

   En el viaje me preparé para oír lo peor, y juro que presentí el diálogo que tuvimos apenas abrió la puerta de su casa, el beso de ella fue agridulce, casi un leve roce, débil, de sus labios en la comisura de los míos. Me pidió que me sentara, los nervios me hicieron contestarle que no, que me dijera lo que tenía para decirme así podría ir a dormir al departamento. “El sábado…” dijo, y comenzó a llorar. No la abracé, esperé que pudiera continuar, “El sábado fui a un cumpleaños en Morón, de Carlos”. No dije nada, solo pensaba lo de siempre en esos casos, que ella iba a un cumpleaños, sola, sin mencionármelo y yo tenía que avisarle si iba a la despensa a comprar un pan de manteca o al kiosco a buscar el diario. Puse todos mis músculos faciales en actividad hasta lograr mi mejor gesto de interrogación: “¿Y…?” pregunté. Ella volvió a llorar y me dijo “Después….”, hizo silencio, “después… me trajo Diego”. El calor en el cuerpo subió raudamente hasta lograr que mi cabeza completa adquiera una temperatura altamente crítica. “No pasó nada…”, dijo como si quisiera detener con esa frase el inevitable alud de bronca y odio comenzaba a drenar por todos mis poros, “Me besó, nada más”. “¡La reputa madre que te parió! ¡Puta de mierda!” grité. La empujé del paso, abrí la puerta y salí casi corriendo, escuché que ella corría detrás. A las dos cuadras pude alcanzar un taxi. Le pedí al chofer que arrancara a pesar de que Patricia golpeaba el vidrio de la ventanilla. El auto se puso en marcha y no quise mirarla. &lt;p&gt;

    No sabía en qué pensar. Sentía una gran ambigüedad, por un lado me invadía la impotencia, la bronca, el dolor, la angustia y la humillación de haber sido engañado, pero a la vez sabía que era el final, que por fin Patricia se había lanzado del balcón como aquella vez, aunque no al vacío, sino que la red contenedora que abajo la esperaba se llamaba Diego y eso había hecho que se animara. Llegué al departamento y sin encender las luces, me quedé esperando abatido en el sillón. A los minutos escuché el sonido metálico de la llave en la cerradura, la llave que había dejado guardada en su casa por si perdía las mías. Entró y se arrodilló frente a mí, comenzó a decirme que me amaba, que no tenías dudas, que hacía mucho tiempo que me veía distinto y que hablándolo con Diego empezó a llorar, y que el beso la sorprendió. “Me chupa un huevo que te besara, ¿no te das cuenta?”. Empecé a elevar la voz. “Me hincha las pelotas que te hayas ido a un cumpleaños en Morón, de un pibe que ni conozco y que te vuelvas con un tipo en auto y que encima le estés contando cosas nuestras como si fuera una amiga tuya de toda la vida, después de que yo me haya cuidado, como un pelotudo, a quién miraba, con quién hablaba y hasta en qué mierda pensaba”. No recuerdo más nada, solo la crisis de nervios que me agarró que hizo que pateara sillas, rompiera vasos, tasas y como, delante de ella juntaba todas las cosas que me había regalado, cartitas, fotos, muñequitos y las lanzara por el balcón a la calle. Después lloré hasta secarme acostado en la cama con ella sobre mí cuerpo también llorando.&lt;p&gt;

De nada sirvió encontrarnos dos o tres veces más, hablar de empezar de nuevo, hacer el amor una vez más embebidos en dolor y angustia, como si supiéramos que estábamos despidiéndonos. Patricia no quiso dejar el trabajo de asistente y yo no cedía en mi decisión de volver a Chacabuco. Una noche en que quedó en venir a cenar inesperadamente no llegó, supe entonces que algún tendón importante que nos unía había sido roto, jamás había fallado a una cita ni había sido impuntual, era tanta la dependencia que ella tenía conmigo que, por primera vez, cuando se hizo la medianoche, sentí que la soledad me cobijaba en su atmósfera: si bien necesitaba despegarme de Patricia y para siempre, ahora que el desgarro se estaba definitivamente produciendo el dolor interno que sentía era insoportable. No la llamé, solamente fui al trabajo de su mamá, y le pregunté si sabía algo, llorando, apoyada en el mostrador de la zapatería que atendía Teresa me dijo que Patricia estaba irreconocible y que había empezado a salir con ese Diego. Me preguntó si yo podía hacer algo porque lo único que le había dicho Patricia de todo esto era que yo me quería volver a Chacabuco que ella no quería. Le dije que no, que lo de mi regreso era un hecho.&lt;p&gt;

    Vino la noche de mi vida, había quedado solo, tan solo como se puede estar, mis antiguos amigos eran lejanos y no sentía ganas de verlos, la vergüenza me acompañaría durante mucho tiempo. Lo había dado todo por Patricia, era como si me hubieran dado un castillo de naipes armado sobre mis dos manos y mis cinco sentidos se mantenían concentrados en que no se me derribara. Ahora estaba libre, pero como los presos que salen del penal y se detienen un segundo apenas cruzan la puerta de salida y mirando al cielo se preguntan “¿Y ahora qué?”, debía ocupar horas y horas vacías, repletas de la más absoluta nada. Había programado la mudanza para unos tres meses después, porque a pesar de que la soledad me pesaba la necesitaba para purgar esos casi cuatro años de enajenación en la que Patricia me había absorbido hasta la respiración. Por la noche iba a comer a un local de minutas en el que además de las milanesas con papas o los ravioles al tuco acompañados con un tinto barato de la casa me esperaban dos actividades, conversar con mi único confidente, Miguel, el mozo que me atendía, y mirar luego alguna película por el televisor colgado en la pared, arriba en uno de los rincones. Por la mañana escribía unos cuentos contaminados de las cosas que estaba leyendo, -tiempo después leí uno de ellos y era evidente que influenciado por las lecturas había empezado el relato como si fuera Poe y lo había terminado impregnándolo de detalles borgeanos, y en un párrafo central hasta se descubrían ribetes exagerados como si Dostoievsky me hubiese poseído, en fin, el cuento era poco menos que un engendro – por la tarde atendía mi pequeño y poco concurrido taller literario en el departamento.&lt;p&gt;

   Mis días iban a hacer los días más negros, la supuración de mis heridas no era algo fácil de sobrellevar, pero apareció Griselda. &lt;p&gt;
 
   Griselda era una antigua compañera de facultad, amiga de Patricia, y era la única mujer a la que Patricia no parecía temerle. Quizás su aspecto descuidado, casi varonil, sus kilos de más y la personalidad poco femenina le hacían suponer que no era una potencial competidora. Pero Griselda apareció en pleno naufragio. Hacía un año que no la veía y cuando abrí la puerta del departamento convencido de que sería el portero –el único ser que tocaba mi puerta en esos días- me sorprendí con la silueta más delgada y el aspecto cuidadamente femenino de Griselda parada enfrente de mí. A partir de esa tarde en que se quedó a tomar mates ella fue mi nueva confidente, mi salvoconducto. Todos los días, como si yo fuera un niño temeroso, pasaba por el departamento con algún plan para hacer, una muestra de pintura, una obra de teatro, un recital gratuito. No la veía como mujer hasta que me confesó que a pesar de sus veintitrés años aún era virgen. Fue tomando una cerveza en el bar de la esquina de casa. Me lo dijo mirándome a los ojos, como si esperara una respuesta. Antes de llegar al departamento y hacer el amor quise dejarle en claro que la vuelta a Chacabuco era irreversible y que faltaba un mes para la mudanza. En ese mes creo que le hice mucho daño, no di nada de mí, hice todo lo contrario a como me había manejado con Patricia, no porque no quisiera sino porque no podía; jamás la llamaba ni pasaba a buscarla, todo lo hacía ella y yo sentía como si Griselda estuviera en una competencia frenética por conseguir que cambiara de opinión antes que se haga la fecha de la mudanza. Me lo preguntó dos días antes, le dije que todo seguía igual “¿Pero vas a venir, no?” Le dije que para mí era una mina bárbara y que se merecía mucho pero que mis emociones no despertaban, la parte de mi cuerpo destinada a amar a alguien, se encontraba muerta en el fondo de mi alma, que había expirado luego de dar todo lo que tenía y que iba a pasar mucho tiempo en volver a revivir. Lloró. Apoyada en la puerta del ascensor en el palier del departamento, me puso sus dos manos en mi cara como si quisiera arrancármela y dijo amargamente: “¡Qué lástima lindo!”. Fue la última vez que la vi.&lt;p&gt;


FIN&lt;p&gt;

ENERO 2007&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-5508175950174223228?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/5508175950174223228/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=5508175950174223228' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5508175950174223228'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5508175950174223228'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2009/01/ella-es-otelo-una-historia-de-celos.html' title='ELLA ES OTELO - Una historia de celos'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkaTQF4KyxI/AAAAAAAAACA/3zLPKbeC4wg/s72-c/otelo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-2660075984698050369</id><published>2008-12-17T08:29:00.006-02:00</published><updated>2009-01-15T11:36:55.882-02:00</updated><title type='text'>CUANDO NO TE LLEGA LA PELOTA - Angustias Futboleras</title><content type='html'>Cuando no te llega la pelota es desesperante. Me pasó muchas veces en la vida y te puedo asegurar que para mí no hubo -ni habrá- peor desplante que estar en una cancha de fútbol y que la pelota no te llegue. Casi te diría que está un escalón más arriba que ser suplente del equipo. Porque cuando yo era chiquito y jugaba en el baby me tocó estar en el banco varias veces, y sentado allí junto a otros pobres relegados te puedo asegurar que te comés al técnico con la mirada, te lo devorás porque estás esperando que el muy ladino se digne a mirarte y te diga: “precalentá que entrás”. Hasta te ponés un poco malicioso porque deseás, sabés que está mal pero lo deseás, que al tipo que juega en tu puesto le salga todo mal, o si en todo caso está jugando bien hacés un pacto íntimo con satanás para que en una de esas pise mal y se esguince el tobillo o la rodilla y tenga que darte el lugar. &lt;p&gt;

Pero estar en una cancha y que no te llegue la pelota, ¡cómo decirlo!, es una tragedia. ¡Qué digo una tragedia! ¡Una calamidad, una endemia mundial! ¡No hay punto en comparación! Mirá que me he enamorado de muchas mujeres y hasta las he seguido y no me han dado ni la hora, pero ese tipo de rechazo no tiene parangón con estar en un partido y que la pelota no te pase ni siquiera al lado, al punto que apenas sabés qué dibujo tiene. Es la peor de las frustraciones. Sin duda.&lt;p&gt;

Lo que sucedió aquella vez en cancha de la Liga tiene que ver con esto. Primero tengo que aclarar que soy hincha acérrimo de Mercedes, el club para mí es mi vida porque imaginate que yo mamé sus instalaciones de pibito: el Baby, la pileta en los veranos, los asados en el quincho con la familia… época dorada diría yo. Y ahí vos siempre ves entrenar a los de la primera, los ves cambiarse para ir a la cancha, y los ves volver para bañarse después de un partido. Fijate entonces que de pronto, con veinticinco años yo entraba por primera vez a una cancha con esos monumentos inmaculados, ídolos que adoraba siempre de lejos, siempre de afuera, y ahora me encontraba en una cancha con ellos. Casi no lo podía creer.&lt;p&gt;

Fue la tarde del partido contra Velez, y tengo que decirte que yo estaba en la cancha pero a la vez no estaba, es decir que mi cuerpo estaba allí pero me encontraba tan enceguecido por la emoción que era como si no estuviera. Antes de empezar el partido, te confieso, las piernas me temblaban, el pecho me hervía, las sienes me estallaban, la vista casi nublada por el inestable funcionamiento de mis lagrimales apenas me permitía ver unos metros más allá de mí.&lt;p&gt;

Empieza a rodar la pelota y enseguida, para qué te voy a mentir, yo me salgo de la vaina por tocarla. Es que nosotros, los fulboleros de este bendito país, mamamos eso de chiquito; si me veo como si fuera ahora mirá, viendo un partido en el barrio desde atrás del arco esperando que alguien patee y se vaya afuera entonces vos la ibas a buscar a los yuyos, a la zanja, a la calle, adonde sea, para sentir al menos un contacto, un efímero roce con ese pedazo de cuero esférico que como arte divino, apenas lo tocabas, apenas le apoyabas el talón por sobre su superficie curva y esponjosa, hacía que el alma te volviera al cuerpo, como si constataras tu propia existencia con ese mínimo golpecito que luego le dabas con el empeine, sólo para verla rodar delante tuyo sintiendo que era una extremidad más de tu cuerpo; parte de vos que se iba provocándote el deseo de que volviera.&lt;p&gt;

Pero en ese partido clave frente a Velez la pelota no me llegaba nunca, le hacía señas al Mamón Ballesteros y aunque yo estaba libre de marca no me la daba, en cambio me devolvía una mirada socarrona como si dijera “¡¿A vos querés que te la de?! Se la pedí a Camargo y tampoco che, hasta me desencajé y le pegué un grito al Negro Espinosa que con sólo mirarte te intimidaba pero la pelota pasaba a metros de mí y yo empezaba a sentirme como aquel chico en el borde de la cancha esperando que alguien patee para el arco.&lt;p&gt;

En el medio del partido como que me fui, me distraje recordando cosas, me puse nostálgico y me acordaba que yo, de chiquito, jugué siempre de tres, un modesto marcador izquierdo aunque algo efectivo. Pero mi sueño fue siempre jugar en el medio. Es que es el lugar en la cancha en que más contacto con la pelota se tiene. Pero no, por una cosa o la otra siempre me ubicaban de tres y me decían a quién tenía que marcar. Como siempre fui obsesivo y obediente yo me plantaba detrás de mi marca como una sombra y por esa característica mía tan incisiva, en la mayor parte de los partidos, el contrario atacaba por derecha y yo si tocaba la pelota dos o tres veces por partido era mucho y encima, apenas tenía la oportunidad de tenerla, me gritaban del banco que la revolee para arriba. Si hasta había momentos en que le daba dos o tres metros al delantero que me tocaba marcar para que por lo menos reciba y la pelota venga más por mi lado. Pero apenas lo hacía, el técnico me gritaba que me estaba distrayendo y me recordaba que me tenía que pegar a la marca y lo hacía golpeando una mano en el reverso de la otra enfáticamente.&lt;p&gt;

Pensaba en eso y me di cuenta que ya habían pasado varios minutos del partido y la única vez que había tocado la pelota fue, con el partido detenido, cuando se la alcancé al Mamón para patear un tiro libre. Y yo empecé a perder la cabeza, entré, como quien dice, en la órbita de la locura, locura que solo me generaba la necesidad, el anhelo incontenible de tocar una vez la puta pelota, entonces fue en el momento que decidí ser rebelde a mi función por una vez en la vida: el soldado que sale de la trinchera para rescatar a un compañero, el potrillo que desconoce el campaneo de la yegua madrina para sentir un poco el aire de la libertad, y en un ataque del equipo me fui adelante, corrí como si fuera un nueve central y se la pedí a gritos a la Loba Bomaggio para que me la tirara al pie. Y la vi. Rodaba hacia mí con ese swing digno de Charlie Parker, Mile Davis y Dizzy Gillespie juntos y mirando ese espiral negro y blanco llegar hasta mi como el más anhelado de los sueños le pegué abajo, en ese ángulo convexo entre la pelota y el césped que te permite introducir el botín como si el hueco sólo existiera para que se amolde tu pie, le di con toda mi alma, la calcé con tal acierto que la clavé en el ángulo superior izquierdo. Puedo jurar que el arquero ni se movió.&lt;p&gt;

Comencé a correr como un preso que se escapa de la prisión y desencajado, el grito desgarrado de “gooool” me vibraba en todo el cuerpo. Corría embebido de alegría esperando que los demás vinieran a abrazarme y ya me había preparado para que mi humanidad sucumbiera bajo la montaña de camisetas blanquinegras… pero nadie venía y noté que el pequeño estadio había enmudecido. ¿Qué pasa? ¿No valió? ¿Estaba en orsai?&lt;p&gt;

-¡¿Qué hacés pelotudo?! –me dijo Suarez–, te conseguí el laburo como juez de línea y me venís a cagar la vida así, ¿qué querés, que nos maten?&lt;p&gt;

En su condición de árbitro Paleta Suarez suspendió el partido y aunque muchos dirigentes me tenían cierto aprecio me retiraron la licencia del arbitraje de por vida. Algunos querían internarme porque decían que estaba enfermo. Yo no dije nada porque quizás tenían razón: estaba enfermo porque la pelota no me llegaba, pero no me arrepiento, porque la vida tiene esas cosas, fue tan lindo el modo en que le pegué a la pelota esa tarde que te puedo jurar que ese segundo de felicidad valió la pena. ¡Me sentí tan bien! ¡Tan bien!&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-2660075984698050369?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/2660075984698050369/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=2660075984698050369' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2660075984698050369'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2660075984698050369'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/12/cuando-no-te-llega-la-pelota.html' title='CUANDO NO TE LLEGA LA PELOTA - Angustias Futboleras'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-5061223325652145128</id><published>2008-11-24T09:17:00.005-02:00</published><updated>2008-12-03T18:17:14.179-02:00</updated><title type='text'>EL LAUCHA RAMIREZ - Un argumento para el concurso</title><content type='html'>Carmen sabe que lo esencial en el trabajoso ejercicio  de crear un cuento para el concurso es encontrar un argumento, y también concluye, luego de hacer un análisis preliminar sobre cuál es un tema conveniente para ganar los mil pesos que dan en el primer premio, que la ciencia ficción es un buen tema para abordar, casi estratégico. &lt;p&gt; 
   Sentada frente a la computadora, relajada, luego de haber terminado de lavar los platos y planchar la ropa, mira el blanco de la pantalla buscando mentalmente algún hecho, alguna instancia que le permita elaborar la historia. Se le ocurre de pronto que puede situarla cien años más adelante e imagina un mundo oscuro, muchísimas personas y millones de desechos tecnológicos rodeando esa gente. Estaba en eso cuando suena el teléfono y se lamenta de no haberlo desconectado: solamente dispone de tres o cuatro horas para terminar el boceto del cuento y el concurso cierra en tres días, es decir que le queda un día para escribirlo, uno para corregirlo y el último para enviarlo. Resignada se levanta de la silla y va hasta el living.&lt;p&gt; 
   -¿Carmen? Soy yo, Lidia -, escucha la voz excitada de su peluquera que parece salirse por el auricular.&lt;p&gt; 
    -Hola Lidia.&lt;p&gt; 
   -¿Pasa algo? – pregunta Lidia cambiando el tono.&lt;p&gt; 
   -No, no, justo estaba en algo, poro no importa, decime…&lt;p&gt; 
   -Te tengo que contar algo que no lo vas a poder creer.&lt;p&gt; 
   -Bueno, mañana voy a visitarte y tomamos unos mates…&lt;p&gt; 
   -No, no, es cortito, vas a ver que es increíble.&lt;p&gt; 
   -Es que… &lt;p&gt;    
   -¿Vos escuchaste la sirena el domingo?&lt;p&gt; 
   -No… bueno… la escucho casi todos los días.&lt;p&gt; 
   -No, pero yo te digo acá en el barrio, como a las nueve de la noche.&lt;p&gt; 
   Carmen no recuerda, han pasado como tres días, pero igual dice que sí como para que Lidia no se retrase en lo que debía contarle.&lt;p&gt; 
   -Bueno, te cuento, el domingo vino la policía y se lo llevaron al hijo de Ramírez, el flaquito, medio desgarbado, el que trabaja en la cárcel, al que le dicen Laucha.&lt;p&gt; 
-¿Por?- preguntó Carmen&lt;p&gt; 
-Te cuento, ¿vos la conocés a esta chica, la Adriana, casada con el Gordo de la Carnicería?&lt;p&gt; 
-Sí, sí… la que vive en la cortada, me la cruzo en almacén dos por tres.&lt;p&gt; 
-Viste que esa chica atendía la caja de la carnicería cuando recién se habían casado y en ese momento el Laucha Ramírez era empleado de ellos, de esto hace como cuatro o cinco años… &lt;p&gt; 
-Ajá.&lt;p&gt; 
-…Bueno, según dicen, el Gordo, el marido de la Adriana, cuando se iba a hacer trámites al centro y la dejaba a ella en la caja porque tenía miedo que el Laucha se quedara con algún vuelto… no vas a creer lo que pasó…&lt;p&gt; 
   Carmen sabe que Lidia, como siempre sucede en la peluquería, hace un mundo de todo y puede tardar más de una hora para contar un hecho que la mayoría de los comunes logran desarrollar en tres minutos. Mientras Lidia se dispone a continuar con el chisme Carmen inventa una olla en el fuego que calentando un supuesto dulce de higo se está por quemar.&lt;p&gt; 
-Se me quema el dulce, te llamo después…-. Corta sin dar tiempo a nada.&lt;p&gt; 
   Corre a la computadora y se sienta en la silla, imagina sin querer cómo serán las peluqueras en el 3010, si existirá el oficio. Borra de inmediato esa idea de su cabeza e intenta poner su mente en blanco como la pantalla del procesador de texto. Se lo ocurre que lo que suceda en el 3010 no tendrá sentido si no se ve con los ojos de alguien contemporáneo y piensa quizás que puede inventar un viaje en el tiempo de algún científico al futuro, pero inmediatamente se le vienen dos argumentos a la mente que ya han sido creados: uno es un cuento de Bradbury que analizaron en el taller literario de Rosa Cerisola y otro cree haberlo visto en el cine o en la tele en una película donde el vehículo que transporta por el tiempo es un auto. Se frustra y descarta la idea justo cuando vuelve a sonar el teléfono. Molesta, casi arrastrando los pies, se dispone a atender.&lt;p&gt; 
-¿Carmen? Otra vez yo, Lidia, ¿Se te quemó el dulce?&lt;p&gt; 
-No… llegué justo…&lt;p&gt; 
-Bueno, te sigo contando, como te decía, parece ser que el carnicero, de esto hace ya más de cuatro años, cuando se iba de la carnicería dejaba a su mujer sola con el Laucha, porque no le tenía confianza con el tema del robo, bueno, el domingo se lo llevaron detenido porque lo acusaron de haber violado a la Adriana…&lt;p&gt; 
   Hay una pausa en la que Carmen siente que debería exclamar alguna expresión de sorpresa pero sólo pregunta:&lt;p&gt; 
-¿Pero la violó ahora o antes?&lt;p&gt; 
-No, lo acusa ella de que lo violó hace cinco años.&lt;p&gt; 
-¿Y por qué después de tanto tiempo?&lt;p&gt; 
-Bueno, acá viene lo mejor…&lt;p&gt; 
   Carmen se lamenta al escuchar esa expresión: cuando Lidia afirma que “viene lo mejor” anuncia implícitamente que la cosa va para largo.&lt;p&gt; 
-Escuchame Lidia – la interrumpe –, tengo algo importante que hacer, en cuanto termine…&lt;p&gt; 
-¿Vos conoces al hijo de la Adriana? &lt;p&gt; 
     Lidia parece no haber reparado en lo que Carmen le dice y se dispone a realizar una segunda estrategia para cortar el teléfono, se le ocurre hacerlo sutilmente de modo que el interlocutor que está hablando del otro lado no se sienta ofendido. Opta por una que ya ha utilizado antes: consiste en comenzar a hablar y cortar justo en el medio de la frase, recurso más que efectivo en demostrar que un imponderable ha ocurrido. Mientras contesta “¿Cuál, el chiquito ese que…”, sobre la palabra “que” presiona la horquilla del aparato y luego lo deja descolgado. &lt;p&gt; 
   Vuelve al cuarto de la computadora y se sienta frente al monitor, mira la hora y han pasado cuarenta minutos sin haber escrito una línea. Carmen hace enormes esfuerzos por situarse en el año 3010 y busca un personaje. Casi siempre el hallazgo de un personaje ayuda a la revelación de una trama y piensa en un camionero, pero no, no es muy elegante, y se le ocurre un aviador pero con un avión viejo, antiguo, como esos que sobrevuelan hoy el pueblo fumigando los campos, pero la insidiosa sospecha de que está cometiendo un plagio la frustra nuevamente. El timbre chillón de su celular se inmiscuye en sus pensamientos. Atiende automáticamente. ¿Habrá celulares en 3010?&lt;p&gt; 
         -¡Qué suerte que encontré tu celular! ¡Me muero si no puedo terminar de contarte! - La voz de Lidia suena ahora robótica y lejana, distorsionada.&lt;p&gt; 
    -Te decía entonces, que la Adriana lo acusó al Laucha de violación, y la policía se lo llevó el domingo, pero la verdad no es esa sino la que me contó la tía de la Adriana, la Mabel. Parece ser que el Gordo y la Adriana se casaron y ya tenían todo, se hicieron una casa que es casi un palacio, molduras de yeso, tres habitaciones para los chicos, baño en suite, dos pisos, una cocina que son tres de la mía, tres baños… y con la fiesta de casamiento, que encima participaron a Dios y María Santísima, se la amoblaron toda, viste que se gana mucha plata con la carne…&lt;p&gt; 
    “Carne” es la última palabra que escucha Carmen, y aunque desea con ganas cortar, esta vez, inesperadamente, quizás por ese medio imperfecto de comunicación que es la telefonía móvil la voz de Lidia es remplazada por un silencio sordo y placentero. Una idea se le ocurre: el gran abuso de la tecnología hace que todo colapse en 3010 y entonces la vida vuelve a hacer como en 1970 por ejemplo. No es mala idea pero no se engaña: todavía no tiene un argumento, tiene nada más que ponchazos de imágenes que aún carecen de sentido. Mira la hora y siente que el tiempo es más veloz que nunca, dos horas y ninguna palabra… Decide entonces barrer la cocina y el living mientras aprovecha a pensar, se anima a situar como personaje a un niño, pero que el niño no es un ser humano en 3010, porque en ese entonces los niños son gestados mediante un método en el que manipulan la genética y...los golpes en la puerta de calle la sobresaltan, piensa en quién será y antes de abrir se da cuenta. Lidia ni siquiera espera la invitación, penetra en el living y sin pedir permiso se sienta en una de las sillas en la mesa del comedor.&lt;p&gt; 
  -Hacete unos matecitos y termino de contarte, dale… -, lo dice dando golpecitos en la mesa…- dejá de barrer mujer que estas cosas no pasan todos los días…&lt;p&gt; 
   Carmen se resigna y mientras pone la pava en el fuego pregunta sin ironía pero con cierta capciosidad:&lt;p&gt; 
   -¿Y la peluquería? ¿No tenés a nadie hoy…?&lt;p&gt; 
   -No… bah, puse un cartel, pero no importa… te sigo contando… el Gordo y la Adriana se casaron… ¿antes te pregunto, Carmen? –dice Lidia cambiando el tono-, ¿vos lo conocés al hijo del Gordo y la Adriana?&lt;p&gt; 
   -Sí - contesta Carmen desde la cocina–, uno flaquito, chiquito, ¿qué tendrá…. dos, tres
años?&lt;p&gt; 
   -Casi cuatro años tiene… bueno, la Mabel me contó todo... todo el mundo estaba sorprendido porque después que el Gordo y la Adriana se casaron, pasaban los años y no tenían hijos, recién al tercer año de casados la Adriana queda embarazada, pero primero se tuvieron que aguantar que todos los familiares preguntaran hasta el cansancio “para cuándo el primero”. Ellos al principio decían que lo buscaban pero después no hablaban del tema y el Gordo, cuando le preguntaban, se ponía hosco y desaparecía… si hasta un domingo se fue de un asado cuando el suegro le preguntó cuándo le iba a dar un nieto “¿Sos padrillo o no sos padrillo?” dice Mabel que le dijo delante de todos, y el Gordo sin decir una palabra, la cargo a la Adriana en la camioneta y la sacó arando… &lt;p&gt; 
   Carmen ya está sentada frente a ella cebando el primer mate y mira la hora, intenta no escucharla y sigue buscando un argumento que valga la pena pero el entusiasmo de Lidia es abrumador.&lt;p&gt; 
   -Bueno, resulta que al final ella queda embarazada y los ánimos se calmaron, pero ahora que el chico tiene tres años se empezó a notar que no tiene nada del Gordo. Fijate que el Gordo es de tez blanca y el nene es morochito, la Adriana es casi rubia; pero eso no sería nada sino fuera por las facciones, el nene, flaquito, chupadito, es el calco del Laucha. Según Mabel, que es amiga de la mujer del fiscal del caso, el Laucha declaró que el Gordo y la Adriana le pagaron para que se acostara con la Adriana porque el que no podía tener hijos era el Gordo, cuando el médico les confirmó que no iban a poder parece que les agarró la desesperación. Parece ser que el Gordo veía que la Adriana se había hecho amiga del Laucha por estar juntos en la carnicería, entonces se le ocurrió que tuvieran relaciones… según le contó la madre de Adriana a Mabel, como el Laucha era virgen -apenas tenía diecisiete años-, el Gordo les dio cinco minutos de intimidad en el baño de la carnicería para que pudieran hacerlo. Como el Laucha ya estaba por entrar como guardiacárcel, apenas quedó embarazada la Adriana dejó la carnicería como habían convenido… dice Mabel que el Gordo le pagó una fortuna. Pero ahora, el Laucha, que imaginate, ve al nene todos los días, en el almacén, la panadería, y que encima es un calco de él –es el Laucha en miniatura-, parece que se encariñó y hace unos días fue a reclamar que quería ser el padre del nene. Y apenas el Gordo se la vio venir hizo que la Adriana lo acusara de violación, porque viste que ahora con el ADN  ese te descubren todo… ¿qué me contás? &lt;p&gt; 
   Carmen mira la hora: tardísimo. Mientras piensa en esto, automáticamente  y con gran esfuerzo como para simular interés, contesta:&lt;p&gt; 
   -Qué bárbaro che….&lt;p&gt; 
    Luego le dice a Lidia que ya es hora de ir a hacer las compras para hacer la comida porque cuando Diego y los chicos lleguen del trabajo van a querer devorarse la cena con mantel y todo, pero esta vez lo dice sin culpa porque es la pura verdad. Piensa que a lo mejor para el próximo concurso debería empezar antes a elaborar el argumento así por lo menos lo puede hacer más tranquila, pero nada de ciencia ficción, quizás lo mejor será una historia en el pasado, en el 1800 o principios de 1900 por ejemplo, o algo como García Márquez, una historia de amor, para toda la vida…Lidia dice que la acompaña al supermercado así aprovecha y compra unos repollitos que los vio bastante baratos. Carmen solo asiente y manotea el llavero.&lt;p&gt; 
  -Pobre Laucha Lidia… ¿qué irá a pasar con él, no?&lt;p&gt; 

FIN&lt;p&gt; 

Agosto 2008&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-5061223325652145128?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/5061223325652145128/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=5061223325652145128' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5061223325652145128'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/5061223325652145128'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/11/el-laucha-ramirez-un-argumento-para-el.html' title='EL LAUCHA RAMIREZ - Un argumento para el concurso'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-3945387070715574868</id><published>2008-10-07T09:59:00.004-03:00</published><updated>2008-10-18T11:49:43.027-03:00</updated><title type='text'>LA MAQUINA DE FABRICAR HISTORIAS - Yo fui víctima de Hernán Casciari</title><content type='html'>No puedo decir que soy amigo de Hernán Casciari. Lo que tampoco quiere decir que esté enemistado o enquistado con él, sino simplemente que no somos amigos, no hablamos por teléfono, ni por Internet. Apenas mantenemos una pequeña comunicación por email pero muy esporádica, muy de vez en cuando. Hoy, luego de que el éxito de &lt;em&gt;Diario de una mujer gorda &lt;/em&gt;lo ha convertido en una celebridad resulta obsecuente decirlo, pero mi lista favorita de escritores de la literatura humorística se ha expandido: Leo Mashlia, Woody Allen, Roberto Fontanarrosa, Paco Poblet y ahora Hernán Casciari, pero este último vivió a la vuelta de mi casa y es muy mentiroso. Doy fe. &lt;p&gt;

    Lo conocí cuando yo tenía catorce o quince años y él era un año mayor. Durante dos veranos nos encontramos en la Liga de Padres de Familia en la ciudad de Mercedes -que es donde vivo actualmente (y donde viviré hasta que me destierren, creo)-. La Liga era por aquel tiempo, año 87, 88 un modesto club con un par de piletas de natación, un par de canchas de tenis, un par de frontones, un par de quinchos cubiertos y un par de canchas de fútbol; la paridad era quebrantada por una cantina (atendida por la familia Arzani), una cancha de basquet y una docena de mesas y bancos de cemento y sus respectivas parrillitas para hacer asados.&lt;p&gt;

   No recuerdo exactamente cómo fue pero creo que el primer encuentro entre Hernán y yo ocurrió en algún doble de tenis en el que él formaba dupla con Roberto Casciari, su padre. En la cancha de tenis Hernán era impresentable, el físico (un poco gordo), el atuendo (recuerdo unas bermudas que en otro momento habían sido pantalones), el estilo (más de la pelota-paleta que de tenis) y los millares de chistes y comentarios que desplegaba en cada set -con los que lógicamente me cagaba de risa-, nos hacía presuponer a mi compañero de dobles, Pablo Asenzo, y a mí que los liquidaríamos en poco minutos. Pero no, eran imbatibles y sucumbíamos frente a un Roberto Casciari que con un raquetón gigante como un mediomundo bloqueaba todas nuestras pelotas en la red. &lt;p&gt;  
   
   Por aquel entonces yo rompía las guindas de los demás canturreando desafinado buena parte de la tarde con mi guitarra por todo el predio de la Liga, él me pedía canciones de Charly García del cual era fanático y despotricaba contra Soda Stereo que era el grupo de rock que comenzaba a imponerse en la Argentina. En una de esas juntadas alrededor de la guitarra nos contó que tenía un grupo de rock con amigos suyos y que ya había compuesto una canción, y haciendo mímica con la raqueta como si fuera una guitarra comenzó a cantar el estribillo: “Rosalía, Rosalía, Rosalía, abortó ciento treinta y siete vidas”, el cual sonaba muy lejos de la influencia de García y más cerca de Los Auténticos Decadentes. &lt;p&gt;


   Algunas de esas tardes de tenis se hacían noche y fue en una de ellas que volví junto a Hernán en bicicleta hacia nuestras casas. Por conversaciones que habíamos tenido había descubierto que un nuevo vicio nos unía: Hernán también leía. Hasta allí yo solamente tenía un camarada de lecturas, mi amigo Jano Pollero. Y nadie más. Por fin encontraba a alguien que conocía las historias de aquellas maravillosas colecciones de aventuras (resumidas, pero historias al fin) en las que aparecían el Capitán Grant, el capitán Nemo, Crusoe, Strogoff, Tell, Sandokán. Con el tiempo me daría cuenta de que Hernán era de otro planeta. Era un animal leyendo. Había leído libros que yo no tenía ni la menor idea que existían, y los  devoraba enteros como un troglodita de un solo tirón.&lt;p&gt;       

    
    Otra tarde volvíamos en bicicleta por la interminable calle 11 después de haber jugado un partido de tenis. Ya se hacía de noche, y empezó a contarme que estaba con unos cuentos que no podía dejar de leerlos, que se quedaba hasta las cinco de la mañana despierto y que tenía ganas de “ponerse escarbadientes en los ojos para poder seguir leyendo” –recuerdo esa frase porque inmediatamente se me hizo la imagen de Hernán en su cama con los dos escarbadientes pinchándole los párpados -. En el punto donde debíamos desviarnos del recorrido cada uno a su casas, si mal no recuerdo en la esquina de la calles 2 y 29, nos detuvimos y Hernán, como poseído por algún espíritu borracho, seguía narrándome con un despliegue gestual y corporal efusivo un relato tras otro: el crimen de las dos mujeres, el del viejo ojo de buitre, el de la mujer que moría al ser retratada, al que enterraban vivo tras un muro. Son de Pou me dijo, “Se escribe “Poe” pero se pronuncia “Pou””, me aclaró luego. Días después encontraría una recopilación de Edgard Allan Poe buceando en la biblioteca de la tía Ana. Pero las leí de rigor porque Hernán ya me las había contado y dramatizado con tal furia que me resultaban insulsas, casi estériles. Y definitivamente aquellos cuentos están y estarán en mi cabeza relatados y dramatizados por el gordo una noche de verano en la esquina de la 29 y 2. &lt;p&gt;

   Otra día me contaría una historia que pensaba plasmar en una novela, creo que el argumento consistía en una persona que iba recordando cosas de su infancia, cada vez más profundo, hasta que se veía en la panza de su madre y luego recordaba una vida anterior. Nunca supe si alcanzó a escribirla. &lt;p&gt;

    Cuando terminó la secundaria él se fue a vivir a Buenos Aires y un par de años después yo me fui a vivir a Rosario. Y por cuatro o cinco años no supe nada de él. Hasta que una desgraciado fin de semana volvimos a tener contacto. Claro que hoy, con esa claridad que poco a poco provoca el tiempo transcurrido, puedo decir que Hernán es una máquina buscando historias que descubrir y contar, no le importa otra cosa, al igual que Borges el no contempla la literatura, él “vive” la literatura, y disfruta de los tres ejercicios que ofrece la literatura: la inventiva, la poesía y el de la impostura. Pero sobretodo este último. La literatura no es otra cosa que macanear pero con estilo y Hernán aprovecha al máximo el arte del engaño. Y debo confesarlo: yo fui víctima de Hernán Casciari. &lt;p&gt;
   
    Esto debe haber transcurrido en el año 94 o 95. No viene el caso la exactitud de la fecha. Yo prácticamente era un rosarino más y venía muy poco a visitar a mis padres a Mercedes. Me había puesto de novio con una chica rosarina y juntos vinimos a pasar un fin de semana en mi casa paterna. Mi novia de ese entonces era estudiante de periodismo y ya en casa, luego de acomodarnos en mi cuarto adolescente, empieza a hojear una revista local que yo desconocía llamada La Ventana en la que en la tapa había un título sobre “Los túneles de Mercedes” o algo así. Ella lee la nota en voz alta. &lt;p&gt;

   Mientras yo me recuesto en la cama escucho el relato, escrito en primera persona, en el que un cronista cuenta cómo descubre unos túneles que existen en una antigua fundición de la ciudad ubicada detrás del parque municipal: el periodista decide entonces explorar los túneles y con una linternita se introduce en uno de ellos, consigue dar con unos pasadizos secretos que recorren dos o tres kilómetros y terminan coincidiendo con la iglesia Catedral y la Municipalidad, además todo iba condimentado con una teoría conspirativa que francamente no recuerdo. La crónica era tan impactante, tan atractiva que mi ex novia quedó obnubilada. Al pie de la nota aparecía el nombre del cronista: Hernán Casciari. Yo le cuento que es un amigo mío de épocas de la secundaria. Ella me pide por favor que lo ubique así le hace una entrevista para publicar en Rosario. Juro que dudé un instante porque conocía a Hernán y su adicción al macaneo, revisé la revista de punta a punta y todas las demás notas eran presumiblemente serias, el contexto general era innovador pero sobrio salvo alguna página de humor. No obstante llamé a un par de amigos por teléfono y les pregunté si sabían algo de los túneles y ellos mismos sorprendidos también por la nota me dijeron que es algo que siempre se había comentado y que probablemente todo era cierto. Entonces fue que llamé a la casa de Hernán. &lt;p&gt;

   Después de saludarnos le comenté que mi novia estudiaba periodismo y que quería hacerle una entrevista por el descubrimiento de los túneles, me dijo que no tendría problema, que lo llame después para coordinar, cerca de las cuatro de la tarde. Mirá vos, pensé, la cosa es cierta nomás, el gordo anduvo por los túneles. &lt;p&gt;
   
   Mi novia quedó tan excitada que no podía contener su felicidad, desbordaba de alegría porque ahora sí tenía una historia, una crónica impactante con la que se regodearía frente a sus compañeros y profesores de la Escuela de Periodismo. Estuvimos horas hablando y releyendo la nota y ella en una libreta iba anotando las preguntas que le haría a Hernán para no olvidarse de nada. A mí me preguntaba que tal era como persona y yo le contaba que el gordo era muy talentoso y que tenía más horas de lectura que las que pasa una gimnasta rusa entrenando. Cuatro menos cinco mirábamos el teléfono inmóvil sobre la cómoda y prácticamente, ya contagiado por el entusiasmo de mi novia, me salía de la vaina por levantar el tubo y marcar. Dejamos pasar un par de minutos después de las cuatro y decidí marcar el número. &lt;p&gt;

    No sé que habrá pasado por la cabeza de Hernán en ese tiempo que pasó desde el primer contacto, si se habrá arrepentido o apiadado porque en cuanto me volví a comunicar, antes que dijera una palabra más, me dijo:&lt;p&gt;

  -Mirá Chori, la verdad que es todo un verso, lo inventé todo...&lt;p&gt;

  -¡Qué hijo de puta! –dije.&lt;p&gt;

  -Lo hice porque quise demostrar que la gente en Mercedes está acostumbrada a leer sin cuestionar y da todo lo que sale en los diarios como una verdad absoluta y bla, bla, bla….&lt;p&gt;

   Creo que me despedí y le corté de la vergüenza que me estallaba en las orejas, me sentí un verdadero pelotudo. “Era todo mentira” dije mientras caía abatido sobre el respaldo de la silla. Mi novia, quién estaba al lado mío se ruborizó y yo quise, deseé con toda el alma, que el piso de mi casa se abriera bajo mis pies y me tragara hasta llegar y quemarme en el punto más incandescente del núcleo del globo terráqueo. &lt;p&gt;

   -¡Claro! –dijo ella, interrumpiendo mi viaje subterráneo  –, ¡hizo lo mismo que Orson Welles!&lt;p&gt;

   Tuve ganas de responderle que estaba muy bien que conociera el episodio de Welles con el engaño de la invasión extraterrestre y que eso denotaba que la Escuela de Periodismo estaba dando sus frutos pero lo interesante, lo inteligente, hubiera sido recordarlo en el momento que leía la nota de los túneles. Por supuesto que en lugar de eso, en voz alta, pero más para mí que para ella, y con un tono en el que se adivinaba mezcla de admiración y resentimiento volví a exclamar:&lt;p&gt;

   -¡Qué gordo hijo de puta! &lt;p&gt;
  
   Pero la historia lamentablemente no terminó allí. Ya en Rosario, días después de ese fin de semana, mi viejo -que bien podría haber reemplazado con holgura a Michel Douglas en el film Un día de furia-, y que se había enterado del engaño en el que habíamos caído, en una llamada por teléfono me contó que lo fue a buscar a Hernán y que lo cagó  puteadas de arriba a abajo. Yo me quise matar, no podía creer semejante cosa, ahora la vergüenza sería eterna. Discutí con mi viejo pero no lo pude hacer entrar en razón: lejos de enojarme con Hernán, yo celebraba su genialidad.&lt;p&gt;
  
   Tiempo después, en otro viaje, me lo encontré a Hernán en unos de esos trámites burocráticos en una dependencia pública. Inmediatamente le pedí disculpas por lo de mi viejo, pero el me dijo que me quedara tranquilo, que era comprensible. A partir de ese día, año 95 quizás, lo perdí de vista. Por suerte, para salud mía.&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-3945387070715574868?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/3945387070715574868/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=3945387070715574868' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3945387070715574868'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3945387070715574868'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/10/la-maquina-de-fabricar-historias-yo-fui.html' title='LA MAQUINA DE FABRICAR HISTORIAS - Yo fui víctima de Hernán Casciari'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7946805810056583579</id><published>2008-09-13T20:00:00.004-03:00</published><updated>2009-10-13T09:21:11.069-03:00</updated><title type='text'>LA GORDA LOPEZ - La teoría de la muñeca rusa.</title><content type='html'>Hasta que Mauri tomó el bolso y salió como un rayo en su ruidosa Zanella la conversación había girado sobre la desgraciada derrota casi al final del campeonato que prácticamente dejaba al equipo sin posibilidades. El Pájaro Acuña, capitán del equipo, mantenía las piernas elevadas sobre la pared exterior del quincho de la Asociación de Judiciales Bonaerenses visiblemente muy cansado. Sus cuarenta y cinco años de edad no parecían amedrentarlo a la hora de correr y marcar. Era el más viejo de todos pero raramente decía una palabra luego de los partidos. Los demás se encontraban sentados en el piso y tomaban de la coca y la cerveza que pasaba de mano en mano. Habían jugado contra Distrimer y el resultado fue dos a cero en contra. Si bien la punta del torneo ya era inalcanzable el quinto lugar no estaba nada mal para un equipo que no practicaba en la semana y en el que el promedio de edad estaba por sobre los treinta dos o treinta tres años. &lt;p&gt;
    
     Mauricio Giglione se cambió los botines y apenas probó un sorbo de cerveza, luego se excusó por que estaba apurado y como si fuera víctima de un incendio, visiblemente nervioso, se subió a su vieja motocicleta y se fue. Mientras estuvo presente hubo críticas a la desidia de Garrido, reproches al Flaco Pescio y al Cabeza Martinez por “no meter lo que hay que meter” y dos o tres recomendaciones para que al Tato no se le escape más la pelota de las manos: con los puños o cachetazo para afuera para no dar rebote. Pero el Pájaro Acuña no hacía reproches, como si el hecho de jugar fuera más que suficiente y tal vez esa mística de hombre silencioso fuera de la cancha le daba cierta autoridad dentro del campo de juego donde ninguno de sus compañeros se animaba a desacatar cualquiera de sus órdenes. En cuanto Mauri desapareció el que se animó a poner el tema en discusión fue el Cabeza. &lt;p&gt;
   
   -Pobre Mauri che, la jermu lo tiene loco. &lt;p&gt;
   
   -Y hoy llegó al final del primer tiempo- dijo Pescio, -y apenas terminamos se fue, ni para la coca se queda ya. &lt;p&gt;
   
   -Qué ¿La esposa no lo deja? –preguntó Tato mientras encendía su primer cigarro después del partido. &lt;p&gt;
   
   El Cabeza asintió mordiéndose el labio inferior como si el problema lo angustiara más que al propio Mauricio. Luego dijo: &lt;p&gt;
   
   -Es que por lo que me cuenta el primo de Mauri, el Negro Guerra, le arma unos quilombos cada vez que viene a jugar que el pobre está cada vez más amargado. &lt;p&gt;
  
   -¡Y! ¡hoy te digo que ni la vio! –dijo Tato-, parecía un fantasma en el medio de la cancha. &lt;p&gt;
  
   -Bueno… –se integró Romano a la conversación –, a mí también me hinchan un poco las pelotas, sobre todo cuando vuelvo de jugar, pero me pongo a cortar el pasto, le arreglo un poco el jardín y se calma. &lt;p&gt;
  
    -¡Claro! –se entusiasmó Pescio -, o le comprás una pilcha. &lt;p&gt;
   
   -Sí, pero te cansa un poco tener que explicar cada vez que venís a jugar que a vos esto te hace bien, que es bueno para tu salud, que trabajás toda la semana y que con esto te relajás un poco… –dijo Tato. &lt;p&gt;
    
   -Mirá hermano –interrumpió el Gringo después de despegar el pico de la Quilmes de su boca y de pasarse el antebrazo por la pera chorreada-, si a mí después de trabajar todos los días como un negro viene la bruja y me dice que no puedo venir a jugar le pego semejante patada en el orto que la hago volar hasta Gowland. &lt;p&gt;
   
   -Pero Gringo… - comenzó a decir el Cabeza mientras pedía que la pasen la coca, -ya sé que vos la mandás al carajo y todo eso como vos decís, pero la Flaca ¿te rompe o no te rompe las guindas porque venís a jugar todos los sábados? &lt;p&gt;
   
   -Y…-dijo el Gringo como si lo hubieran pescado con las manos en la masa en un robo-, no me dice nada pero le agarra un berrinche que hasta el sábado a la noche no se le pasa. &lt;p&gt;
   
   -¡Ahí está lo que te digo, hermano! -dijo el Cabeza –, porque de novios fijate que no tienen drama, te despiden con un beso y te desean suerte para que ganes, y hasta te diría que te vienen a ver un par de partidos para hacer letra, pero en cuanto pusiste el gancho, ¡zácate! les agarra un odio visceral a la pelota y a los muchachos, y ellas te marcan peor que el peruano Reyna al Diego. &lt;p&gt;
   
   Romano se disculpó porque tenía que ir a abrir la pizzería y se fue. El pájaro Acuña aún sostenía sus delgadas piernas sobre la pared del quincho sin emitir ninguna opinión. El Gringo, Tato, Pescio y el Cabeza conversaban a pasos de él.  &lt;p&gt;
  
   -El que parece no tener problemas es el Pájaro –dijo Tato, sin preocuparse porque Acuña lo escuchara, porque el Pájaro era de esas personas de las que uno podía hablar sobre ellas como si no estuvieran en el lugar. &lt;p&gt;
   
   -Es verdad –acotó el Gringo –además la Gallega lo viene a ver de vez en cuando y todos los sábados lo pasa a buscar en la moto. &lt;p&gt;
   
   -Nos tenés que dar el secreto Pájaro –dijo sonriendo el Cabeza dándose vuelta para mirarlo. &lt;p&gt;
   
   El Pájaro extendió la mano para que el Gringo le pasara la coca, pero no contestó. &lt;p&gt;
   
  -Deben ser los años –dijo Pescio. &lt;p&gt;
  
  -Yo siento que mi mujer me va a romper las pelotas esta vida y si hay otra más también, así que… –dijo el Gringo. &lt;p&gt;
   
   -A lo mejor la Gallega es distinta, le gusta el fútbol y el Pájaro tuvo suerte… &lt;p&gt;
   

   -Yo tenía el mismo problema, es normal. &lt;p&gt;
     
   La voz grave del Pájaro hizo que un silencio incómodo se adueñara del lugar. Luego de unos segundos el Gringo se empezó a reír y los demás se contagiaron. Al instante nomás fue otra vez el silencio, como si todos a la vez recordaran que el Pájaro jamás hacía chistes y que probablemente lo que había dicho sea cierto. &lt;p&gt;
   
   -¿Cómo es eso Pájaro? –preguntó Tato mientras el nubarrón de humo que escapaba de su boca le cubría la cara y le achinaba los ojos. &lt;p&gt;
   
    El Pájaro, aún con las piernas izadas, con el torso recostado en el pasto y mirando el cielo seminublado comenzó a hablar despacio. &lt;p&gt;
   
   -Yo, en los dos primeros años de casados estaba peor que Mauricio. &lt;p&gt;
   
   -¡¿En serio?! ¡Nos estás jodiendo! –exclamó el Gringo quien se acercó un poco más al Pájaro visiblemente interesado. &lt;p&gt;
   
   -Sí, me tenía loco la Gallega, quería que pasemos todo el fin de semana juntos, no quería que jugara al fútbol, ni tampoco que me reúna con los muchachos del taller de Pavoni a comer los asados de los miércoles… todas cosas que mientras estábamos de novios las hacía sin problemas… &lt;p&gt;

     -¡No te puedo creer! –dijo Tato, quién también arrastró la cola dos pasos hacia delante para estar más cerca del Pájaro. &lt;p&gt;
  
   -Es verdad que las yeguas te enroscan las muy putas, en cuanto te pusieron el anillo andá a cantarle a Gardel –dijo el Gringo. &lt;p&gt;
   
   -¿Y cómo fue Pájaro? –preguntó el Flaco Pescio al que parecía desbordarlo la curiosidad. &lt;p&gt;
   
   El Pájaro dejó caer sus largas piernas hacia un costado y se sentó frente a los demás quienes lo rodeaban en medialuna como si fueran discípulos de un monje. El Pájaro le pidió al Cabeza el último taquito de coca y luego de vaciar la botella continuó. &lt;p&gt;
   
  -Tuve un episodio de infidelidad. &lt;p&gt;
  
 Quedaron en silencio y se escuchó un grito de gol que venía de la cancha dos en la que se estaba jugando el partido entre Carnicería Davobe y Pinturería Impacto. &lt;p&gt;
 
   -¿La Gallega te metió los cuernos? –preguntó el Cabeza al parecer con total ingenuidad. &lt;p&gt;
  
 -No, la infidelidad fue mía… &lt;p&gt;
  
 -No, pará…-interrumpió el Gringo -, si yo le meto los cuernos a la bruja, y se entera, te puedo asegurar que no juego ni a la bolita en el patio de mi casa, y la única salida que voy a tener va a ser a cortar el césped de la verja pero atado con una cuerda… &lt;p&gt;

   El Pájaro negó enfáticamente con la cabeza y dijo:&lt;p&gt;
  
 -No, Gringo, vos estás equivocado, la cosa es al revés.&lt;p&gt;

  -No entiendo un carajo –dijo el Cabeza –, a parte… ¿Cómo hiciste vos Pájaro para meterles los cuernos a tu mujer si sos más correcto que un monaguillo? Pasa una mina con un orto descomunal y ni siquiera te das vuelta… el otro día sin ir más lejos, estábamos tomando un café en la plaza y pasó una pendeja con un escote para el infarto y vos me seguiste hablando de lo rápido que era el zurdo Gómez cuando jugaba de wing y ni siquiera te diste cuenta…&lt;p&gt;
  
 -Y además es como dice el Gringo –agregó Pescio –si le metés los cuernos y se entera te embalsaman y te quedás en tu casa como un mueble más para siempre.&lt;p&gt;
 
 El pájaro pareció sonreir y luego de acomodar su cola sobre el césped y extender sus piernas hacia delante continuó.&lt;p&gt;

  -En realidad no estuve con otra mujer, me dio una mano la Gorda López.&lt;p&gt;

  -¿La Gorda López? –preguntaron Pescio y Tato a coro.&lt;p&gt;

  -Sí, una mujer que trabajó limpiando en casa de mis viejos durante más de veinte años. Me la encontré en la despedida de soltero del Conejo Spinetto.&lt;p&gt;
 
   -Ah, ahora entiendo -, dijo el Gringo –aprovechaste la salidita y...&lt;p&gt;
 
    -No tan así Gringo –respondió el Pájaro-, esa noche organizamos en lo de Peppe un asado para la despedida del Conejo y yo estaba muy amargado porque llevaba dos años de casado y ya veía que mi vida iba a ser un infierno, me esperaba un futuro negro, sin fútbol, sin asados con los muchachos… Viste que en lo Peppe si te sentás en las mesas del costado se ve la cocina, bueno, de repente, veo que la cocinera me saluda muy sonriente, tardé unos segundos en darme cuenta que era la Gorda López por la cofia que le cubría los rulos. Bueno la cosa que con los muchachos nos quedamos como hasta las dos de la mañana y yo ya había mandado como veinte mensajes de texto para avisarle a la Gallega que la cosa se estaba haciendo larga y que iba a llegar tarde. En eso veo que la Gorda López, ya cambiada, sin la ropa de cocina, estaba en la caja hablando con el dueño, seguramente para cobrar el día y me acerco para saludarla…&lt;p&gt;

   -¡Y claro! –dijo el Gringo -¿Veinte años trabajó la López en tu casa?&lt;p&gt;

   -Una eternidad –dijo Tato.&lt;p&gt;

  -Nos saludamos –continuó el Pájaro –me preguntó cómo andaba, cómo estaban mis viejos y yo no soy de mucho hablar de mis cosas privadas pero ahí le largué toda la perorata de mi conflicto con la Gallega, encima me había clavado un par de vinitos y la lengua se me soltó…&lt;p&gt;

   -¿Te volteaste a la gorda esa, Pájaro? –preguntó el Gringo desconcertado.&lt;p&gt;

   El Pájaro sonrió.&lt;p&gt;

   No –dijo con voz pausada –, la Gorda tenía como cincuenta, todavía vive, es como mi segunda madre Gringo.&lt;p&gt;

   Otro grito de gol se escuchó a lo lejos y mecánicamente todos se dieron vuelta para ver de quien era.&lt;p&gt;

   -De Impacto…-dijo Tato –lo hizo el Laucha Gómez seguro…&lt;p&gt;

   -Seguí Pájaro que esto me interesa –dijo el Gringo.&lt;p&gt;

   -Bueno, la Gorda me invitó a sentarme y me dice que no me preocupe que tiene la solución, que ella como mujer entiende mucho a la especie, y ahí nomás se despacha con la teoría de la muñeca rusa.&lt;p&gt;

   -¿La teoría de la muñeca rusa? ¿Qué es eso? –preguntó Tato incrédulo.&lt;p&gt;

   -¿No es la que abrís una muñequita y adentro hay otra más chica, y abrís la más chica y hay otro más chica todavía y así hasta que llegás a la última? –le preguntó el Cabeza al Pájaro Acuña.&lt;p&gt;

   -Exacto, así me lo explicó la Gorda… –contestó el Pájaro – fijate, me dice ella, mirá la mesa donde están tus amigos, observá bien, fijate de todos los amigos que tenés quienes son los más atorrantes, los que salen de noche, están con otras mujeres y encima las esposas lo saben… ahí nomás yo miré para la mesa de los muchachos y estaban Diego, el Rulo Veyra y Marcelo Perrone, cuando volví la vista la Gorda me dice, ahora fijate si algunos de esos tiene problemas para reunirse en los asados o para jugar al fútbol. Yo puse cara de no entender y ahí fue que me dijo que me iba a demostrar la teoría de la muñeca rusa. La Gorda sacó un cigarro de la cartera, lo encendió y empezó a explicarme como si estuviera exponiendo una clase en una universidad: las mujeres somos inconformistas nene, lo primero que tenés que saber es que si el marido engaña a su mujer y se entera, el problema que va a tener la mujer es todo lo referido a la infidelidad: le va a preocupar si el marido sale de noche sin decir adonde va, si está en lugares en los que hay otras mujeres que no conoce, si trabaja con mujeres; ahora si el marido no le es infiel el problema pasará a ser que el tipo está poco en la casa el fin de semana porque va a jugar al fútbol, a las cartas o a reuniones de varones como asados o vermusito en el bar… y ahí aparece la segunda muñeca ¿entendés la metáfora?, ahora si el marido no hace ninguna de esas cosas el problema pasará a ser que el tipo no hace cosas que a ella le gustan, como ir al centro, mirar vidrieras, elegir ropa para ella…&lt;p&gt;

   -Uy sí –interrumpió Tato-, imaginate la depresión que te agarra si sabés que los muchachos están jugando a la pelota y vos paseando con tu jermu por el centro un sábado a la tarde…&lt;p&gt;

   -Y con la angustia que me agarra le rompo tibia y peroné a un maniquí de la vidriera…-dijo el Gringo.&lt;p&gt;

    El Pájaro aprovechó para tomar un trago de cerveza, luego siguió:&lt;p&gt;
 
   -Y ya vamos por la tercera muñeca me dice la Gorda y me siguió explicando: cuando la infidelidad, el fútbol, el asado con los muchachos, los paseo en el centro ya no son más un inconveniente para ella, aparecerá uno nuevo y será que el marido no ayuda con la limpieza y el orden de la casa; pero... si el tipo no le es infiel, no se va los fines de semana a jugar al fútbol, sale de paseo con ella y ayuda con las tareas de la casa el inconveniente será entonces que no presta demasiada atención cuando ella le está hablando de sus temas, cosa que por supuesto sucede porque el pobre tipo ya sufrió tal castración que apenas queda un vestigio del ser humano que era…Conclusión, me dice la Gorda: le sos infiel a tu mujer una vez y como eso va a ser lo único que ella va a tener en la cabeza, todo lo demás será una minucia, una nimiedad… no le va a importar…&lt;p&gt;

   -¿Y te volteaste a la Gorda López? –dijo el Gringo frunciendo la nariz.&lt;p&gt;

   -Y bueno… un sacrificio –dijo Tato sonriendo.&lt;p&gt;

    -No muchachos, le dije a la Gorda que probablemente tenía razón pero que a mí no me daba el cuero para estar con otra mina, una porque muy agraciado no soy y después que con las minas siempre me fue difícil, le dije chau a los muchachos que se quedaban y me fui…&lt;p&gt;

   -A un cabarute…-dijo Pescio.&lt;p&gt;

   -No, llegué a casa, abrí la puerta y ahí nomás estaba la Gallega que me zampó un puñetazo en la nariz y después una patada en los huevos que me descompuso.&lt;p&gt;

   -¡¿Porque llegaste tarde?! ¿se zarpó la Gallega? –dijo Tato sorprendido.&lt;p&gt;

   -No, me empezó a recriminar por qué le había hecho eso, si con ella no le alcanzaba, que si me gustaban las pendejas se iba a comprar un uniforme de colegio y se lo iba a poner, de todo me dijo, yo no entendía nada… Con el tiempo y después de pasar dos semanas de calvario sin hablarnos pude deducir lo que pasó… Parece ser que cuando me fui del restaurante la Gorda López preguntó mi teléfono al Diego y llamó a la Gallega, se hizo pasar por la madre de una chica que supuestamente, luego de la despedida de solteros, conocí en un boliche en Chivilcoy y le dijo que nos encontró apretando en la puerta de la casa. Cuando llegué la Gallega estaba que hervía.&lt;p&gt;

   -¡Pero la Gorda esa es una bestia, te quiso arruinar! –dijo el Cabeza casi indignado.&lt;p&gt;

   -Mirá, en los primeros meses si la encontraba la asesinaba pobre Gorda, casi te digo que estuvimos a punto de separarnos con la Gallega, pero después con el tiempo la cosa mejoró… ahí me di cuenta lo que la Gorda me había dicho. Porque yo empecé a notar que la Gallega me dejaba hacer cualquier cosa con tal de que no tuviera necesidad de nada…como yo no soy un tipo que me guste la noche y la verdad que con el fulbito y los asados me conformo…&lt;p&gt;

   -Te vino al pelo– dijo Tato.&lt;p&gt;

   -Ahí te viene a buscar la Gallega Pájaro –dijo Pescio.&lt;p&gt;

   La mujer del Pájaro frenó la moto a pasos donde se encontraban ellos y saludó sonriente, el Pájaro se levantó, se colocó el bolso en el hombro y se despidió de todos, luego le dio un beso a la Gallega que ya se había colocado en la parte trasera de la moto y se subió. La Gallega abrazó al Pájaro y colocó su mejilla en la espalda mientras la moto empezó a marchar. Salieron del predio justo en el momento que un tercer grito de gol venía de la cancha dos. Tato, el Gringo, Pescio y el Cabeza, se dieron vuelta.&lt;p&gt;

  -¿De Impacto otra vez che? –preguntó Tato.&lt;p&gt;

  -Sí, el tercero –contestó Pescio.&lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7946805810056583579?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7946805810056583579/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7946805810056583579' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7946805810056583579'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7946805810056583579'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/09/la-gorda-lopez-futbolista-amateur-no.html' title='LA GORDA LOPEZ - La teoría de la muñeca rusa.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7452179118527178091</id><published>2008-08-02T18:15:00.004-03:00</published><updated>2009-07-06T08:49:14.808-03:00</updated><title type='text'>PSICOLOGIA MODERNA - La magia del doctor Casal</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHkq284uoI/AAAAAAAAACg/kEN_aSJ3Lh0/s1600-h/freud.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 98px; height: 135px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHkq284uoI/AAAAAAAAACg/kEN_aSJ3Lh0/s320/freud.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5355312856876759682" /&gt;&lt;/a&gt;
En el periódico local es habitual que aparezcan publicadas notas firmadas por el doctor Casal. El doctor Casal fue mi médico desde que nací en 1972. Por aquellos años los médicos clínicos eran poseedores de un aura magistral y recibían por parte de la gente un trato casi reverencial, y el doctor Casal, persona de la cual mi madre hablaba con un respeto y admiración que por momentos rayaban la temeridad, -nada más y nada menos que como los dioses: perfecta conjunción de amor y miedo- era para nosotros como una especie de guía apoteótica inmaculada. &lt;p&gt;
   El primer recuerdo que creo tener del doctor Casal es cuando fui atacado por esas dolorosas sombras en mis mandíbulas llamadas paperas y visitamos su consultorio junto a mi madre. Pude constatar que yo tenía cuatro años –la fecha está inmortalizada en un viejo cuadernito en el que mamá llevaba mi historia clínica- y la impresión que tuve es que el doctor Casal era enormemente alto, probablemente viejo (el ya tenía cincuenta años) y la voz, muy particular, entre solemne y grave, sonaba imponente haciendo vibrar el pomposo bigote que le cubría todo el labio superior y parte del inferior.&lt;p&gt; 
   Hace unos días, mientras ojeaba una nueva edición de los cuentos completos de Poe en la librería del centro escuché aquella voz casi robótica que preguntaba en la caja si había llegado lo que tenía encargado. Quizás a esas mágicas maniobras de la niñez la voz había quedado grabada indeleble en mi memoria, igual que esas manos que apoyadas en el cemento fresco dejan su figura imprentadas por mucho tiempo. Levanté la vista y allí estaba, ni tan imponente, ni tan alto, apenas un par de centímetros por sobre mí, más canoso y aunque debería estar llegando a los ochenta años, la espalda derecha y sus movimientos ágiles intentaban desmentir su ancianidad.&lt;p&gt; 
   No alcancé a escuchar cuál era el libro estaba pidiendo pero no costaba mucho imaginar qué temas podrían interesarlo: había leído dos o tres notas publicadas con su firma en el diario que fueron suficientes para comprender que el doctor Casal, de profunda impronta militar, justificaba y hasta promovía el odio visceral a todo lo que oliera a izquierda política: marxismo, castrismo, guevarismo y todas las versiones que pudiera adoptar el socialismo, desde Felipe González de España hasta el propio Raúl Alfonsín (visto por supuesto desde la óptica más extremista de la derecha). Aunque el máximo ensañamiento era con el movimiento montonero peronista. En sus notas que ojeaba rápidamente como para no indigestarme, en un tono siempre beligerante y ortodoxamente católico se advertía su admiración por Pinochet, Rosas, Videla “un ejemplo de hombría”, defendía a Menéndez ante la “burla grotesca de ese etílico personaje, Galtieri” y manifestaba siempre su profunda devoción hacia los Estados Unidos de América. Llegó a “demostrar empíricamente” que no hubo terrorismo de estado en el país y que el golpe de estado de 1976 fue “un reclamo de la ciudadanía para acabar con los imberbes”, “separar la cizaña del trigo”, “enderezar las ramas torcidas”. Y no escatimaba líneas en ponderar la recuperación de Alemania después de la segunda guerra, y lo hacía de un modo que uno no podía dejar de advertir cierto tufillo a sentimiento pronazi, como si justificara de algún modo las pérdidas de vidas y el horror del holocausto.&lt;p&gt;
    La última vez que había visto al doctor Casal fue cuando operó a mi hermana, dos años menor que yo, de apendicitis. Yo tenía ya quince años y debido a que se había dedicado completamente a la cirugía tuvimos que cambiar de médico y a partir de allí perdí todo contacto. Por eso encontrarme con el doctor Casal en la librería me provocó una mezcla de nostalgia y desengaño. Es que más allá de derechas o izquierdas mantengo la aversión a quién cree que quitar la vida del otro puede resultar necesario, y el doctor Casal, en sus notas, justificaba la desaparición de quién pudiera atentar contra “la moral y las buenas costumbres”. Por suerte no me reconoció.&lt;p&gt;
   Pero tengo que ser franco, como médico no había nada qué decir, y no sólo por su capacidad e inteligencia sino también por su dedicación casi sacerdotal con la medicina. Para él no había sábados y domingos, el dinero nunca fue un problema y hasta se comentaba que había interrumpido varias veces sus vacaciones para operar de urgencia a pacientes que lo requerían por una cuestión de confianza. Desde la librería pude ver como se subía a un modesto y viejo automóvil dándome la pauta de que con su profesión tampoco se había enriquecido.&lt;p&gt;
   En sus notas periodísticas parecía empecinado en demostrar le beneficioso del proceso militar. Y lo que yo podía deducir de ellas -y por comentarios que había escuchado de alguna gente-, era que sus desopilantes escritos poco a poco lo arrastraba a tal absurdo que comenzaba a empañar su carrera como médico: como Gregorio Samsa que se despertó un día convertido en cucaracha, como los gusanos que luego son mariposas, como la flor que luego es fruto, el “doctor Casal” se había convertido con los años en el “loco Casal”. Tengo la certeza que el doctor Casal lo único que sería capaz de asesinar son los insectos de su casa y yo no podía dejar de verlo como un quijote anacrónico buscando santuchos, firmeniches y gorrarianes escondidos para poder combatirlos. O exterminarlos.&lt;p&gt;
   Cuando desde la librería pude ver que su auto logró salir del poco espacio que tenía en el estacionamiento me vino a la memoria la vez que mi madre me llevó a su consultorio porque yo no podía tragar. No era que no comía sino que estaba impedido de poder hacer funcionar los músculos de mi garganta e ingerir lo que fuera. Tendría siete u ocho años y el miedo atroz que me impedía tragar había sido provocado por dos situaciones que confluyeron en la misma semana. La primera vez fue cuando unos amigos de papá y mamá, que habían venido a cenar a casa, comentaron el caso de un chico, que jugando con sus amiguitos se había ahogado con una bolilla de paraíso. Las bolillitas las utilizaba como munición de una improvisada cerbatana, y al parecer la tragó sin querer, y por respirar justo en el momento se le fue por el conducto equivocado al pulmón y falleció. Quedé atónito e inmediatamente comencé a tragar allí mismo pedazos grandes de milanesa y buscando la manera de evitar respirar mientras lo hacía. Por supuesto que de mis temores yo no decía una palabra a mis padres.&lt;p&gt;
     El otro hecho ocurrió a los pocos días mientras almorzaba en la casa de la Abuela Niña. Lo recuerdo como si fuera hoy, la bisabuela Angela, sentada justo enfrente mío, comienza a toser a la vez que su rostro agrietado por mil arrugas deviene en un tono morado dando muestras de que se estaba ahogando: La abuela Niña golpea la espalda suavemente y luego, mientras le grita en forma desesperada “¡Largalo, largalo!”, le propicia terribles manotazos en la espalda que por poco la desmayan. El pedazo de carne cayó en el centro de la mesa y la abuela Niña, ya más aliviada, la reprendió porque no había cortado el churrasco en pedazos más pequeños. La bisabuela asentía mientras se secaba las lágrimas de los ojos con la servilleta.&lt;p&gt;
   Definitivamente no tragué más un bocado. Sentía que corría peligro de muerte en cualquiera de las dos opciones: si el bolo alimenticio que iría a deglutir era muy pequeño podría irse al pulmón y asfixiarme y si era muy grande podría ahogarme como la bisabuela Angela. Las dos formas de morir me resultaban aterradoras y calcular qué tamaño de bocado sería el adecuado para que fluyera normalmente por mi faringe, a la que ya intuía de un diámetro delgadísimo, francamente me deprimía y prefería no arriesgar.&lt;p&gt;
   Cinco días dejé la comida en el plato sin tocar. A las tantas preguntas que me hacían todos, la abuela Niña, abuela Angela, papá y mamá lo único que obtenían como respuesta es que sencillamente yo no podía. Innumerables explicaciones, argumentos y arengas que los demás ametrallaban sobre mi pequeña humanidad sentada en la mesa frente a un plato siempre lleno no conseguían doblegar mi absoluta e irrenunciable huelga de ingesta que estaba dispuesto a cumplir. Tres días de yogur, te, chocolate y agua me habían debilitado al punto de que por momentos me sobrevenían mareos y temblores en las piernas que después supe eran bajones de presión. &lt;p&gt;
   La quinta noche, visiblemente cansada de insistir, mamá me cargó en el viejo Citroen y me llevó a lo del doctor Casal. Al cabo de unos largos minutos, en silencio, en la sala de espera fuimos atendidos por el doctor. Mamá, al instante que lo saludaba se disculpó por lo tarde que era, pero el doctor Casal masculló una especie de respingo como dando a entender que no había problemas y nos invitó a sentarnos frente a su escritorio. De un fichero extrajo el cartoncito con mis datos y supuestamente con un resumen de mi historia clínica, y luego de repasarla con la vista preguntó cómo había concluido esa angina que tuve en el invierno. Mamá contestó que muy bien, y de inmediato aclaró que en realidad el problema ahora era otro. El doctor Casal se recostó en su silla y se cruzó de brazos.&lt;p&gt;
-La escucho – dijo.&lt;p&gt;
   Era evidente que estaba cansado porque mientras mamá explicaba detalladamente mi dificultad por no tragar el doctor Casal se refregaba los ojos como si quisiera hundirlos dentro de su cabeza. Me sorprendí porque mamá esbozó, para concluir su relato, una teoría sobre los motivos de mi problema. Mamá le dijo al doctor Casal que como yo había presenciado el momento en que la bisabuela Angela se había ahogado mientras comía, seguramente eso me había impresionado, y que después de allí no quise comer más nada. Me sorprendí en realidad porque yo no había dicho una sola palabra de por qué tenía pánico de no tragar. &lt;p&gt;
   -A lo mejor debería ir a una sicóloga –dijo mi madre al finalizar su relato.
   Hubo un silencio pequeño pero intenso, al cabo de unos segundos el doctor Casal me miró seriamente y dijo a mi madre sin quitarme los ojos de encima:&lt;p&gt;
   -Déjeme unos minutitos con el chico señora.&lt;p&gt;
  Observé cómo mi madre se retiraba y salía por la puerta hacia la sala de espera. Cuando volví la vista el doctor Casal ya se había levantado de su silla. Yo esperaba que me hiciera recostar en la camilla y me examinara con el estetoscopio que le colgaba del cuello. Pero eso no sucedió. Mirándome serio apoyó las manos en el escritorio e inclinándose se acercó a mi rostro al punto de que podía sentir su aliento, ni feo, ni agradable, el aliento típico de los señores grandes que conocía, de papá, del tío Carlos, del tío Norberto… &lt;p&gt;
  -¡Escúcheme jovencito! – comenzó a decirme con tono rígido e intimidante, -¡por qué no se deja de estupideces y se comporta como debe! ¡Usted no tiene nada, lo único que tiene es miedo, no sea maricón y trague! ¡Ahora mismo se va a su casa y deja de darles problemas a sus padres que trabajan todo el día para que a usted no le falte el pan en la mesa! ¡No lo quiero ver más por acá con esas estupideces! ¿¡Me entendió!?&lt;p&gt;
   Quedé como congelado en la silla. No supe si contestar o no, pero el doctor Casal no esperaba una respuesta porque inmediatamente siguió reprendiéndome.&lt;p&gt;
   -¡Yo no puedo creer que tenga miedo de una estupidez así, hay gente que tiene verdaderos problemas, chicos enfermos que apenas pueden caminar y usted se da el lujo de molestar a su madre por una insignificancia!&lt;p&gt;
    Fue a abrir la puerta y llamó a mi madre. Le dijo que no tenía nada y que me diera la cena apenas lleguemos a casa. Los ojos se me habían llenado de lágrimas pero me contuve, después de todo lo que me había dicho, llorar frente al doctor Casal hubiese sido un suicidio.&lt;p&gt;
   Ya de regreso en el auto pude calmarme y mamá me preguntó que me había dicho el doctor.&lt;p&gt;
   -Que coma – le dije.&lt;p&gt;
    Mientras las calles iluminadas del centro iban quedando atrás e ingresábamos en la penumbra de nuestro barrio, a la vez que el traqueteo de la calle de tierra parecía desarmar el Citroen, yo percibía que se iba apoderando de mi cuerpo una especie de alivio como si el doctor Casal me hubiera exorcizado, como si miles de kilos de lastre se desprendieran de mi cuerpo y poco a poco el hambre me rechinaba cada vez más fuerte en la panza. Esa misma noche devoré en segundos la costeleta con puré que mamá me preparó.  &lt;p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7452179118527178091?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7452179118527178091/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7452179118527178091' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7452179118527178091'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7452179118527178091'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/08/psicologia-moderna-la-magia-del-doctor.html' title='PSICOLOGIA MODERNA - La magia del doctor Casal'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHkq284uoI/AAAAAAAAACg/kEN_aSJ3Lh0/s72-c/freud.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-227409268087521596</id><published>2008-06-25T09:57:00.009-03:00</published><updated>2008-12-18T17:07:25.598-02:00</updated><title type='text'>CONDOLENCIAS - ¿A quién le puede gustar los velorios?</title><content type='html'>Ahí llega la tía Mimí y mamá la recibe con sus ojos cansados y rojizos, a la vez que esboza una sutil mueca de desgano y resignación apretando el delgado cuerpo de tía Mimí en un abrazo desesperado. Otra vez los gemidos ahogados y el combate de las palabras que pugnan por salir. Cada vez que alguien llega las lágrimas se escapan y casi a chorros bañan en cascada los rostros marchitos por la angustia. El aroma de la sala es definitivamente repugnante, me hace acordar las mañanas de domingo en que abuela me llevaba al cementerio a visitar al abuelo y había que pasearse por los nichos y panteones sobrellevando las miradas furtivas de los retratitos ovales que parecían vigilar desde su lejano mundo amarronado, mustio y lejano. &lt;p&gt;
Papá no llora, pero su mirada a la nada lo explica todo. Luego su cabeza e derrumba y se abstrae. Siento que debería hablarle, decirle algo que lo anime pero no puedo. El comprende más que nadie lo que sucedió pero seguramente no tiene fuerzas para sobreponerse. Después del choque fue él quien gritaba desencajadamente “¡Martín, Martín!” y golpeaba en forma descontrolada la puerta trasera del auto, que había quedado atrancada, con sus puños y su rabia y mamá, totalmente perdida y obnubilada ni siquiera podía moverse. Cuando la puerta cedió ya fue demasiado tarde. Por momentos siento culpa porque me quedé totalmente paralizado y no pude ni siquiera ayudar, talvez porque papá está pensando en eso me mira y trata de consolarme (o consolarse) sin palabras y vuelve a mirarme, y se va. Ahí entra el amigo de papá. Otra vez los insoportables sollozos y mi impotencia que se convierte en tortura. Esos puñales agudos y dolorosos que perforan el espíritu: los lamentos desconsolados y el olor penetrante a muerte. Javier se acerca por infinita vez y se persigna. Su madre, de la que no recuerdo el nombre, se pregunta en voz alta, interrumpida de a ratos por carraspeos de llanto, por qué si era tan joven y la respuesta olvidada en algún recóndito lugar de la providencia no a aparece ni aparecerá nunca. &lt;p&gt;
Hay gente que no conozco y personas que apenas vi alguna vez. Las horas no pasan más, suceden agonizantes, casi perpetuas. El tiempo suele ser eterno en la desdicha, casi paralítico y vegetativo; un viejo agonizante postrado en una cama vencida. La sala es un decorado patético, muy triste. Tío Lucas tiene razón: qué cosa esto de andar prolongando lo inevitable por gusto nomás. Es tiempo de que esto culmine. Quién puede estar de acuerdo con el masoquismo obsesionado con que la gente se somete a permanecer frente a los muertos, contemplándolos como jamás se lo hizo en vida y guardando en la memoria la imagen de un rostro inmóvil y desfigurado, apenas un frustrado esbozo del rostro que alguna vez tuvo gestos y muecas. Siempre le esquivé a los velorios pero muchas veces resulta inevitable, aunque eso sí: yo nunca me acerco al cajón. Me siento en el rincón más lejano posible, cosa que mi vista se halle por debajo de la altura del ataúd, y si lo hago, cosa que me puede suceder por distracción, el sólo hecho de ver la nariz o la frente sobresaliendo puede hacer que me baje la presión hasta desmayarme. A mamá le dije “Mami, si vos te morís no esperés que vaya a velarte, yo prefiero recordarte toda mi vida como ahora, tomando mates en la mesa y conversando”. Para mí esta espera es desesperante, no le encuentro sentido a este absurdo. &lt;p&gt;
De acá puedo ver el reloj de pared… las diez, bien, unos minutos más y todo termina. Mejor porque tengo mucho sueño. Esa vieja apestosa tuvo que pararse justo acá con ese olor a naftalina que me descompone. Me pregunto que tuvo que venir a hacer acá, jamás la vi en mi vida y seguro que apenas nos conoce. ¿Por qué me sonreirá a mí ahora? Lo que faltaba: una desconocida compadeciéndose de mí. Ya falta poco, por suerte. Todos estos lánguidos minutos me provocan un malestar doloroso y me hacen despreciar a todo el mundo. ¿Qué pasará en la puerta que vuelve a desatarse el llanto? ¿Quién habrá llegado ahora? ¿Será que vino el primo Carlos de Mendoza? No, no puede ser, no hubiese hecho tiempo. ¿Y esas monjas rezando? ¡Por Dios, por qué no pararán con ese murmullo insoportable! Parece que la depresión ha de ser evidente en mi cara porque papá me mira, me besa en la frente y se va otra vez. Mamá me acomoda el pelo y murmura algo que no entiendo. Sus palabras me llegan distorsionadas, ha de ser porque estoy durmiéndome. “La felicidad es tener ganas de dormir…” lo leí en algún lado, y algo de razón hay en eso. Me siento extraño, como si mis sentimientos fueran ahora parte de una memoria lejana, casi ajena. ¡Dormir! ¡Lo necesito tanto! Escucho llantos cada vez más ahogados y la voz de mamá que por enésima vez, en un grito que parece salir de las vísceras, pregunta “Por qué”, pero ahora todo me suena cada vez más lejos, casi inaudible, y empiezo a tener la ausencia absoluta de sensaciones; el que siente, el que añora, el que sufre, el que reza, llora y padece ya no soy yo. Yo creo ser el que la penumbra le va invadiendo los ojos y no alcanza a distinguir si las siluetas que miran desde arriba son las de mamá, papá o la tía Mimí o mera ilusión, o recuerdo… y comienzo a comprenderlo: la somnolencia es tanta que me voy perdiendo en este dulce e inevitable dejar de ser, de existir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;                                                                                                       Rosario 1993&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-227409268087521596?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/227409268087521596/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=227409268087521596' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/227409268087521596'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/227409268087521596'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/06/condolencias-quin-le-puede-gustar-los.html' title='CONDOLENCIAS - ¿A quién le puede gustar los velorios?'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-3209572983721255194</id><published>2008-05-09T15:10:00.004-03:00</published><updated>2009-10-13T09:11:56.363-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Derecho Adquirido'/><title type='text'>DERECHO ADQUIRIDO - Tentaciones cotidianas.</title><content type='html'>&lt;p&gt;Yo a los contratos los respeto, me podés pedir cualquier cosa pero en eso soy un roble, para mí un contrato es palabra empeñada. Porque yo sé que en estos tiempos las cosas son distintas y hay gente que se caga en los contratos, y también sé que un nuevo contrato borra un viejo contrato pero dejáme creer que por lo menos para cierta gente algunas cosas siguen vigentes. Como la palabra, por ejemplo, y yo tengo palabra, y te juro que si fuera por mí –yo sé que esto es imposible pero te lo digo como ejemplo-, yo no firmaría ningún contrato porque cuando me comprometo con alguien lo cumplo a rajatabla. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Y creeme que te agradezco la propuesta porque estoy seguro de que acá estaría mejor, que tendría más libertad, más comodidades incluso ¿pero sabés qué? yo creo en el derecho adquirido, allá no tendré el confort ni la libertad que seguro tendría acá pero existe el derecho adquirido. Ya pasaron muchos años y la verdad es que con ellos yo me siento muy querido, muy respetado, incluso fijáte que hasta en la comida soy un privilegiado porque mi plato siempre está lleno y hasta se me permite un vasito de vino cosa que antes tenía muy controlada, pero ahora, qué sé yo, excepto algunas cositas que mucho no me gustan me siento un rey. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Y yo me imagino acá y digo, ¡pucha, lo que me estaré perdiendo!, pero allá estoy en mi casa, cómo explicarte, años de ver los mismos rincones, sentir los mismos olores, oír las mismas voces, cómo cambiar entonces ahora que estoy un poco más viejo, más sentimental incluso. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Además los hago bolsa si me voy, se mueren, para qué te voy a mentir, no es que uno se crea importante pero ellos te hacen sentir así: cómo que sos indispensable. Ya sé que nadie es indispensable en la vida pero nosotros siempre la estuvimos luchando y que yo los dejara sería –modestia aparte- una baja importante. Somos un equipo, no sé si somos un “gran equipo”, pero cada uno de nosotros tiene roles diferentes y los asumimos como tal y yo casi te diría que soy la columna vertebral, el faro por decirlo de otro modo, y tengo que hacerme cargo de esa responsabilidad. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Y otra cosa, ¿qué va a decir la gente cuando me vea?, lo menos grave sería traidor, o falso, yo no lo podría soportar, me sentiría poco menos que una cucaracha, una larva inerte y todo porque decidí no respetar un contrato y cambiar después de haber recibido tanto cariño, tanto amor, tanta pasión. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Te confieso: años atrás, en el momento que firmé supe que era indefinido, porque vos te das cuenta, lo sentís en la piel, más allá de lo que digan los papeles ¿eh?, lo presentís cuando mirás alrededor tuyo y reparás en los sectores en los que te movés día a día: donde tomás mate, donde comés, donde te vestís, donde te bañás, y cuando ves el césped cortadito con ese olor que penetra hasta el alma, te parás sobre ese colchoncito espumoso, mirás alrededor y decís: ¡Esta es mi casa! &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Sé que uno siempre quiere tener lo que no tiene. Venir acá me seduce, no te lo voy a negar, aparte todo cambio puede venir bien, pero también existe el sacrificio, y el hecho de mantener la palabra algo de sacrificio conlleva, eso es inevitable, sino no sería un sacrificio. Y también -esto no es cosa menor-, hay que hacer el ejercicio de valorar lo que se tiene porque muchas veces lo que es de uno, al fin de cuentas, es el deseo de otro. &lt;p&gt;

&lt;p&gt;Y sí, yo sé que la Gorda no es la misma de antes pero los años pasan para todos y cuando vos tenga mi edad vas a comprenderlo. Perdonáme que insista, pero además del contrato que hicimos con la Gorda hay un derecho adquirido incuestionable que yo no puedo menospreciar: hace más de veinticinco años que me aguanta, me lava la ropa, me cocina... Por supuesto que los chicos están grandes y es muy probable que lo lleguen a comprender; ellos son muy abiertos, muy liberales, yo los eduqué así para que puedan sobrellevar los avatares de la vida sin que les resulte demasiado dramático, pero dejar la Gorda para venir a vivir con vos sería un crimen, la asesinaría. Te repito que yo firmé un contrato con ella y lo voy a respetar; hay una foto en la cómoda de casa en la que estamos los dos mirando la cámara al momento de firmar en el Registro Civil que me lo recuerda todos los días. Por supuesto que cuando estoy acá me siento muy bien, vos sos joven y linda, y cuando te veo desnuda a mi lado con esa piel lisita y suave no lo puedo creer pero… para qué mentirte… la Gorda es la Gorda. &lt;p&gt;                                                                                                      Mercedes 2008&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-3209572983721255194?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/3209572983721255194/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=3209572983721255194' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3209572983721255194'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3209572983721255194'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/05/derecho-adquirido-una-cuestin-de.html' title='DERECHO ADQUIRIDO - Tentaciones cotidianas.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-4924242576407083025</id><published>2008-03-07T14:25:00.009-02:00</published><updated>2009-10-13T09:07:28.561-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Compositor'/><title type='text'>EL COMPOSITOR - Sinfonia en la cancha</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHnnmyxswI/AAAAAAAAACw/CD0Yvf9mBJs/s1600-h/beethoven.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 125px; height: 150px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHnnmyxswI/AAAAAAAAACw/CD0Yvf9mBJs/s320/beethoven.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5355316099534664450" /&gt;&lt;/a&gt;
El &lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;partido languidecía cero a cero, como si la maldición de la siesta, esa modorra pesada y espesa, fluyera por las piernas de los veintidós jugadores que decoraban el terreno de juego. Faltaban todavía quince minutos pero ni Boca ni Estudiantes habían llegado a amenazarse en lo que iba del segundo tiempo. La popular de Boca, invadiendo de azul y amarillo la tribuna Natalio Pescia, y el puñado de hinchas de Estudiantes, ubicados en un sector de la tribuna que da al Riachuelo, se estaban aburriendo por la intrascendencia del partido que era el último de la fecha. Ni Boca ni Estudiantes tenían chances en el campeonato -Velez Sarfield, horas más tarde, se erguiría como legítimo campeón del Clausura-, con el empate los dos estaban en la Libertadores y en caso de perder, cualquiera que lo hiciera, quedaba afuera, así que era casi cantado que los dos iban por la igualdad en el marcador. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Era una tarde de domingo no tan frío como se espera a finales de junio y la luminosidad amarillenta de un sol pronto a esconderse tras el horizonte era bifurcada y multiplicada en extrañas tonalidades por oscuras y pequeñas nubes. El segundo tiempo se había iniciado con luz artificial. El tedio en las populares y las plateas era evidente, algunos conversaban de cosas ajenas al partido, otros miraban hacia la nada, y estaban los que se entretenían puteando a los jugadores que ya las hichadas de Boca y Estudiantes habían marcado como los causantes de que el campeonato había “concluido” antes de tiempo, precisamente una semana atrás cuando aun faltaban dos fechas para terminar el torneo.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Los hinchas de La Doce, emitían un tímido “dalebooo, daleboo…” que los pocos que habían ido a la cancha apenas coreaban. El Pelado Scasso se había sentado y miraba atentamente el partido, le había dicho al Ruso y al Pecas que él quería ver a Riquelme, nada más, que podía llegar a pagar la entrada auque sea para verlo jugar dos minutos, se gane o se pierda. Horas de discusión llevaban con Riquelme, el Ruso decía que además de lento por momentos era un jugador menos y eso al Pelado lo ponía loco, hasta lo había acusado de menemista una tarde en que, en un Boca - River calentísimo, el Ruso le pedía, a grito pelado, casi desencajado de ira, a un cansino Riquelme, que se tire a los pies o que definitivamente baje a uno del medio porque ellos estaban haciendo lo que querían con la pelota. Aquel día el Pelado casi se trompea con el Ruso: &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Cómo le vas a pedir a Román que vulnere sus principios y recurra a la violencia que sólo los ineptos utilizan!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-Por qué no te dejás de pelotudeces Pelado, el fin de esto es ganar y hay que ganar como sea. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Claro!-, dijo irónicamente el Pelado- ¡…el fin justifica los medios!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Pero seguro!&lt;span style="font-size:+0;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;- ¡Sos un menemista hijo de puta, no hay nada que hacerle…!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-El padre de Andrada, que estaba detrás de ellos,&lt;span style="font-size:+0;"&gt; &lt;/span&gt;se rió a carcajadas cuando escuchó esto último, es que Menem ya no era presidente y lo que pretendía ser un insulto rayaba la ridiculez por el anacronismo.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El Pelado, el Ruso y el Pecas conformaban una extraña amistad que sólo ejercían en los partidos que Boca jugaba de local. Cada partido en la Bombonera se encontraban un par de horas antes en el bar La Esquina Dorada, ubicada enfrente de la cochera donde los tres guardaban el auto a unas diez cuadras de la cancha y sólo hablaban de fútbol. Apenas conocían uno del otro en qué trabajos se ganaban la vida: el Pelado como bancario, el Ruso en una empresa de computación y el Pecas tenía un supermercado. Sabían que los tres eran casados y que el Pecas estaba separado pero hasta allí llegaba la profundidad de sus intimidades. Todo era fútbol y Boca, y con eso tenían tema suficiente como para reforzar los lazos de amistad con los que se mantenían unidos. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;?xml:namespace prefix = o /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El “daleboo, daleboo” bajaba nuevamente de La Doce, esta vez con más fuerza. Un petiso de la hichada, que al parecer ejercía una especie de mando sobre un puñado de muchachos, los reprendía para que no cantaran muy fuerte, “…a ver si estos entienden que hay que ir a buscar el partido y los Pinchas meten un gol de contragolpe y nos quedamos sin la copa libertadores”. En la cancha todo era tedio y desidia, el Pecas que escuchaba el partido relatado por la radio contaba que Victor Hugo y Alejandro Apo le estaban dando con un caño a los jugadores porque ninguno iba para adelante y que era una vergüenza la actitud, sospechosamente tendenciosa, de los jugadores en el partido para conciliar un resultado. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-Hay que ser hincha para entenderlo…- dijo el Ruso.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;De pronto la bombonera enmudeció de golpe, y se escuchó un suave y hasta sorprendido grito de gol de la hinchada del Pincha. El Pelado, el Ruso y el Pecas no creían lo que veían, ¿era verdad que los de La Plata habían hecho un gol faltando diez minutos cuando no era necesario?&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Este Sosa es un pelotudo, mirá como le pegó!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Lo quiso hacer, lo quiso hacer!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Mirá como se lo quiere comer el Caldera, lo quiere matar, se le nota en la cara!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Qué hijo de puta! ¡Qué hijo de puta!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Boca volvió a sacar la pelota del medio y comenzaba a notarse ahora la desesperación en los jugadores y en los hinchas de que había que empatar sí o sí. Estudiantes se animó a tocar y desde el segmento donde estaban los hinchas del Pincha se escuchaba, eufórico y estridente, el españolísimo “¡ooolee, ooolee!”. El Chicho Serna, desenfrenado, como un Inca temerario defendiendo su fortaleza, le fue abajo, con los dos pies hacia delante y barrió con pelota, tobillo, tibia y peroné la humanidad completa de Verón que cayó como un pobre caballo herido en la batalla. Inexplicablemente la tarjeta que sacó Castrilli fue la amarilla, lo hizo vehementemente, con una actitud casi grotesca, mientras los gestos y ademanes de Serna querían explicar que había ido a la pelota. La Doce comenzó a pedir que el “dalebooo dalebooo” se hiciera sentir en la Bombonera. De pronto el “¡Huevo, huevo, huevo, Yunta, Yunta, Yunta!” bajó desde la popular en un unísono perfecto. Con esa cortina musical de fondo se escuchó el lamento del Pelado&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-Estos inoperantes se creen que el partido lo vamos a ganar con la fuerza de la voluntad, requiriendo que se imponga el imperio de las partes pudendas por sobre la maestría&lt;span style="font-size:+0;"&gt; &lt;/span&gt;del juego. ¡Están equivocados!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El Pecas y el Ruso miraron al Pelado con cierto grado de incredulidad, sabían que el Pelado era un personaje que jamás diría un improperio, una palabrita subidita de tono. Era una persona culta, literato, cinéfilo, apasionado de la música y el teatro, asiduo espectador de los eventos gratuitos del Colón y del San Martín. Era casi una contradicción a sus costumbres que todos los domingos, de local, se lo viera por la Bombonera. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;En el verde césped Boca parecía una banda de picapedreros intentando sacarle la pelota a un Estudiantes que parecía no haber entendido que el empate les servía a los dos. Viendo semejante afrenta al arte, el Pelado, quizás ofendido por lo grosero de la contienda, más propia de un combate bélico que de un partido de fútbol, empezó a cantar a puro vozarrón, imponiéndose sobre el murmullo de los demás hinchas.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;“¡No pongan huevo, no pongan huevo, pongan algo de fútbol que pa huevo el gallinero!” &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Alrededor del Pelado se hizo un silencio quizás propiciado por la incredulidad de lo que la gente escuchaba, las caras del Ruso y el Pecas traslucían un pánico pocas veces visto. Tal vez por la cercanía y esa acústica característica de la bombonera, en un radio de varios metros parecía escucharse el vozarrón, demasiado musical para la cancha, y muchos notaron que Riquelme, quien estaba esperando un lateral cerca de la línea, miraba hacia la bandeja donde fluía el canto casi lírico del Pelado suplicando que haya fútbol en lugar de vano esfuerzo. Fue allí que Román tomó el balón y levantó la cabeza, desde la derecha comenzó a hacer la diagonal y con el cuerpo impidió que el defensor lo desplazara. Desde el centro lo vio a Palermo arrastrar al &lt;i&gt;líbero&lt;/i&gt; hacia el vértice del área chica y con un pase milimétrico le puso la pelota al pie de Guillermo que entrando por el centro del área grande, sólo tuvo que pegarle suave para que la pelota se metiera entre el palo y el arquero. Mientras el grito de gol explotó en el estadio, se escuchaba la voz desencajada de uno de los capos de la Doce “¡¿Qué gritó, qué le gritó?! ¡Que cante de nuevo, que cante de nuevo!” El Pelado, que le escapaba a la notoriedad por su bajo perfil, cierta timidez que lo llevaba a reprimirse, hizo caso omiso y se quedó en silencio, entonces fue el Pecas que, dándole un pisotón le hizo entender con la mirada que no podía desobedecer semejante orden. Entrecerrando los ojos y levantando el mentón, el Pelado, con la melodía de de &lt;i&gt;Oh sole mio&lt;/i&gt; empezó a cantar.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;“¡Oh Boca mío, no pegue y toque, que la pelota, hay que atender.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;Oh Boca, ooh Boca mío, hay que tratarla, como una mujer!” .&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;La hinchada, tímidamente primero, en un pianísimo casi inaudible, mirándose unos a otros como descreyendo de la efectividad del texto, comenzó a corear el canto, y en segundos, en un in crescendo gradual alcanzó un tutti que hacía temblar el césped. En el centro de la cancha, Riquelme, por esas cuestiones fortuitas del fútbol recibe un pase de Cagna y la coloca bajo su pie derecho; con los brazos como alas a punto de desplegar contiene a dos jugadores de estudiantes que vanamente intentan quitar el balón que ya es parte de su cuerpo. Como un caballero elegante y temible, en esa posición heráldica y altanera, sometiendo a los dos jugadores Pinchas, se lo vio girar la cabeza hacia a la popular y sonreir, dando muestras de cuanto lo gratificaba y alentaba ese coro. Los jugadores de Estudiantes, Sosa y Lopez, parecían dos niños indefensos intentando quitarle la pelota a un tío o a un padre. El coro de improvisados tenores y barítonos vibraba ahora como nunca, fue allí que Juan Román espantó a los dos ingrávidos jugadores de Estudiantes con sólo un movimiento y con un disparo suave, certero, la pelota hizo una comba suave y fue a dar a la blonda cabeza de Martín Palermo que sólo tubo que apuntar hacia el ángulo superior izquierdo; allí, donde Bossio, a pesar de su ostentosa anatomía, no pudo llegar. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Con el dos a uno en el tanteador y faltando tres minutos -más los que iría a adicionar Castrilli luego-, Estudiantes pareció transformarse en el equipo más ofensivo del planeta. En la misma jugada, dos tiros dieron en los palos dejando a Córdoba estático para suspirar luego como si hubiera zafado del peor de los accidentes. Ni la hinchada, ni los jugadores, ni nadie de los que allí estaban y eran Xeneixes querían otra cosa que no fuera la victoria. Habían sido ellos, los de Estudiantes, quienes habían roto el pacto implícito para lograr el empate.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Qué se jodan ahora, me chupa un huevo si quedan afuera!– dijo el Ruso, y armando una bocina con sus dos manos gritó con todo el cuerpo y el alma -¡Putooooos!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Cantáte otra Pelado!– dijo, desde dos tres escalones más arriba, el Gordo Gutierrez que no había abierto la boca en toda la tarde.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Dale Pelado, así le hacemos el tercero!– acotó el Ruso sacudiéndole el hombro.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Esta vez el primer movimiento de la Sinfonía Nº 40 de Mozart sirvió de soporte melódico para que el Pelado compusiera el canto:&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;“Dale bo, dale bo, dale boca, dale bo dale bo dale bo!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;Dale bo, dale bo, dale boca, dale bo dale bo dale bo!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="FR"&gt;Dale boca, dale boca, dale boca, dale bo, y dale dale dale bo”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="FR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;El tutti coral no se hizo esperar, y, del perímetro completo de la Bombonera, desde la popular hasta los palcos, el canto mozariano era un unísono potente e hipnotizante. Y allí en la cancha, con el coro como telón sonoro, otra vez Riquelme, pisa la pelota en el medio de la cancha y al compás del ritmo de la melodía, como un bailarín que se ajusta a la cadencia de los compases y los acentos, lleva la pelota hacia la posición del corner y colocándose de espalda a la vastedad de la cancha y pisando la pelota justo en la línea la cuida, como una leona protege a sus leoncitos, sin dejar que los cuatro desesperados jugadores de Estudiantes: Verón, Caldera, Lopez y Martinez, puedan quitársela. La lucha es desigual en número pero Román tiene toda la paciencia del mundo para mantenerla allí. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;Mientras esta escena ocurría en la cancha, el Pelado, sin que nadie lo advirtiera, había dejado de cantar y en una libretita de bolsillo hacía anotaciones. De pronto, zamarreando al Ruso y al Peca, comenzó a cantar con evidente estilo lírico, instándolos con la mirada para que lo siguieran: &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;“Escucha Romy la canción que en este día&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;Que los Boquenses te pedimos alegría&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;No la abandones, juega brillando&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;Hasta que venga el nuevo gol.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;Hasta el tercero no para- a- mos” &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El sector de la popular que rodeaba al Pelado hacía fuerza por recordar el texto. Castrilli había adicionado dos minutos y restaba un minuto y medio. En apenas treinta segundos, toda la bombonera entonaba la letra del Pelado con la melodía de la &lt;i&gt;Oda a la Alegría&lt;/i&gt; de Beethoven. Allí, en semejante marco musical, Juan Román, desliza hacia atrás la pelota que pasa entre las piernas de Calderón y con un aleteo simple de sus brazos y un estilizado movimiento pasa entre los cuatro jugadores de Estudiantes. El derechazo resulta grandioso: con una comba perfecta, la pelota, girando sobre su eje, dibuja una parábola sublime que inevitablemente conduce hacia allí, donde el travesaño y el palo se unen formando un ángulo recto, el reducto más preciado donde los goleadores buscan colocar el balón.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;i&gt;“Escucha Romy la canción…”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El grito de &lt;i&gt;“gol”&lt;/i&gt; estruendoso y omnipresente ofició de final perfecto para culminar el coro de la novena sinfonía Beethoveniana. Todos se abrazaban con todos, jugadores con jugadores, hinchas con hinchas, los del cuerpo técnico, los dirigentes y celebridades de los palcos.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;i&gt;“¡Riqueeelme, Riqueeelme!”&lt;/i&gt;, lentamente el clásico canto al talentoso enganche de Boca tomaba forma en la tribuna, mientras Román levantaba lo brazos y, exhibiendo la hilera luminosa de sus dientes blanquecinos, saludaba sonriendo hacia todos los puntos cardinales.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Cantáte otra Pelado!– arengó el Ruso, -¡dale que esta victoria te la debemos…!&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El Pelado se sentó donde pudo, notoriamente exhausto, y negó ladeando la cabeza sin decir nada. El &lt;i&gt;“Riqueeeelme”&lt;/i&gt; que vibraba en el estadio era cada vez más compacto y estridente. El Ruso y el Pecas comenzaron a cantarlo eufóricos, embebidos en una incontrolable alegría. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-¡Inventáte otra Pelado!– le insistía el Gordo Gutierrez desde atrás.&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;El Pelado observaba extasiado, satisfecho, con el goce del deber cumplido, como si él no formara parte del marco espectacular que brindaba el estadio y sólo fuera un ocasional y simple espectador. Sentía que el “Riqueeelme” que musicalizaba el estadio era para él también. Levantó la vista hacia sus amigos, y con una leve sonrisa dijo, más para sí que para los demás:&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:+0;"&gt;&lt;/span&gt;-Es hora de escuchar la música del pueblo. &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;                                                                                                   Mercedes 2008&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-4924242576407083025?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/4924242576407083025/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=4924242576407083025' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4924242576407083025'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/4924242576407083025'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/el-compositor.html' title='EL COMPOSITOR - Sinfonia en la cancha'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SlHnnmyxswI/AAAAAAAAACw/CD0Yvf9mBJs/s72-c/beethoven.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7938212180295067574</id><published>2008-03-07T14:16:00.010-02:00</published><updated>2008-12-18T17:11:03.423-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Si amanace'/><title type='text'>SI AMANECE - Todo este delirio se irá...</title><content type='html'>&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
&lt;i&gt;Si amanace,

Se irá tu cara con el sol

Todo este delirio se irá…&lt;/i&gt;
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;div align="justify"&gt;    Habías llegado al departamento a eso de las ocho, ya era de noche y en Buenos Aires a veces eso duele, duele el ambiente desordenado, los libros en la cama junto a la ropa sucia y la voz de la radio diciendo que la vamos a pasar bien, por eso cuando llegaste con tu carita de ángel descuidado y sonreiste desde la puerta esperando que mis labios sean cómplices de los tuyos, no pude más que abrazarte. Ya habíamos discutido, ya nos habíamos dicho todo y las palabras no bastaban, fuiste franca, eso no se discute, porque al toque, al otro día de la discusión en Tijuana, me dijiste que te habías ido con ese flaco, el taradito ese que te enganchó en la calle después de que te dejé, qué te había encontrado llorando y que te pidió que le cuentes, y entiendo, que no teniendo con quién hablarlo lo hiciste, y que después el te besó, y vos no lo impediste porque te hizo bien, qué no sabés si te gustó pero no quisiste rechazarlo. Aún no sé si entenderlo, lo del beso digo, y cuando me besaste ahí en la puerta del departamento, después de que yo te había abrazado, y pensaba sobre eso, sentí el gusto amargo del taradito en tus labios e instintivamente te aparté. Junté fuerzas para decirte que me había gustado la sorpresa de que te habías caído en Buenos Aires para estar conmigo, y junté las palabras trabajosamente no porque no me gustara sino porque por momentos no quería verte, venía a mi memoria lo del beso y te odiaba, pero luego me entregaba de lleno a los motivos, qué es mi culpa lo sé, y te perdonaba. Me preguntaste si comíamos algo y te dije que sí y de repente saliste con lo de que ibas a cocinar para mí, algo rico, y asentí, conmovido y alegre, con el orgullo heroico de tener una mujer que te atienda, pero al rato me invadía la imagen del taradito, al que le habías contado todo lo nuestro, el que se había enterado primero que estabas embarazada, aunque tenías razón en que me lo habías dicho y que yo no te había escuchado, entonces mientras cocinabas te tomé de atrás y empecé a acariciarte los pechos que en el relieve de tu blusa blanca parecían más hermosos que nunca, no quería despegarme y te dije que no tenía hambre, que vayamos a la pieza que Fede iba a llegar en cualquier momento, y dijiste que sí, soltaste la cuchara y nos fuimos así, en el baile desparejo de nuestros cuerpos desvistiéndose, primero tu blusa y después mi camisa, cayendo a la cama tenía la impresión que nos entregaríamos cómo la última vez, como una deuda pendiente que no debe quedar para más adelante, la lucha por descalzarnos, la fuerza incómoda de nuestros jeans que resistiéndose nos ponían en esas torpes posiciones de amantes incipientes, todo sin despegar nuestras bocas desesperadas, nuestras lenguas furiosas y agitadas, subiste arriba mío y te penetré enseguida y nos sacudimos sin límite, hasta casi hacernos daño, pero se me pasaba por la cabeza que era la última vez y ahora no podía acabar porque como en un sueño fugaz, las imágenes de tu traición, de tu beso que no vi pero que siento, de tu beso que robado por un oportunista del carajo, me acorralaba hasta odiarte de nuevo, odiarte hasta que te ví acabar. Cuándo caiste a mi lado decías que no podía ser que no haya terminado y empezaste a acariciarme, besándome el oído me lo frotabas tiernamente, y a mí me costaba porque estaba en otra cosa, estaba en que no lo iba a soportar, a pesar de nuestro hijo que nos uniría por el resto de nuestras vidas, no iba a tolerar lo del taradito, discutiríamos, pelearíamos y nos destruiríamos de a poco, nos iríamos consumiendo como velas, y cuando ya respirabas a mi lado, cansada de tu lucha fui al baño a limpiarme. Cuando volví estabas dormida. Apagué la luz.
&lt;/div&gt;
&lt;div align="justify"&gt;    Me despertó tu cuerpo de nuevo caliente y movedizo, tus manos me acariciaban todo el cuerpo y empezamos a buscarnos en la oscuridad apenas interrumpida por la línea horizontal del amanecer, había soñado demasiado y no recordaba nada, sólo tenía la impresión que dejaba un mal sueño para entrar en esta pesadilla fresca y latente, tu colectivo saldría a las seis y pico y no te podía pedir que te quedés, siempre había sido así, tus viejos creían que te quedabas a dormir en lo de Mariana y podían llamarte, igual, pensé en ese momento, no te iba a pedir que lo hagas. Miraste la hora mientras me besabas el cuello y te asustaste porque ya eran las seis menos cuarto, te observaba mientras te vestías corriendo hacia el baño, apurada, en tu alocada maratón habitual, el amanecer avanzaba lento, lo que era una línea ahora resplandecía en un manto azulrojizo luminoso, brillante cómo las lágrimas que largaste cuando te dije que no podía más, que no sabía que hacer, qué lo del beso no lo entendía, y poniéndote la campera me mirabas como si vos sintieras lo mismo, como si te resignaras a esta agonía que con el tiempo comprendí necesaria, que no podía ser de otro modo. Te metiste al ascensor con esa expresión en el rostro que no la voy a olvidar, cómo tampoco voy a olvidar, cuando desnudo, a pesar del frío, salí al balcón para ver, a la cuadra, cómo tu espalda se iba achicando, lentamente, tan lento e inevitable como el amanecer. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;                                                  &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;                                                                                             Mercedes 1998&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7938212180295067574?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7938212180295067574/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7938212180295067574' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7938212180295067574'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7938212180295067574'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/si-amanace.html' title='SI AMANECE - Todo este delirio se irá...'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7937318929740459161</id><published>2008-03-07T14:03:00.009-02:00</published><updated>2009-03-03T08:41:40.555-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Chelín'/><title type='text'>CHELIN - Tragedia de verano</title><content type='html'>&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El calor de Santiago es un desafío a la paciencia. Invita al sosiego e impone la esperanza, la esperanza de la lluvia oportuna, de un viento bondadoso o una noche atípicamente fresca.
Esas horas eternas después de la cosecha, cuando el sol va al encuentro del horizonte, Reynaldo las mata con vino, tinto y barato. Sentado con los codos cruzados en la mesa ve como el cantinero espanta las moscas que sobrevuelan el mostrador. Chelín husmea por todo el bar, mesa por mesa, como buscando algo. Quizás, piensa él, querrá matar las horas también. En el bar no hay nadie, sólo él y Chelín. Como siempre han estado durante nueve años, juntos desde que era cachorrito, tan pequeño que le cabía en la mano.
No duda más y le pide al cantinero un plato hondo, esos donde sirve la sopa y otra botella de tinto. No es una gracia, ni un capricho, es convidar a un amigo. Apenas el vino tiñe de colorado la base del plato, Chelín embebe su lengua con desesperación. El cantinero sonríe, total está cobrado, piensa, y no hay nadie todavía.
Cuando la tarde oscurece, como siempre, los mismos de siempre van cayendo al bar y se acomodan en los lugares siempre. Reynaldo se incorpora de su silla como puede y las cuatro botellas vacías se tambalean en la mesa pero no caen. Chelín parece no darse cuenta. Reynaldo lo llama desde la puerta y el animal intenta escapar de su letargo. Sale como asustado sin poder erguirse normalmente y yendo de un lado al otro va hacia afuera. Desorientado y bamboleándose, como si le hubiera entrado el demonio, cruza la calle. Reynaldo se sobresalta: en la espesura de la noche ha visto un bulto pasar por encima de Chelín. Escuchó la estampida y el aullido corto y agudo. El camión no frenó, siguió como si nada hubiera pasado.
Lo enterró esa misma noche a campo abierto y se acostó a dormir allí mismo con el deseo de no despertar nunca más.
 &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;                                                                                                 Mercedes 2006&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7937318929740459161?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7937318929740459161/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7937318929740459161' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7937318929740459161'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7937318929740459161'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/cheln.html' title='CHELIN - Tragedia de verano'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7250809461619825621</id><published>2008-03-07T14:00:00.011-02:00</published><updated>2008-07-04T09:17:51.693-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Puchero'/><title type='text'>PUCHERO - Sobre el poder hipnótico de este plato ya en peligro de extinción.</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;-La cosa es simple Petaca- dijo el Carpa casi imperativamente, reforzando la intensidad en la palabra “simple” como para no dejar dudas de que el trabajo no admitía equivocación. Y, con suma paciencia, por enésima vez, le explicaba al Petaca como harían para atracar a la vieja del almacén, la señora de Parra.&lt;p&gt;
El Carpa acopiaba más de cien delitos en casi cuarenta años de vida. Más de la mitad los había hecho antes de entrar a la cárcel de Junín –cuando cayó después de haber participado en el secuestro del hijo del empresario metalúrgico, Roberto Maidana-, y el resto los había perpetrado en los últimos cinco años, todavía bajo libertad condicional, lo que no era un impedimento para continuar con el oficio, solamente debía dejar un porcentaje de lo conseguido a los oficiales Lopez y Carvallo y podía continuar con los trabajos, siempre y cuando la cosa no se fuera de las manos.&lt;p&gt;
El Petaca era su sobrino directo, hijo de su hermana Candela, quién se había casado con un policía entrerriano y se había mudado muy jovencita para Gualeguay. Habían enviado al chico para que el Carpa se haga cargo de él, la excusa era tan insólita como lógica: El Petaca, de chiquito, había comenzado a robar kioscos y casas en Gualeguay y más de una vez lo habían agarrado infraganti. Su propio padre lo detuvo una vez antes de que consumara la sustracción de una bicicleta en la puerta del Hospital de Gualeguay. Pero todas las esperanzas depositadas por sus padres para que el Petaca se corrigiera terminaron por desmoronarse cuando en una discusión, casi llorando de bronca y resentimiento, el Petaca gritaba como un condenado que lo único que quería era ser como el tío Carpa. Fue así que una mañana el Carpa escuchó los toquecitos en la puerta y luego de entreabrirla con cuidado, -cosa que hacía como acto reflejo-, vio la cara pequeña de un niño, llorosa y con los mocos humedeciendo el labio superior que traía en un sobre en la mano. Supo quien era ese niño cuando abrió el documento de identidad que venía dentro del sobre y leyó la nota escrita en la hoja blanca que lo acompañaba:&lt;p&gt;
“Hacete cargo vos ya que le metiste todas esas porquerías en la cabeza. Carlos y yo no podemos tener un delincuente en la familia. Candela”&lt;p&gt;
Después de todo no fue tan mala la idea, el Carpa era pragmático y supo como aprovechar el inconveniente. Trabajar con un menor era más efectivo que disponer logística y armamentos. Un menor de dieciocho años se consideraba inimputable, los policías le tenían terror porque bastaba propiciar un machucón, un leve moretón, un tenue rasguño en la humanidad de un niño para se iniciara el corrosivo trámite de un sumario. El Carpa, lejos de alterarse por el supuesto castigo de su hermana, convirtió la pequeña carga que suponía ese enjuto y menudo morocho en una útil y próspera herramienta: contextura para introducirse en las aberturas más estrechas, agilidad para escapar, inocencia para sorprender y oportuno señuelo en caso de escape.&lt;p&gt;
Como intercambio, el Carpa le enseñaba todo cuanto pudiera a su sobrino: cómo estudiar los negocios, la gente, descubrir cuándo es el momento, cómo estar alerta y concentrado y lo que era más importante, no llegar al punto en que la cosa pase a mayores y cargarse con un muerto que después pesa toda la vida. “Eso es para los giles” le repetía hasta el hartazgo.&lt;p&gt;
El Carpa ya tenía dos muertes. La primera vez ocurrió veintidós años atrás, tenía quince años, se puso nervioso y se le disparó un revolver 22 que le había dado Ramón, el muchacho del barrio que le enseñaba cómo trabajar. Le dio al kiosquero en medio del pecho y por ser menor terminó en el Instituto Baffa del que se escapó a los dos meses. El segundo accidente sucedió apenas tres años atrás, en una salidera en el viejo Dodge azul cuando se cruzó la viejita en plena avenida, la levantó en el aire a la pobre anciana, pegó en el capot y rodó en el asfalto. Por el espejo retrovisor vio como su cuerpo quedó inmóvil tendido contra el cordón. Esa noche, por la tele, se enteró que falleció en el acto. Esa vez no sintió nada, lo tomó como incidente fortuito, quizás porque seguramente a la anciana le quedaba poco por vivir, o talvez por lo que había de cierto en aquella frase que le escuchó decir al Turco Cuevas: “A la conciencia, como a las manos del albañil, también le salen callos”. Tuvo suerte. El doctor Ramirez consiguió demostrar que Máximo Daniel Galíndez, los tres nombres que figuraban en su documento de identidad y en su prontuario, no había tenido intenciones de matar.&lt;p&gt;

-Oíme bien Petaca- empezó explicando el Carpa mientras se cebaba unos mates, -entramos tipo doce cuando ya está cerrando el almacén y nos llevamos la vieja pal fondo, la tiramos al piso boca abajo. Mientras vos la cuidás metiéndole el caño en la cabeza yo cierro el negocio, bajo la persiana y busco la guita, porque seguro que la tiene guardada muy bien escondida. No te preocupés porque el fierro lo llevamos descargado. Con la vieja no es necesario arriesgar, les pegás unos gritos y no se va a mover. Tampoco la vamos a atar. Antes de irnos, la encerramos en el baño y nos vamos. A la noche, cuando llegue el hijo, la va encontrar y listo, no lastimamos a nadie y laburo terminado. Yo ya estudié la cosa y el Pelado, el que trabaja en el corralón de Puricelli va todas las noches a saludar a la madre. Vamos a cara descubierta nomás. Las caras nuestras la va a ver pero no hay problemas porque los viejos ya no ven bien a esa edad, y si por ahí tiene buena vista ni siquiera lo va recordar, a los viejos se le confunden todas las caras y la vieja esta debe andar por los ochenta. La idea es aguantar adentro hasta la una y media, dos de la tarde y salir caminado, como pancho por su casa sin levantar la perdiz, y para eso no hay que ponerse nervioso Caco, como te pusiste en el laburo al carnicero.&lt;p&gt;

Aquella vez el Petaca se puso tan nervioso al salir de la carnicería que el verdulero de al lado se dio cuenta y le sacudió con un cajón en la espalda que casi lo mata. Tuvo suerte de no caer pero llegó al auto casi desmayado del dolor.&lt;p&gt;

-Acostate temprano- le sugirió el Carpa, - así mañana arrancás fresquito, no vaya a hacer cosa que te mamés y mañana la cagamos.&lt;p&gt;

El Carpa notó que el Petaca durmió poco; antes de entrar en sueño profundo escuchó como su sobrino se movía en la cama de al lado como si estuviera luchando contra el colchón, era su tercer trabajo y aunque los otros dos habían salido bien era visto que aún no se acostumbraba. Le veía la cara al Petaca minutos antes de actuar y lo llenaba de desconfianza. Tenía miedo que por los nervios se mandara una macana.&lt;p&gt;

***&lt;p&gt;

Lo despertó a las diez de la mañana, estaba profundamente dormido porque seguro había dado vueltas hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Tomó unos mates y mientras el pibe tomaba el café con leche volvió a explicarle por última vez como harían.&lt;p&gt;

Fueron en el auto del Carpa, un Corsa gris que le había dado el Tonga, con los papeles y todo en regla. Se lo había regalado en agradecimiento después de que llegó a entregarle hasta quince coches que el Tonga se encargaba de hacer desaparecer en minutos nomás. Manejó hasta el centro. Lo estacionó en la florería La Grande, sobre la calle Güemes. Era la una menos cuarto y estaban a tres cuadras del almacén de la vieja Parra. Para no levantar sospechas el Carpa decidió caminar por San Lorenzo calculando por el reloj para caer justo frente al almacén cerca de la una y cuarto que era cuando la vieja cerraba. El sol pegaba fuerte a esa hora aunque a la sombra se toleraba un poco más. Una y diez estaban frente a la puerta del almacén. El local era chiquito, casi una cuevita, pero atiborrado de mercadería por donde se mirara, en las estanterías, en el mostrador, en las heladeras, y sin pensarlo demasiado el Carpa tomó del brazo al Petaca y se metieron adentro.&lt;p&gt;

El primer imprevisto llegó pronto, el Carpa no esperaba que detrás del mostrador no hubiera nadie. Enseguida sintió olor a comida, así que la vieja, pensó, debería estar cocinando en la casa, a la que se ingresaba por el fondo del almacén. Le hizo una seña al Petaca: que hiciera silencio y lo siguiera para atrás. Luego de cruzar el cortinado de plástico, mientras recorrían el pasillo e ingresaban al comedor, el Carpa olfateó con ganas porque el aroma que venía de la cocina no solo era irresistible sino que le recordaba a los almuerzos en la casa de la abuela Celestina. “¿Podía ser que la vieja esté cocinando puchero?” pensó el Carpa, porque el olor era tan similar que parecía que estaba allí mismo, en la casa de la abuela Celestina esperando que llegara el abuelo Jorge, para empezar a comer.&lt;p&gt;

El Carpa vivió desde los tres años de edad con sus abuelos, cuando sus padres, que apenas recordaba, habían fallecido en aquél vuelco en la ruta en el que, por esas cosas azarosas de la vida, el Carpa había sido el único sobreviviente. Del accidente no recordaba nada y ya no sabía si las imágenes de los rostros de aquella pareja casi juvenil que le venían a la memoria vagamente, provenían de tiempos en que todavía vivían o por las fotos que, posteriormente, ya de grandecito, había devorado con la mirada tratando de descubrirse en los contornos de sus rasgos, en las expresiones de sus sonrisas y no había dudas, era notablemente parecido a su madre. Luego de la tragedia los abuelos fueron prácticamente padres para él hasta que dejaron de existir, ya casi diez años atrás. En un lapso de dos meses murieron los dos, primero el abuelo Jorge y luego la abuela Celestina, y el Carpa, sin demasiada culpa, pensaba en cuánto tendría que ver el cáncer de la abuela y el infarto del abuelo con los disgustos que de chiquito les había dado.&lt;p&gt;

Con las imágenes fluctuando en sus pensamientos como diapositivas vertiginosas, casi sin darse cuenta, entró en la cocina, vio una olla sobre la hornalla encendida, se acercó y la destapó. No lo podía creer, era la misma imagen, el mismo aspecto del puchero de la abuela Celestina: papa, batata, zapallo, cebolla, morrón y caracú hirviendo y emanado un aroma que casi lo desmaya de gusto. Escuchó que una puerta se abría y el Carpa se sobresaltó. En un momento de duda, casi inexplicable en él, quedo patitieso sin atinar a nada, luego, como si se despertara de una ensoñación hipnótica, tomó al Petaca del brazo y lo sacó raudamente para el almacén y se quedaron del otro lado del mostrador como si fueran ocasionales clientes esperando que los atiendan.&lt;p&gt;

La mujer apareció con una sonrisa, era menuda y tenía el pelo teñido de un castaño rojizo, muy a la moda; ahora que el Carpa la veía de cerca le parecía más joven.&lt;p&gt;

-Disculpen estaba en el baño -dijo, -¿qué van a llevar?&lt;p&gt;

El Carpa titubeó un poco hasta que explicó que era amigo de Diego. Diego era el nieto de la mujer. Tenía ese dato porque el Carpa era un profesional y no dejaba nada librado al azar, los nombres de los nietos o los hijos y todo lo que se pueda saber sobre ellos sirve en caso de tener problemas.&lt;p&gt;

-Somos pintores, -dijo el Carpa. Se le ocurrió decir eso porque había visto las paredes descascaradas del comedor. Y le dijo que Diego quería pagarle la pintura del comedor.&lt;p&gt;

-¡Ay este Dieguito!- exclamó la mujer, -siempre preocupado por el aspecto este chico.&lt;p&gt;

Y enseguida los invitó a pasar para ver las paredes. Mientras caminaban por el pasillo el Carpa le hizo una seña al Petaca para que no haga nada. La mujer le empezó a decir que prefería un color más suave que el que tenía puesto. El Carpa sugirió, casi mecánicamente, que podría andar un tono durazno o salmón.&lt;p&gt;

-¿Ustedes son amigos de Diego? – dijo ella.&lt;p&gt;

-Yo soy amigo de él –contestó el Carpa sin dudar, -nos conocemos de la primaria en la escuela ocho.&lt;p&gt;

-Ah, sí, sí, que linda escuela era esa, ahora es un desastre… y bueno… la chica que salía con Diego también iba a la ocho, qué lástima que se hayan separado, ¡Con lo que le cuesta a Diego formalizar!&lt;p&gt;

-Ya va a tener otra oportunidad…- dijo el Carpa intentando conmiserarse con la mujer. Y luego, intempestivamente, cambiando el tono y la expresión de su rostro preguntó por ese olorcito que venía de la cocina.&lt;p&gt;

-Un pucherito- dijo la mujer. Y contó que aunque no era comida para hacerse una mujer sola ella lo hacía para ella, aunque sea mucha cantidad y sobre después, lo hacía para darse un gusto ya que le apasionaba el puchero. Hubo un pequeño silencio y la mujer lo sorprendió con la invitación: si querían quedarse a comer el pucherito. El Carpa ni lo dudó. El Petaca lo miraba con extrañeza y mientras la vieja ya estaba en la cocina preparando los cubiertos, el Carpa moviendo los labios haciendo mímica le remarcó: “quedate en el molde”.&lt;p&gt;

-¿Y un rosita?-, gritó la vieja mientras destapaba la olla -¿no les gusta?&lt;p&gt;

El Carpa demoró un instante en darse cuenta que le hablaba de la pintura para la pared. Rápidamente contestó que sí, que podía andar, que harían juego con las cortinas del mismo color. La mujer le dijo que pusieran la mesa, que sacara el mantel del aparador, del primer cajón, y que llevaran los platos y cubiertos que estaban arriba de la mesada, mientras ella cerraría el almacén. El Carpa le dijo al Petaca que pusiera el mantel, pero el Petaca empezó a preguntarle en voz baja y algo fastidiado por qué no hacían el trabajo y listo. El Carpa, con voz firme pero contenida para no gritar le dijo: “vos callate, primero morfamos, después afanamos”.&lt;p&gt;

Cuando ya estaban los tres sentados en la mesa el Carpa pensó que la imagen que tenía frente a sus ojos era para sacarle una foto y llevársela de recuerdo, años hacía que no veía una mesa puesta: el mantel a cuadros, los cubiertos colocados prolijamente a la derecha de cada plato, los vasos relucientes, hasta había jugo de naranja, vino tinto y soda que la vieja había puesto en la mesa. Cuando la fuente con el puchero, largando un vapor y un aroma exquisito estaba allí, tentándolo, no puedo contenerse y preguntó a la mujer:&lt;p&gt;

-¿Usted, por casualidad, no tendría una salsita de tomates, de esas medias picantonas para ponerle?&lt;p&gt;

La vieja no dudó un instante y en silencio fue hasta la cocina. Volvió con una botellita de salsa casi llena.&lt;p&gt;

Durante el almuerzo conversaron de muchas cosas, le mujer contó como eran cada uno de sus nietos, que Diego jugaba al fútbol, que Martín era bombero porque le gustaba de chico; que la más chiquita, la Agustina, la hija que Diego había tenido con “una cualquiera” tenía un problema de asma pero con el tratamiento estaba mejorando. El Carpa y el Petaca, este último visiblemente más relajado, comían y bebían con muchas ganas. El Carpa intentaba poner atención en lo que decía la vieja pero se encontraba embriagado en sus recuerdos, le parecía estar en la casa de la abuela Celestina, llenando de salsa el improvisado puré de papa, batata y zapallo, mezclarla, cortar un pedazo de carne y untándola con el puré y la salsa, llevarla a la boca y empujarla con un pedazo de pan. La vieja hablaba y el Carpa volvía a vaciar su vaso de tinto.&lt;p&gt;

-¿El chico toma vino?- preguntó la mujer, visiblemente perpleja, viendo al Petaca que volvía a servirse en su vaso.&lt;p&gt;

-No hay problemas doña Parra- dijo el Carpa con la boca llena, -parece más chico pero ya tiene veinte.&lt;p&gt;

La vieja siguió contando cosas de su familia mientras la segunda fuente ya estaba en la mesa. Cuando el vino se acabó la mujer preguntó si no querían probar un vinito patero que tenía hace tiempo y que nadie de sus hijos y sus nietos habían tomado porque decían que era muy fuerte y pegaba mucho.&lt;p&gt;

-Bárbaro- se escuchó decir el Carpa, -para nosotros nada es fuerte.&lt;p&gt;

La escena ameritaba el encanto dulzón del vino que se deshacía en el paladar del Carpa y que el Petaca sorbía, casi naturalmente, como si fuera gaseosa. Cuando el tercer plato de puchero iba acabándose el Carpa estaba tan emocionado que un par de veces se escuchó referirse a la vieja como la abuela Cele pero enseguida se corregía pidiendo disculpas. El Petaca tenía los ojos hinchados y rojos, no estaba acostumbrado a beber y entre los dos se habían empinado casi dos botellas de tinto. El Carpa empezó a contar que el puchero le hacía acordar a la abuela Celestina, que prácticamente tenía el mismo sabor. Por momentos tuvo que secarse las lágrimas de la emoción que sentía al rememorar anécdotas con la abuela Celestina. La vieja sonreía y parecía que también lloraba. Luego se levantó y comenzó a limpiar la mesa, el Carpa y el Petaca atinaron a ayudarla pero ella les dijo que no se movieran. Volvió de la cocina con una lata de durazno en almíbar. El Petaca se ofreció para abrirla. La vieja preguntó cuando estarían en condiciones de empezar con la pintada. El Carpa, conciente de la dificultad que tenía para conversar con decoro, contestó, procurando que la dicción fuera lo más discreta posible: que cuando quiera, que ellos ya estaban disponibles.&lt;p&gt;

-¿Dulce de leche no tiene doña, no?-, dijo el Carpa casi sin darse cuenta.&lt;p&gt;

La vieja le contestó que sí y salió como eyectada hasta la heladera. El Carpa hizo que le prestaba atención a las paredes y dijo, luego de meter en la boca un pedazo de durazno cubierto de dulce de leche, intentando vocalizar claramente, que habría que tapar los muebles para lijarla bien, qué ese es el verdadero secreto de una buena pintada.&lt;p&gt;

La virtud más grande del Carpa era que no sólo mentía sino que creía como una verdad absoluta sus propias mentiras. Como un actor que no sólo hace su rol sino que además lo vive, mientras había estado comiendo y bebiendo era definitivamente un verdadero pintor de oficio. No fue producto del azar que el Carpa al principio se presentó frente a la mujer como pintor sino porque cuando era chico, durante un tiempo, trabajó en la pintura. Había aprendido el oficio gracias al viejo Julián, vecino del barrio, que lo llevaba como aprendiz, pero no hubo caso: el choreo le daba más guita y en menos tiempo.&lt;p&gt;

La mujer dijo que ella tenía unas sábanas viejas que se podían usar para no ensuciar el piso. Lo decía mientras se levantaba de la mesa y del aparador sacaba una botella de guindado, unas copitas de licor, y les servía una a cada uno. Ella también se sirvió y pidió un brindis por una buena pintada. Los tres brindaron. El Petaca preguntó si ahora que habían terminado de comer no podía sacarse la remera. El Carpa lo retó, le dijo que no sea desubicado, pero la mujer insistió con que se la saque nomás, que su nieto lo hacía siempre. Luego el Carpa comenzó a charlar con la mujer, hablaron de todo, de la vida, de la delincuencia, la inseguridad, de la falta de trabajo, de los gobiernos siempre corruptos. Ella les sirvió nuevamente la copita, el Petaca dijo sin demasiado énfasis que no quería más y hacía fuerzas para que los ojos no se le cerraran. El Carpa había encontrado una aliada de sus opiniones, es que la vieja asentía fervorosamente cuando el Carpa argumentaba que los pibes que salen a robar lo hacen por la falta de trabajo, que muchas veces por inexpertos terminan matando a un pobre desgraciado sin querer.&lt;p&gt;

Cuando la charla parecía menguar el Carpa mencionó que después de semejante almuerzo no quedaba otra que retirarse a su casa y hacer una buena siesta. La mujer les dijo que no había problema que en el cuarto que había sido de los hijos podían hacerlo, que hasta podían llevar el ventilador, y que antes de abrir el almacén ella misma los llamaría. El Carpa dijo que le agradecía profundamente y que aceptaban pero con la condición de que apenas los llamara saldrían a comprar las cosas para empezar a lijar. Lo dijo y se dio cuenta que las palabras se deformaban y, chocando desordenadamente en sectores de su boca, sonaban muy distintas a lo que pretendía.&lt;p&gt;

Tuvo dificultades para levantarse y vio como el Petaca ya se había dormido con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados en la mesa. La vieja los acompañó hasta la pieza, les cerró la ventana hasta tener oscuridad completa y les encendió el ventilador. El Carpa sintió el aire
tibio del ventilador en la cara y pensando en la abuela Cele se durmió profundamente.&lt;p&gt;

***&lt;p&gt;

Lo despertó el tumulto y las voces; en los primeros tres segundos, aun en la oscuridad, no sabía donde se encontraba, las últimas imágenes de un sueño no le daban lugar a que se despertara del todo. Había soñado con el Rodri, amigo de la cárcel: el Rodri lo llevaba por el patio de la unidad mientras una bandada de pájaros, que por momentos parecían golondrinas y por momentos cuervos, oscurecían el pedacito cielo que se vislumbraba desde su celda y luego los pájaros, cada vez más grandes, por momentos como cóndores, con sus picos y sus patas arrancaban y desamuraban la ventanita y el minúsculo cielo se convertía en un inabarcable firmamento celeste mientras que los pájaros, junto a la pequeña abertura se perdían en la lejanía. Escuchó pasos en la oscuridad pero se dio cuenta que no eran del sueño, la puerta se abrió de golpe: Espina, Gómez y Miranda estaban allí. Eran policías de la treinta y uno, que no se llevaban bien con López y Carvallo, supo de inmediato que la cosa se había complicado.&lt;p&gt;

-¿Así que sos pintor ahora, Carpa?- escuchó que le decía Gómez. No le dieron tiempo a nada lo pusieron boca abajo y le colocaron las esposas. El Petaca ni siquiera se había despertado, le sujetaron los brazos y lo esposaron todavía dormido.&lt;p&gt;

-No sé si te enteraste que a López y al Gordo Carvallo los trasladaron a La Plata –le dijo Gómez socarronamente.&lt;p&gt;

Cuando los sacaron por el pasillo el Carpa vio como en el comedor, un oficial joven que desconocía, frente a la máquina de escribir apoyada en la mesa donde habían almorzado, le tomaba declaración a la vieja Parra. Escuchó justo el momento que la mujer contaba que no había sospechado nada hasta que vio, cuando entraban a la pieza, como el chico que se había sacado la remera tenía una pistola en la cintura del pantalón y casi se muere del susto. Mientras pasaba a su lado el Carpa vio que la mujer lo miraba ahora entre severa y triste, su rostro traslucía una mezcla de bronca y desconsuelo, una expresión que solo había visto en la abuela Celestina cuando se mandaba alguna macana.&lt;p&gt;


Mercedes 2007&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7250809461619825621?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7250809461619825621/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7250809461619825621' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7250809461619825621'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7250809461619825621'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/puchero.html' title='PUCHERO - Sobre el poder hipnótico de este plato ya en peligro de extinción.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-7742117966541891883</id><published>2008-03-06T14:14:00.008-02:00</published><updated>2009-10-13T09:09:18.130-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Primera clase'/><title type='text'>PRIMERA CLASE - Avatares de la docencia.</title><content type='html'>&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Empezá por mirarme los pies como manejo los pedales, fijate que apenas largo el embrague aprieto el acelerador despacito, sincronizadamente, como si fuera un subibaja, despacito. Cuando el auto arranca, que ves que empieza a marchar, acelerás un poquito más hasta que agarra viaje… bueno, por acá no pasa nadie… paro el auto y te pasás al volante.

Listo, antes vamos a ponerlo en marcha, este es un gasolero así que vos girás la llave una vez y esperá que la lucecita esa que está ahí se encienda, ¡¿cómo que lucecita?! la del testigo, esa naranja que está ahí en el tablero a la izquierda, ¿la ves? Está bien, tranqui, volvé la llave a cero y girala de nuevo... eso ...esperá que prenda el testigo... listo ahora girá otro poco más la llave pero apretá el acelerador enseguida, dale nomás. Tranquila se paró porque no aceleraste y el motor está un poco fuera de punto no le tengas miedo al pedal, vos apretalo sin miedo.... pero no, no va a moverse para nada, si está en punto muerto... ¿Punto muerto? es la posición en la caja de cambio, que tal como te dice la palabra, es la posición en que el cambio está sin marcha, después tenés primera, ¿ves como está en el dibujito? que es para la izquierda y arriba, hacelo, probá.... no, no se mueve porque, me olvidé de decirte, para mover la palanca tenés que apretar el embrague a fondo. Fijate, apretá el embrague, no, no, ese es el freno, el embrague está a la izquierda, ahí está, ahora poné primera, a ver dame la mano, así, la empujás para el costado y después para arriba, perfecto, perfecto, la primera es para sacarlo el auto, para que empiece andar, vamos a llegar hasta primera nomás, volvemos a punto muerto, poné en contacto, esperá que prenda el testigo, ponés primera y sacás el embrague mientras lo mantenés acelerado ¿Entendiste? Dale nomás, esperá la luz.... ahora prendé y acelerá, bien, bien, ahora apretá a fondo el embrague, poné primera.... acordate del subibaja, fuerza contra fuerzaaaa........ bueno, se paró, tranquila, esto es difícil... no, yo estoy tranquilo, no te preocupés por mi... hagamos todo de nuevo, despacio. ¿Te explico de nuevo? bueno... está bien... vos sola, te dejo.... está bien, me callo, no digo nada… Se paró de nuevo por que no aceleraste, no le tengás miedo al pedal, vos apretalo fuerte, sin miedo, a ver.... ¡No, no! ¡Pará!... no estoy gritando, pero no mi amor, levanté la voz porque si no nos estampamos contra la zanja, jugá un poquito con el acelerador, hasta que le encontrés el punto, fijate que es muy sensible, es como vos mi amor... ¡pero no! no soy irónico... bueno... te dejo que lo hagás sola pero por favor mantené el volante derecho que el auto me costó años de laburo... no te lo hecho en cara... pero hace tres años que ahorro... ya sé que no va a ser a propósito... Dejame explicarte, vos escuchame tranquila, cuando levantás el embrague, despacito, suavecito apretá el acelerador, cuando sentís que se mueve acelerás un poco más hasta que marche, dale nomás.... arrancá, eso acelerá ¡acelará! ¡dale aceleraaá!... ¡pero si no acelerás no te arranca mujer! es como la bicicleta, si no pedaleás no giran las ruedas... es que ya no sé como explicarte, te explico, y te recontra explico.. no llorés Mariana por favor, hace más de una hora que estamos acá y ni siquiera te acordás donde está el freno, por Dios... Bueno... tenés razón mi amor, venga para acá, me exasperé un poco, perdoname, se me fue la mano pomponcito, no te pongás mal pomponcito... lo intentamos de nuevo ¿querés? sí, mil veces más también, no te preocupes, ¿te acordás como era?.... Bueno dale hacelo de nuevo que va a salir... Ahora tratá de acelerar un poquito más, tenés que sentir que el sonido del motor hace más fuerza, se hace más agudo, como cuando hacés fuerza en el baño ¿entendés? ¡Pero no! ¡no soy chancho! ¡es una metáfora para que entiendas!, cuando sentís que empieza a sonar más fuerte ahí comenzás a levantar el pie del embrague, pero muy suave, tampoco lo levantés del todo, lo hacés hasta que notás que las ruedas se mueven y ahí entrás a regular ¿entendés? Si no te sale yo no te digo nada, lo intentamos de nuevo ¿querés pomponcito?, bueno dale, animate... acelerá, despacito.... sacá el embrague ¡dale! ¡daleee! ¡daaaaleee! No importa, va de nuevo, no importa... encendé el motor, acelerá... eso... un poquito más... sacá el embrague... ¡acelerá! ¡más fuerte! ¡aceleráaaaa! ¡pero la putísima madre que me parió!... ¡pero es que no puede ser la puta madre! ¡Cuánto vamos a estar intentándolo! ¿Nunca se le ocurrió al pelotudo de tu ex enseñarte a manejar? ¿Adónde vas? ¡Vení Mariana! ¡Vení te digo! ¡Subí al auto que estamos lejos! ¡Ya es de noche, che!
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;                                                                                               Mercedes 2007&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-7742117966541891883?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/7742117966541891883/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=7742117966541891883' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7742117966541891883'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/7742117966541891883'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/primera-clase.html' title='PRIMERA CLASE - Avatares de la docencia.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-2864502539046989756</id><published>2008-03-06T14:13:00.005-02:00</published><updated>2008-06-27T11:04:04.673-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Vinicius'/><title type='text'>VINICIUS - Yo no soy racista, pero...</title><content type='html'>&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Aquella noche después de ir a ver a la muestra de pintura en el Colegio de Abogados, fuimos a cenar a La Recova, una clásica confitería de la ciudad que reinauguraba después de haber estado dos meses cerrada por una remodelación que le habían hecho. Nos sentamos en una de las mesas sobre plaza San Martín y pacientemente esperamos que venga el mozo a atendernos. Había muchas mesas ocupadas y la cosa no iba a ser breve ni mucho menos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
Chiche era amigo mío y nos había pedido que vayamos con Lili a presenciar la entrega de premios, Chiche había sacado primera mención y no era poca cosa. En el Colegio estuvimos largo tiempo mirando los cuadros que habían sido aceptados para el concurso. La verdad es que la exposición tenía para todos los gustos: abstractos, figurativos, meros retratos y algunas obras que rayaban el rubro infantil por decirlo de un modo amable; y estaban, infaltables, las típicas obras de los artistas que sabían que si pintaban de modo costumbrista -quizás la estación de trenes o la pasarela del parque municipal-, tenían más posibilidades de adjudicarse los mil quinientos pesos que daban para el primer premio. Algunos cuadros nos gustaban y otros, sinceramente, no entendíamos como podían estar ahí. Recorríamos la muestra cuando desde la otra punta del salón, entre el gentío integrado por una mayoría de artistas plásticos concursantes y familiares, tímidamente, con apenas un leve movimiento de cabeza me saluda Vinicius. Vinicius era un muchacho negro, oriundo de Brasil, que llevaba el estigma de ser el único negro del pueblo. Era de esos morochos casi azulados, brillosos, y que se destacaba donde estuviere porque definitivamente era el único. A mí me saludaba porque habíamos estado hablando hacía un tiempo atrás en el cumpleaños de un amigo en común, Pablito Miñón. Vinicius era el esposo de Betina Miranda, una eximia pintora de la ciudad y se habían conocido en Buenos Aires, donde Betina vivía y estudiaba en aquél tiempo, en uno de los viajes que Vinicius había hecho al país, si mal no recuerdo, por haber ganado una beca de una fundación. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
Ya en la Recova, esperando las milanesas napolitanas y cerveza que habíamos pedido, Lili me preguntó a qué se dedicaba Vinicius. Le contesté que no sabía en realidad, que vivían en una casona del abuelo de ella y que él se encargaba de las tareas del hogar mientras Betina Miranda daba clases particulares de pintura. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Pero con eso no les va a alcanzar, aparte tienen dos hijos?- dijo Lili acomodando la silla en la despareja vereda de la plaza. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-En realidad es pintor también.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Vende cuadros?&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¡No, qué va a vender! Es bueno pero no para tanto.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Y cómo sabés que es bueno? &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-No sé, yo de pintura no entiendo mucho pero por lo que me dijo Chiche técnicamente es impecable, a parte está todo el día pintando. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Bueno, eso no dice mucho, porque si no tenés talento, por más que le dediques tiempo… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
El Chino nos trajo las milanesas y las bebidas, la noche estaba perfecta para comer allí afuera, templada pero no agobiante, mi termómetro para calificar el clima es la transpiración: si Lili no siente frío y yo no sudo una gota es porque el clima está en su punto justo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-...ahora -retomó Lili con la boca aún llena de papafritas -, …si tienen dos hijos y viven nada más de lo que ella gana con las clases particulares ¿cómo diablos hacen?&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Y bueno…- dije tratando de convencer-, si alquiler no pagan, a juzgar por lo que veo en ropa apenas gastan, los chicos van a colegios públicos, entonces…&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¡No, no me digás que les puede alcanzar, porque nosotros, que trabajamos los dos y no tenemos hijos, tendríamos que ser ricos por lo menos! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Lo que pasa es que el intentó conseguir trabajo pero es una persona con problemas de integración… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Con problemas de integración? ¿Por? &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¡Y, mi vida, por la paranoia! ¡¿Por qué va a ser, si no?!&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Y por qué se persigue? ¿Por qué es de color?&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¡No, porque tiene dientes muy blancos! ¡Claro que porque es negro! Ser el único negro de este pueblo debe ser insoportable.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
- Perdoname que disienta pero yo no pienso como vos- dijo Lili enojada, olvidándose de comer, -eso que me estás diciendo es de otra época.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-No, no es de otra época, o mejor dicho, en otra época los mataban, los usaban de esclavos, de sirvientes, pero el estigma de ser negro queda, y mucho más si estás en un pueblo como este fachista hasta la médula. En este pueblo para poder subsistir tenés que ser heterosexual, no más que morocho y jamás decir la verdad y mucho menos de frente, ¡y vos pretendés que un negro consiga un trabajo decente!&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Pero…fijate…- dijo Lili cambiando el tono de enojada por uno más dulce, tiernamente femenino-, fijate la piel hermosa que tiene, como azulada, suave, a mí me encanta, ojalá yo tuviera una piel así.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Puede ser que sea linda para vos, pero para los que dan trabajo no creo que les resuelva contratar un negro. Es una mierda de pueblo pero es así. No por nada somos todos descendientes de italianos y españoles, Mussolini y Franco no existieron al pedo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-No entiendo, no entiendo…para mí que él mucho no debe querer conseguir trabajo porque si insiste se lo dan, no tiene nada que ver que sea de color, eso ya fue, ahora la cosa es distinta, además es un tipo lindo, elegante. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
Era verdad que no había ningún motivo para no tomar en un trabajo a Vinicius, era un tipo agradable mucho más aun cuando entraba en confianza y por sobre todas las cosas saltaba a la vista al escucharlo conversar que era una persona culta e inteligente, centrada, con un sentido de la ubicación poco natural. Pero apenas se sentía observado comenzaba a caer en un pozo paranoico que lo paralizaba, esto me lo había contado Pablito el día de su cumpleaños antes de presentármelo. Confieso que para una persona como yo que de mundo tiene poco, estar con un negro frente a frente resulta extraño, es difícil no sentir esa tensión que provoca la percepción del otro como diferente, uno escruta con la mirada aunque no quiera, me pasa con los orientales y esos alemanes colorados y pecosos. Mientras conversaba las pocas palabras que cruzamos con él me resultaba imposible no mirarle como el color de sus labios se fundía en un monocromo con el de su piel y como el contraste de la palma de sus manos, casi blancas, con el resto del cuerpo sobresalía notablemente. De todos modos creo que él no reparó en mis observaciones anatómicas y pudimos abordar la charla cordialmente. Por supuesto hablamos de pintura y plástica en general, algo en que lo encontré muy apasionado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Sigo insistiendo- me interrumpió en mis recuerdos Lili, -yo no creo que por ser de color esté discriminado a esta altura de la modernidad, eso es imposible. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-Por favor Lili, no digas “de color”, es “negro” y punto, “ne – gro”. Decir “de color” es más racista porque eso quiere decir que nosotros no somos “blancos” sino que tenemos el color de piel predestinado para la humanidad y los demás destiñen… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
Tomé un trago de cerveza y continué: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-…lo que sé es que el padre de Betina que trabaja en tribunales está intentando ayudarlo.
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Con dinero?
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-No sé si con dinero, lo que me enteré es que lo puso a Vinicius a hacer algunos trabajos ad honorem en el juzgado donde trabaja para ver si con el tiempo lo toman.
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt; &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿En tribunales, en un juzgado? Como ordenanza supongo.
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Y debe ser, el sueldo no es una locura, pero trabajás de lunes a viernes de siete y media a una y media de la tarde, tenés quince días de vacaciones en invierno y un mes entero en verano, y agarrás todos los feriados porque para eso son patriotas patriotas, los festejan todos, y una vez que entrás te podés mandar mil cagadas que no te echan nunca, es más, Vinicius hasta se puede tomar un año de licencia sin goce de sueldo por si se quiere ir para Brasil y encima mantiene el trabajo, cuando regresa se presenta y ya está, empieza a cobrar de nuevo.
Lili se quedó en silencio, sosteniendo el vaso de cerveza cerca de su boca, inmóvil, como si se hubiera quedado congelada en un instante, en su rostro comenzó a evidenciarse un leve tono rojizo, y un brillo húmedo empañó sus ojos.
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;- Mirá… -dijo definitivamente enojada -, ¡si ese negro llega a entrar a trabajar a Tribunales armo un escándalo que ni te cuento, porque ese negro por más buen pintor que sea no va a venir a sacarnos el trabajo a nosotros los argentinos, y me importa tres pitos que el suegro trabaje ahí, si llega a pasar eso te juro que lo denuncio a él y al suegro por venir a robarnos el trabajo! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
Nos interrumpió el Chino que nos preguntaba si estaba todo bien, si nos hacía falta algo. Le dije que no, que todo estaba en orden, por suerte la noche estaba linda y la cerveza aún se mantenía fresca. Quedamos unos minutos en silencio mientras terminábamos nuestras porciones. Un perrito, negrito con una mancha blanca en el hocico se acercó a nuestra mesa y para apartarlo le tiré un pedazo de pan unos metros más allá, donde empezaba el césped del cantero. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;
-¿Lindo el cuadro de Chiche no?- pregunté intentando cambiar de tema mientras me limpiaba las manos con la servilleta de papel. Lili me miró y no podía despegarse del gesto sombrío y tenso de su rostro.
&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Sí... lindo… como la mierda.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Mercedes 2007&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-2864502539046989756?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/2864502539046989756/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=2864502539046989756' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2864502539046989756'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2864502539046989756'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/vinicius.html' title='VINICIUS - Yo no soy racista, pero...'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-3077966619857736950</id><published>2008-03-06T14:10:00.006-02:00</published><updated>2009-06-27T18:50:58.056-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Mirar sin mirar'/><title type='text'>MIRAR SIN VER - El debut de un flamante y jóven bombero.</title><content type='html'>Juan siente que lo zamarrean, que lo llaman de otro lado del mundo, cuando abre los ojos, por un instante cree que la voz de su padre, difusa y lejana, todavía es parte del sueño; la luz le encandila, en pocos segundos la cara de su padre toma forma y escucha lo que dice: que hubo un accidente, un tren atropelló un auto en el cruce del molino y que hay que ir para allá. &lt;p&gt;
Juan hubiese preferido que su primer salida como bombero fuera por un incendio común, de campo o monte, donde no hubiera gente accidentada, ni quemada, quizás porque en el cuartel -y su mismo padre, que era el jefe de los Bomberos Voluntarios de General Noriega-, le habían dicho que lo peor eran los accidentes, y ni qué hablar de los accidentes ferroviarios. Se levantó y se puso lo que tenía a mano. Alicia, su madre, le iba alcanzando la ropa: primero el pantalón, luego la remera, las medias, y se calzó las zapatillas sin atarlas; miró el reloj y supo que eran las tres y diez de la mañana. Seguro que el tren había sido el carguero que pasa cada dos días, entre las dos y las cuatro. &lt;p&gt;
El Cholo, su padre, sale del baño y le dice que se apure, que hay que ir ya. Había apenas tres cuadras al cuartel pero igual fueron en la Ford 100. Mientras la chata parecía explotar de velocidad su padre le iba diciendo que se mantuviera calmado; que seguro, por lo que habían dejado dicho en el cuartel, el auto, un Ford probablemente, había quedado deshecho, casi partido en dos y que había cuerpos destrozados. Juan cree en ese momento que el Cholo le dice eso para que no se sorprenda con nada y se prepare para lo peor. &lt;p&gt;

Ya en el cuartel Perotti los esperaba con los equipos y les ayuda a colocárselos. Son incómodos y pesados, los de incendio, los únicos que tienen en el cuartel. Habían hecho varias prácticas de colocación mientras Perotti les tomaba el tiempo: cuarenta y cinco segundos era una marca aceptable y Juan andaba siempre muy cerca; ahora ya no era un simulacro y Juan piensa que tardó mucho más de un minuto, quizás por los nervios. Perotti, mientras le ayuda a Juan con un brazo, le dice que parece ser bastante grave, que él mismo atendió el teléfono y el hombre, del otro lado de la línea, lloraba sin consuelo porque vio todo, dijo que alcanzó a ver que el chico pudo bajar del auto pero no le dio el tiempo y que en el lugar había pedazos de cuerpos. El Cholo preguntó si habían avisado al hospital para que mande la ambulancia y Perotti le dijo que sí, que cuando llamó al hospital el Negro y Cárdenas ya habían salido con la ambulancia. &lt;p&gt;

Juan subió a la parte trasera del camión que ya se encontraba en marcha y le gustó la sensación que tuvo en el cuerpo. Mientras con la mano izquierda se sujetaba de la baranda, con la otra se prendía los botones del uniforme. En su primer día como bombero se encontraba desconcertado, entre la ansiedad y el nerviosismo lógico por ser su debut y la satisfacción de estar haciendo lo que tanto soñó después de ver tantas veces a su padre salir como tromba cuando apenas se empezaba a escuchar el aullido de la sirena. &lt;p&gt;

Cuando era chico y escuchaba ese estruendoso sonido, alguna que otra tarde, así estuviera jugando al fútbol o a las cartas o mirando tele con sus amigos, corría las tres cuadras hasta el cuartel y allí era como ver una película: los bomberos llegaban al cuartel como héroes, corriendo, y lo hacían sacándose la ropa que iban tirando por el camino; como el Pedro, que un poco exageraba quizás porque veía que los pibes lo observaban desde la vereda de enfrente con la mirada encendida y trepaba como un mono a la autobomba entrando a la cabina por la ventanilla abierta, casi espectacularmente. También estaban los que llegaban al cuartel en bicicleta y se eyectaban de ella dejando que el rodado siguiera andando hasta caerse a un costado del galpón. Ver salir los camiones con los bomberos a bordo, con sus uniformes y sus cascos, y ver además que su padre se encontraba entre ellos era una imagen única, inigualable, le inundaba el corazón de orgullo y no veía la hora de crecer y convertirse en uno de ellos. &lt;p&gt;


El camión dobló por Córdoba y tuvo que asirse con todas sus fuerzas para sostenerse, iba colgado atrás del lado del Cejitas, el conductor. Del otro lado iba el Manu, quien ya tenía experiencia en siniestros, andaba por los treinta años y su padre siempre decía que era excelente para trabajar. Casi llegando a Perú, la calle del Molino, detrás de la hilera de árboles que separaba la vía de la calle Cochabamba, se veían luces. Juan pudo distinguir el resplandor agónico de la locomotora, y el rojo brillante e intermitente de la ambulancia. A pesar del sonido ensordecedor de la autobomba escuchó lo que el Manu le gritaba “que no mire fijo a los cuerpos, que mire sin ver, que si están muertos ya está, son como cosas nomás”; Juan no contestó nada, iba a hacerlo, a decirle que no se preocupara, pero el camión tomó por Güemes, la callecita de tierra por la que seguramente había tomado el pobre tipo del Ford, y empezó a sacudirse bruscamente impidiéndole hablar. A la cuadra se veía el cruce interrumpido por los vagones del carguero, Cejitas dobló por Cochabamba, el camino que costea la vía, hasta llegar al sector de las luces, el lugar hasta donde el tren había arrastrado el auto. El camión se metió por un claro entre los árboles, el Cejitas lo estacionó dando de lleno con las luces de los faros en la zona del accidente. Cuando bajó lo siguió al Manu quién le iría indicando qué hacer; detrás de ellos, -Juan recién lo notaba-, venía el patrullero. Uno de ellos era Galindez, el padre del Moco, le saludó levantando el brazo pero no sonrió como lo hacía siempre cada vez que Juan iba a visitar al Moco a su casa; le adivinó, en cambio, un gesto en el rostro, de resignación y dolor, el mismo gesto que vería, poco a poco, en todos las caras que se encontraban allí. &lt;p&gt;

El tren no había descarrilado aunque no era fácil distinguir que el bulto de hierros retorcidos y amorfos que había delante de ella había sido un auto. A partir de allí para Juan todo fue un nebuloso sueño, imágenes difusas y espesas de hierros, pedazos de cuerpos humanos que iba levantando y colocando en la bolsa, una pierna con una media roja y un zapato oscuro, bañada en sangre, pedazos de cuero cabelludo castaño y otro canoso, un brazo delgado, joven y dos dedos gordos, morochos. Sólo se escuchaba el sonido de los motores encendidos, nadie se desesperaba ya que no había quedado ninguno con vida; sus compañeros trabajaban contenidos, sin gritar. Escuchó decir que eran tres personas. Su padre con la neumática intentaba cortar el techo de lo que había quedado del auto. Alguien dijo que era un Ford Sierra en realidad y que era una familia, que la mujer estaba atrapada atrás, sin vida, y que los otros dos cuerpos deberían ser el marido y el hijo; luego vio a Cejitas que hablaba con el guarda del tren y otro hombre que seguro debería ser el conductor. De él escuchó repetir varias veces que era la primera vez que le pasaba, que vio el auto blanco detenerse en medio de la vía como si se le hubiese parado el motor. &lt;p&gt;

Juan vio llegar la camioneta del cuartel, y comenzaron a cargar las bolsas negras con los restos dentro de ella. Todos seguían buscando, tratando de capturar con el resplandor algún pedazo de cuerpo para que no quedara nada allí. Escuchó a su padre decirle que regresara con la camioneta que ellos deberían limpiar la zona, que ya era suficiente por ser el primer día y no lo dudó, se subió rápidamente en el asiento del acompañante, Maldonado subió después y le palmeó el hombro, Juan sintió como si quisiera consolarlo con ese gesto. Escuchó pasos detrás, en la cúpula de la chata, debería ser el Manu, o Rodriguez, o Cufré, porque los cuerpos estaban bien muertos, destrozados, bien quietos; miraba hacia abajo, una botella de agua destilada que asomaba debajo del asiento, el vaivén de la chata por poco lo hace vomitar, hacía tiempo que tenía el nudo en la garganta, una pelota en la boca del estómago que parecía que le impedía respirar normalmente. Al llegar al centro Maldonado le dice que su padre le dio la orden de que lo deje en su casa, por orgullo Juan dijo que no, que quería ir al cuartel, aunque en realidad no insistió mucho, lo único que deseaba era ver a su madre. &lt;p&gt;

Cuando la camioneta se detuvo en su casa, bajó casi sin saludar. Definitivamente se sentía angustiado, con el dolor en el estómago que ya era paralizante. Entró por el garage y se dirigió a la cocina, en la que vio a su madre, de espaldas, colocando la pava en la hornalla. Ella se dio vuelta y él la notó sombría y triste. Alicia le preguntó cómo le había ido, Juan contestó que bien e intentó no traslucir en sus gestos el malestar que sentía. Ella se sentó a su lado, colocando la azucarera y el mate, con yerba nueva, sobre el repasador en la mesa: "Llamó tu padre por el celular...pensó que ya estabas acá" le dijo Alicia, Juan la miró sorprendido, iba a preguntar si pasó algo, pero Alicia completó la oración "quería saber si te diste cuenta que eran Gabriel, Marisa y don Acuña". Juan, por un segundo no entendió de qué se trataba, pero en seguida le vino la imagen de la cara de Gabriel, con quién jugaba al fútbol, todos los días, todos los años, y luego la figura de una pierna ensangrentada, despegada de un cuerpo como un maniquí, cubierta parcialmente por un pedazo de pantalón de gimnasia bordó, de tela de avión, el mismo que Gabriel llevaba a todas las prácticas en el club. Un torbellino de escenas le invadieron los pensamientos: el Ford Sierra blanco que esperaba en la puerta del club, y al que varias veces se había subido para que lo llevaran a su casa; don Acuña, siempre gritando detrás del alambrado en cada partido, la señora de Acuña tomando mates con Alicia y la mamá de Aguirre en el banquito detrás del arco. Notó que las piernas le temblaban y el pecho se le comprimía, y vio la preocupación en el rostro de su madre que se levantaba de la silla y tendía sus brazos como para agarrarlo. Se dio cuenta que, a medida que la vista se le nublaba, caía para el lado de la pared, por suerte.&lt;/p&gt;&lt;p&gt; &lt;/p&gt;&lt;p&gt;                       Mercedes 2005&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-3077966619857736950?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/3077966619857736950/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=3077966619857736950' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3077966619857736950'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/3077966619857736950'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/mirar-sin-mirar.html' title='MIRAR SIN VER - El debut de un flamante y jóven bombero.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6846853327665945513.post-2367491454699489406</id><published>2008-03-06T14:07:00.008-02:00</published><updated>2009-06-29T08:59:30.306-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Caballeros'/><title type='text'>CABALLEROS - Una historia tenística amateur.</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkislyUFDGI/AAAAAAAAACQ/qFdwkfR1phc/s1600-h/lulu%5B1%5D.gif"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 225px; height: 169px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkislyUFDGI/AAAAAAAAACQ/qFdwkfR1phc/s320/lulu%5B1%5D.gif" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352717922290961506" /&gt;&lt;/a&gt;
&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;No hay mejor clima para el tenis que una hermosa tarde de septiembre, con sol y sin viento. Así era la tarde en que las misteriosas agujas con que el destino teje su providencia, en el torneo organizado por el Club, en categoría intermedia, -la categoría donde no está muy definido si lo que se juega es tenis o una especie de extraño y nuevo deporte donde la lentitud del golf, la disciplina del fútbol y la destreza de la caza de mariposas confluyen naturalmente sobre el polvo de ladrillo- el imprevisible azar había destinado que Diego Sobrado y Juan Ferreira disputaran los cuartos de final. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;En la semana, luego de que Sobrado le ganara al Gordo Marrone y Ferreira le hiciera un rápido y perfecto 6-0 6-0 al Tano Scotti, comenzó a crecer, en forma de rumor, sin que todavía hubieran arrastrado las suelas de sus zapatillas sobre la superficie de la cancha uno, la polvareda que el encuentro entre Sobrado y Ferreira irían a disputar el sábado por la tarde. La razón de la expectativa no estaba puesta ni en el letal primer saque de Sobrado ni en el drive, inexplicablemente siempre con efecto de &lt;i&gt;slice&lt;/i&gt;, de Ferreira. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Diego Sobrado, gerente del Banco Credicoop, cuarenta y tres años, casado y separado, mediano estado físico, pulcro en el vestir, cabello corto, siempre tendiendo a que sus golpes fueran los más estéticos y correctos posible -prefería eso antes que ganar un punto pegándole con el marco de la raqueta-, consideradas una de las personas más educadas del ambiente tenístico del pueblo debía enfrentar a lo que estaba en las antípodas de su personalidad: Juan Ferreira, cuarenta y un años, excelente estado físico, cabello largo, soltero, con envidiable pinta de adolescente aunque las incipientes arrugas en su rostro confirmen la fecha de nacimiento que figuraba en su documento; su ocupación nunca era del todo clara, una mezcla perfecta de &lt;i&gt;bon vivant&lt;/i&gt; y buscavidas, quizás la renta de algún inmueble heredado o el aporte de la noviecita de turno ayudaban a sostenerlo. Vivía, a pesar de su edad, todavía con su padre y era catalogado por todos los que lo conocían como un mujeriego empedernido. Nada hubiera hecho predecir que ese encuentro sería interesante si no fuera porque ya era &lt;i&gt;vox pópuli&lt;/i&gt; que la ex mujer de Sobrado, una rubia que, cuando era aún esposa de Sobrado, apenas un año atrás, pasaba inadvertida -quizás por su forma de vestir, o por su actitud introspectiva y seria, como si siempre estuviera a punto de ir a misa-, y que ahora devenida en poco menos que una diva de espectáculos, una especie de Graciela Alfano en su juventud, vestida, casi siempre, con ropa de moda propia de adolescentes, era la actual novia de Juan Ferreira. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;En la tribuna del club, añosa, de madera, con vestigios de que alguna vez estuvo pintada de azul, Carlitos Duro, Peto Giorgione y Yiyo Miraglia se habían acomodado en la tercera grada con evidente entusiasmo por ver el encuentro entre Sobrado y Ferreira. Se habían llevado el termo con el mate y miraban, sin prestar demasiada atención, el partido que estaba terminando entre el Flaco Russo y Macaco López. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-El Flaco te devuelve todo el hijo de puta –dijo Carlitos Duro con algo de admiración por una característica que evidentemente él no tenía.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Puro globo… –contestó Yiyo después de dar una chupada al mate-…puro globo, así no sirve. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Macaco López debería estar llegando a los cincuenta, si no los había pasado ya. Tenía un buen pasar, era un escribano exitoso en el pueblo y tenía puesta la misma calidad de indumentaria que los tenistas argentinos utilizaban en el circuito profesional. La diferencia era que sus piernas retaconas apenas se veían por debajo del vistoso pantalón rojo, y lo que si se notaba era la enorme panza blanca asomando por debajo de la remera, también roja, sin mangas. Sus bracitos cortos parecían no ajustarse a la proporción de su cuerpo. No había una sola prenda, un solo accesorio, inclusive las muñequeras y las medias que no fuera marca &lt;i&gt;Nike.&lt;/i&gt; Pero lo inadmisible de todo, lo que provocaba cierto resquemor en algunos rivales que tuvieran que enfrentarlo era que, debido a su acentuada miopía, usaba anteojos para jugar. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Este Macaco debe tener puesto encima, entre las zapatillas y la ropa como mil mangos… -dijo Peto que siempre estaba atento a los presupuestos de los demás, quizás por su condición de empleado raso estatal que apenas le daba para un pantalón corto, una remera blanca y un par de zapatillas sin marca que le duraban las cuatro estaciones del año. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Y si le sumás las tres raquetas Wilson, el bolso, el celular, los tres tubos de pelotas que tiene, y la camperita esa que dejó arriba el banquito debe llegar como a las tres o cuatro lucas -agregó Yiyo&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-A mí me daría vergüenza tener semejante pilcha y pegarle a la bola de esa forma... -dijo Peto.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-A vos lo que te daría es sarna… si no gastás un peso ni porque te ahorquen-interrumpió Carlitos Duro &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Y bueno... qué se va a hacer, yo no pude heredar una concesionaria de papito...&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Tomate un mate Peto y hablá más despacio que Macaco se calienta cuando hablan mientras está jugando –dijo Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;En la cancha Macaco devolvía un saque que pegaba en la red y luego, sacándose los anteojos, caminaba resignado hacia el encuentro del Flaco Russo que, estimulado por el partido ganado, había ido corriendo hacia la red y lo esperaba con lógica satisfacción, con evidente alegría contenida. Allí fue cuando el poco público que había en el club, la mayoría conformado por los mismos aspirantes al torneo y miembros de la comisión de tenis, se dieron cuenta de que el partido había concluido y comenzaron a aplaudir. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Vendrá Sobrado che? –preguntó Peto mientras hacía un recorrido con la vista buscando en las inmediaciones si había llegado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-A Ferreira lo vi en la cantina, seguro le está dando a la cerveza el hijo de puta ¿Podés creer? –dijo Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Seguro que viene… estuve hablando con él sobre el partido…-tiró como al pasar la frase Carlitos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Hubo un silencio tenso, Carlitos sabía que Peto y Yiyo se desesperaban por saber lo que había conversado con Sobrado y, disfrutando de ese pequeño instante de poder que le daba la curiosidad ansiosa de Peto y Yiyo, no tenía intención alguna de ser el primero en romper el silencio. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Y?, ¿qué dijo? –no aguantó más Peto &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Nada, que él no mezcla las cosas… un torneo es un torneo y la vida es la vida. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-La tiene clara el Dieguito… es buen tipo –dijo Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Yo no sé que haría… tener que jugar un partido con otro sabiendo que se empoma a tu mujer… –dijo Peto. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Pero no es más la mujer, es la ex mujer –aclaró Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Es lo mismo, es lo mismo –respondió Peto negando enfáticamente con la cabeza. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Lo peor son los pibes… me lo dijo él –aportó Carlitos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Los hijos de Sobrado? –preguntó Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Y claro! –Se sobresaltó Peto –ahora no van a van a saber quién es el padre… yo me muero si otro tipo se mete en mi casa y me entero que mis hijos lo ven como otro padre. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Imaginate Peto, el tipo por cepillarla a tu mujer, con los pibes se porta como un duque, los lleva al zoológico, al shoping, a los juegos, a Mac Donalds les compra celulares, mp3, la mejor zapatilla, la mejor ropa, cosas que en tu puta vida vos le compraste. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Yiyo querido, mis hijos tienen lo que tienen que tener… el problema es tuyo si tus hijos necesitan todo eso para ser felices. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Ahí llegó muchachos…-Carlitos interrumpió mirando por detrás de Peto y de Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Se lo ve bastante bien eh? –dijo Peto– enterito... &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Sobrado llegó como siempre, de punta en blanco, impecable, afeitado, de buen talante. Se acercó a la mesa donde estaban las planillas con los cuadros del torneo y conversó con los miembros de la comisión. Sin levantar la mirada, concentrado, entró a la cancha uno y luego de dejar el bolso en el banco, de espaldas a la tribuna, a pocos metros de donde se encontraban Peto, Yiyo y Carlitos, comenzó a trotar suavemente y hacer ejercicios de calentamiento. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Juan Ferreira! –llamó el Conejo Torres, presidente de la comisión de tenis, en su función de organizador del torneo. Tenía ya cincuenta años, rubio colorado, algo entrado en kilos, que se había hecho cargo de la función del presidente por el entusiasmo que le había despertado el hecho de que su hijo menor se dedicara por completo al tenis intentando participar en los torneos de la Asociación de Tenis Profesional. Cuando un jugador no se presentaba a tiempo se le notaban los esfuerzos por controlar la iracundia tan sensible en él, pero tratándose de Juan Ferreira, al que ya conocía y padecía, al instante nomás su rostro rosado se desencajaba de ira, lo que le daba un aspecto temible. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-El pelotudo este está en la cantina viendo el partido de Lanús y River por la tele – se escuchó el vozarrón del Petaco Rivas, vicepresidente de la comisión. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Juan Ferreira!, ¡último llamado! –gritó el Conejo y luego, por lo bajo, le dijo a Gutierrez, el canchero del club, –Haceme la gauchada Negro, andate hasta el bar y llamalo al boludo éste porque si entro yo lo saco a patadas. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Al minuto nomás Juan Ferreira salía casi corriendo de la cantina y pedía disculpas al Conejo excusándose de que no lo había escuchado. En la cancha Sobrado elongaba su brazo derecho simulando el movimiento del saque. Ferreira, con la tranquilidad que exasperaba hasta el más calmo, entraba a la cancha y colocaba su bolso en el otro banquito, apenas a dos metros del banquito de Sobrado. Sin decir una palabra comenzaron a pelotear. Fue en ese momento que en el club se detuvieron todas las actividades, los pibes que jugaban en el aro de básquet, el ayudante de Gutierrez, los muchachos de rugby que entrenaban en el predio, hasta el cantinero cerró la cantina con llave y se sentó en la tribuna. No sólo era un partido imperdible por la connotación casi romántica que adquiría por haber una cuestión de polleras en el medio sino porque Juan Ferreira era famoso por su particular ética, más propia del truco y del fútbol que del tenis: festejaba los puntos que perdía el contrario, gritaba desmesuradamente luego de cada tanto que se jugaba y era capaz de intentar humillar con frases al adversario; el propio Conejo Torres lo había padecido en una final cuando en el último set, luego de perder un game vociferó sin inhibición alguna: "¡Vamos Juancito, que este gordito no te puede ganar!". Aquella vez se necesitaron cuatro personas para contener al Conejo y no quedó otra que tirarlo al piso y pedirle a Ferreira que se fuera del club mientras Gutierrez, Yiyo, Sanchez y Dillon intentaban calmarlo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El sorteo lo hicieron con la Wilson de Ferreira, en la base del mango se encontraba impresa la letra "W" en color rojo. Si esta salía al derecho era "W" y si estaba invertida era una "M". &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿"M" o "W"? –preguntó Ferreira &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-M –contestó Sobrado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Ferreira tiró la raqueta en el piso como un trompo, cuando se detuvo la levantó con cuidado para que Sobrado viera que había salido en la posición de "W". &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Empiezo sacando –dijo Ferreira. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Suerte –respondió Sobrado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;En la tribuna Yiyo dijo con admiración: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Es un señor! ¡Le sopla la nuca a la mujer y le desea suerte! ¡Eso es el deporte! ¿Se dan cuenta? &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Yo no sé, este Ferreira me da tanta bronca que si lo tengo en frente lo cago a piñas…- dijo Peto frunciendo la nariz.&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El partido ya había comenzado, Juan Ferrira usaba una bincha verde flúor sobre su frente, muñequera naranja, pantalón verde, remera naranja y medias verdes. Las zapatillas eran de color negro con tiras plateadas. Era notable el contraste con la indumentaria sobria y monocromática de Sobrado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El primer set prácticamente fue en silencio, lo ganó Sobrado con un amplio 6–2, parecía que Ferreira se cuidaba de no hacer exclamaciones, quizás inhibido por la situación complicada de estar jugando con el ex marido de su actual pareja. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Por suerte no se les ocurrió venir ni a la mujer ni a los hijos de Sobrado –dijo en voz baja Carlitos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Te imaginás a los pibes alentando por Ferreira? –dijo Peto irónicamente. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-No boludo, es choto, imaginate, esto es como un duelo... &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Para mí es un partido de tenis… nada más que eso –acotó Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-No loco, esto me lo decía Gabino Bonafina, cuando tomaba clases con él: el tenis es un duelo entre dos guerreros, las raquetas son las espadas, la cancha el lugar de la batalla, de ahí que sea un juego que sicológicamente exige mucho, uno tiene que estar preparado mentalmente para afrontar un encuentro… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Y si a eso le agregás el tema de la mina en el medio… -dijo Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Por eso te digo, ha habido grandes batallas de la historia donde hubo un mujer en el medio, Helena de Troya por decir un caso… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;La conversación fue interrumpida por un bramido que cortó el aire del club, venía de la cancha y la voz era inconfundiblemente de Juan Ferreira: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Vamos Juancito, te lo merecés Juancito! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Qué pasó? –preguntó Yiyo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El Peto que estaba al tanto del partido exclamó excitado: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Uuuuuuh, se pudrió todo! ¡Sobrado hizo una doble falta y este hijo de puta se lo festejó! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Cómo van? –quiso saber desesperadamente Carlitos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Gana 5-4 Ferreira en el segundo set, el primero fue para Sobrado –respondió Peto. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Lo que va a hacer el tercero! –dijo Yiyo frotándose las manos. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Sobrado pareció desorientarse en la cancha y perdió el segundo set 6–4. Antes de empezar el tercer set le pidieron a Gutierrez que pase la lona. Era evidente que Sobrado ya no era el mismo después de que Ferreira había festejado su doble falta. Cuando el tercer set empezó Ferreira ya no tuvo más cuidado con sus expresiones y cosas como “¡Vamos que no llega!” “¡Vamos que no puede!” eran escuchadas punto tras punto; quizás en el tenis profesional hubiesen descalificado a un jugador por tales exclamaciones, pero aquí en un torneo de pueblo, donde no existen árbitros, ni líneas, frente a un jugador así no se sabía muy bien como resolverlo. Cuando Ferreira se había puesto 3–2 en el tercer set, y sacaba con ventaja para Sobrado, todos sabían que ese era un punto clave y se comentaba esto en la tribuna; si Sobrado lo ganaba se ponían 3–3 y el partido estaba para los dos, pero si lo ganaba Ferreira el tanteador será 4–2 y a Sobrado le sería muy difícil ganarlo. Ferreira hizo el primer servicio y fue un buen saque, Sobrado devolvió con su derecha paralela y Ferreira intentó una cortada que pasó apenas la banda y picó a treinta centímetros de la red, Sobrado ya estaba corriendo y logra, estirándose como un elástico, con la punta del marco de la raqueta tocar la bola y pasarla del otro lado, la bola cayó como muerta y el punto y el game era definitivamente para Sobrado. Pero inexplicablemente Sobrado le avisa a Ferreira que antes que la bola picara, debido al envión, a la inercia, con la punta de la raqueta también tocó la red y que eso era una falta, que lo que correspondía era darle el punto. Todos quedaron perplejos, el Conejo, por la indignación seguramente, hizo lo que no debía, que era opinar de afuera –los puntos se resolvían en la cancha y solamente entre los jugadores–pero no pudo con su enojo e intentó convencer a Sobrado de que nadie vio que tocara la red, que a lo mejor le había parecido, pero Sobrado no parecía tener dudas y negó con la cabeza. Ferreira no agradeció la actitud de Sobrado y lejos de eso gritó apretando el puño derecho: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Vamos Juancito, ahora el partido es tuyo! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;La cara de Sobrado subió de tono, el rosado fuerte de sus cachetes contrastaba en el verde de la lona en el fondo de la cancha. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Este es un pelotudo, cómo le va a dar el punto al nabo ese! –dijo por lo bajo Peto, indignadísimo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Es un caballero ¿no te das cuenta? –contestó Carlitos &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-No hermano, todo tiene un límite, ya a esta altura del partido, te tenés que ir a las manos, lo tenés que cagar a trompadas. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Sobrado sacaba 40-30 y tenía la posibilidad de ganar su saque -algo poco habitual en la categoría intermedia donde, a diferencia del tenis de primera, tiene más chance de ganar el game el que devuelve-, quizás por pura bronca había hecho dos ices, dos saques veloces que Ferreira no pudo llegar ni que tuviera un medio mundo en lugar de la raqueta. Sobrado se dispuso a sacar nuevamente, por la cantidad de veces que hizo picar la pelota, más de lo habitual, la rigidez de su rostro y por la forma en que arqueó su cuerpo, parecía que el saque iría a ser muy potente, y fue así nomás, pero Ferreira, inusualmente en él, devolvió con un derecha plana, que resultó una paralela espectacular picando la bola sobre la línea, Sobrado ni siquiera atinó a despegar los pies del piso. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Vamos Juancito, que este es un deporte de hombres, carajo! &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El público presente exclamó ¡Uuuuh! y luego estalló el murmullo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Es un hijo de puta, es un reverendo hijo de puta! –exclamó rabioso Peto, intentando contenerse para no gritar. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¡Yo lo mato al hijo de puta ese, encima que se está curtiendo a la mujer de Sobrado le grita eso! – dijo Yiyo, y agregó sorprendido –Yo no sé como sigue en la cancha este pobre tipo. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Te lo dije –respondió Carlitos, -es un caballero, hermano. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El partido continuó en silencio pero ya el resultado estaba sentenciado, anímicamente era imposible que Sobrado levantara su saque y fue así, Ferreira se ponía 5-2 y se disponía a sacar. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Te das cuenta…? –comenzó a explicar Carlitos mientras en la cancha disputaban el último game, -… esto es tenis loco, no lo de Ferreira que debería hacer boxeo o algún arte marcial así lo cagan bien a patadas, sino la postura, el respeto, la integridad con que Sobrado acepta la derrota y que el rival lo humille en público. Es la gallardía, hermano, la entereza de un luchador soportando los golpes con valentía, ¿me entendes?, yo a este tipo le hago un monumento acá en la puerta del club como ejemplo para los pibes, “si te abofetean una mejilla mostrad la otra”, es la dignidad de Cristo, es Ghandi haciendo la huelga de hambre para demostrar que la violencia no conduce a nada… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Match point me parece… -dijo Yiyo que aún le prestaba atención al partido. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-… esto es tenis, soportar con honor y estoicismo que un tipo que se lustra a tu ex mujer, que juega con tus propios hijos a la play station, -que encima vos le regalaste-, te gane un partido de tenis en un torneo y encima tome una actitud desubicada y te desacredite en público. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Terminó, ganó el tarado ese nomás… –dijo Yiyo indignado. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-¿Y lo va a saludar después de todo lo que le dijo?…-dijo Peto denotando incredulidad en el tono. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Sobrado definitivamente se disponía a ir al encuentro de Ferreira, que lo esperaba en la red con la sonrisa dibujada en el rostro, para ofrecerle la mano que ya tenía extendida. Carlitos, visiblemente emocionado, casi a punto de soltar lágrimas por la actitud de Sobrado, dijo levantando un poco la voz, entre solemne y entusiasmado: &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;-Todo un caballero, todo un gentleman del tenis, así es como… &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;El comentario de Carlitos fue interrumpido por el sonido seco y estridente del marco de la raqueta de Sobrado impactando de canto en la mandíbula de Ferreira quien, inconsciente, se desmoronó en el piso como un edificio derruido por una implosión, pegando la cabeza contra el fleje del centro de la cancha. Por segundos nadie atinó a nada, la imagen congelada de Sobrado de una lado de la red mirando el cuerpo inerte de Ferreira en el piso parecía una fotografía, como muñecos de cera en una instalación artística. El primero que salió corriendo fue el Conejo que comenzó a asistir a Ferreira. Luego fue el tumulto y la desesperación. Lo cargaron a su auto y lo llevaron al hospital. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Ferreira tuvo quebradura de mandíbula y traumatismo de cráneo, le llevó tres meses para recuperarse luego de la operación pudiendo ingerir solamente líquidos y sólidos licuados con pajita. Diego Sobrado jamás volvió al club, y muchos aseguran que nunca más volverá a pisar una cancha de tenis. Cubrió todos los gastos y perjuicios que le ocasionó a Juan Ferreira y ahora pasa su tiempo entre el trabajo y extensas y silenciosas partidas de ajedrez en el bar El Cabildo al que va casi todas las tardecitas. &lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="relatosCuerpo"&gt;Mercedes 2007&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6846853327665945513-2367491454699489406?l=walterperruolo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://walterperruolo.blogspot.com/feeds/2367491454699489406/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6846853327665945513&amp;postID=2367491454699489406' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2367491454699489406'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6846853327665945513/posts/default/2367491454699489406'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://walterperruolo.blogspot.com/2008/03/caballeros.html' title='CABALLEROS - Una historia tenística amateur.'/><author><name>Walter Perruolo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06285953021700702851</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_xfwfR60WVeg/SGJOHLo2GmI/AAAAAAAAAAU/DKspZ5F0PGs/S220/blog.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_xfwfR60WVeg/SkislyUFDGI/AAAAAAAAACQ/qFdwkfR1phc/s72-c/lulu%5B1%5D.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
